Los vikingos invaden España

Llegaron de las frías tierras del norte para saquear y asolar Hispania. Y tal fue su ferocidad que tanto en los reinos cristianos como en al-Ándalus las gentes creyeron que había llegado el fin de los tiempos.

 

Según el monje inglés Alcuino (730-804), “jamás Britania había vivido nada igual”. Dos años después, los mismos bárbaros incendiaron la iglesia de Lambay, en Irlanda, y se asentaron en la zona. Las costas de lo que hoy es Gales, Inglaterra, Francia y España no tardaron en recibir su visita.

 

Los vikingos procedían de Escandinavia, un ente territorial que en aquel tiempo agrupaba a Noruega, Suecia y Dinamarca. Sus habitantes habían sobrevivido aislados y al margen del comercio europeo, a excepción de la venta ocasional de pieles y de cera de abeja, que se tenían por artículos de lujo. Sin embargo, las cosas cambiaron hacia el año 600. Según explica en su libro Colapso (Debate, 2012) el biólogo y fisiólogo evolucionista de la Universidad de California Jared Diamond, “una época de clima más cálido y la introducción de mejores arados estimularon la producción de alimentos, lo que ocasionó una explosión demográfica en la región”.

 

No obstante, la falta de terreno cultivable –solo el 3 % de Noruega era apta para tal fin– extendió el fantasma de la hambruna y, con ella, la necesidad de colonizar nuevas tierras. Para lograrlo, se diseñaron nuevos barcos, más veloces y estables que las embarcaciones de remos que se solían emplear en la zona, a los que se añadió una vela. Algunos escandinavos optaron por el intercambio de productos, pero otros descubrieron que podían apoderarse sin más de lo que necesitaban. “Propiamente hablando, los vikingos fueron los guerreros navegantes que, desde finales del siglo VIII hasta mediados del siglo XI, asolaron las costas atlánticas de Europa Occidental”, explica el historiador Eduardo Morales en su libro Historia de los vikingos en España (Miraguano, 2006).

 

De hecho, el término vikingo nunca fue utilizado en Escandinavia en sentido étnico. Se reservaba a los saqueadores. “Las bandas de piratas nórdicos constituyeron solo una minoría. La gran masa de población se dedicaba a otros menesteres, desde la ganadería y la pesca hasta diversos oficios manuales”, relata Morales. Que esa minoría lograra infligir tanto daño como recogen las fuentes se explica por la ferocidad de los atacantes y lo innovador de sus embarcaciones, los drakkars, que los llevaron hasta Sevilla y Bizancio. Estas naves largas, equipadas con cincuenta remos y una gran vela cuadrada, eran tan livianas que podían llevarse a hombros si era preciso, por ejemplo para transportarlas entre dos ríos.

 

“La combinación de remos y vela les otorgaba una gran maniobrabilidad, ya que podían ser empujadas en ambas direcciones aunque no hubiese viento. Además, les permitía navegar con gran precisión por los estrechos”, explica Morales. Gracias a su poco calado, podían alcanzar las playas e incluso remontar algunos ríos. Tal era su importancia que en ocasiones los caudillos eran enterrados o quemados con su drakkar.

 

La primera noticia escrita sobre un ataque vikingo en la península ibérica aparece en los Annales Bertiniani, una composición franca del siglo IX, aunque es la Crónica rotense, que algunos historiadores atribuyen al rey de Asturias Alfonso III (hacia 852-910), la que más datos ofrece: “Por aquel tiempo, los normandos, gente hasta entonces desconocida, pagana y muy cruel, llegaron hasta nosotros con un ejército naval.

 

Ramiro, ya hecho rey, congregó un gran ejército y, en faro Brecantino –la Torre de Hércules–, entabló combate con ellos. Allí mató gran número y dio fuego a sus naves. Los que no murieron se fueron mar adentro y llegaron a la provincia de la Bética. Y en la ciudad de Sevilla destruyeron gran multitud de caldeos, parte por la espada y parte por el fuego. Tras irrumpir un año en Sevilla y sus alrededores, regresaron a sus regiones”.

 

Aquel primer encuentro armado en Galicia tuvo lugar el 1 de agosto de 844. Antes, se había avistado a los vikingos cerca de Gijón. Era habitual que bordearan las costas, una técnica que les permitía aprovisionarse y mandar pequeñas partidas de reconocimiento. En este caso, puede, sin embargo, que delatase su presencia. De un modo u otro, para entonces los nórdicos probablemente ya conocían las riquezas de Hispania y sus rutas, pues, tras ser expulsados por Ramiro I, se dirigieron hacia Lisboa. Según parece, la ciudad resistió trece días de ataques, hasta que, hastiados por su enconada defensa, la abandonaron sin saquearla. A continuación, pusieron rumbo al sur.

Etiquetas: Españahistoriavikingos

Continúa leyendo

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS

También te puede interesar