¿Es bueno que los niños se ensucien?

En los primeros años de vida, nuestro sistema inmune necesita exponerse a los microbios para aprender a combatirlos.

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Con la limpieza y la desinfección, tan malo es pasarse como no llegar. Si bien nadie discute que eliminar los microbios del agua o pasteurizar la leche ha ayudado a reducir la mortalidad infantil y ha salvado millones de vidas, llevar la pulcritud al extremo puede tener consecuencias negativas. Es lo que defiende la hipótesis de la higiene, y cada vez hay más estudios que le dan la razón.

Sin ir más lejos, hace poco un equipo de alergólogos suecos demostró que los niños que viven en casas donde se lavan los platos a mano y se compra comida directamente de las granjas sufren menos casos de asma, rinitis, conjuntivitis y eccemas en la piel. Otra investigación reveló que los chavales que crecen en medios rurales y en contacto directo con animales desarrollan menos alergias que los críos urbanitas, sobre todo si en sus sábanas habitan microbios. Además de que también presentan menos casos de enfermedades autoinmunes como la esclerosis múltiple, la diabetes y la psoriasis.

Sucios y robustos 

Aunque parece un fenómeno contradictorio, tiene su lógica. Existen ciertos linfocitos, normalmente encargados de responder a los parásitos, que alcanzan cantidades demasiado altas en los niños que viven en ambientes sumamente limpios. Es necesario que exista un contacto temprano con los microorganismos para que nuestro sistema inmune tenga las proporciones correctas y aprenda a autorregularse. De lo contrario, la superpoblación de células especializadas en defendernos de agresiones externas puede hacer que nuestro organismo sea demasiado sensible y tienda a reacciones exageradas frente a sustancias y microbios inocuos. 

Los inmunólogos aseguran que los microorganismos con los que evolucionamos los seres humanos cuando vivíamos en contacto con la naturaleza asumieron el rol de poner a punto los mecanismos regulatorios que permiten que nuestras defensas actúen como es debido. Si los eliminamos con una pulcritud extrema, casi obsesiva, el sistema inmunológico se descontrola. Y puede atacar a moléculas inofensivas, como partículas de polvo, e incluso a células propias. La conclusión es clara: hay que permitir que los niños se ensucien para que crezcan sanos y fuertes.

Déjales que se metan el pulgar en la boca

El beneficio que esto supone fue demostrado hace poco por investigadores de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda). Tras realizar un exhaustivo seguimiento de la salud de más de un millar de sujetos desde que nacieron hasta que llegaron a los cuarenta años, probaron que aquellos que se chupaban el pulgar y se mordían las uñas a los cinco, los siete e incluso los nueve años, sufrían un 31% menos de alergias cutáneas. De nuevo, porque aumentaban su exposición a los microbios. 

¿Y qué hacer con los chupetes que se caen al suelo? Nada de hervirlos para esterilizarlos. Tal y como se podía leer en la revisa Pediatrics, es preferible que los padres los limpien dándoles un chupetón o metiéndoselos en la boca. Los bebés cuyos progenitores tienen este hábito penas desarrollan asma ni dermatitis. Según los investigadores, se debe a que los microbios que les transmiten los adultos a través de la saliva estimulan positivamente a su inmaduro sistema inmune.

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