¿Tiene sentido estudiar filosofía hoy en día?

Por mucho progreso científico y tecnológico que seamos capaces de alcanzar, seguimos necesitando buena filosofía.

 

La pregunta sobre si estudiar filosofía tiene algún sentido en la actualidad, rebrota con fuerza cada vez que una nueva reforma legislativa retoca los planes de estudio en la enseñanza secundaria.

Pronto se aviva el debate, espoleado por dos bandos arquetípicos: por un lado, quienes tachan a la filosofía de antigualla inservible, mientras que apelan a la utilidad práctica de los conocimientos técnicos que las nuevas generaciones pueden rentabilizar en el mercado; por otro lado, quienes claman al cielo ante la mismísima extinción del pensamiento, horrendo panorama derivado de forma inexorable de unas aulas sin filosofía.

Seguramente, unos y otros yerran en su juicio. Los primeros, reduciendo lo valioso a lo útil. Si algo no encaja con las demandas del mercado, si no es visiblemente práctico, no es útil. El problema de tan reducida visión es que confunde importante con rentable.

Los segundos, se equivocan porque plantean un escenario en el que la única forma de pensar sea pensar filosóficamente, como si los alumnos no pensaran ya cuando resuelven ecuaciones, desentrañan el significado de un poema, construyen circuitos eléctricos o escriben una obra de teatro.

Lo paradójico del asunto es que preguntarse por el sentido de estudiar filosofía nos conduce, queramos o no, a ejercitarla. No es necesario hablar de filosofía para hacer filosofía. Como afirmó el filósofo argentino Mario Bunge: se puede ignorar la filosofía, pero no evitarla. ¿Qué significa esto?

 

La alternativa a la filosofía es la mala filosofía

Este es, probablemente, el mejor argumento en defensa de la necesidad de ejercitar una filosofía crítica y rigurosa: no es que la filosofía sea más o menos útil, es que no podemos renunciar a ella, la hacemos queramos o no. Si es así, mejor que sea buena.

Todas las personas, sin importar nuestro origen o nivel cultural, nos conformamos una visión sobre la realidad, entendemos algo sobre qué es lo bueno, lo justo, lo bello, la libertad, lo verdadero, lo objetivo… Cada cual tiene, por así decirlo, su cosmovisión, su mapamundi para orientarse en la vida. En ese sentido, como decía el filósofo español Gustavo Bueno, todos somos filósofos. Claro que, añadía siempre, unos mejores que otros.

Cuando no nos hemos dedicado a analizar a fondo nuestras creencias y a poner en tela de juicio las ideas recibidas, esa filosofía personal es más torpe e intuitiva. Algo así como una filosofía espontánea de andar por casa.

Será al profundizar en el origen y desarrollo de las ideas, al enfrentar unas cosmovisiones (esas filosofías mundanas) con las que tienen nuestros amigos, vecinos o parejas, cuando irán apareciendo ciertos esquemas que serán mejores que otros, más consistentes, potentes y coherentes.

Dado que nuestro presente es plural, en la sociedad conviven distintos sentidos, valores, creencias, fuerzas políticas e intereses. Del mismo modo, encontramos múltiples y variados saberes, que son científicos, políticos, religiosos, artísticos, etc. Algunos de ellos son más racionales que otros. Y más nos vale hacernos con una buena brújula para no perdernos tan fácilmente en la espesura del bosque que habitamos.

De tal pluralidad emergen una serie de problemas y contradicciones. ¿Cómo ordenar esa maraña sin volvernos locos? ¿Cómo conducir nuestros actos del mejor modo? La mejor manera es haciendo un análisis lo más fino posible, intentando hallar las relaciones entre las ideas, clasificándolas, definiéndolas y determinando dónde empiezan y terminan las posibilidades de las preguntas, cuándo no podemos tener respuestas y por qué. Es decir, practicando una filosofía crítica (crítica viene del griego κρινειν, separar, cribar) que nos ofrezca una cosmovisión más firme que aquella de la que echábamos mano a falta de algo mejor.

