Venecia, el gran viaje sapiens

Este año Venecia cumple 1600 años. Esta es la historia de la ciudad italiana que un día fue envidiada y temida en todo el Mediterráneo.

Venecia
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En 2020, no solo millones de personas se tomaron una pausa forzosa a causa de la covid-19. Muchas ciudades también. Venecia probablemente la que más. Su 1600 aniversario cogió a este emplazamiento único tan devastado por el estrés como a cualquier ejecutivo que, por el parón del confinamiento, se viera obligado a echar el freno. Las jornadas inacabables de muchos empleados tenían su equivalente aquí en un flujo turístico que no disminuía jamás y desbordaba calles y horarios, y los gigantescos cruceros que habían conseguido impunidad para circular por el Gran Canal recordaban a los trombos que terminan atascando un sistema circulatorio sobrepasado. Venecia estaba siendo devorada por su propio atractivo, el que había atrapado en ella el talento de los artistas más famosos de la historia de la humanidad, y que ahora parecía acaparado por los adictos al selfi que invaden cada rincón.

La ciudad veneciana combina su irrepetible belleza con una imagen de fragilidad e indefensión, en un contraste abrupto con los tiempos en los que era una urbe envidiada y temida en todo el Mediterráneo. Son inabarcables las citas sobre ella salidas de las plumas de literatos principales. Una de las más famosas es la de François René de Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba: “Has nacido de los caprichos de un sueño y de los juegos de una imaginación oriental”. Frase tan impecable como inexacta, ya que los orígenes de la ciudad son mucho más prosaicos, y más que en los sueños o la imaginación, tienen sus raíces en la política, las guerras y el comercio.

Si en 2021 Venecia cumple 1600 años, cabe preguntarse por qué una ciudad tan única es posterior al Imperio romano. ¿Cómo pudieron pasar por alto semejante emplazamiento los responsables de la fundación de tantas ciudades inmortales? La respuesta es que en los tiempos anteriores a Venecia ese emplazamiento ni siquiera existía. Aunque los romanos sí estaban en la zona. En 2009, una fuerte sequía permitió a los arqueólogos acceder más fácilmente a los restos de Altinum, población de gran importancia –se estima que sobrepasaba los 20 000 habitantes, más que Pompeya– situada en la enorme albufera conectada con el mar Adriático que hoy se conoce como Laguna de Venecia.

Aunque próspero, Altinum era un puerto como tantos otros, pero el embrión de lo que llegaría después ya estaba allí: las islas de la laguna –enormes lenguas de arena conocidas como lidi (plural de lido, playa o extensión litoral arenosa), que protegían de los embates del mar y que darían nombre, siglos después, al famoso Lido de Venecia– eran utilizadas como lugar de recreo por los romanos acaudalados y como refugio por los vénetos, los habitantes originales de la zona. Su territorio era propenso a sufrir ataques de las tribus germánicas, y, cuando eso ocurría, se trasladaban a las islas hasta que hubiera pasado el peligro. Esta situación se mantuvo hasta el siglo V, cuando la amenaza de los germanos cristalizó en una invasión en toda regla que destruyó completamente la ciudad de Altinum. Muchos vénetos hicieron entonces de los lidisu nuevo y definitivo hogar.

Pero un traslado permanente trae consigo reformas de calado. En aquella época, las islas que conformarían Venecia estaban más alejadas del continente que en la actualidad, a unas veinticinco millas náuticas, abundantes en zonas poco profundas o con barreras de arena, lo que dificultaba la navegación entre ellas. Los vénetos se dedicaron a mejorar la situación y ampliaron el territorio con técnicas de terraplenado. Clavaron miles de postes de madera en la arcilla del fondo, sobre ellos construyeron plataformas, también de madera, y sobre estas, las primeras casas. Un método que nadie pensó en cambiar en los siglos venideros, aunque las chozas primitivas cedieran su lugar a mansiones de majestuosidad y tamaño crecientes. No había por qué, ya que la base de Venecia aguantaba, como lo sigue haciendo hoy, por dos motivos: la madera de sus pilares ha permanecido incorrupta al estar completamente sumergida y a salvo de la acción del oxígeno. Además, con los siglos ha quedado como petrificada por el efecto del limo y los minerales del agua, lo que ha aumentado aún más su resistencia.

