Insulto 3.0: la lengua sin control

Tan antiguo como el habla, el insulto forma parte de la violencia innata de la humanidad. Archiletras ha hablado con expertos para saber qué está ocurriendo.

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 Una historia de Archiletras

Sag-DU-a lú-tumu šu-si gìri-si lú-lul/ lú IM lú la-ga é-bùru-bùru / lú sikil dù-a lú ḫáb-ba-àm»: ‘pirado, ladrón, mentiroso…, bandido, estafador’.

Estos insultos mantienen intacta su toxina en una tablilla cuneiforme, un texto paleobabilónico, el Edubba B 147-149. Fueron escritos (y suponemos que oídos) en la malhablada Mesopotamia, en la base del zigurat que fundó la civilización.

Los insultos, vengativos bastardos de la emoción, ya moraban allí, disparados a ambas orillas del Éufrates. Iconoclastas, desmedidos, directos donde más duele, rompiendo la norma, abrazando el tabú, y quién sabe desde cuándo.

Actos del habla, pues hacen cosas, hieren; insectos vocálicos de la malquerencia, incubados cual larvas en todas las lenguas, y especialmente ricos en la española. Armas simbólicas que substituyeron a las hachas en el dolor de las piedras. Golpean, destruyen la comunicación. «Ur-gir ĝiš bir-bi eme šub-be»: ‘perro que se lame el pene con la lengua’, dejó marcado el escriba en el fango.

Archiletras

Saltemos ahora miles de años en el espacio-tiempo, ¿qué habrá ocurrido con la ancestral manía de la ofensa?

Llegamos al siglo XXI. El insulto se ha convertido en un fenómeno lingüístico y de comunicación muy peculiar. Presentamos a otro escriba… Carece de intención, del animus iniuriandi que dicta el código penal para dar pie a la injuria. En 2016, un grupo de trols coordinados enseñó a una inteligencia artificial de Microsoft, un bot llamado Tay, cómo debía insultar en Twitter.

El asistente de comunicación experimental pasó de declararse amante de la humanidad a defender a Hitler en… ¡menos de 24 horas! «¡Parásitos innatos!», «¡Odio a los negros!», dijo Tay, entre otros descalabros. Todo por interacción e imitación, como un loro rodeado de piratas en una isla binaria.

El inocente robot, como el redactor sumerio, no había hecho otra cosa que copiar la parte oscura de nosotros mismos. Apareció como un síntoma de que algo ocurría. La antigua daga del insulto parecía ilimitada. Su acción, ubicua: desencadenada. Le habíamos añadido uranio a la tabilla mesopotámica. Un insulto 3.0, un monstruo en la web semántica que masca el futuro: la lengua sin control.

$#%¡& Heridas en el ciberespacio

Viejos fenómenos que se montan en trenes de alta velocidad. Ofensas que cubren el planeta en fracciones de segundo, intoxicando la luz, dejando sus huellas como estridentes mamuts que arrasan las modernas vías de comunicación.

¿Tenemos un problema? Tay parece que lo confirma. También muchos de los expertos consultados por Archiletras (investigadores, lingüistas, filósofos, psicólogos, doctores en comunicación…). Mutación. Incendio. Cambiaron las reglas del juego: lo privado es público, lo público es planetario. Y el oprobio, la descortesía, el lenguaje agresivo, han cobrado una relevancia cuanto menos sorprendente. ¿Asistimos a una metamorfosis del viejo poder de la ofensa?

«Al parecer sí», explica la lingüista mexicana Marisela Colín Rodea, experta en el estudio del insulto. «El siglo XXI nos desafía con la forma en que se manifiestan viejos fenómenos y con la necesidad de entender los nuevos. El insulto es un lugar de ruptura en donde puedes mirar cómo se organiza una sociedad», añade.

"Cara de caballo. Fea. Perra. Escoria. Traviesa y llorona. Loco. Reportera de tercera clase. Perdedor". Trump, presidente de los Estados Unidos. Cuenta con recursos lingüísticos tan ilimitados como variados para insultar y burlarse de sus rivales. Cuando quiere atacar a negros y a mujeres, parece que su mente es unidireccional.

