Fake news: el poder de las mentiras

Ahora que cuesta más que nunca distinguir la verdad del embuste, ¿podremos mantener la confianza en los medios y en nuestro sistema político?

No hace falta rebuscar demasiado en los recovecos del internet profundo para encontrar vídeos porno de las actrices Emma Watson o Scarlett Johansson. No se trata de filtraciones de un novio de la adolescencia ni de las pruebas de un pasado desconocido en el cine para adultos.

Son vídeos de estrellas de la  pornografía a las que un usuario de Reddit –sitio web de marcadores sociales y agregador de noticias donde cualquiera puede dejar enlaces a contenidos online -  llamado Deepfakes añadió la cara de estas famosas actrices con la única ayuda de su ordenador personal y Deepfake, un algoritmo de aprendizaje automático –rama de la inteligencia artificial que desarrolla técnicas para que las computadoras sean capaces de aprender–. Lo sorprendente de esos clips no es la utilización de los rostros de famosas  —superponer con mayor o menor habilidad retratos fotográficos de celebridades del cine, la política o la música sobre los cuerpos de actrices X es habitual desde hace años—, sino que un hacker haya logrado dar el salto de la manipulación de imágenes fijas al vídeo. Y con resultados profesionales.

Los vídeos de Watson y Johansson aparecieron en diciembre de 2017. Medio año después, cientos de películas similares abarrotan internet. Otro usuario de Reddit llamado Deepfakeapp, y que podría ser un segundo alias del mismo Deepfakes, publicó al poco tiempo una aplicación llamada FakeApp que permite a los novatos informáticos manipular vídeos con la ayuda de algoritmos similares a los utilizados por el Deepfakes original. Tanto fue el éxito de FakeApp que el término deepfakes se ha convertido en el nombre por defecto de este tipo de videoclips manipulados. Su popularización ha provocado que sean ya varias las redes sociales y las plataformas de vídeos porno que han prometido vetar cualquier contenido visual elaborado mediante esta tecnología.

Pero ¿cómo podemos detectar esos vídeos falsos? Lo que parece más fácil cuando la cara manipulada es la de Michelle Obama, no lo es tanto cuando se trata de la de una mujer desconocida. En este sentido, FakeApp parece una herramienta diseñada para las pornovenganzas, esto es, la publicación no autorizada y malintencionada de imágenes comprometidas de ex-amantes. Dicho de otro modo: FakeApp es un arma digital. Pero no todos los vídeos hechos con esa tecnología son X. Otro usuario de Reddit replicó la escena de Rogue One: una historia de Star Wars en la que aparece una joven princesa Leia. Los resultados, obtenidos sin coste, son casi indistinguibles de los de la película, que tuvo un presupuesto de 200 millones de dólares.

 

Consecuencias difíciles de predecir

Es difícil predecir las consecuencias de un sistema que hasta ahora solo podían permitirse las productoras de  Hollywood o las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley. El algoritmo Deepfake permite jugar con la imagen de cualquier famoso, con intenciones triviales – ¿quieres que Cristiano Ronaldo le felicite el cumpleaños a tu mejor amigo?– o potencialmente desastrosas: ¿un vídeo falso de Vladimir Putin anunciando el lanzamiento de misiles balísticos intercontinentales sobre Israel en el punto álgido de una crisis diplomática a cuenta de Siria? Ya es posible. Y en ese caso, ¿se arriesgaría Israel a perder un tiempo precioso comprobando la veracidad del ataque o respondería de inmediato lanzando sus propios misiles contra Rusia?

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, definió a la perfección el objetivo de las fake news: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. A las noticias falsas –de las que ya se hablaba, con otro nombre, en la Atenas de Pericles– se las llama hoy hechos alternativos o posverdades, y definirlas no es tan simple como parece. Porque una historia puede ser cien por cien falsa o contener trazas de verdad en una escala que va del falso casi en su totalidad al falso en alguno de sus detalles menos relevantes. Para más confusión, a menudo tomamos por mentiras las opiniones con las que no coincidimos. El peligro no estriba tanto en la capacidad de las fake news para crear una realidad adulterada pero verosímil como en el hecho de que minan nuestra confianza en cualquier cosa que no hayamos vivido en persona.

