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Capilla Sixtina: el genio y la pesadilla de Miguel Ángel

El 10 de mayo de 1508, Buonarroti empezó a pintar por encargo del papa Julio II la impresionante bóveda, que acabó cuatro años y cinco meses después.

La relación entre el genial Michelangelo –Miguel Ángel– Buonarroti, pintor, escultor y arquitecto renacentista (1475-1564), y el papa Julio II (1443-1513), mecenas y protector de artistas como el susodicho, Rafael o Bramante, fue siempre difícil y contradictoria. El pontífice le encargó al Divino, como fue llamado, la ejecución de varias obras, de las cuales la más célebre y maravillosa sería el conjunto de pinturas al fresco que decoran la bóveda de la Capilla Sixtina (Ciudad del Vaticano, Roma); admiraba profundamente su talento y por ello le permitió –algo insólito en la época– escoger los motivos y llevarlos a cabo con entera libertad. Pero, por otra parte, sus discusiones y peleas fueron constantes, por diferencias de criterio sobre la velocidad de los trabajos y, más frecuentemente, por asuntos de dinero.
Su primer desencuentro fue a cuenta del primero de estos encargos papales: en 1505, Julio II le propuso a Miguel Ángel diseñar y construir su sepulcro. El artista, entusiasmado, consideró esta la obra de su vida, pero jamás la pudo acabar por los cambios de opinión del papa (aunque una de las más grandes joyas escultóricas de todos los tiempos, el Moisés –que hoy puede verse en la iglesia de San Pietro in Vincoli de Roma–, formaba parte originalmente de la sepultura). Precisamente uno de esos bandazos papales fue que dejara el sepulcro para dedicarse a decorar al fresco la bóveda de la Capilla Sixtina. Buonarroti aceptó con dos condiciones: empezaría de cero –Bramante había colocado unos andamios que él sustituyó– y trabajaría en solitario (rechazó la colaboración de expertos en frescos, técnica que él desconocía, por lo que tuvo que repetir parte del trabajo, esta vez asesorado, por problemas con la humedad, las sales y el tiempo de ejecución). Y así, con el visto bueno de su mecenas, se puso manos a la obra el 10 de mayo de 1508.
El tema elegido fue una interpretación neoplatónica de nueve escenas del Génesis, rodeadas por los doce profetas, las sibilas y otras figuras y enmarcadas en una grandiosa estructura arquitectónica pintada, inspirada en la forma real de la bóveda. Los cuatro años y cinco meses de trabajos fueron una pesadilla técnica y de resistencia física –los ojos le quedaron severamente dañados por la pintura que le caía en la cara, al ejecutar gran parte de la obra tumbado sobre el andamio, y lo mismo le ocurrió en la espalda y el cuello–, pero el resultado, que se presentó al público el 31 de octubre de 1512, es deslumbrante; en palabras de Goethe, al contemplar la bóveda " se comprende de lo que es capaz el hombre". Y ahí no acabó la implicación de Miguel Ángel: años después, por encargo de otros pontífices, aceptó pintar la pared del altar de la Capilla con otra obra colosal: El Juicio Final (1536-1541). A continuación, algunos detalles de ambos trabajos.

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