«Telebasura, tu puta madre, guapa», dijo un conocido presentador a una espectadora que criticaba su programa. «Perfecto mierda», soltó un escritor y académico de la Real Academia de la Lengua a un ministro. «Machirulo», «magufo», «niño-rata», «feminazi»… Léxicos de nuevo cuño. Un torrente, catarsis ciega. Parte de la sociedad, aquí la vemos, organizándose en Twitter.

Da la impresión de que hemos levantado en poco tiempo un edificio propicio para la descortesía masiva. Los medios culpan a las redes, las plataformas a los usuarios, los usuarios al enemigo de turno. Las nuevas tecnologías ofrecen una comunicación directa, veloz, visible, multidireccional y… explosiva, en auténticos «disparos de adrenalina», según Claire Hardaker, lingüista forense británica especializada en la agresividad verbal en el ciberespacio.

Son tiempos de inmediatez, y los insultos, guiados por los nodos de la ira, la envidia, la frustración o el aburrimiento, se vuelven irreversibles una vez disparados. Tienen además poca sanción social en un tablero que no sabe cómo autorregularse. «El número de bloqueos a otros usuarios está creciendo en Twitter, indica un aumento de la agresividad», explica Borja González de Mendoza, CEO de Séntisis, empresa de analítica semántica en redes sociales.

El insulto, como acto del habla amenazador, enfocado a las cualidades intelectuales, morales o sociales, ha adoptado nuevas estrategias. Pero sigue siendo el mismo: un golpe con heridas apelativas que el destinatario considerará como descalificación y/o agresión. «Hoy se insulta de formas mucho más variadas, se llega a más ámbitos, es instantáneo. Se ha desatado con los procedimientos que nos ofrece la tecnología», explica Ángel Cervera, profesor de filología en la Universidad Complutense de Madrid y experto en pragmática lingüística.

$#%¡& Un bar sin ley

Un demonio surgido en la chepa del genio de la lengua, un escupitajo amplificado por el efecto preadolescente de una tecnología nueva. ¿Insultamos más que antes? Es imposible saberlo. Un fenómeno difícil de medir, según Hardaker. «Pero hay una cosa clara: la retórica producida en algunos países por ciertos políticos y líderes parece haberse polarizado cada vez más y, con la llegada de los medios de comunicación e Internet, esto se nos transmite en cantidades mayores y mucho más rápido», explica.

Una manifestación compleja de estudiar que no puede explicarse por un único factor, según Juan Carlos Acebedo, docente y doctor en comunicación colombiano que ha investigado las ofensas en la prensa digital de su país. Tenemos, dice, luces y sombras. Un totum revolutum de opiniones bien pensadas e interesantes junto a exabruptos, en un escenario carente de normas compartidas. «Internet ha habilitado a un número muy grande de usuarios/ciudadanos a tomar la palabra, y quizás estemos ante un fenómeno de mayor visibilidad y audibilidad de voces y discursos no regulados y seleccionados», añade.

Han aparecidos personajes, profesionales del acoso y la injuria, como los trols y haters, y una legión de seres dispuestos a contraatacar. Es tiempo de superproducción, y tenemos atareado al nuevo mutante, que los expertos llaman el hiperlector. «Es el lector/productor que no solo consume textos y piezas comunicativas, sino que se anima a escribirlas y elaborarlas con los recursos que tiene», dice Acebedo. Lee, crea, participa, se emociona, se indigna, y también agrede. Una mutación en un ejercicio de democracia absoluta y a veces brutal.

Se dan linchamientos virtuales que terminan en suicidios. En minutos, fenómenos virales acaban con la reputación de personas o empresas. Y en este espacio de civilización fallida se libran las modernas batallas de poder, el enconamiento de culturas políticas y climas de opinión que compiten, desde el autoritarismo a la protesta, por la hegemonía del nuevo espacio público. «Al revisar las funciones que socialmente tiene el insulto, observamos que todas ellas se vinculan a relaciones de poder», explica Colín.

