Apocalipsis: ¿por qué nos fascina el Armagedón?

No son pocas las voces que consideran que el ser humano es una plaga para la tierra: masificación, cambio climático, contaminación de los océanos, devastación de los recursos naturales... Sin embargo, nuestro reinado podría estar cerca de llegar a su fin.

Imagen: Ursula Coyote/ Netflix

En octubre de 2019 llegó a los cines la intimista La luz de mi vida, que cuenta la historia de un hombre y su hija intentando sobrevivir después de que una pandemia haya arrasado a las mujeres del planeta; en Netflix se estrenó Daybreak, una serie posapocalíptica con adolescentes como protagonistas; y también tenemos proyectos como una nueva adaptación de la novela de Stephen King Apocalipsis (1978), en la que un virus gripal creado de manera artificial se expande por todo el mundo, sembrando la muerte allá por donde pasa. Son solo tres ejemplos que dejan patente que el del fin del mundo es un tema cinematográfico que no va a pasar de moda fácilmente. Enfrentarnos a la total aniquilación –planetaria o regional–, ya sea por culpa de asteroides, catástrofes climáticas, extraterrestres o conspiraciones industriales es algo rutinario para la industria del cine. Para muestra, un botón: en los últimos años hemos podido ver que gran cantidad de películas han incorporado, de una u otra forma, el apocalipsis como referencia: La quinta ola (2016), Independence Day: contraataque (2016), X-Men: Apocalipsis (2016), La Liga de la Justicia (2017), Mortal Engines (2018) o Vengadores: Endgame (2019), entre otras muchas. Y es así porque nos gusta pensar –y ver– el fin del mundo.

Curiosamente, el país que en la actualidad más exporta el apocalipsis, Estados Unidos, ha cambiado desde hace unos años su manera de enfocarlo. Para Karen A. Ritzenhoff, profesora en el Departamento de Comunicación de la Universidad Estatal de Connecticut Central y coautora del libro The Apocalypse in Film (El apocalipsis en las películas), una fecha lo cambió todo: el 11 de septiembre de 2001. “Antes del 11-S, incluso si había un Godzilla que se estaba apoderando de Nueva York, o si una ola destrozaba la Estatua de la Libertad, al final sobrevivías, había alguien parecido a un héroe. Pero desde entonces no hay resolución, no hay un final feliz”.

No son solo los actos de terror aleatorios los que alimentan nuestras pesadillas apocalípticas: vivimos en un ciclo de catástrofes las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, con plagas, inundaciones y guerras interminables, todo disponible para nuestro placer visual con solo pulsar un botón; y, a veces, de forma casi inevitable por las omnipresentes pantallas de televisión que encontramos en aeropuertos y gimnasios. E incluso en los propios informativos, que cada vez dedican más tiempo a noticias que antes estaban reservadas a periódicos como El Caso, y que transmiten una sensación de que “el mundo se está yendo a la mierda”. El británico Iain Hollands, creador de la serie de televisión de 2015 Tú, yo y el apocalipsis, explica que, cuando estaba preparándola, descubrió que el fin del mundo era un tema omnipresente en las parrillas de las televisiones. “Cada vez que salía algo nuevo, pensaba: ‘Oh, no, ya me han jodido’. Pero la audiencia no parece cansarse de ese tema”, destaca Hollands.

Poema de Gilgamesh. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Esta pasión por el fin de los tiempos la encontramos a lo largo de toda la historia de la humanidad. La epopeya de Gilgamesh, la obra literaria más antigua conocida –escrita en tablillas de arcilla hacia el año 2000 a. e. c. (antes de la era común) –, narra un apocalipsis. Cuenta que hubo una época en la que los dioses vivían junto a los humanos en la ciudad de Shuruppak, hasta que un día, por razones desconocidas, decidieron acabar con la especie humana con una inmensa inundación. El resto de la historia es bien conocida por judíos y cristianos, y lo único que cambia es el nombre del protagonista: en el poema sumerio, se llama Utnapishtim; en la judeocristiana, recibe el nombre de Noé.

