Literatura erótica: ¿sigue siendo necesaria hoy en día?

Tan antiguo como el ser humano, el arte de narrar historias de encuentros libidinosos y modos de compartir el gozo físico ha cumplido siempre una triple función: estimular el deseo, subvertir la moral sexual imperante y educar a la sociedad.

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Conviene aclarar de inicio que, en este artículo, por literatura erótica vamos a entender todas aquellas manifestaciones escritas que hacen referencia, más o menos directa o explícita, a nuestra condición de seres sexuados. Es frecuente en nuestros días, y desde hace ya algunas décadas, hablar del fin de la literatura erótica como subgénero literario en sí mismo. Y atribuimos la causa de ello a una suerte de disolución de lo específicamente erótico para abordar proyectos literarios con vocación de alcanzar más temáticas que las que se puedan entender bajo el epígrafe de erótica. O, dicho de otra manera, la posibilidad de que ahora ya no se escribiera solo de erótica, sino de cuestiones más amplias de lo que representa lo humano, cuestiones en las que el erotismo sería solo una parcela más. No existe literatura erótica que merezca la pena ser leída que no tenga la habilidad y la maestría de hacer emerger, detrás de cada palabra, lo que de verdad subyace en el fenómeno erótico: la condición humana. Si el autor o la autora tiene la tentación de creer que está escribiendo literatura erótica solo por narrar cuestiones referentes a los genitales o al orgasmo, normalmente con banales y estruendosas metáforas mucho más trilladas de lo que cree, lo único que consigue es generar una metonimia falsa –reducir el hecho sexual humano a lo que hacemos o sentimos con los genitales– y abocar su obra al más rotundo de los fracasos.

Nuestra condición sexuada explica un ingente número de cosas sobre nosotros mismos, pero los pormenores genitales no explican por sí solos casi nada de nadie. Por eso aquí vamos a centrarnos en aquellos escritores que, cuando escriben sobre erotismo, son capaces de explicarnos millones de cosas sobre la condición humana. Y no haremos distinción entre literatura erótica y literatura pornográfica, pues si bien ambas calificaciones tienen una diferencia conceptual clara –lo erótico anticipa y lo pornográfico desvela–, su distinción en la literatura presenta una frontera tan ambigua, relativa y subjetiva para el lector que esta se suele emplear como marchamo de calidad moral –como si lo erótico fuera bueno, bien escrito e inteligente y lo pornográfico, por contra, sórdido, grosero y banal–. En cualquier caso, saber escribir literatura erótica requiere un profundo conocimiento de la condición humana.

 

Los primeros relatos

Posiblemente, la primera vez que varios humanos se reunieron se contaron una historia. Después, solo después, se descalabrarían o se amarían, pero a buen seguro lo primero que sucedió fue el relato de una historia. Una historia sobre su propia historia, una historia épica plagada de conflictos, hazañas, amores despechados, extraños sucesos, escenas concupiscentes o venganzas terribles… Un cuento, en cualquier caso, sobre el asombro que nos produce existir y tener conciencia de ello. Y es que a estos particulares animales dotados de lenguaje, que son los únicos capaces de conjugar –arrastrando con ellos el pasado y proyectando el porvenir–, las narraciones les resultan sustanciales para encontrarle un sentido al mundo y a la existencia. Pero además de cuentistas, los humanos somos seres sexuados; no al modo de una manada de cabras que pastan en el monte, sino al de humanos que culturizan su propio hecho sexual.

Somos grandes narradores de nuestra sexuación, nuestra sexualidad, nuestra erótica y nuestra amatoria. Desplegamos nuestra sexualidad de forma plástica y sentimos inclinaciones y deseos los unos por los otros con las dinámicas narrativas propias de lo que somos: mamíferos dotados de lenguaje. Ya a la luz de la lumbre, en una paleolítica caverna, nos debimos de contar esforzadas cacerías, pero también libidinosos encuentros, eróticos afectos y atracciones y modos diversos de procurarnos caricias y de compartir el gozo.