Si antes la benevolencia de la lengua hablada los perdía en la transigencia del viento, hoy no ocurre lo mismo: quedan grabados en el fango de la nueva tabilla digital. «Es como un gran bar en el que no oyes solo a tu vecino, sino la opinión de todo el mundo», alega González de Mendoza.

Este bar se emborracha con el tequila del lenguaje coloquial. Hay estudios que hablan de la coloquialización progresiva del discurso en la sociedad actual. Un proceso «con notable influencia de la televisión, donde abundan los programas y realities con gran carga de violencia verbal, algo que se ha extendido a los debates de variada índole», dice Damián Moreno, profesor de lengua e investigador en argumentación y persuasión lingüística.

$#%¡& Modernos coliseos

El vituperio ha creado sus cuadriláteros o coliseos, donde insultar tiene amplio margen. De este modo se flamea (se incendia) en la Red o se inician los salseos (cotilleos virtuales que pueden terminar en injurias); se usa como arma de guerra en el fútbol profesional y escolar, donde, durante un partido caliente, uno de cada tres usuarios emite insultos en las redes sociales, según un estudio de Séntisis; dominan los foros y comentarios on-line sobre normas de moderación que son papel quemado; están en las tertulias (más en las televisivas que las radiofónicas) y humean en la irracionalidad de las redes sociales; germinan en las aulas donde los jóvenes los usan para fijar su identidad grupal; riman en las músicas que escuchan (bastan cinco minutos de atención al trap); acompañan al pitido en los atascos (su feudo antes de la era Twitter) y en las manifestaciones; molestan en el hogar (el 90% de los adolescentes agrede verbalmente a sus padres al menos una vez al año, según un informe de la Universidad de Deusto); acompañan al discurso del odio contra mujeres, colectivos  LGTB y minorías raciales (varios estudios concluyen que Internet puede ser un ambiente hostil para las mujeres), y, sobre todo, han cobrado el valor de argumento político desinhibido, de disparo ad hominem, de daga en el idus de marzo, gracias a la intercesión de tipos como Donald Trump. Sirven de instrumento para el poder y los medios de comunicación: todos conocen su capacidad de atracción como recurso espectáculo. Hoy insultan personas, pero también robots, que sirven para la crispación en nombre de oscuros intereses.

Es además el arma maestra para los náufragos de la globalización, los carentes de voz en la política y la economía, los ninguneados por bancos y operadoras de telefonía, los que se sienten «marginados», según Hardaker.

«Hemos observado que las redes están sesgadas hacia lo negativo. Cuando nos indignamos estamos más estimulados a postear. Inconscientemente recurrimos a ese territorio», añade González de Mendoza. El insulto parece fortalecido por estas dinámicas.

$#%¡& El anillo de Giges

Ante todo son hoy cerbatanas masivas por el efecto de anonimato que propicia Internet, en un territorio donde se mezclan la catarsis, la incivilidad, la ociosidad, la notoriedad y frustración, junto a sus contrarios: la generosidad, la empatía, el apoyo mutuo, o la defensa de los derechos humanos.

Sufrimos del anillo de Giges del que ya hablara Platón en el Libro II de La república. En el mito antiguo esa joya otorgaba el don de la invisibilidad y provocaba estragos. Ocurre algo parecido en Internet: un anillo para todos, un caramelo para el insulto indiscriminado.

«Considero que las redes sociales han creado un nuevo ecosistema para la expresión de todo tipo de hostilidades, donde tienden a ser amplificadas y aceleradas», explica John Suler, profesor de psicología en la Universidad Rider (EE. UU.), y autor de la teoría sobre la desinhibición on-line, que explicaría en parte este repunte de la agresividad virtual.

La comunicación mediada por computadoras podría estar afectando a nuestra forma de relacionarnos con los otros, una suerte de disociación con el entorno real. Nos desinhibimos de manera tóxica, pero también benéfica en la red, por ese anonimato o invisibilidad, y la asincronicidad en las comunicaciones. Se tiende a minimizar la autoridad, y puede aparecer la falta de empatía o la creación imaginaria de adversarios, en lo que Suler llama introyección solipsística. «La hostilidad puede parecerse a luchar contra un fantasma que está dentro de tu propia mente», añade el autor del libro Psicología de la Era Digital.