 

Analizar el presente, tarea de la filosofía

Fuente: Piqsels
Fuente: Piqsels

Desde sus inicios, la filosofía cobra especial sentido donde hay conflicto, contradicción, encuentro entre diferentes, choque. No parece casualidad que los testimonios de los primeros filósofos nos remitan a la ciudad griega de Mileto, en la costa egea de Asia Menor, que en el siglo VI a. C. tenía un abundante intercambio comercial con pueblos foráneos y, por ende, estaba sobrada de conflictos culturales. Allí se ubica a los primeros pensadores que han recibido el nombre de filósofos: Anaximandro, Tales y Anaxímenes.

En un mundo cambiante, los antiguos griegos usaron la filosofía como una herramienta para poner en orden todas esas costumbres, saberes y sistemas políticos en crisis. El mismo destino dialéctico, de enfrentarse y alimentarse, es el que corren las distintas filosofías hoy, que intentan dar cara a los problemas tal y como han llegado a nosotros.

¿Están en el mismo plano un aborto que un asesinato? ¿Podemos conocer el origen del Universo? ¿Cómo saber qué es lo justo? ¿Deberíamos usar la fuerza armada contra un país que ha invadido injustamente a otro? ¿Tiene sentido y finalidad la vida humana? ¿Podemos conocer la realidad o más bien la construimos?

Estas preguntas, y muchas otras que escapan al dominio científico, podemos contestarlas de forma improvisada, guiándonos por nuestras opiniones y sentimientos, o sea, con filosofías de poca calidad. También podemos hacerlo de forma sistemática, desde una filosofía rigurosa y fundamentada en buenos argumentos, a modo de andamios, siempre revisables.

Para edificarse, la filosofía crítica y rigurosa, que aspira a ser objetiva, exige analizar el presente y tener muy cerca a sus amigas más necesarias, las ciencias, que ofrecen conocimientos fiables sobre pequeñas parcelas del mundo en constante cambio.

Con su saber especializado, las ciencias (que también son muchas y no una) nutren a la filosofía de conocimientos necesarios para seguir construyendo el mapamundi general de la realidad, que luego chocará con otros saberes, tanto científicos como no científicos, en un proceso ilimitado.

Cada nueva teoría, hipótesis, descubrimiento o tecnología trae consigo nuevos desafíos, algunos de ellos filosóficos. Y es así como los nuevos conocimientos suman, a la lista de temas clásicos, nuevos elementos de interrogación y reflexión filosófica. Tiempos nuevos, problemas nuevos, y nuevas vías para enfocar los viejos problemas.

Pero si, como decimos, queremos analizar el presente, ¿tiene sentido estudiar a los autores del pasado?

 

¿Estudiar filosofía o hacer filosofía?

A los estudiantes de educación secundaria y bachillerato, la filosofía les suele parecer algo así como un conjunto, más o menos exótico y desconectado, de ocurrencias y pensamientos incomprensibles elaborados por genios que se enfrentan los unos a los otros intentando rebatir con sus teorías las de sus oponentes.

No es de extrañar, pues a menudo la filosofía que se enseña en los institutos queda reducida a su historia, a la recopilación de las propuestas de los autores célebres (lo que se conoce como doxografía). Y así, el asunto termina comprimido en una retahíla de citas de Platón, Aristóteles, San Agustín, Descartes, Kant, Marx, Nietzsche…, y con suerte algún español, que suele ser Ortega y Gasset.

Quizá entonces la pregunta inicial del artículo deba reformularse así: ¿tiene sentido estudiar historia de la filosofía hoy en día? Podríamos decir que sí, en la medida en que estudiar el devenir de la filosofía a lo largo del tiempo invita a confrontar la filosofía espontánea que cada uno tiene con la filosofía académica y profesional de tiempos pretéritos, en aras de depurar y enriquecer las propias posiciones.  