El Diccionario Oxford explica que el prefijo pos- en el término posverdad no alude a una mera sucesión temporal, como en el caso de posguerra, sino a una nueva realidad en la que la palabra asociada a pos- se ha convertido en irrelevante. La posverdad no haría referencia a una hipotética nueva verdad, sino a un contexto político y social en el que a nadie le importa ya si algo es cierto o falso. El paraíso de los prejuicios.

Noticia falseada fue aquella sobre un empleado de una morgue estadounidense supuestamente incinerado por error después de quedarse dormido en el trabajo o la de una anciana que habría entrenado a sus 65 gatos para que robaran a sus vecinos. Las dos se viralizaron en unas horas y consiguieron cientos de miles de me gusta en Facebook. Sus desmentidos obtuvieron una pequeña fracción de esos likes.

La razón de que las trolas resulten más atractivas que las verdades ha sido objeto de varios estudios. La primera conclusión de la mayoría de esos trabajos es que nadie desea leer mentiras a sabiendas de que lo son. La segunda es que todos deseamos que algunas falsedades sean ciertas. ¿Cuáles? Las que satisfacen dos de nuestras necesidades más básicas: la de certezas y la de resultados. Las noticias manipuladas que satisfacen el primer anhelo plantean respuestas sencillas a problemas complejos: “Que no pueda pagar el alquiler es culpa del liberalismo” o “Los emigrantes nos quitan el trabajo”. Las que complacen el segundo son las que predicen un desenlace coincidente con nuestros prejuicios: “Las políticas proteccionistas permitirán que todos los licenciados trabajen en aquello que han estudiado”.

De acuerdo con una de estas investigaciones, publicada en la revista Science por los investigadores del MIT Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral, el 1 % de las noticias falseadas analizadas en 2016 y 2017 alcanzó audiencias de entre mil y cien mil lectores. Por contra, las verdaderas tenían dificultades para llegar a la más baja de esas cifras. Según los autores, las historias ficticias se propagan más rápido, con mayor fuerza y llegan más lejos que las verídicas.  A su favor juegan la novedad –una falsedad es siempre fresca y original– y la emocionalidad –las mentiras tocan nuestras pulsiones básicas: el miedo, el asco, la curiosidad, la indignación, la risa…–.

Las redes sociales son el principal medio de difusión de las fake news. Los politólogos Andrew Guess, Brendan Nyhan y Jason Reifler publicaron hace unos meses un documentado trabajo que demostraba que  Facebook se lleva la palma a la hora de remitir usuarios a las webs de fake news. Hace un año, los directivos de esta red social dirigida por Mark Zuckerberg, preocupados por el fenómeno y la consiguiente pérdida de credibilidad de los contenidos de su web, decidieron añadir una etiqueta roja con el término discutible en los enlaces sospechosos que no provenían de fuentes fiables, como la CNN, el Washington Post y el New York Times.

El Estudio de Guess, Nyhan y Reifler, centrado en los medios estadounidenses, concluyó que el 80 % de las noticias falsas estudiadas reforzaban las tesis políticas de Donald Trump, que los mayores las consumían más que los jóvenes —tal vez porque estos se interesan menos por la información política— y que el 10 % de los individuos sondeados –los más conservadores– consumían el 65% de las historias inciertas. Estos investigadores no pudieron determinar el impacto real de tales informaciones sobre las elecciones estadounidenses de 2016  o el comportamiento de quienes las consumieron. Que los devoradores de fake news fueran en su mayoría individuos fuertemente politizados parece sugerir que la intención de estos al leerlas o verlas es más la de reforzar sus prejuicios que la de ponerlos a prueba.

 

 

¿Las noticias falsas pueden alterar la política y la sociedad?

Pero ¿quiénes son más proclives a tragarse las mentiras fabricadas que inundan internet? Las investigaciones de los economistas estadounidenses Hunt Allcott y Matthew Gentzkow han demostrado que los ciudadanos de mayor edad y aquellos con un alto nivel de estudios tienden menos a creérselas. Su conclusión es que la influencia de las fake news y su potencial para alterar la política y la sociedad es aún muy leve. Su principal daño parece ser el de aumentar la desconfianza en fuentes de información que antes se consideraban fiables, algo que confirma un reciente sondeo del Centro de Investigaciones Pew, que indica que el 72% de los estadounidenses cree que los medios suelen favorecer a uno de los dos bandos en disputa, en este caso, el Partido Republicano y el Demócrata.