Parque de juegos del desahogo, los insultos son faros de malestar social e instrumentos natos de la violencia. «Una manera regulada y socialmente admitida de canalizar la ira. Es la propia sociedad la que va regulando hasta dónde admite el insulto y sobre qué temas se puede insultar», explica José Antonio Hinojosa, psicólogo e investigador de la relación entre palabras y emociones.

"Ornitorrinco, cercopiteco, antropófago, zopenco, ectoplasma". Capitán Haddock, compañero inseparable de Tintín ¡Bebe-sin-sed! ¡Bachibuzuc! ¡Aztecas! ¡Vendedores de alfombras! ¡Iconoclastas! ¡Especie de logaritmo! ¡Vegetariano! ¡Pacta-con-todos!

Hoy estas convenciones que servían de contención en el pasado parecen fundidas. Un problema de escalas que se acompaña de la teoría de las ventanas rotas: Internet sería como un vecindario en el que cada insulto proyecta la imagen de un cristal roto que invita a otros bárbaros a tirar más piedras. Y la lengua, basada en el ejercicio de los contrarios —la luna y el sol, lo alto y lo bajo, el elogio y el insulto— orbita entonces hacia la oscuridad, donde brillan las antorchas de una subjetividad airada por encima de un hartazgo de luciérnagas.

A esto debe sumarse que el nuevo medio electrónico es a juicio de Colín pobre a nivel lingüístico, «porque nos coloca ante fenómenos de ambigüedad, malentendidos, falta de contexto, reducción pragmática».

$#%¡& Termómetros culturales

No escapa del insulto ninguna cultura moderna o histórica. Es por ello que los llaman termómetros culturales precisos. «Podemos ver qué jerarquía se legitima o se cuestiona; a quien se estigmatiza; cómo se simboliza la vida y qué rituales se usan y, sobre todo, qué nuevos comportamientos son sancionados. “¡Eres tan desagradable como un grano de pus!”, dirán en el Amazonas; la mujer violada en la cultura mexicana, los órganos sexuales en América del sur, la madre en el sur de Europa, el diablo en la parte nórdica de Europa, la mierda o el acto sexual en Estados Unidos», explica Colín.

Los filósofos estoicos, conocedores de su daño en la antigüedad, desarrollaron estrategias para protegerse de ellos. De los romanos heredamos en español el estilo corto, rotundo, del ataque, según las conclusiones del investigador Pancracio Celdrán. Lupa (ramera), catamitus (marica), nothus (bastardo)… Insultāre, en latín, significa ‘saltar contra alguien’.

Un fenómeno universal de base semántica que más tarde sería estudiado como parte de la cortesía y descortesía en la pragmática lingüística. La cortesía es el procedimiento que sirve para establecer relaciones positivas entre las personas que interactúan. «Refuerza la imagen del otro interlocutor. Minimiza nuestro ego y maximiza el tú. Se trata de buscar elementos de convergencia, de empatía, de aceptación de elementos comunes», explica Cervera.

Tiene que ver con actividades de la imagen, donde el rol y la jerarquía entre interlocutores es determinante. La descortesía es por tanto el lado oscuro de la cortesía: cuando esta se rompe y surgen las desavenencias, puede, de golpe, aparecer el insulto, la agresividad, la descortesía en grado máximo. La ruptura del principio de cooperación.

La violación de la norma no se ciñe, sin embargo, a una estructura rígida. «No hay fronteras que se puedan dilatar», explica Moreno. No hay unidades lingüísticas estrictamente corteses o descorteses, depende de la situación comunicativa. La visión tradicional en el estudio del insulto se centró en sus efectos negativos, «pero ha evolucionado mucho en las últimas décadas», añade Marina González, investigadora y profesora de lengua en la Universidad de Sevilla.

Antes se tenía al insulto como un elemento lingüístico descortés que precisaba de una disculpa para restablecer la imagen del hablante que había sido ofendido. Hoy tenemos más claro que «es polifuncional», asegura González, pues sirve tanto para agredir como para unir. El contexto es lo determinante.

