Neurorrevolución en las aulas

La neuroeducación, que aplica los avances relacionados con el funcionamiento del cerebro a las prácticas educativas y los métodos de enseñanza en los colegios, muestra que hay otro modo más inteligente de aprender la lección.

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A tus abuelos, los maestros les pegaban con la regla en la palma de la mano y les colocaban orejas de burro para avergonzarlos cuando no se sabían la lección. Tus padres probablemente se libraron de los reglazos, pero los castigaban contra la pared si no hacían los deberes y los obligaban a escribir cien veces en la pizarra frases como “No volveré a interrumpir al profesor”. A ti te hicieron madrugar a diario, clavar los codos en el pupitre sin que se oyera una mosca cada vez que el profesor explicaba un tema y escoger pronto –quizá demasiado– entre ciencias y letras.

 

¿Pero qué pasará con las generaciones que vienen? Es bastante probable que empiecen las clases a las diez de la mañana, que se queden de pie mientras los docentes les explican la lección, que tengan más carga lectiva de educación física que de matemáticas, que practiquen malabares en horas de clase y que llenen las paredes de las aulas –que ya no serán rectas, sino curvas– de grafitis. Aunque te parezca descabellado, absurdo o incluso demasiado gamberro, el cambio que vaticinamos será el más sensato de toda la historia. Porque, por primera vez, no se basará en intuiciones, sino en lo que la neurociencia nos ha enseñado sobre cómo piensa, aprende y memoriza el encéfalo.

 

Si los educadores incorporaran a su planificación la dimensión del tiempo, la enseñanza sería otro cantar”. La frase es de Paul Kelley, un neurocientífico británico de la Universidad de Oxford que últimamente se ha especializado en dos asuntos: tiempo y espacio. Esta especie de Newton de la neuroeducación asegura que el principal error que cometen los maestros, por puro desconocimiento, es “ignorar que somos seres vivos regulados por un reloj biológico que rige buena parte de nuestro comportamiento”, explica a MUY. Para empezar, ¿a quién no se le han pegado las sábanas día tras día cuando sonaba la alarma del despertador para levantarse porque había que ir al colegio, al instituto o a la universidad? “El problema es que a partir de los diez años, y hasta que cumplimos 55, nuestro reloj natural jamás se rige por un horario que empiece a las 8:00 horas”, reflexiona Kelley. Como consecuencia, dice, vivimos en una “sociedad privada de descanso”, un problema que se agrava entre los catorce y los veinticuatro años. Por eso, Kelley aboga por un cambio de horario global, en el que las clases comiencen a las diez de la mañana.

 

“Lo más alucinante es que en nuestros experimentos hemos demostrado que tomar esta sencilla medida tendría un impacto muy positivo sobre los resultados académicos, pero también sobre la salud: ¡porque reduce el número de veces que enferman los alumnos en un 50 %!”, resalta el neurocientífico. Kelley se lamenta también de que, mires donde mires, la mayoría de los colegios diseñan sus clases en periodos de tiempo que duran de 45 minutos a una hora, durante los cuales un profesor imparte la lección –muchas veces en un monólogo– y resuelve ejercicios. “Es una decisión puramente administrativa, que no tiene en cuenta en absoluto las necesidades de los alumnos”, protesta. ¿La alternativa? Lo que él ha bautizado como aprendizaje espaciado. “Imagina que quieres dar una clase de ciencias sobre cómo circula la sangre en nuestro cuerpo, ¿vale? —nos pone en situación—.

 

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Lo haríamos así: empezaríamos con una presentación supercondensada del tema, de un cuarto de hora aproximadamente, seguida de diez minutos de pura distracción –baloncesto, malabares o plastilina–; y luego habría otra presentación del tema con un enfoque diferente, divertida y original, para volver de nuevo a diez minutos de juego”. El profesor cerraría la clase con una tercera síntesis de la lección.

 

“Probablemente pensarás: ¿pero qué tonterías dice este tipo? —se ríe Kelley, y nos aclara—: Sin embargo, no hablo por hablar: me baso en hallazgos sobre cómo nos funciona la cabeza, concretamente en la teoría de R. Douglas Fields sobre la fijación de la memoria”.

 

Según esta teoría, se necesita cierto tiempo para que dentro de una neurona ocurran los cambios bioquímicos que conducen a la formación de recuerdos a largo plazo. En una lección magistral de una hora, lo que el encéfalo hace es vaciarse cada cierto tiempo, borrar los doce últimos minutos de perorata para dejarle espacio al concepto siguiente. Y como eso sucede repetidamente, de una hora seguida de explicación se archiva solo el final.

 

Si no le das al cerebro el tiempo suficiente para asimilar la información, sencillamente no aprendes”, insiste Kelley. De ahí que su método de enseñanza incluya lecciones cortas alternadas con descansos en los que los alumnos no reciben ningún dato nuevo, solo se distraen. ¡Y vaya si funciona! En los experimentos que ha llevado a cabo, los estudiantes aseguran que no necesitan hacer esfuerzos para retener lo que les cuentan los profesores.

