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La apasionante evolución tecnológica de los parabrisas

Detrás de este elemento presente en todos los vehículos se esconde una historia de continuo desarrollo pensando siempre en la seguridad y la confortabilidad

Aunque nos resulte muy extraño, los primeros vehículos no llevaban parabrisas. Unas gafas formaban parte del atuendo imprescindible de todo conductor. Aún así, el polvo, el viento, los insectos, el barro y las piedras del camino y la lluvia convertían la experiencia de ponerse al volante en un peligro continuo, además de poco confortable. ¿Seríamos capaces hoy de conducir en semejantes circunstancias? Todo es posible, pero sería absurdo y muy peligroso. Los parabrisas están presentes en los vehículos desde los primeros años del siglo pasado y su aparición fue determinante para que conducir sea un auténtico placer.


Todo conductor responsable sabe que el parabrisas es un elemento fundamental de seguridad. Una razón poderosa por la que es imprescindible el arreglo del parabrisas es ante cualquier impacto o desperfecto, ya que evitará males mayores y riesgos innecesarios. Esta pieza nos garantiza una buena visibilidad, protección y confortabilidad, además de ser esencial para la resistencia estructural del coche. Pero no siempre fue así. La historia del parabrisas muestra una evolución constante, que no ha tenido el eco de otros progresos tecnológicos y mecánicos. 

 

Los primeros parabrisas que se instalaron aportaron ventajas evidentes para los conductores, ya que les permitió prescindir de las gafas y mejoró su campo de visión. Sin embargo, muy pronto se vieron envueltos por la polémica, ya que en caso de accidente o impacto frontal el vidrio se rompía en mil pedazos. En aquellos años, las salidas de carretera eran algo bastante frecuente y también las colisiones frontales. En muchas ocasiones, las lesiones más graves se producían a consecuencia de la rotura del parabrisas y no por la colisión. Con la llegada de los vehículos cerrados, que incluían cristales laterales, la mala fama de la presencia de vidrio en los coches no hizo más que crecer. 


Pese a los evidentes problemas, los fabricantes ya habían apostado por el parabrisas. Como sucedió con otras innovaciones, fue Henry Ford el primero en introducir el vidrio frontal en el mítico Ford T, aunque como un extra que también incluía los faros y un indicador de velocidad. Un paquete por 100 dólares, una cantidad nada despreciable en 1908 cuando se lanzó al mercado. No obstante, Oldsmobile fue la primera enseña que fabricó todos sus modelos con el parabrisas de serie.


En los años 20, Ford estaba plenamente convencido de que era necesario mejorar la calidad y la seguridad de los parabrisas. El pionero del automóvil vio claro que Ford debía implicarse activamente en el proceso de I+D para producir un vidrio más resistente y, al mismo tiempo, más barato. Clarence Avery, uno de los artistas de la mecánica de la factoría, fue el encargado de liderar este proyecto. Ford ya no cesó en su empeño, pese a que los resultados tardarían en llegar.

La revolución de los cristales laminados

Todo cambió cuando se generalizó el uso de los cristales laminados en la fabricación de parabrisas. No fue un proceso rápido, ni mucho menos. Pasaron más de tres décadas desde que el francés Edouard Benedictus descubrió de manera fortuita los efectos del nitrato de celulosa en el cristal. En 1903, a este inventor se le cayó un vaso de vidrio al suelo y, de manera sorprendente, no se hizo añicos. ¿Cuál fue la causa? Este vaso había sido el recipiente improvisado de nitrato de celulosa, y esta sustancia dejó una película seca adherida al interior. Esa fue la razón por la que a pesar del impacto el vaso no se rompió.


Benedictus evolucionó su descubrimiento y en 1909 presentó la patente de un vidrio de dos capas con una de celulosa en medio. Dos años después, creó la Société du Verre Triplex que crearía un primer compuesto pensado para los automóviles. Pero la creación de Benedictus tenía dos serios inconvenientes para extenderse en la incipiente industria del automóvil: su elevado precio y la decoloración de la capa de celulosa que deterioraba los parabrisas.

Mucho antes de que se encontrara una solución para ambos problemas, algunas marcas ya habían incorporado los cristales laminados. La primera que los integró de serie en uno de sus modelos fue Rickenbacker Motor Company en 1926. Otro fabricante, Lincoln, dos años antes, había hecho un importante avance al desarrollar un parabrisas a prueba de balas para el Police Flyers, un modelo de coche para la policía. Este vehículo utilizaba una combinación de vidrio y policarbonato de 2,5 cm de grosor.

Los años 30: el impulso definitivo

La década de los 30 fue decisiva en la evolución de los parabrisas. Se convirtió en un elemento básico en la batalla por el progreso del automóvil entre los diferentes fabricantes, cada vez más numerosos y potentes. Una de las primeras innovaciones fue el parabrisas inclinado, que ofrecía nuevas opciones de diseño y mejoraba la aerodinámica. Cadillac y Chevrolet compartieron el mérito de este avance. En 1934, Chrysler lanzó el primer parabrisas de una sola pieza con formas curvas y, dos años más tarde, General Motors apostó por el parabrisas dividido verticalmente. Todos los grandes actores estaban inmersos en la carrera por mejorar los vidrios de sus coches.


No obstante, a pesar de los avances, seguía habiendo dos hándicaps evidentes: el precio y la decoloración de los cristales laminados. Pero al final de la década de los treinta también eso cambió. En 1937, una huelga de la Federación de Trabajadores de Vidrio de Estados Unidos provocó una serie de cambios que generaron una caída en los precios. Un año después, el butiral de polivinilo desarrollado por Carleton Ellis resolvió el problema de la decoloración. Ford volvió a tomar la iniciativa, una vez más, y en 1939 una publicidad de la marca daba a conocer el cristal de seguridad Indestructo que aseguraba que “además de no romperse en mil pedazos, es cristalino y no se decolora”. 

Los cristales templados, que se utilizan en los laterales y en la luna trasera, también es un progreso de los prodigiosos años 30.

La seguridad, lo más importante

La seguridad siempre ha guiado los pasos de la evolución de los parabrisas y esa norma se ha mantenido inalterable desde los albores de la industria del automóvil hasta hoy, a las puertas de innovaciones que parecen sacadas de una película de ciencia ficción.  Los continuos avances han permitido que los parabrisas sean cada vez más ligeros, más delgados y mucho más resistentes. En 2016, el Ford GT sorprendió al mercado con un cristal Gorilla Glass, un producto pensado para las pantallas de los smartphones. 


La última generación de parabrisas ha superado con creces las expectativas y los propósitos de los pioneros de la industria del automóvil. Buena parte de la seguridad de los vehículos descansa en este elemento, que en sus orígenes generó rechazo precisamente por provocar lesiones al romperse en mil pedazos en caso de colisión.

Los parabrisas del siglo XXI soportan alrededor de un 30% de la resistencia estructural del coche. A pesar de ser más ligeros que nunca, su papel es fundamental para impedir que el techo se hunda en caso de que el vehículo vuelque. Pero hay más, mucho más. Sobre la superficie de la luna frontal se ubican sensores que garantizan el correcto funcionamiento de los sistemas ADAS de seguridad activa. Funciones como la frenada de emergencia o la alerta de cambio de carril dependen de la información que captan dispositivos que están en el parabrisas, aprovechando su posición privilegiada en el vehículo. 


No cabe duda de que el futuro tiene reservadas nuevas funciones para el parabrisas. Una apasionante evolución que no ha cesado en ningún momento desde hace más de un siglo y que seguirá sorprendiendo en el futuro. 

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