La forma más pesimista e imaginativa de describir el fin de la existencia humana lo encontramos en el maestro flamenco de mediados del siglo XV el Bosco (1450-1516). En su pintura más famosa, el Tríptico del Juicio Final, que se conserva en la Academia de Bellas Artes de Viena (Austria), el infierno prima sobre un paraíso prácticamente inexistente.

Durante el Renacimiento, los artistas continuaron ilustrando las escenas del libro bíblico del Apocalipsis, el manual occidental para representar el fin del mundo. Y era una tarea económicamente rentable: a Durero la serie de grabados en xilografía del Apocalipsis –considerados como su obra maestra– publicados en 1498 por el propio autor le reportó pingües beneficios. Y, en 1535, el papa Pablo III encargó a Miguel Ángel el fresco más grande jamás pintado, que se ubicaría en la pared del altar de la Capilla Sixtina. El tema: el Juicio Final, con la humanidad haciendo frente a su salvación.

La I Guerra Mundial nos trajo el temor de que el juicio final pudiera llegar fruto de la mecanización bélica.

El Juicio Final, Miguel Ángel. Imagen: Wikimedia Commons.

 

La llegada de la modernidad hizo mudar la forma en que vemos el apocalipsis: de un final impuesto por una deidad a otro que nos sobreviene del exterior. Así, la I Guerra Mundial nos trajo el terror a la mecanización bélica que acabó con millones de vidas durante el conflicto: véase, si no, la película de 1921 Los cuatro jinetes del Apocalipsis, basada en la novela más famosa de Vicente Blasco Ibáñez, y que se convirtió en una de las más exitosas de la era muda. La protagonizó el que se convertiría en el latin lover por excelencia, el italiano Rodolfo Valentino, que interpretaba a un bailarín de tango un tanto disoluto que encuentra una muerte sin sentido en el campo de batalla. La película termina con esos jinetes de la destrucción galopando por el cielo sobre un cementerio de cruces blancas.

Siguió avanzando el siglo y, tras la II Guerra Mundial, pasamos de sufrir un juicio final divino a un suicidio colectivo, con desastre atómico por medio: acabábamos de sumergirnos en la Guerra Fría.

A veces esa amenaza era metafórica, como en la versión cinematográfica que en 1953 se hizo de la famosa novela de H. G. Wells La guerra de los mundos –que, por cierto, acaba de ser revisada por la BBC en una miniserie de televisión homónima, la primera adaptación que se desarrolla en el periodo histórico del libro original, la Inglaterra de 1890–. En otras ocasiones, llegaba como subproducto del mundo radiactivo, como la serie de películas de Godzilla y la mala y aburrida El día del fin del mundo (1955), del rey de las películas de serie B Roger Corman. Muy pocas se atrevían a presentar la autodestrucción nuclear de manera realista, como en la sombría La hora final (1959), de Stanley Kramer, conocido en Hollywood como el director de películas “con mensaje” y que planteó una visión pesimista de un mundo en el que una guerra nuclear había devastado el hemisferio norte y la amenaza radiactiva se extendía lentamente al sur. En este filme, ante la imposibilidad de sobrevivir, el Gobierno australiano distribuye pastillas de suicidio para evitar la muerte por radiación. La escena final, con las calles de Melbourne vacías y azotadas por el viento mientras se ve una pancarta del Ejército de Salvación que reza “Todavía hay tiempo... hermano”, es de una desolación aplastante y, posiblemente, pudo con los espectadores: a pesar de la potencia de sus protagonistas –con Gregory Peck, Ava Gardner, Fred Astaire y Anthony Perkins a la cabeza–, del relato y de la estética visual, la película perdió 700.000 dólares en taquilla.

Veinticuatro años después, en 1983, otra generación tuvo su propia visión de la doctrina de la destrucción mutua asegurada: la cadena estadounidense de televisión ABC detalló, en El día después, los efectos de una guerra nuclear en una ciudad de Kansas. Su realismo logró asustar a mucha gente, incluido el presidente Ronald Reagan, que escribió en su diario: “Es muy efectiva y me dejó muy deprimido”.