 

“Después de la clase, era como si dentro de mi cabeza tuviera una película de lo que había aprendido, sin necesidad de tomar notas, sin repasar, sin hacer esquemas, nada...”, declaraba uno de los chavales tras la experiencia. ¿Y eso de repetir tres veces lo mismo? También tiene su explicación. “Las neuronas no saben lo que es importante y lo que no, y la mejor forma de dejárselo claro es la repetición”, nos aclara Kelley. Y apostilla que “el aprendizaje espaciado implica enseñar basándonos en la neurociencia, y no en suposiciones ni en tradiciones, como veníamos haciendo hasta ahora”.

 

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Los cambios que defiende Kelley no solo atañen a las manecillas del reloj. Además quiere darle un giro de 180 grados al diseño de las escuelas. Se apoya en multitud de estudios que demuestran que la arquitectura y la geometría de los edificios afectan a nuestras emociones y a cómo funcionan las neuronas del hipocampo. Sin ir más lejos, existen evidencias de que en habitaciones con esquinas curvas y contornos redondeados se activa más la corteza cingulada anterior del cerebro, que interviene en la toma de decisiones y dirige la atención. Por el contrario, las típicas estancias rectangulares, llenas de picos y esquinas, disparan la actividad de la amígdala, el centro cerebral del miedo y la ansiedad, tal y como demostraba un estudio de la Universidad de Harvard (EE. UU.).

 

“Cuanto menos cuadriculadas son las aulas, más se aprende”, proclama Kelley, que asegura que la enseñanza funcionaría mejor si los arquitectos supieran neurociencia. No solo por la geometría, sino también por la luz del sol, que debería entrar a través de grandes ventanales y techos translúcidos, porque resulta que mejora el ánimo, la concentración, la atención, los niveles de energía y la productividad de los estudiantes.

 

Si a los arquitectos les vendría de perlas saber neurociencia, qué decir de los profesores. Al fin y al cabo, su cometido diario no es otro que introducir información y habilidades directamente en cerebros humanos. ¿Cómo van a hacerlo bien si ignoran cómo funciona la máquina que tienen entre manos? “La neurociencia está a la vanguardia produciendo conocimiento de aplicación directa en las aulas —subraya Judy Willis, neuróloga, docente y consultora de la Academia Norteamericana de Neurología—. Que quienes imparten clases desconozcan cómo funciona la memoria, cómo presta atención el cerebro y de qué factores depende el aprendizaje es inconcebible a estas alturas”.

 

A modo de regla mnemotécnica, Willis resume las enseñanzas básicas de la neurociencia para los maestros en un acrónimo muy útil: RAD. La R, por el sistema reticular; la A, por la amígdala; y la D, de dopamina. Vayamos por partes. Empieza poniendo el foco sobre el sistema reticular (R) del cerebro, porque de él dependen el estado de alerta y la capacidad de atención. Sus neuronas funcionan como un filtro que separa los estímulos relevantes de los irrelevantes. Y según le cuenta Willis a MUY, lo hacen con un doble baremo: la curiosidad y la novedad. Si esos ingredientes están presentes, las neuronas del sistema reticular entran en ebullición y la información fluye. “Empieza una lección con un objeto, un sonido o un vídeo curioso y tendrás a tus alumnos en el bote durante toda la explicación”, nos garantiza Willis.

 

Luego está la amígdala (A), el centro del miedo. “Con técnicas de neuroimagen, hemos demostrado que cuando la amígdala entra en un estado de hiperactividad debido a la ansiedad no deja pasar información a la corteza prefrontal, que es la que procesa datos,la única capaz de hacer un análisis crítico, la que establece prioridades”, subraya Willis. Y si la corteza prefrontal no se activa, olvídate de aprender. Por eso son tan contraproducentes los ambientes formativos tensos. El miedo al castigo y al suspenso castran al cerebro. “En Estados Unidos tenemos un refrán que dice Nada de sonrisas hasta Navidad, que significa que los profesores deben ser estrictos, rectos, no hacerse jamás amigos de los estudiantes —explica—. Ahora, gracias a la neurociencia, sabemos que los profesores así son contraproducentes, porque crean un ambiente hostil para el aprendizaje”.

 

¿Recuerdas cuando estabas en la guardería, o en preescolar –actual infantil–, y salías entusiasmado, contándoles a todos, con tu lengua de trapo, lo que habías aprendido y las ganas que tenías de volver al día siguiente? Tu cerebro salía de la clase inundado de dopamina (D), el neurotransmisor de la satisfacción y el regocijo, del placer.

