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Las inmensas placas de hielo que constituyen los glaciares se forman a partir de sucesivas capas de nieve que, bajo su propio peso, sufren una serie de transformaciones físicas. La presión hace que la densidad de los copos de nieve aumente progresivamente. Como consecuencia de esto, los copos empiezan a recristalizarse, pierden las burbujas de aire encerradas en ellos y finalmente se transforman en hielo compacto. Precisamente, el avance de los glaciares se debe a la deformación plástica que sufren las placas de hielo compacto bajo la acción de la gravedad. Ésta hace que unas placas de hielo se desplacen encima de otras, como si se tratase de una sustancia viscosa que avanza lentamente.




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