La rabiosa actualidad

La actualidad es lo propio de la inmediatez, es un fotograma que paraliza el tiempo y presta toda su atención a lo que ahora mismo, en este instante preciso, sucede.

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No tiene en mente ni es su ocupación el arrastrar lo que ha sucedido previamente a ese instante actual ni el proyectar lo que de él se puede derivar en el futuro . La actualidad no ve el conjunto, no anticipa el porvenir ni pone en cuestión el pasado. A la actualidad le falta capacidad simbólica porque no conjuga, solo actualiza. Es un “de momento, bien”, completamente incapaz de ver el pavimento que espera al final de la caída.

En cambio, el presente es otra cosa.

Su dominio, su atención y su capacidad de análisis recorren lo que sucede pero también lo que ha sucedido y lo que está por suceder. Es un relato que comprende que el presente es mucho más que la suma de millones de actualidades. Cuando un periodista norteamericano preguntó a un asesor de Mao, a finales de los sesenta, sobre lo que opinaba de la Revolución francesa, este sin inmutarse le contestó: “Todavía es demasiado pronto para emitir un juicio”.

El asesor podría saber más o menos lo que ocurrió en Francia a finales del siglo XVIII, pero sin duda sí sabía lo que era el presente. La contemporaneidad de acontecimientos no actuales pero que todavía nos están configurando y proyectando al porvenir. Hoy la actualidad es una ruidosa máquina de destrozar presente. La avidez por el fotograma de lo inmediato, por la instantánea de la novedad, de lo ultimísimo, nos impide ver y comprender la película.

 

 

El perpetuo repiquetear de noticias novedosas, rabiosamente actuales, entierra demasiado pronto la noticia precedente, nos impide el análisis, nos hace perder “la” noticia. La continua y ensordecedora proyección de notas una al lado de otra a la que nos someten los medios de comunicación horizontales y las redes sociales nos impiden trenzar la armonía y el contrapunto, nos impiden escuchar la música. Convierten la música en ruido. Nos dirigen a lo cacofónico y disonante, nos vuelven sordos.

La escena es la siguiente:

Una voz irrumpe en el lugar más insospechado. El protagonista no parece sorprenderse. La voz se muestra breve, sin interlocutor conocido, extraordinariamente concisa , y anuncia, tras la tarea a realizar que salvará el mundo, que se autodestruirá en un instante ; en ese mismo instante en el que , con el humillo que rezuma la grabación , habrá dejado de ser actualidad. No permite al héroe cinematográfico matización ni crítica ni diálogo, pero a su vez es un imperativo. Hay que escucharla con la máxima atención, es un dictado de una autoridad incuestionable, desatenderlo será sumir el mundo en un caos.

Pero uno , al asistir a la escena , siempre se pregunta; ¿qué sucedería si en ese preciso instante el obligado y sumiso oyente sufriera una trombosis, un tapón en el oído medio o se distrajera un instante por el pasar de una bella criatura? ¿Qué sucedería si esa actualidad que va a cambiar el destino de todas nuestras existencias dejara de ser atendida? Nada. Hoy sabemos que no sucedería nada, que tras esa grabación, vendría otra y otra y otra , y todas se autodestruirían en cinco segundos, porque a esa voz le importa un rábano nuestro destino, solo quiere ser perpetuamente escuchada. Ese requerimiento impositivo es nuestra misión imposible .

Bertolt Brecht dejó escrito que “un hombre feliz es aquel que no conoce la última noticia” . Por el contrario, un infeliz es el que solo conoce la última noticia. Ese afán de la actualidad para que únicamente nos centremos en la última noticia es causa de una particular desdicha que nos asola en estos tiempos : la de la imposibilidad de seguir el hilo, la de no ver venir el suelo, allá desde el tercer piso.