Parece necesario, desde luego, conocer los senderos que otros filósofos han recorrido, muchos con gran ingenio y notabilísima inteligencia, antes que nosotros. De lo contrario, tenemos muchas papeletas para quedar huérfanos de perspectivas cruciales en nuestro discurrir, y con gran probabilidad pecaremos de ingenuos queriendo partir desde cero, lo cual, además de ineficaz, es imposible.

Además, el contexto histórico en el que se desarrollan las ideas y escuelas filosóficas es una excelente oportunidad de valorar lo importantes que han sido las condiciones particulares de cada época en la constitución de sus grandes movimientos filosóficos: sus sistemas de creencias, la economía, la política, la ciencia, la religión, el arte, etc.

Pero no será suficiente con el repaso histórico. Desde ahí, desde la doxografía, hay que conectar las teorías con los problemas de nuestro tiempo y ver qué partes podemos rescatar, cuáles siguen siendo capaces de dar cuenta de nuestro mundo y cuáles han envejecido peor, quedando obsoletas. Por ello, es bueno incentivar en los alumnos el afán por criticar a los filósofos que leen. Así como los célebres nombres de la filosofía levantaban sus tesis “contra” y "junto con" las de los demás, los estudiantes pueden ensayar las respuestas por su cuenta, desde lo que ven, oyen y tocan cada día. No hay mejor homenaje a un filósofo que criticar su obra, en ese buen sentido de la palabra, cribando y aprovechando lo que nos es fructífero. 

 

Fuente: Piqsels
Fuente: Piqsels

Estudiar filosofía en el instituto tendrá un interés en la medida en que contribuye a la cultura general de los estudiantes, pero será un éxito cuando se convierta efectivamente en el pretexto de que los alumnos hagan una mejor filosofía, es decir, piensen mejor filosóficamente.

Los adolescentes de hoy en día tienen las mismas poderosas razones que tenían los antiguos griegos para beneficiarse de la reflexión filosófica: la necesidad de resolver contradicciones, clasificar ideas y vivir mejor.

Sin duda, el de la filosofía es un camino largo, difícil, que exige honestidad y esfuerzo. A cambio, comporta una serie de preciadas ventajas. Tiene un sentido, si queremos decirlo así. Su sentido es entrenar el gusto por el razonamiento filosófico bien tramado, aprender a identificar las falacias, hacerse cargo de que hay muchos tipos de filosofías y no todas valen lo mismo, distinguir las preguntas que pueden contestar las ciencias de aquellas que no, comprender que la buena filosofía no es un conjunto de opiniones arbitrarias sino un saber racional y objetivo, detectar las inconsistencias en nuestro discurso, ser menos débiles ante las manipulaciones ideológicas, tomar conciencia de las repercusiones éticas y políticas de cada avance tecnológico y, en definitiva, estar más equipados para considerar racionalmente las posibles alternativas que despliegan, ante cada uno de nosotros, las cuestiones cruciales que nos afectan como ciudadanos.

Nos guste o no, la filosofía tuvo un comienzo, pero no tiene un final, ocurra lo que ocurra con sus asignaturas en secundaria. No mientras haya personas teniendo que orientarse a través de una serie de ideas que no casan en armonía, conceptos que plantean interrogantes y valores entre los que hay que elegir.

Si la vieja filosofía no se ha extinguido como formar de preguntar y responder es por una poderosa razón: porque el mundo no deja de ofrecernos problemas filosóficos.

 

Para saber más:

Bueno, G. 1995. ¿Qué es la filosofía? Oviedo: Pentalfa.

Luis Cortés Briñol

Luis Cortés Briñol

Formado en filosofía y antropología, con un barniz en biología, neuropsicología y bioestadística. Soy escritor, guionista y documentalista. Intento introducir la filosofía allá donde voy, aunque no hace falta (pues está en todas partes). Vivo en una biblioteca

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