 

Es el tercer elemento que Willis quiere que los maestros no pierdan de vista jamás. Porque resulta que, además de entretenerte, también ayudaba a que tu retentiva funcionara. Las clases dejaron de ser divertidas cuando cumpliste seis años y empezó la dinámica de disertaciones, deberes y exámenes. Una dinámica que, paradójicamente, frena el aprendizaje. Porque no se aprende más sufriendo. “Anular toda fuente de estrés y recurrir a disparadores de dopamina como la música, el baile, el trabajo en grupo –el contacto social– y el humor mejoraría considerablemente el rendimiento escolar—subraya Willis. Y añade—: Estoy convencida de que las clases silenciosas, con lecciones dirigidas desde el atril, se han quedado obsoletas”. Y sueña con “aulas con un ambiente de descubrimiento exuberante, divertidas, en las que se aprenda con risas, desarrollando proyectos, en movimiento, trabajando en grupo y escogiendo temas que tengan impacto directo en las vidas y las experiencias de los estudiantes”.

 

Otra de las apuestas de Willis consiste en copiar el modelo de los videojuegos en las aulas. No es que piense en llenar los colegios de consolas, ni mucho menos. Willis habla más bien de emular el sistema de niveles y retos progresivos, esos que hacen que el jugador siempre encuentre motivos para intentarlo otra vez cuando falla. “En un videojuego los jugadores siempre saben cuál es el objetivo que deben conseguir en cada nivel, y también cuál es el camino para completarlo, qué tienen que practicar y entrenar exactamente para subir al siguiente escalón”, explica la neuróloga.

 

Está convencida de que el feedback constante que reciben los jugadores de cómo lo están haciendo y las felicitaciones al superar un nivel resultan claves. “Los juegos se diseñan para que los retos aumenten de dificultad de forma gradual, para que nadie tire la toalla ni se frustre”, añade. Trasladar esto mismo a las lecciones de Química o de Matemáticas, y a la conjugación de los verbos irregulares, supondría un éxito rotundo. Sobre todo si cuando sale Game over en la pantalla volvemos a tener otra oportunidad.

 

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8 trucos probados científicamente para que no se te olvide la lección

 

Equivócate mil veces. Tras analizar el cerebro de decenas de universitarios con escáneres de resonancia magnética, un equipo de neurocientíficos liderados por Giorgio Coricelli, de la Universidad del Sur de California, demostró que cuando nos equivocamos pero se nos da la oportunidad de aprender del error, en el cerebro se activan las áreas del circuito de recompensa. Es decir, un fallo nos causa tanto placer como ganar un trofeo o sacar un sobresaliente.

 

Mueve las manos. Gesticular ayuda a memorizar. Así, los niños que usan los dedos de las manos para resolver problemas matemáticos son tres veces más propensos a recordar lo aprendido que aquellos que afrontan la tarea con las manos quietas, según un estudio publicado por la revista Cognition. A la hora de aprender un idioma, gesticular también favorece la retentiva. Y se ha comprobado que cruzando los brazos persistimos más en el empeño y resolvemos mejor los problemas que con las extremidades extendidas.

 

Ponte de pie. Con el trasero despegado de la silla, la participación y la implicación de los chavales en la clase aumenta hasta un %, según cálculos de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Texas (EE. UU.), que propone usar pupitres altos en los que los alumnos no estén sentados, sino erguidos.

 

Estudia cantando. Científicos de la Universidad de Edimburgo demostraron hace poco que memorizamos el doble de palabras en un nuevo idioma si las cantamos, en comparación con lo que retenemos cuando solo las pronunciamos en voz alta.

 

Relaciona y repite. Según la neuróloga Judy Willis, para almacenar nueva información, el cerebro activa conocimientos anteriores con un patrón similar y los enlaza físicamente. Así se construye la memoria. Por eso, insiste en que “los profesores deberían mostrar claramente las conexiones y las relaciones entre el nuevo conocimiento y el antiguo”. Y una vez relacionados, cuantas más repeticiones, más se engrosarán e interconectarán las dendritas de las neuronas y más fiable será la memoria.

 

Un puntito cómico. Los estudiantes recuerdan más datos de una clase si se intercalan chistes sobre los aspectos más relevantes de la lección. Además, escáner en mano, los científicos han demostrado que cuando lo que nos comunican nos hace reír, se activa todo el cerebro. Y como además el humor nos causa sorpresa y desconcierto, los centros de atención del cerebro se ponen en alerta, favoreciendo la retención de información.

 

Coge el lápiz. Neurofisiólogos noruegos de la Universidad de Stavanger demostraron que la escritura a mano favorece el aprendizaje, porque nuestro cerebro recibe feedback de los movimientos de los dedos, así como del tacto del papel y del lápiz.

 

Duerme la siesta. Si tras estudiar damos una cabezadita de noventa minutos, atinaremos mejor con la respuesta correcta, ya que se afianza la consolidación de la memoria y la formación de recuerdos a largo plazo.