La literatura erótica, unas veces tan despreciada, otras tan temida, es por tanto un hecho tan humano como antiguo que ha atravesado infinidad de marcos culturales y restricciones morales para desempeñar muchas finalidades. Y es que hablar de literatura erótica, posiblemente más que de ninguna otra literatura, es confeccionar un mapa de nosotros mismos, de nuestros miedos, de nuestras limitaciones, concepciones y comprensiones, y de la perplejidad que todo ello nos causa. La literatura erótica es consustancial al deseo. De hecho, es bastante probable que la literatura erótica solo sea una forma de poner negro sobre blanco, con mayor o menor maestría, algo que todos nosotros hacemos: desear a alguien.

Cuando súbitamente alguien capta nuestra atención deseante, lo que empezamos a hacer, casi sin pretenderlo ni tomar conciencia, es un relato, una historia, una ficción que se inicia con el “érase una vez”. Construimos con palabras un paisaje sobre el que colocar a nuestro sujeto deseado, un escenario literario que nos permite proyectar un nuevo sentido de nuestra propia existencia y una previsión de lo que está por venir. Ese es el acontecimiento narrativo y deseante del enamoramiento.

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El novelista francés Marcel Proust (1871-1922) escribió: “No amo a esa mujer, amo su paisaje”. Y ese paisaje lo construimos nosotros, a veces con muy pocas referencias sobre la realidad –posiblemente el amor sea ciego, pero escribe de maravilla–, a partir de nuestra capacidad literaria, la cual es necesaria para el deseo, pues sobre ella va a cabalgar. Pero no solo escribimos el paisaje: también diseñamos literariamente a esa persona, la protagonista del relato. Normalmente la revestimos de las mejores galas y la dotamos de los más grandilocuentes atributos. Hacemos lo feo hermoso, y lo que ya es hermoso lo hacemos todavía más hermoso. Es escribiendo en nuestro imaginario erótico como nos erotizamos, es deseando como deseamos.

Por esa razón, precisamente, la llamada literatura erótica está repleta de exaltaciones del amado o la amada, desde Safo hasta Propercio, desde Ovidio hasta Verlaine. Uno tras otro, todos relatan en forma lírica o cruenta las maravillas que engalanan a sus amados. Hasta el mismo don Quijote realiza ese erótico proceso con Dulcinea –en esa obra, por cierto, Cervantes sabe retratar magistralmente una erótica escena de la confusión en el episodio nocturno de la Maritornes–. Así tenemos que lo radical de escribir literatura erótica es ya un proceso consustancial a todos nosotros, por más que lo hagamos casi sin darnos cuenta, como también es capital que además nos dejemos engañar por la veracidad –la calidad literaria– de él –si no nos creyéramos el relato deseante, no desearíamos a ese o a aquella–, que lo tomemos como verdad aun sabiendo, como lo sabía el filósofo Platón, que Eros está “a medio camino entre el saber y la ignorancia”.

Además de animales representativos, somos también animales que se estimulan con las representaciones. Si asistimos a una representación de la violencia, sentimos la violencia hervir en nuestro interior; si asistimos a la de la tristeza, esta nos sobreviene y nos acongoja. Del mismo modo, el erotismo representado nos predispone a poner en acción nuestra condición sexuada. Esa podría ser la primera función de la literatura erótica: excitarnos, estimularnos e inclinarnos a establecer una interrelación sexual o, en cualquier caso, a nutrir y desplegar el argumentario de nuestro imaginario erótico, aquel que proveerá de soporte a nuestras interrelaciones sexuales y a nuestra libido.

 

La lectura respeta los tiempos del deseo

Pero la literatura erótica, en comparación con otras representaciones más inmediatas y mucho menos mediadas por nuestra capacidad simbólica, como podría ser el cine porno, posee unas características que la hacen especialmente aconsejable como estimulante para todos y, en particular, para aquellas personas a las que les flojea el deseo sexual. Por ejemplo, leer respeta los tiempos que requiere el deseo: frente al salto directo a la excitación que ofrece –y busca– la proyección pornográfica –los mínimos preámbulos que expone esta fórmula suelen saltarse para ir directos al asunto–, la lectura permite que el deseo –y no tanto la excitación– se vaya haciendo fuerte, poco a poco, estimulando lo que en sexología llamamos la espera erotizada, esa situación en la que, pese a no suceder lo que aguardamos, se nos estimula a esperar con más ahínco –con mayor deseo– lo que está por suceder.