Imagen: Getty Images.

 

El perfeccionista e inclasificable Stanley Kubrick trató el tema en su clásico de 1964 ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (una peculiar traducción del título original: Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb –en español, sería “Dr. Strangelove: O cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba”–), donde unos personajes absurdos desencadenan un desastre nuclear a través de una combinación de paranoia, maldad e incompetencia.

Otro tipo de apocalipsis es el que viene del espacio exterior en forma de cometa o meteorito. Desde Cuando los mundos chocan (1951) hasta Meteoro (1979), o las más modernas Armageddon (1998), Deep Impact (1998) o la española 3 días (2008), nos presentan diferentes formas de afrontar lo que al final parece ser inevitable: la desaparición de la especie humana. Y esto sí es significativo en el enfoque de las películas. Como ha dicho el citado director británico Iain Hollands: “Si quieres resumir la diferencia entre estadounidenses y británicos, es esta: mientras los primeros se plantean de forma proactiva cuestiones del estilo de ‘¿cómo van a detener esta cosa?’, los británicos dicen ‘bueno, están jodidos; no hay nada que hacer’”. Para Hollands, la popularidad del género puede deberse a que tal vez el apocalipsis es una nueva frontera, una forma de hacer preguntas sobre el tipo de personas que somos y qué tipo de reglas queremos cumplir. ¿Qué valoramos más?: ¿solo la supervivencia, aunque tengas que renunciar a todo lo que te hace humano, a toda tu ética?                                            

Esto es lo que plantea la cinta surcoreana Snowpiercer (Rompenieves), de 2013: la Tierra se halla en una nueva era glacial, tan seria que la vida es imposible en la superficie. Y aunque la tecnología no ha logrado salvar el planeta, sí ha conseguido que unos pocos vivan en un tren de un kilómetro de largo que funciona con energía nuclear y recorre un circuito de más de 30.000 km. Allí, lo poco que queda de la humanidad sobrevive en una estructura social que se mantiene gracias a la violencia y la esclavitud. Snowpiercer incide en la pregunta clave de todo relato apocalíptico: ¿qué sucede con los que sobreviven? ¿Cómo se organizan? ¿Dónde quedan las normas morales? ¿Quién decide el futuro? Curiosamente eso siempre queda en manos de unos pocos, como en el film de Roland Emmerich 2012 (2009).

Pero ¿qué hace que el apocalipsis sea tan atractivo? Es obvio que, por un lado, tenemos la amenaza del final de la civilización y de la humanidad. En el cine se refleja que el mundo está al borde del colapso: los líderes empujan a las naciones hacia el desastre, las empresas destrozan el planeta por su ansia de dinero y poder, la ciencia toma un giro inesperado, la tecnología está fuera de control... En cualquier momento estas fuerzas desestabilizadoras nos amenazan con lanzarnos al vacío. El final siempre está cerca. Pero, por otro, tenemos que ese temido fin nunca llega. Porque, aunque mueran miles de millones de personas, siempre hay alguien que sobrevive. Es el subgénero de los mundos posapocalípticos estilo Cuando el destino nos alcance (1973), Mad Max (1979), La carretera (2009), Los juegos del hambre (2012), El corredor del laberinto (2014), Guerra Mundial Z (2013) o la mítica serie de televisión The Walking Dead, estrenada en 2010. La vida se hace difícil, pero la humanidad continúa. En muy pocas ocasiones se termina con todo o casi todo, como en las citadas La hora final y ¿Teléfono rojo?, o en la estupenda novela de Richard Matheson Soy leyenda (1954), llevada al cine en dos ocasiones de manera irregular: una homónima, protagonizada por Will Smith en 2007 y la otra, con Charlton Heston, titulada El último hombre vivo (1971) –.