Mientras avanzaba la lucha contra el agua, se buscaron maneras de navegar por la zona de forma segura y eficaz. El resultado fueron unos barcos de quilla plana que podían recorrer grandes distancias por las lagunas. Esto no pasó desapercibido para Casiodoro, oficial de la corte ostrogoda de Rávena, que trató de cerca a los vénetos y ha dejado testimonio de su forma de vida. En 523 escribió que “tanto ricos como pobres viven juntos en igualdad. Comparten la misma comida y casas similares, por lo que no existe la envidia entre ellos ni les afectan los vicios imperantes en nuestro mundo”. Aquella idílica visión no duraría mucho, como cabe esperar, pero sí puede percibirse en ella el germen del orgullo identitario que todavía hoy sienten los auténticos venecianos frente a las hordas de intrusos que llenan su ciudad.

Casiodoro también reparó en aspectos más útiles: no tardó en contratar los servicios de los vénetos para que trasladaran mercancías por la zona aprovechando las posibilidades de sus barcos. También anotó su técnica de extracción de sal, mejorada y aumentada, y señaló que era de ella “de donde proceden todos sus beneficios [...] puesto que, aunque hay quien no persigue el oro, todavía no ha nacido el hombre que no anhela la sal, que hace que las comidas sean más sabrosas”. Sin saberlo, este noble estaba escribiendo acerca de lo que serían los dos pilares –la sal y el comercio– sobre los que la economía de Venecia crecería en los próximos siglos hasta convertirla en una ciudad-estado poderosa y temible.

A medida que el emplazamiento crecía, también lo hacía su estructura, y no tardaron en ser necesarias nuevas formas de gobierno. Al igual que otros pueblos de la zona, los vénetos formaban parte del Imperio romano de Oriente y obedecían al exarca de Rávena –es decir, el gobernador bizantino de Italia, que tenía su sede en esa ciudad–, situación no del todo agobiante, pues les permitía una amplia autonomía para seguir con sus actividades, y, en caso de apuro, contaban con el ejército de Bizancio para protegerlos. Existía también un dirigente regional, casi siempre un general del imperio, cuyo cargo recibía el nombre de magister militum. Y, por debajo de él, estaba la figura del dux, término romano que acabaría adoptando la forma nominal de dogo, por el que se conoció durante siglos a los gobernantes de la ciudad. El primer dogo fue Paoluccio Anafesto, pero, aparte de que llegó al cargo en 697, poco más sabemos de él. Los gobiernos tranquilos no abundarían entre sus sucesores, ya que, al ser un puesto reservado a los miembros de las contadas familias más ricas e influyentes, abundaban las conspiraciones y los asesinatos.

En 800, la coronación de Carlomagno como emperador del Sacro Imperio Romano desató una guerra en la que su hijo Pipino invadió y destruyó muchas poblaciones de las lagunas, lo que obligó a trasladar a las islas el centro de la ciudad. Los dogos fijaron su nueva residencia en Rialto, nombre tomado de las rialtine, con el que se denominaba al conjunto de islas lacustres. Con el Tratado de Paz de Aquisgrán, en 812, Venecia retornó a Bizancio e inició, bajo el mandato del dogo Agnello Partecipazio (811-827), una de sus grandes remodelaciones arquitectónicas, que incluyó la excavación de nuevos canales y el desvío del curso de varios ríos. En el año 840 otro dogo, Pietro Tradonico, firmó un tratado con Lotario I, nieto de Carlomagno, que supuso de facto la independencia de la República de Venecia.

Para entonces la ciudad-estado era ya una potencia a tener en cuenta, condición que mantendría en los siglos siguientes gracias a la riqueza que llegaba de sus tratados comerciales firmados con todos los imperios que la rodeaban y que le permitió construir una importante flota que podía actuar como elemento defensivo, o como nada despreciable aliado en los conflictos bélicos que afectaban a las naciones de alrededor. La astucia con que desarrolló sus maniobras y alianzas en los siglos venideros terminaron de afianzar su poder, cuando tras la caída de Constantinopla, Venecia se vio dueña de parte del territorio de la capital de su antiguo amo, además de importantes emplazamientos en Grecia: era como tener las llaves de casi todo el comercio de Oriente, como prueban sus feroces combates contra Génova, su principal rival, en una época en que las competencias comerciales solían resolverse de modo sangriento.