Leer, por ejemplo, a Almudena Grandes con Las edades de Lulú (1989) o a Pauline Réage en su Historia de O (1954) es ponerse, casi indefectiblemente y en algún momento, eróticamente activado.

 

Literatura subversiva

Una segunda función enormemente importante de la literatura erótica es la subversiva. Huelga decir que el hecho sexual humano, su comprensión y su control, especialmente en lo que al deseo y el gozo femenino atañe, ha sido siempre férreamente vigilado, reprimido y anatematizado, hasta el punto de que hay auténticos sistemas de creencias –el cristianismo, por ejemplo– que se han organizado, en gran medida, en torno a su negación y sanción, lo cual refleja en el fondo la enorme admiración –literalmente, ‘mirar hacia’– que por el sexo han sentido. Y es que controlar los procesos de sexualidad de un humano es controlarlo en lo más profundo, en su deseo. Es por eso por lo que subvertir, reírse y poner en cuestión con sicalípticos relatos la moral sexual ha sido desde antiguo hacer tambalear los principios mismos de la moral hegemónica, que, en gran medida, está constituida por la ordenación y sanción del hecho sexual humano. En esto, el filósofo y escritor francés marqués de Sade sea quizá la figura ejemplar, pero también, y en su mismo momento cronológico –a caballo entre el XVIII y el XIX–, hubo otros autores que, sin la determinación explosiva del divino marqués, causaron los mismos efectos de dinamitarle las costuras a una sociedad que se afianzaba en una moral sexual demasiado estricta como para ser consecuente con ella. La venus de las pieles (1870), de Leopold von Sacher-Masoch, o las propuestas literarias de Restif de la Bretonne y hasta algunas del ilustrado Diderot –valga citar La religiosa (1760)– serían un buen ejemplo de lo que antes que ellos consiguieron autores como el cómico Aristófanes (siglo V a. C.), el irreverente Catulo (siglo I a. C.) o el costumbrista Petronio (siglo I d. C.).

En realidad, casi cualquier movimiento que ha pretendido refundar el orden social ha contado con su particular orden de batalla en la literatura erótica, conformado por sus propios autores. Por ejemplo, a finales del siglo XIX, el simbolismo respondió literariamente al naturalismo y el realismo mediante los poemas sodomitas y descarnados de Rimbaud y Verlaine. Poco después, Apollinaire se inspiró en ese simbolismo y sirvió de puente entre este y las vanguardias con su obra Las once mil vergas (1907), un tiro en la línea de flotación de las denominadas buenas costumbres, lo mismo que ese particularísimo Manual de urbanidad para señoritas (1917), escrito por Pierre Louÿs.

Del surrealismo hay que señalar El coño de Irene (1928), de Louis Aragon, y cualquier relato erótico del siempre inquietante Georges Bataille, de quien destacan, por su refinadísima virulencia, la Historia del ojo (1928) y, por su agudeza ensayística, El erotismo (1957). Del mismo modo, también sacudieron los cimientos de la moral obras no consideradas plenamente eróticas, pero que sí contaban con un fuerte componente de erotismo, como Madame Bovary (1857), de Flaubert; El amante de Lady Chatterley (1928), de D. H. Lawrence, y Trópico de Cáncer (1936), de Henry Miller. Estos podrían ser buenos ejemplos de lo que más recientemente ha conseguido algún otro autor, como Jean Genet en su memorable Diario del ladrón (1949).

 

Literatura erótica y educación sexual

Una tercera función de la literatura erótica no es otra que la de convertirse en una poderosa herramienta de educación sexual. Mostrar abiertamente nuestra sexualidad o enseñar a los demás a amarnos se ría parte de esa formativa tarea, que sigue conteniendo en sí misma algo de azote de lo establecido. Desde conocidísimos tratados amatorios como el Arte de amar de Ovidio (siglo I a. C.) hasta el Kama sutra de Vatsiaiana (que, según se estima, vivió entre los siglos II y VI d. C.), cualquier obra erótica de calidad implica, aunque no de manera tan didáctica como las reseñadas, una lección sobre eso de relacionarnos eróticamente y de profundizar en nuestra amatoria. Como ejemplo de esa voluntad de mostrar para comprender y normalizar, merece mención especial el relato autobiográfico que sobre su propia sexualidad han llevado a cabo algunas mujeres  –escribir sobre ello fue la intención no cumplida de la mismísima Simone de Beauvoir (1908-1986)– y que, a mi entender, nos han recuperado como elementos deseantes y no solo deseables, con sus problemáticas y realidades particulares y, en definitiva, ha servido para desvelar lo que durante demasiado tiempo ha permanecido negado y soterrado, convertido en cuentos de hadas y sapos verdes: el deseo sexual femenino.

