¿Por qué nos gusta pasar miedo?

Diversos factores neuropsicológicos y culturales nos llevan a pasarlas canutas voluntariamente, impulso que alimenta a toda una industria del entretenimiento.

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Ya en el siglo VIII a. C. encontramos un temprano ejemplo del gusto por lo siniestro. Homero relata lo siguiente en la Odisea: “Andaban en grupos aquí y allá, a uno y a otro lado de la fosa, con un clamor sobrenatural, y a mí me atenazó el pálido terror”. Luego aparecen los siguientes ingredientes: cabezas que hablan cuando se acercan a la sangre, muertos vivientes que quieren acabar su tormento, el espanto ante la Gorgona… El relato de las andanzas de Ulises fue trasmitido por tradición oral: si el texto se conserva, es porque muchos encontraron placer en recitarlo.

Desde entonces, miles de obras literarias, pictóricas y, en los tiempos modernos, cinematográficas han explorado ese paradójico disfrute. A partir del auge de la literatura gótica a finales del siglo XVIII, el terror se convirtió en género. Un hecho demuestra su vigencia: en todas las épocas posteriores podemos encontrar alguna narración espeluznante convertida en fenómeno de masas. Desde los clásicos Drácula o Frankenstein hay un continuo que culmina, de momento, en el auge de las actuales series de terror –The Walking Dead, American Horror Story, Penny Dreadful…– y taquillazos como Paranormal Activity 4, que recaudó más de cien millones de dólares en su estreno a pesar de que se creía una fórmula agotada.

Un atractivo irresistible

La pintura, los parques de atracciones, la música y el cómic también nos han invitado en los últimos años a seguir pasándolas canutas sabiendo que muchos responderían a la llamada. ¿Por qué? Como ocurre con todo fenómeno psicológico masivo, confluyen distintas causas.

Uno de los factores más citados tiene que ver con la hiperactivación física. A menudo se explica afirmando que quienes disfrutan de tales sensaciones solo experimentan una descarga de adrenalina, no miedo de verdad. Nuestro mecanismo cerebral de alarma se sitúa principalmente en la amígdala, un centro del sistema límbico, el encargado de reaccionar ante las emociones.

Experimentos como los realizados por Daniel Schacter, profesor de Psicología de Harvard, en EE. UU., demuestran que los pacientes con daños en esa área recuerdan la asociación entre ciertos acontecimientos y un estímulo negativo, pero no perciben ningún efecto emocional. Cuando se activa, genera reacciones fisiológicas como el aumento de la tensión arterial y del metabolismo celular. También conlleva una liberación de catecolaminas, grupo de neurotransmisores donde se hallan la adrenalina y la dopamina y que es responsable de la sensación de euforia que experimentamos tras pasar un mal rato.

En la misma línea, el investigador Jeffrey Goldstein, profesor de Psicología Social de la Universidad de Utrecht, en Holanda, sostiene que el género de terror proporcionaría un entretenimiento violento aceptado socialmente. Se trata, en definitiva, de activar las hormonas extremas –testosterona, adrenalina, cortisol…–, y una forma de conseguirlo es sentir escalofríos y angustia en una situación controlada.

Etiquetas: culturamiedopsicología

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