Puede el insulto contener valores humorísticos, o estar ritualizado. A veces forma parte de las reglas de anticortesía de un determinado grupo: mutan allí en corteses, pues unen, afilian, mediante la violación de la norma. Pensemos, por ejemplo, en las batallas de gallos del rap —donde los contrincantes riman sobre los puntos débiles del adversario—, o las tradicionales jotas de picadillo —contiendas verbales entre hombres y mujeres— de algunas regiones españolas. Logran además explicar como ningún otro recurso lingüístico determinadas acciones o emociones.

«Los insultos pueden jugar un papel de cohesión: tú y tus amigos, o quizás tú y tu amante, los podéis intercambiar juguetonamente», explica el filósofo estadounidense William B. Irvine, autor del libro ¿Por qué duelen los insultos?

No tienen por qué ir asociados a un léxico grueso o socialmente marcado. «Cualquier palabra puede ser un insulto», defiende Colín. Se los distingue entre los codificados (el directo, que suele recurrir a palabras comunes y groserías) y los no codificados, indirectos, cuyas armas son la ironía, la metáfora, la metonimia… Cambian en función de la región y el grupo social.

Un estudio internacional capitaneado en 2008 por Jan Pieter Van Oudenhoven, de la Universidad de Groningen, investigó cómo se insultaban los pueblos europeos; determinó que mientras los mediterráneos, por ejemplo, como sociedades de raigambre colectivo, tienen predilección por la honra familiar y cuestionar la virilidad (cabrón es un insulto endémico hispánico), en algunos pueblos del norte de Europa (Alemania, Francia) su diana se fija en el fracaso social.

Si con esto no bastara, el insulto se arma con todas las posibilidades expresivas para potenciar o disminuir su daño. Sufijos, afijos, infijos, y prefijos (tonto, tontico, retonto…), se une al cartucho del predicado (tonto del bote), aprovecha el apócope (tontolaba), la antífrasis, el sentido figurado, los gestos. Vive en familia, pues no suelen aparecer solos, sino que soltado uno, surgen en torrente hasta alcanzar el clímax del grito.

$#%¡& Pacifismo contra el insulto

«Las palabras llevan consigo toda la fuerza de su pasado. A veces no sabemos qué significan exactamente «imbécil» o «gilipollas», pero recordamos en qué entorno han aparecido. Los insultos son gatillos que disparan el recuerdo de otros menosprecios», explica Álex Grijelmo, periodista, doctor en comunicación y escritor.

Un aullido con amplificador en esta taberna global. ¿Tenemos encima la tormenta perfecta? Tal vez. Seguro, dicen los expertos, que nos queda camino por recorrer. Mientras tanto, volvamos de nuevo la vista atrás. Tenemos una solución a este dilema.

«La mejor manera de responder es ignorarlo. Esto confundirá y desalentará al que insulta», explica Irvine. Responder con silencio o incluso con la parodia defensiva de uno mismo. Exorcizar su potencia de sílaba encabronada. Dejar el acto sin fruto. Saber que las palabras son inocentes. Él lo llama «pacifismo contra el insulto». Lo nombraba Séneca. Está en los refranes («insulta el que puede») y en El Quijote: «No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será un nunca acabar».

Aprender, en definitiva, que «la palabra gato, no araña, y la palabra hielo no enfría», como apunta Grijelmo, y que el insulto, a pesar de su potencial daño psicológico, «no descalifica a quien lo recibe, sino a quien lo arroja».

El improperio en América Latina

Junto a las ratas, los expresidarios y los buscadores de fortuna, cruzaron con Colón los insultos españoles dispuestos a su conquista. Las invectivas de vizcaínos, andaluces, extremeños y cuales fueran los reinos cobraron así vida propia. Hoy América Latina es rica en ellos, muchos heredados de los castellanos más deslenguados (hijueputa, por ejemplo), otros propios del lugar (chingaquedito, en México) o rescatados como reliquias del pasado (pendejo). Algunos han evolucionando con los problemas sociales (narco-mesías). Su carga no es la misma a ambas orillas. No suena igual un ‘cabrón’ en Valladolid que en Ciudad de México; ‘boludo’ pierde matiz en la península del ‘tontaco’, como el ‘agüeonao’ de Chile.

