Chequeo médico a los castrati

Los cantantes castrados fueron estrellas de la ópera entre los siglos XVII y XIX gracias a sus bellas voces agudas. Pero para obtener aquel refinado tono eran sometidos de niños a la emasculación, con devastadores efectos psicológicos y físicos. Analizamos sus peculiaridades vocales y anatómicas, los enigmas de su sexualidad y las secuelas de la mutilación genital.

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La tesitura vocal de los hombres depende mucho de la fisiología. En los testículos hay unas células llamadas de Leydig que liberan un tipo de hormonas, los andrógenos, responsables de muchas funciones metabólicas y de regular el desarrollo y el mantenimiento de los caracteres masculinos. Los principales andrógenos son la testosterona, la dihidrotestosterona (DHT) y la androstenediona.

 

Estas tres hormonas resultan clave en la aparición de los caracteres sexuales secundarios, como el aumento de la masa muscular y del tamaño del pene y la distribución del vello corporal. También agrandan las cuerdas vocales y cambian el tono de la voz. Además, la DHT contribuye a que a veces se desarrollen en el hombre adulto desagradables procesos, como la calvicie y el crecimiento de la próstata.

 

Aunque en los siglos XVII y XVIII se ignoraba el papel de los andrógenos, sí era sabido que se podía mantener hasta la edad adulta la voz angelical de los niños que cantaban de manera excepcional si eran castrados. Ahora también se sabe que extirpar los testículos a prepúberes suprime la estimulación androgénica a partir de las células de Leydig. Con ello, las cuerdas vocales no se agrandan durante la pubertad pero surgen alteraciones fisiológicas graves, como el hipogonadismo primario, caracterizado por que produce anomalías en el desarrollo hacia la edad adulta que se manifiestan de múltiples formas.

 

Los castrati tenían el pene pequeño y la próstata poco desarrollada, debido al déficit de DHT. También eran barbilampiños y poseían un exuberante cabello, aunque carecían de vello en las extremidades y el pelo púbico se distribuía siguiendo el patrón femenino. La grasa subcutánea se desarrollaba más que en un hombre normal y se acumulaba en caderas, glúteos y áreas del pecho, lo que les daba una silueta afeminada. Algunos castrados tenían ginecomastia, senos grandes y grasos que parecían de mujer, o depósitos lípidos en los laterales de los párpados, que les creaban distorsiones faciales e hinchazón y arrugas. En los castrados llamaba la atención la desproporción de brazos y piernas respecto al torso. Durante el desarrollo infantil, en las extremidades de los huesos largos del esqueleto y las costillas hay unos cartílagos de crecimiento óseo. Tras el estirón de la adolescencia, estos cartílagos se van osificando y haciéndose más estrechos. Gracias a la enzima aromatasa, la testosterona y la androstenediona que rodean los cartílagos de crecimiento se convierten en estrógenos esteroides (estradiol y estrona) que se encargan de unir las partes del hueso sin cerrar.

 

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Con la maduración ósea, se acaba la adolescencia y se deja de crecer. Durante unos años, quedará una línea de fusión en las extremidades de los huesos que desaparece al inicio de la edad adulta. Pero en los castrados, la falta de testosterona y androstenediona impide la completa maduración de los huesos. Tal desajuste hormonal hace que brazos y piernas se alarguen desproporcionadamente durante la adolescencia, porque crecen más deprisa que en un individuo normal. Esto explica por qué la mayoría de los castrati fueran muy altos, algo infrecuente en los siglos XVII y XVIII. Los cartílagos de las costillas tampoco terminaban de cerrarse y la caja torácica crecía anormalmente. Esto, junto a los extenuantes ejercicios vocales a los que los sometían en las escuelas musicales, aumentaba su capacidad pulmonar, lo que los ayudaba a mantener el tono vocal y el control de la respiración durante mucho tiempo. Como además entrenaban la modulación y la flexibilidad de las cuerdas vocales, se ampliaba el espectro de frecuencias que poseían los más virtuosos. Claro que muchos no alcanzaban suficiente dominio para trabajar en la ópera y ganar grandes sumas, y acababan en coros de iglesia o dejaban la música para hacerse sacerdotes.