A este fin, la propuesta pionera de la escritora francesa del siglo XX Anaïs Nin y sus Póstumos Diarios fueron una auténtica ventana a la existencia sexuada de las mujeres. Tuvieron una oportuna continuación en obras más recientes como, por ejemplo, La vida sexual de Catherine M. (2001), de la prestigiosa Catherine Millet; y Entrevista con Jeanne de Berg (2002), de Catherine Robbe-Grillet. Hay otras que, sin el carácter autobiográfico de las citadas, también supieron exponer que existía, aunque a veces se dibujara con trazos hiperbólicos, una sexualidad femenina que había necesariamente que considerar. Podrían servir de ejemplo Fóllame (1994), de la escritora y realizadora francesa Virginie Despentes, o la ya mencionada Las edades de Lulú.

 

¿El fin de un género de literatura?

Hoy en día, en nuestras sociedades hipersexualizadas, que han convertido el gozo en un imperativo de vida –conviene no olvidar que, si tiránico es prohibir, también lo es exigir–, no hay novela que se precie que no incluya en algún momento de su desarrollo literatura erótica. Esa es la fragmentación a la que veníamos aludiendo al principio y que ha producido, aunque tal vez de manera momentánea, una cierta desaparición de la literatura erótica como género o su conversión en un subgénero menor y casi decorativo de otro mayor, dedicado a un público de masas.

Tampoco ayuda a su continuidad el hecho de que escribir sobre erotismo sea tan extraordinariamente difícil. No obstante, que la buena literatura erótica se haya integrado en narraciones de temáticas más amplias no tendría que ser dramático, especialmente cuando autores contemporáneos nuestros de una extraordinaria calidad, como Michel Houellebecq y Elfriede Jelinek; pienso en Plataforma, del primero, o en La pianista, de la segunda, por citar algunas de sus obras. Houellebecq y Jelinek son capaces de retratar con semejante crudeza y precisión algunos intrincados caminos del ser erótico en nuestras sociedades. Haciendo un análisis superficial podríamos afirmar que, si algo está condenando a la literatura erótica, quizá sea el propio éxito de la charlatanería erótica, que hoy en día somos capaces de encontrar, con desafortunada calidad, hasta en el folleto del manual de uso de una lavadora.

A ello hay que añadir el problema de que, en el mercado editorial, cada vez prima más lo facilón y conveniente, por más que pretendan disfrazarlo de rompedor (basta con ver los últimos éxitos mundiales relacionados con el erotismo).

Podríamos presuponer que las funciones que hemos mencionado en este artículo –estimular, subvertir y enseñar– están ya superadas y que nuestros conocimientos sobre el hecho sexual humano son tan amplios y profundos como los mares que nos circundan. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: la continua cháchara sobre el sexo –por parte muchas veces de autores que no saben ni qué es eso del sexo– lo único que está consiguiendo es consolidar los tópicos, llenarnos los oídos de metáforas infantiles sobre sus consecuencias y, en definitiva, reafirmar un modelo de sexualidad que sigue sin atreverse a abordar lo que de verdad subyace a esta extraña condición sexuada que nos conforma. Hablar de sexo, y escribir sobre él, ha dejado de ser un tabú, pero el sexo en sí mismo sigue sin tocarse sin miramientos. Y ahí es donde reside la esperanza para la continuidad de la literatura erótica, ya que, mientras quede algo por descubrir o algo de la condición humana que no nos atrevamos a mirar, siempre existirá la fisura por donde la literatura erótica pueda colarse para sacudirnos y convertirnos en seres más humanos.