Eso sí, los enemigos de fuera se combinaban con los de dentro: la figura del dogo era un imán para todo tipo de conflictos internos, por lo que se crearon nuevos cargos de gobierno para diluir el poder, si bien todos eran elegidos entre los miembros de las familias principales. El listado de apellidos con derecho a plaza se registró en el célebre Libro Dorado, y de él salió el Maggior Consiglio, establecido en 1172. Sus cerca de 2000 componentes elegían al dogo y a los integrantes del Consejo de los Diez, formado por el propio dogo, sus seis consejeros y tres oradores de los Quaranta, los cuarenta miembros de la Corte Suprema. Con la clausura del Gran Consejo en 1297, sus puestos se hicieron hereditarios. El gobierno de la República quedó por siglos en manos de un grupo muy reducido de elegidos.

No suelen aparecer excesivas objeciones a un modelo de gobierno cuando las cosas van bien, y durante mucho tiempo fueron mejor que bien. Las rutas de compra y venta se extendieron hasta llegar por mar a Asia –una expansión reflejada, aunque quizá no de forma excesivamente fiable, en el Libro de las maravillas, del veneciano Marco Polo– y por tierra a un número creciente de países europeos. Paralelamente, en las áreas terrestres circundantes –lo que se conocía como terraferma–los venecianos dominaban una amplia zona de lugares y ciudades que incluían la región del Véneto, Brescia y Bérgamo, y que provocó prolongadas guerras contra Milán, Florencia y Ferrara.

De sedas a esclavos, no había mercancía a la que hicieran ascos, aunque el periodista Mark Kurlansky, en su libro Sal, hace hincapié en el peso que tuvo este mineral en “la clave de una política que convirtió a Venecia en la primera potencia comercial del sur europeo”. No es que faltara la competencia, como la de los monjes benedictinos en la zona de Comacchio, que terminó cuando los venecianos destruyeron sus salinas en el año 932. Pero el cambio más definitivo llegó en el siglo XIII, cuando, al verse obligados a importar sal después de que sus propias salinas quedaran destruidas por una serie de inundaciones, descubrieron que especular con ella era mucho más productivo que producirla. La cosa, a grandes rasgos, funcionaba así: desde 1281, el Gobierno pagaba a los comerciantes un subsidio generoso por la venta de sal que llegara a la ciudad procedente de otras regiones, y que les permitía traer al mismo tiempo otras mercancías a precios mucho más bajos.

Los beneficios les posibilitaron dominar en poco tiempo la oferta de especias o cereales, ya que podían enviar barcos hasta la India y vender los cargamentos por mucho menos dinero que la competencia. El Gobierno, por su parte, recuperaba los subsidios con grandes tasas sobre la misma sal cuya compra había facilitado, lo cual la convertía en una mercancía enormemente cara en Venecia. Pero no importaba, porque los demás bienes se vendían a precios que acababan con la competencia. Gracias a la sal, Venecia llegó casi a monopolizar el mercado italiano de los cereales; gracias a la sal mantenían el prodigio de unos palacios cada vez más ostentosos y el sistema hidráulico que sostenía la ciudad; en los siglos XV y XVI, cuenta Kurlansky, “entre el 30 % y el 50 % de las toneladas de mercancías que importaba Venecia era de sal”, un trasiego férreamente controlado por el Gobierno a través de la Camara Salis.