 

A consecuencia del hipogonadismo primario o falta de testosterona, muchos castrados parecían grotescos y monstruosos, como Francesco Bernardi, conocido como Senesino, quien cantó en Londres entre 1720 y 1730 para Händel. Los grabados y retratos le muestran con bolsas de grasa bajo los párpados y un rostro prematuramente envejecido. Su figura obesa y zanquilarga fue blanco favorito de los periodistas y caricaturistas londinenses, que lo presentaban como un tipo enormemente alto, de cabeza muy pequeña y tórax muy ancho. Cuando estaba de pie no lograba quedarse correctamente erguido y basculaba hacia la izquierda a causa de la escoliosis o deformación de la columna vertebral. Para mantener el equilibrio, abría mucho las piernas, en una pose despatarrada.

 

En un libro sobre las óperas de Händel, Suzanne Aspden, investigadora y profesora de música de la Universidad de Oxford, cita este comentario de 1715 del empresario Francesco Zambeccari: “Senesino se mueve muy mal en el escenario, se queda de pie como una estatua y cuando hace un gesto, lo hace al revés de lo que debería”. El más célebre de todos los castrati, Carlo Broschi (1705-1782), más conocido como Farinelli, también mostraba un porte deslucido, demasiado alto y carente de gracia. Las audiencias operísticas quedaban embelesadas por el excelso canto de estos artistas, pero no por sus cualidades escénicas. Para comprender la particular voz de los castrados tenemos que tener en cuenta la naturaleza de las cuerdas vocales y los cambios que experimentan durante la pubertad. Las de los humanos se componen de dos partes: una porción cartilaginosa resistente y una parte membranosa más flexible. Cuanto más corta y fina sea esta última, más alta o aguda será la frecuencia o tono que un cantante puede lograr.

 

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Pero las cuerdas vocales crecen durante la adolescencia. En las chicas la porción membranosa alcanza una longitud de 8 a 12 milímetros. En los chicos, el alargamiento es doble –entre 12 y 16 milímetros–, lo que vuelve su voz un tono más grave. Este proceso se debe al aumento de andrógenos. Sin embargo, la castración frena la segregación hormonal y por tanto el crecimiento de la membrana, que se queda tan diminuta y delgada como antes de la pubertad, entre 7 y 8 milímetros, más corta incluso que la de una mujer adulta. Por eso se decía que las voces de los castrati eran más dulces que las de las féminas.

 

¿Tenían estos artistas relaciones sexuales con sus admiradoras? Las voces limpias, fuertes, dulces y melodiosas de los castrati atraían mucho a las mujeres. En la película Farinelli (1994), este aparece retratado como un castrado con capacidad de tener erecciones que vive varios enredos eróticos acompañado de su hermano. Sin embargo, la trama es ficticia y se toma muchas licencias dramáticas.

 

Aun así, cabe preguntarse si algunos pudieron ser sexualmente activos. Para dilucidar esta cuestión, el uropatólogo de la Universidad de Columbia (Nueva York) Meyer Melicow hizo una encuesta entre cirujanos urólogos y recibió respuestas para todos los gustos, pero un consenso general en algunos aspectos. La extirpación de ambos testículos (orquiectomía bilateral) a la edad de entre cinco y siete años causaría esterilidad permanente e impotencia. Si la intervención se hiciera entre los nueve y los doce, el castrado no quedaría necesariamente impotente, pues las células de Leydig ya serían funcionales y habrían iniciado el bombeo de testosterona en la región urogenital. Aunque privados de los testículos, quedaría un pequeño remanente de células en los conductos seminíferos y en la parte posterior del perineo que producirían la suficiente testosterona como para inducir la erección.