Aviv Ovadya confiesa estar fascinado por  los efectos de la tecnología en la sociedad. Este graduado por el MIT dirige el Centro de Responsabilidad de los Medios de Comunicación Sociales de la Universidad de Míchigan (EE. UU.). En 2016, alarmado por la cada vez mayor avalancha de noticias falsas, la velocidad con la que evolucionaba el software capaz de producirlas y su impacto en la realidad, Ovadya presentó un informe a los principales responsables de las empresas más potentes de Silicon Valley. Lo llamó Infocalypse, un título que mezcla los conceptos de información y apocalipsis con el evidente propósito de dar un toque de atención. Nadie le hizo caso. Hoy, Ovadya dirige un pequeño grupo de investigadores e ingenieros cuyo objetivo es prever y mitigar en la medida de lo posible el uso de tecnología puntera en la elaboración de fake news.

La combinación de los avances en inteligencia artificial y realidad virtual promete un futuro esplendoroso para los bulos, a la par que incierto y oscuro para la que, según Ovadya, es su principal víctima: la democracia. Existe un software que sincroniza los movimientos labiales de cualquier persona filmada con un texto predeterminado. Lo ha desarrollado un equipo de programadores de la Universidad de Washington (EE. UU.), y sus  resultados son mucho más sutiles y menos evidentes que los de los vídeos de Deepfake. El rastro dejado por su manipulación es casi indetectable. Las consecuencias en la práctica son dos. La obvia: la tecnología permite ya producir vídeos en los que una persona parece decir o hacer algo que no ha dicho o hecho en la realidad. Y la menos obvia, pero no por ello menos inquietante: en un mundo en el que los medios de manipulación de la imagen y del sonido estén al alcance de cualquier ciudadano, ¿en qué o en quién nos apoyaremos para saber qué es cierto y qué no lo es?

Estos métodos de falseamiento de la realidad pueden poner en nuestra boca cosas que no hemos dicho. Pero también pueden servirnos como excusa para argumentar que no hemos pronunciado frases de las que luego nos arrepentimos o que nos perjudican. No exageramos. En 2016, Donald Trump usó esta excusa para negar sus palabras registradas en un vídeo de 2005 en el que se le escuchaba bravuconear sobre sus tácticas para “agarrar a las mujeres por el coño”, en unos momentos de la grabación en los que no se le veía. “No creo que fuera mi voz”, declaró el actual presidente de Estados Unidos, trasladando la carga de la prueba a quien quisiera emplear tiempo y recursos en demostrar que el audio del vídeo no había sido trucado.

Los cada vez más borrosos límites entre mentiras y verdades estimulan un fenómeno peligroso: la apatía de los ciudadanos. Hasta hace unos años, las fake news parecían restringidas a servir como herramientas de desestabilización usadas por los servicios secretos de países como Rusia o por grupos radicales cuya intención no es tanto dibujar una nueva realidad falsa, pero verosímil, como provocar el caos y la desconfianza hacia los medios tradicionales. Esa amenaza era hasta hace poco muy leve. Porque siempre quedaba la posibilidad de acudir al vídeo, en el caso de que este existiera, para comprobar que lo que había dicho el personaje en cuestión se correspondía con lo publicado. Esa certeza, la de la imagen real, ha desaparecido.

Cuando ya ni siquiera lo que vemos resulta fiable, ¿quién puede estar seguro de que una noticia describe de forma correcta la realidad? Solo harán falta unos cuantos engaños sonados para que el público pierda la confianza en los contenidos que le llegan a través de la pantalla de su móvil, provengan de The Economist o de un oscuro foro de la ultraderecha texana. Algunos optimistas predicen un renacimiento de la prensa de papel, mucho más difícil de manipular que la digital. Otros una revitalización de la figura del intermediario. Es decir, del viejo prestigio. Pero, de momento, la sed de clics y la batalla por las audiencias rápidas y fáciles parecen decantar la contienda hacia el bando de las fake news. Friedrich Nietzsche dijo lo siguiente: “No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no podré creer nada de lo que digas”.