Tanta prosperidad tenía que mostrarse al mundo, no solo por vanidad, sino también como una visualización del poder creciente. Poco a poco, aquella igualdad entre las clases sociales consignada por Casiodoro se fue diluyendo, aunque es cierto que, durante sus primeros siglos de existencia, en Venecia no había una división clara entre barrios pobres y ricos. El motivo, según nos recuer a en sus escritos la historiadora del arte Deborah Janet Howard, era la distribución original en islas, cada una de las cuales “se convirtió en una parroquia separada, con su iglesia encarando un espacio abierto”. Las parroquias, como en todas las poblaciones de la época, eran el epicentro de cada comunidad, y a su alrededor crecieron los primeros alojamientos, tanto de ricos como de pobres. A medida que las isletas comenzaron a unirse, también lo hicieron las comunidades, en una red urbanística y social sin parangón: “Una mezcla de rico y pobre, secular y religioso, poblaba cada parroquia. Las familias nobles se repartían por toda la ciudad”.

Las tareas de terraplenado eran supervisadas por el gobierno local mediante la legislación y el control constante, lo que determinó la forma de la ciudad, que muchos han comparado con un delfín rampante. En el principio de la Era Moderna, la separación entre ricos y pobres se hizo definitiva cuando el Gran Canal se fue convirtiendo en la zona más apetecible para las clases pudientes y se emprendió una gran tarea de nivelación que diera lugar a la gran avenida acuática que continúa existiendo hoy. Pero ¿cómo fue posible levantar los soberbios palazzi en un terreno tan inestable y húmedo? La única manera fue crear estructuras flexibles y transpirables. Los cimientos estaban soportados por pilares de roble hundidos en el barro y la arena del fondo, que actuaban como una balsa sobre la que se edificaban los muros de carga; pero no eran suficientes para detener el movimiento causado por las mareas. Como consecuencia, la mayoría de los muros se construyeron empleando unos ladrillos rojizos propios de la zona, baratos, ligeros y porosos, unidos además con un mortero rico en cal que aportaba flexibilidad adicional. Las vigas y travesaños interiores estaban fabricadas con alerce, pícea o abeto, todas maderas de coníferas ligeras, flexibles y protegidas de la humedad por su alto contenido en resina.

El uso obligado de materiales concretos para la edificación contribuyó a que Venecia contara con un estilo arquitectónico propio, protegido para siempre de innovaciones o experimentos: en los últimos cuatro siglos de la República Veneciana, todo el espacio de la laguna estaba ya ocupado, con lo cual crear cimientos para nuevos edificios era una tarea de un coste desorbitado; nadie vendría a cambiar o influir en lo que ya estaba construido. Los cambios para Venecia llegaron por otros lados, y, si bien no alteraron su fisonomía, sí mermaron, poco a poco, su poder e influencia.

El mundo cambia, y el comercio también. Esto, unas mentes tan pragmáticas como las de los comerciantes venecianos debían haberlo visto. Aunque es obvio que nadie podía prever un trastorno tan brutal como el producido por el descubrimiento de un nuevo continente, que desplazó al Mediterráneo y Asia como favoritos de las rutas comerciales en favor de América, no podían ignorar la decadencia que estaba teniendo lugar dentro de sus poderosas familias. La riqueza se dividía en los herederos de cada nueva generación, algunos linajes se extinguían por falta de hijos varones, otros se casaban muy por debajo de sus posibilidades, y no hay que olvidar las epidemias de peste que diezmaron Europa y de las que la ciudad tampoco se libró.

John Reader, en su libro Cities, señala cómo, tras cuatrocientos años sin cambios, en 1646 el Consejo decidió finalmente hacer sitio en el Libro Dorado a nuevos apellidos, dada la creciente escasez de candidatos nobles: de 2500 hombres elegibles para consejeros a mediados del siglo XVI se había pasado a 1600 solo cien años después. Su buena suerte en los campos de batalla también se fue agotando, y en los siglos siguientes Venecia iría perdiendo todos sus dominios por tierra y mar. Atacada por los turcos, asediada por los Habsburgo, usada como moneda de cambio por Napoleón, zarandeada y pasada de mano en mano por las nuevas potencias emergentes, terminó siendo parte de Italia en 1866. Pero la Edad Moderna y subsiguientes le tenían reservado un nuevo papel: el de anfitriona de visitantes de todo el mundo que utilizaban los nuevos medios de transporte para conocer de primera mano aquella ciudad mítica. Surgida de la ambición y del comercio, Venecia afrontaría su declive convertida ella misma en su más valiosa mercancía.