En la mente del conspiranoico

¿Por qué tanta gente cree que misteriosos poderes mueven los hilos del mundo? Desentrañamos las claves de este fenómeno psicológico y social.

¿Qué convierte a alguien en conspiranoico y lo lleva a admitir la veracidad de estas retorcidas teorías sin pruebas? Este sesgo cognitivo se adquiere con los años y conduce a quien lo posee a ver la vida a través de un cristal distorsionado que le hace pensar que siempre hay una mano escondida tras lo que sucede. Todo suele empezar con la creencia en una teoría de la conspiración cualquiera, como que los Illuminati, una sociedad secreta del siglo XVIII, fueron el cerebro en la sombra de la Revolución Francesa, para terminar en una visión de la historia que la hace depender de siniestras confabulaciones.

El conspiranoico es compulsivo y autodidacta, y memoriza los detalles más nimios de la teoría a la que se entrega; no cambia de opinión respecto a sus creencias más firmes y siempre encuentra pruebas de que su hipótesis tiene visos de realidad. En casos muy extremos, su obsesión le hace dejar de lado familia y trabajo. Y puede convertirse en un paranoico convencido de que lo persiguen, como le sucedió a Nesta Webster (1876-1960), historiadora británica responsable en buena medida de la popularización de los supuestos complots judeomasónicos y de los Illuminati. Estaba tan obsesionada que cuando llamaban a la puerta de su casa no abría sin empuñar un revólver cargado.

Tiranos paranoicos

A veces, los teóricos de la conspiración se hacen con el poder, lo que desencadena procesos muy destructivos. El historiador estadounidense Daniel Pipes cita a Lenin y Hitler como ejemplos palmarios. Stalin, gran asesino de masas, tenía pánico a los médicos, pues pensaba que intentarían matarlo. Y lo mismo le sucedía a Mao Zedong, el sangriento líder chino que en su vejez se negó a recibir tratamiento contra sus achaques debido a que sospechaba que sus enemigos usarían ese método para asesinarlo.

Este fenómeno psicológico y social ha sido objeto de pocos estudios. Destaca uno hecho hace dos años por investigadores italianos: siguieron páginas de Facebook dedicadas a este tipo de hipótesis y colgaron en ellas más de 4.700 falsas noticias, unas con tintes científicos y otras claramente conspiranoicas; algunas hasta parodiando las teorías más locas. Su intención era ver cómo reaccionaban los seguidores ante rumores sin fundamento. Conclusión: el 91 % de los defensores de las conjuraciones ocultas no distinguían una broma absurda de una postura excéntrica pero argumentada. Este trabajo confirma el resultado de otras investigaciones que demuestran que los conspiranoicos carecen de habilidad para el pensamiento crítico, tratan de evitar cualquier contacto fuera de su círculo de interés y son incapaces de advertir cuándo se burlan de ellos.

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A veces, ni siquiera a los especialistas les resulta fácil discernir entre la verdadera erudición y la falsa. Y más difícil puede ser distinguir entre una historia real y otra inventada. Diferenciar una conspiración de carne y hueso de otra ficticia es un proceso en gran parte subjetivo, pero disponemos de recursos para que no nos den gato por liebre. El primero es un principio filosófico muy conocido, la llamada navaja de Ockham, que nos dice que la explicación más simple, la que requiere de menos hipótesis auxiliares, es la que tiene más probabilidades de ser cierta. Normalmente, las fabulosas narraciones de maquinaciones ocultas son muy complicadas y precisan de una cadena de engaños tan compleja, una inteligencia maliciosa tan formidable y un pacto de silencio entre los conspiradores tan profundo que de por sí resultan increíbles. Cuanto más complejo sea el complot, más probable es que sea inventado.

Después del sentido común, lo que debemos tener es un conocimiento suficiente de la historia. Esta siempre nos enseña dos cosas: las casualidades existen –algo que niega todo conspiranoico que se precie–, y la mayoría de las verdaderas tramas secretas han acabado fracasando. Ya decía Maquiavelo que confabularse conlleva muchas dificultades y riesgos, a lo que el filósofo de la ciencia Karl Popper añadía esto: “Las conspiraciones rara vez triunfan, y si lo hacen, el resultado es distinto al buscado”.

 

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