Es por eso por lo que resulta tan atractivo plantearse ciertas preguntas: ¿qué hacer si el destino del mundo depende de una decisión? Si fuéramos nosotros, ¿cómo nos comportaríamos? Estamos ante historias que nos fuerzan a hacer frente a un momento heroico. Las narraciones del fin del mundo nos permiten imaginar un renacer global y jugar con nuestros deseos utópicos. Y es que el apocalipsis no trata del final, de esos miles de millones de personas muertas que deja a su paso, sino de lo que viene después. En la Biblia es la parusía, la segunda venida de Cristo: no es el caos y la muerte, sino que Cristo vuelve para cumplir su palabra, pues apocalipsis es una palabra griega que significa ‘revelación’, desvelar algo que está oculto.

Imagen: Getty Images.

 

En Estados Unidos son muy populares en la iteratura y el cine los mundos posapocalípticos porque allí están convencidos de que si se quedaran solos, sin jefes o Gobierno, lo harían todo mucho mejor. Una de las representantes más famosas de este punto de vista es la escritora y filósofa rusa Ayn Rand (1905-1982), seudónimo de Alisa Zinóvievna Rosenbaum y autora de, entre otras obras, El manantial (1943) y La rebelión de Atlas (1957). “Cada individuo tiene derecho a existir por sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros para sí”, insistía a mediados del siglo XX; si nos quedáramos solos para hacer lo que quisiéramos sin ningún control, Rand estaba convencida de que la utopía emergería espontáneamente. Esta es la idea de fondo de muchas películas y series de televisión como Jericho (2006-2008), que trata de un futuro posnuclear en el Medio Oeste estadounidense, donde un pequeño pueblo no solo sobrevive, sino que prospera –con dificultades, obviamente– dentro de un nuevo orden mundial.

Las narraciones del fin del mundo nos permiten imaginar un renacer global.

Imagen: Wikimedia Commons.

 

Este es el valor de las historias apocalípticas: ¿no sería maravilloso que, de repente, todas las cosas malas desaparecieran, que todas las personas malvadas muriesen? El mundo comienza de nuevo y cualquier atrocidad que hayamos cometido en este planeta –o entre nosotros– se borra en un instante. “La contrafobia es la idea de que perseguimos lo que más tememos en un esfuerzo por controlar la ansiedad —dice el psicólogo Lawrence Rubin—. La fascinación por el fin del mundo nos brinda una forma de controlar lo incontrolable, dominar la ansiedad sobre la muerte, que es ineludible”. Básicamente es la idea de dominar, de vencer a la parca, de sobrevivir contra todo pronóstico.

Por otro lado, según el neurocientífico de la universidad de minnesota Shmuel Lissek, hay un encanto en saber que el mundo va a terminar. “Las creencias apocalípticas hacen que las amenazas existenciales, el miedo a nuestra mortalidad, sean predecibles”, dice Lissek. En colaboración con Christian Grillon, ha descubierto que si una experiencia desagradable o dolorosa, como una descarga eléctrica, se puede prever, entonces nos relajamos; desaparece la ansiedad producida por la incertidumbre. Dicho de otro modo: saber cuándo llegará el final para muchos de nosotros es, paradójicamente, una razón para dejar de preocuparnos.

Para el psiquiatra y escritor de libros infantiles Steven Schlozman, es el paisaje posapocalíptico lo que más fascina a las personas. “Hablo con los niños y lo ven como algo bueno. Dicen que ‘la vida sería muy simple: dispararían a algunos zombis y no tendrían que ir a la escuela”. Para Schlozman, las personas solemos romantizar el final de los tiempos: en realidad hablamos de sobrevivir, prosperar y volver a la naturaleza. “Toda esta incertidumbre y todo este miedo se unen y la gente piensa que quizá la vida sea mejor después de un desastre”. Una forma de ver el fin de los tiempos muy diferente a la mítica escena final de El planeta de los simios (1968), con un horrorizado Charlton Heston gritando a los pies de una Estatua de la Libertad semidestruida: “¡Yo os maldigo a todos!”.