 

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Sin embargo, no todos los investigadores están de acuerdo. El médico Richard Peschel y su mujer, la escritora sobre temas de medicina Enid Rhodes Peschel, afirman que las relaciones heterosexuales de los castrati son puro mito y cuestionan que la producción de testosterona en las zonas adyacentes a los testículos extirpados fuera suficiente para conferir al pene una función sexual. Si esto fuera así, argumentan, dicha hormona también habría agrandado las cuerdas vocales y afectado a su al-tura tonal. El matrimonio Peschel cita el caso del cantante Filippo Balatri, que no fue ajeno al tormento que le causaba su condición. En su autobiografía Frutti del mondo, este castrato relata que se enamoró de una bella muchacha llamada Anna, pero que el idilio era imposible debido a su emasculación. Balatri se consideraba un hombre “neutro”, obligado a “abandonar a las mujeres”. No obstante, la impotencia no condenó a todos a una vida casta. El historiador de la música Roger Freitas afirma que hay numerosas aventuras amorosas documentadas entre castrati y hombres de la nobleza o el clero. Cita, por ejemplo, la relación íntima del cantante Marc’Antonio Pasqualini con el cardenal Antonio Barberini en el siglo XVII. Para Freitas, el castrado simbolizaba al joven efebo aclamado en la poesía renacentista, con un rol pasivo frente a su mentor o protector.

 

Debido al éxito económico de algunos castrati, una ola de emasculaciones barrió Italia. Los padres ambiciosos querían operar a sus hijos con la esperanza de que se convirtieran en estrellas de la ópera. Se estima que solo en el país transalpino más de medio millón de niños fueron víctimas de mutilación en el siglo XVIII. Como estaba oficialmente prohibida, se hacía a puerta cerrada, muchas veces por unos barberos llamados norcini sin experiencia ni capacitación. La intervención se hacía sin desinfección en condiciones precarias, con un instrumental –castratori– que consistía en una cizalla de hierro parecida a unas pequeñas tijeras de podar. Si sobrevivían a la hemorragia masiva tras la operación, solían padecer dolorosas infecciones más tarde.

 

Según Martin Hatzinger, urólogo del Hospital Markus en Frankfurt (Alemania), dichas prácticas debían producir altas tasas de mortalidad. El problema es que no hay registros de los procedimientos empleados para castrar a los niños destinados a ser músicos. Al ser un acto castigado con la excomunión, los italianos no guardaron documentos médicos. El único relato que tenemos es el Tratado de los eunucos, escrito por el abogado francés Charles Ancillon en 1707, que no explica cómo obtuvo la información, así que no sabemos si es o no precisa. Sus descripciones son ambiguas, pero indican que podía hacerse cortando el aporte de sangre a los testículos o extirpándolos.

 

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A los más jóvenes les comprimían y estrujaban sus pequeñas partes hasta que quedaban deshechas e impalpables. Antes de las operaciones los metían en un baño caliente para ablandarles los genitales. Luego los dejaban inconscientes para que no tuvieran convulsiones y gritaran durante la intervención. Para eso les presionaban las venas yugulares del cuello hasta que perdían el sentido o les administraban opio, aunque según Ancillon este narcótico podía causarles la muerte. Para que la emasculación fuera conforme a la ley, los padres se inventaban excusas, como que el niño había sufrido una lesión al caer de un caballo, que padecía tuberculosis o hernia o que había sido mordido en la entrepierna por un animal. Por absurdo que parezca, a mediados del siglo XIX todos los castrati del coro de la Capilla Sixtina habían sido supuestamente atacados por cerdos.

 

Cientos de miles de niños padecieron la mutilación de sus genitales en pro del arte operístico y la música sacra. De aquella sangría quirúrgica, solo unos pocos alcanzaron el reconocimiento profesional. El trauma físico y psíquico que sufrieron no pareció importar a padres ambiciosos que ansiaban salir de la miseria, a médicos sin escrúpulos y a una Iglesia hipócritamente tolerante con la práctica. El maltrato y la alta mortandad de tales prácticas da una idea del bajísimo estatus social que tenían los niños durante los siglos XVII y XVIII, especialmente los procedentes de las clases más pobres.

 

Médicamente hablando, aquellos hombres sufrieron importantes anormalidades en el cuerpo que mermaron su salud. Y en el plano psicológico, los castrati se sabían diferentes respecto a los varones no mutilados. Su aspecto físico y sus interacciones sociales nunca les permitieron olvidar el decisivo hecho que cambiaría por siempre su vida.