'Viaje a la Luna': la fantasía llega al cine

En 1902, H. G. Wells y Julio Verne ya habían publicado novelas sobre el mismo tema, pero Méliès creó su propia historia, lanzándose sin miedo por los caminos de la fantasía: un grupo de científicos franceses decide emprender una expedición a la Luna, para lo cual fabrican un cohete que se lanza desde un gigantesco cañón.

Viaje a la Luna

Si el cine es ilusión, resulta lógico pensar que tarde o temprano la fantasía habría encontrado su lugar en aquellas primeras y casi prehistóricas producciones mudas, pero cabe preguntarse si lo hubiera hecho de un modo tan determinante de no haber sido por la existencia de Georges Méliès. Este ilusionista francés, propietario del teatro Robert-Houdin donde llevaba a cabo sus trucos de magia, estuvo entre los privilegiados que asistieron a la proyección cinematográfica ofrecida por los hermanos Lumière en el Gran Café de Volpini. Corría el año 1895. Méliès salió de allí, como todos, impactado por aquel nuevo invento, pero también obsesionado por utilizarlo para llevar su arte mucho más allá de las limitaciones de un teatro. Al año siguiente, consiguió hacerse con un bioscopio –un modelo de cámara rival de la de los Lumière– y un proyector. En los dieciocho años siguientes, rodó más de quinientas películas.

Se dice que Méliès descubrió los trucajes cinematográficos igual que Alexander Fleming la penicilina: por accidente. Cuando estaba proyectando unas tomas que había realizado en París, vio cómo un autobús se transformaba en un coche fúnebre. La explicación fue que la película se había detenido unos segundos durante la filmación y, cuando volvió a ponerse en marcha, el transporte de difuntos había sustituido al de pasajeros. Este hecho fortuito le inspiró para crear todo tipo de ilusiones con su primitivo equipo y para que, desde entonces, se le conozca como el padre de los efectos especiales.

En 1902, tras una serie ininterrumpida de cortos cada vez más ambiciosos, realizó Viaje a la Luna. H. G. Wells y Julio Verne ya habían publicado novelas sobre el mismo tema, pero Méliès creó su propia historia, lanzándose sin miedo por los caminos de la fantasía: un grupo de científicos franceses decide emprender una expedición a la Luna, para lo cual fabrican un cohete que se lanza desde un gigantesco cañón. Este aluniza estampándose en uno de los ojos del satélite –representado por la actriz Bleuette Bernon–, y crea una de las primeras imágenes emblemáticas de la historia del cine. Los tripulantes se enfrentan con los selenitas y su rey, antes de regresar a la Tierra cayendo con el cohete desde un precipicio lunar, y llevando con ellos a un habitante de la Luna como prisionero.


Obviamente, aquí hay mucha más ficción que ciencia, pero eso no quita para que la cinta de Méliès –realizada con un presupuesto de entre 10 000 y 30 000 francos, según fuentes; en todo caso, una fortuna para la época– sea con pleno derecho toda una precursora del género. Hay efectos tan logrados como el de los selenitas –interpretados por acróbatas del Folies Bergère – que se desintegran en una nube de humo cuando el jefe de la expedición les golpea con su paraguas, y escenas tan involuntariamente precursoras como el cohete cayendo en el mar a su regreso a la Tierra, con los astronautas recogidos por la Marina. Otro detalle: a diferencia de muchas películas mudas, no tiene rótulos con diálogos ni descripciones de la acción, por lo que puede ser comprendida por espectadores de cualquier parte del mundo. Actualmente, está disponible en YouTube, con sus trece minutos de inocencia y magia.

La figura de Méliès está con toda justicia entre los padres del cine y ha sido recordada en tiempos tan recientes como 2011, cuando Martin Scorsese la convirtió en protagonista central de su película La invención de Hugo , en la que Méliès fue interpretado por Ben Kingsley. La cinta hace un extenso uso de unos efectos visuales que, sin duda ninguna, habrían entusiasmado al propio Méliès. Según declaró Scorsese, aquel, “básicamente, lo inventó todo”. e

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