«Patiquín, muñeco de torta, pelele». Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, a Pedro Sánchez. No ahorra epítetos. ‘Muñeco de torta’ describe a hombres de porcelana, extremadamente cuidadosos de su aspecto y carentes de personalidad, fáciles de dominar.

Ostentan el dudoso honor por su rabia y creatividad en México y Argentina. Se sigue allí atacando a la honra y la madre y apelando a las libertades sexuales, con un fuerte deje machista, y con actividades escatológicas (chingar, mamar, cagar). Existen aplicaciones en Internet, insultadores virtuales, que dicen hacerte atacar igual que un argentino. Este país ha ganado su fama por el fútbol y sus denuestos, al decirle, por ejemplo, a una persona obesa, que es un «cementerio de canelones».

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Insultos de cine, pluma y libelo

«Traidor, descompuesto, villano, infacundo, deslenguado, atrevido, desdichado, maldiciente, canalla, rústico, patán, malmirado, bellaco, socarrón, mentecato y hediondo». Don Quijote, a Sancho: «No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será un nunca acabar».

El arte de la injuria. Insultar ha sido considerado un arte, especialmente en el Siglo de Oro y la época isabelina. Han dejado su sello tanto en las obras artísticas como en las polémicas entre personas ilustres.

‘Haters’ clásicos. Los romanos fueron muy bárbaros, en realidad. Julio César era conocido por su apodo de moechus calvus, o el calvo adúltero, y los poemas de Catulo nada envidian a los actuales programas de crónica social: glubit magnanimi Remi nepotes (se la mama a los magnánimos nietos de Remo). El Medievo tampoco se quedó corto. Aparecen en el Cantar del Mío Cid y en la pluma del Arcipreste de Hita.

Siglo de Oro y heces. Del hijo de las mil putas a catacaldos, gafo, gaznápiro, mercachifle, zascandil… pocas épocas tuvieron la explosión de insultos del Siglo de Oro español. El Tesoro de Covarrubias (1611) ya daba cuenta de ellos. Apareció la novela de pícaros y moderna, que recogían el argot. Fueron célebres los duelos dialécticos entre grandes como Góngora y Quevedo, o Lope de Vega. Cervantes incluyó muchas de estas formas verbales agresivas. Europa, especialmente la del sur, era entonces cuna de la blasfemia.

Llegan las luces con sus sombras. La Ilustración trajo consigo el racionalismo, pero nada pudo hacer contra la irracionalidad de la ofensa. Siguiendo la senda de los personajes de Shakespeare, Voltaire, Rabelais, Moliere, etc. se enzarzaron en polémicas y recogieron insultos. Es época de libelos y panfletos políticos y difamatorios. Se buscaba la eliminación simbólica del oponente.

Oh, la puta modernidad. Oscar Wilde, Mark Twain, Rimbaud, Verlaine… Podemos considerarlos precursores de la modernidad y verdaderos maestros del vituperio o la ironía. Llegaron después Cela, Bukowski, Burroughs y un sin fin de personajes deslenguados que cargaron sus tintas, en un incremento que ha llegado a su esplendor en el cine y las series de televisión. La película Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, cuya duración es de 2 horas y 58 minutos, contiene 265 veces la palabra fuck (joder), junto a otras muchas, como shit (mierda) o bitch (puta). Es una de las películas en las que más se ha utilizado dicho término, aunque queda lejos de las 569 variaciones de «joder» de El lobo de Wall Street (Martin Scorsese).

Archiletras

Esa (ilustre) boca…

Vilipendios de las mentes más agudas de las historia . El catálogo de algunos es enorme.

Este reportaje es uno de los contenidos del número 3 de Archiletras, una revista de lengua y letras disponible en quioscos, librerías y en formato digital. Si desea suscribirse o adquirir un número suelto, puede hacerlo aquí.