Viviendo en modo apocalipsis

Vivir pensando que el apocalipsis está cerca es una anestesia, un ansiolítico que nos tranquiliza mientras nos abandonamos al destino y confiamos en la salvación.

Ciudad destruida
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Una de las ficciones más recurrentes sobre el cambio climático es que pasa de golpe, como el juicio final. Sucede en las películas, cuando el fallo sistémico del planeta se manifiesta por completo un martes. Hasta entonces, todos estaban tan panchos, conduciendo sus Volvos en un mundo idílico de aspersores funcionando, niños en bicicleta y mariposas suspendidas en un arcoíris de limpia transparencia. En la pesadilla de Sarah Connor, en Terminator 2 (James Cameron, 1991), la escena es devorada por la onda expansiva de una explosión nuclear.

Dicen que el apocalipsis es una fantasía que consuela, porque sustituye la incertidumbre de un futuro ruinoso por una sola escena de acción heroica donde solo existen certezas: vivo o muerto, bueno o malo, principio o final. Es por esa fantasía que hablamos de “parar el cambio climático” como si fueran las próximas elecciones o la marcha del ocho de marzo. Como si fuera un asteroide que viaja en nuestra dirección y la única salvación fueran Bruce Willis, un taladro gigante y la música de Aerosmith. Precisamente, el día que escribo estas líneas el New York Times abre con un titular que llama “asteroide” a la pandemia y cómo sobrevive a él una calle comercial en decadencia. Decimos que no queremos que les pase a nuestros hijos, como si no nos estuviera pasando ya.

Pero el apocalipsis no es consuelo, sino anestesia, un ansiolítico que nos tranquiliza mientras nos abandonamos al destino y confiamos en la salvación. Nos anestesiamos comprando cosas para el evento, consumiendo series sobre el evento, jugando a videojuegos del evento mientras comemos carne y bebemos birra, generando suficiente dopamina para esquivar la angustia y sustituir la acción. En otras palabras, el apocalipsis nos tiene atrapados, debilitados, absortos y produciendo más CO 2 que nunca. Como es lógico, con la pandemia hemos ido a peor.

Uno pensaría que con el confinamiento planetario de 2020 la producción de CO2 habría bajado a la mitad. Según Carbon Monitor, entre el 1 de enero y el 30 de abril de ese año hubo una caída del 7,8 % de las emisiones a nivel mundial en comparación con el mismo período en 2019. Después, señala un nuevo incremento de las mismas a partir de ese momento hasta llegar a igualar –e incluso superar– las del año anterior. Cuando la economía despertó, el apocalipsis todavía estaba allí, dominando todo nuestro espacio psíquico. Una oportunidad de oro para oportunistas, industrias extractivas y especuladores.

Por ejemplo, el CO2 no se dispersa ni se disipa, se acumula. Esto significa que ya no basta con parar. Incluso si mañana mismo fuéramos capaces de reducir todo al mínimo imprescindible, haría falta sacar ese compuesto de la atmósfera y ponerlo en otro lugar o transformarlo en otra cosa. Hay distintas clases de soluciones a ese problema, pero en el canal apocalipsis solo ponen las apocalípticas. Cogeremos el taladro de Bruce Willis, en lugar de reforestar.

En el Libro del apocalipsis, también llamado de las revelaciones, siete ángeles vierten sobre la Tierra las copas de la ira de Dios. Unas enferman a los infieles, otras convierten el mar en sangre o secan los ríos. La cuarta le da al Sol poder para quemar con fuego a la gente, y la séptima causa un seísmo que destruye ciudades y engulle islas y parte de la tierra. La obra, escrita cuando se linchaba a cristianos, acaba con la caída de Roma/Babilonia y la llegada de la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Solo que su Jerusalén era en la otra vida, y la nuestra es Marte, con el profeta Elon Musk. Pero son fantasías. Hay que despertar.

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