Alfred Nobel, dinamitero y pacifista

El inventor, químico y empresario sueco nació el 21 de octubre de 1833 y creó los prestigiosos premios que llevan su nombre.


La vida de Alfred Nobel fue una sucesión de brillantes descubrimientos, inmensas fortunas y profundos remordimientos y sentimientos de culpa. Aunque hoy su nombre está asociado con uno de los premios más prestigiosos del mundo, en otros tiempos fue admirado y criticado por partes iguales debido a la labor científica que realizó. Alfred Nobel es uno de esos personajes que esconden muchas más caras además de sus perfiles.

Nacido en 1833 en Estocolmo, pasó casi toda su infancia en Rusia debido a los negocios que su padre había comenzado allí abriendo una fábrica armamentística. Es muy probable que su relación con este mundo fuese el origen de la pasión que Alfred Nobel sentía por el estudio de los explosivos. Centrando su labor en la nitroglicerina, una sustancia altamente inestable y peligrosa de manejar, pasó años buscando formas de que pudiese emplearse de forma segura. En 1865, una explosión de esta sustancia mató a su hermano pequeño y a otras cuatro personas, hecho que marcó profundamente a Alfred y le hizo trabajar duramente hasta desarrollar, un año después, la dinamita.

Su invento fue revolucionario, ya que empapaba de nitroglicerina un material poroso para que pudiese utilizarse sin tanto peligro. Nobel, que siempre fue una persona liberal para la época y un pacifista declarado, vio que la dinamita podría suponer grandes avances en sectores como la ingeniería, la industria o la minería y probablemente con esa misma idea desarrolló también la gelignita (1875) y la balistita (1887), otro tipo de explosivos basados también en la nitroglicerina. La patente de todas estas creaciones, además de la inversión de Nobel en pozos petrolíferos en el Cáucaso y otros negocios –entre los que se incluye la venta de cañones−,  hicieron que Alfred Nobel amasara una fortuna considerable para la época. Poco antes de su muerte, la cantidad rondaba los 33 millones de coronas suecas.

Puede que las contradicciones entre su forma de pensar y las decisiones tomadas como empresario fueran las que sembraran las bases de su terrible problema de conciencia. Su trabajo con explosivos acabó por aplicarse, como era de esperar, a la industria armamentística y se utilizó en los conflictos bélicos de la época, provocando numerosas muertes. Este remordimiento hizo que Alfred Nobel, al final de su vida, quisiera redimirse por el daño causado y donara casi toda su fortuna a una fundación que tendría la finalidad de reconocer y recompensar la labor de quienes trabajan para hacer un mundo mejor.

Alfred Nobel murió en 1896 sin poder ver su sueño cumplido, pero la fundación y el premio que llevan su nombre empezaron a funcionar en el año 1900 e incluyen entre sus galardonados a algunas de las mejores mentes de la Física, la Química, la Economía, la Medicina, la Literatura o la lucha por la paz.

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