¿Tiene futuro escribir a mano?

La eclosión de pantallas y dispositivos táctiles amenaza con extinguir el viejo arte de escribir con bolígrafo, lápiz o pluma. ¿Qué consecuencias tendría?

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La información no tardó en ser desmentida por el propio Instituto Nacional de Educación finés: en aquel país se enseñaban dos sistemas de caligrafía, la simplificada y la de letra de imprenta. Los cambios consistían en dejar a la primera como asignatura optativa, mientras que la segunda se continuaría impartiendo. Lo que sí era cierto es que la mecanografía pasaría a ser nueva materia académica. Aclarado el malentendido, llegó el momento de la reflexión. ¿Habría alcanzado esa noticia tanta relevancia si no alimentara unos temores que llevan latiendo desde hace años y que tienen base en los cambios con que nos zarandea sin descanso la sociedad dospuntocero? Pensar que la escritura a mano está condenada a muerte no es una extravagancia. Sobre todo porque hay gente luchando para que desaparezca.

Una de las caligráfobas más activas en la actualidad es la profesora y editora norteamericana Anne Trubek, que ha pisado ampollas con la publicación de su libro The History and Uncertain Future of Handwriting (La historia y el incierto futuro de la escritura a mano). Después de un extenso repaso a su historia y su indiscutible importancia en el desarrollo de la humanidad, Trubek llega a la conclusión de que nos aferramos a ella por motivos más sentimentales que prácticos.

En sus artículos no duda en abogar por la erradicación de la caligrafía en los colegios, y tras describir de qué manera sufre su hijo por intentar trazar con corrección la G, declara: "Dejemos de brutalizar a nuestros niños con años de ejercicios sobre cómo debe escribirse una ese mayúscula; la escritura a mano es un parpadeo en la larga historia de las tecnologías de la escritura, y ya es hora de tirar a la basura esta manera artificial de plasmar las letras, igual que hicimos con las tablas de arcilla, las señales de humo y otros inventos de la Antigüedad".

Brubek no está sola: sus argumentos coinciden con los de algunos apóstoles de la sociedad digital, quienes han manifestado que no ven el momento en que el papel, las pizarras y los bolis desaparezcan en beneficio del teclado y cualquier otro sistema que permita ganar en velocidad y conectividad. Otros van incluso más allá, y proponen la desaparición de todo tipo de escritura: es el caso del periodista tecnológico norteamericano Clive Thompson, que defiende los mensajes de voz y el dictado como mejores y exclusivos canales de creación y comunicación.

La resistencia de los cuadernos

¿Hasta qué punto tienen razón? Hay dos hechos innegables. En primer lugar, desde que comenzó a trazar los primeros signos gráficos, el ser humano no ha cesado de utilizar este conocimiento. Y por otra parte, cada vez que ha aparecido un nuevo soporte o sistema que hacía más fácil la tarea de escribir, casi todo el mundo dejó de lado el viejo. La expresión manuscrita ya se vio amenazada por el teléfono y la máquina de escribir hace 150 años; y de hecho, su uso disminuyó en beneficio de esas dos innovaciones, aunque nadie se planteó en serio su desaparición.

Hoy día, entre la gente que escribe –que no es todo el mundo: el 17 % de la población global, alrededor de 775 millones de personas, es analfabeta según datos de la UNESCO–, sería muy difícil encontrar a alguien que lo hiciera exclusivamente a mano. Y sin embargo los cuadernos y los folios se resisten a desaparecer. Es posible hallarlos incluso en muchos ambientes profesionales plenamente integrados en el mundo digital, desde el despacho de un alto directivo a la mesa de un experto en redes sociales o un consultor de comunicación. Todos coinciden en que, aunque luego puedan o no volcarlo en el ordenador, apuntan a mano las cosas importantes, porque "así se recuerdan mejor".

Apuntar, trazar o esquematizar se suelen asociar con la creación, pero tiene otros muchos usos. De hecho, los primeros documentos escritos hallados, pertenecientes a la civilización sumeria, no tienen nada de literario: son anotaciones de contabilidad sobre grano y cabezas de ganado, registrados en escritura cuneiforme –sobre tablillas de arcilla, mediante un punzón vegetal con forma de cuña– hace unos 5.000 años.

Con la creación de los primeros asentamientos humanos permanentes, que evolucionarían hasta formar ciudades, determinadas áreas del comercio y la administración comenzaron a hacerse demasiado grandes como para retenerlas en la memoria. Por supuesto, la técnica no estaba al alcance de todo el mundo, y solo se podía aprender en las rigurosas escuelas de escribas. Pero quien la dominaba tenía asegurado un empleo de por vida, y no uno cualquiera: traspasar a un soporte sólido los edictos, leyes y cuentas de los más poderosos, muchos de los cuales –desde reyes y faraones a cortesanos– no consideraban necesario aprender.

Ya por entonces, quienes se ganaban el sustento escribiendo no les hacían ascos a las novedades que, poco a poco, fueron llegando. Grabar signos con plumillas de caña era un proceso lento y trabajoso, así que nadie las echó de menos cuando en Egipto aparecieron las primeras hojas, tintas y plumas.

Etiquetas: culturacuriosidadeseducacionpsicología

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