Mitos y leyendas del fuego que sale de la Tierra

Desde antiguo, los volcanes han sido considerados símbolos de la furia de los dioses, puerta de entrada al infierno o donadores de bienes. Son temidos y admirados a partes iguales.

Volcán en erupción
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¿Y por qué esta violenta erupción? ¿Y por qué ahora? ¿Y por qué tanta destrucción y tantas muertes? ¿Qué hay en realidad en las profundidades del suelo? Lo cuentan e ilustran bien los libros científicos que establecen lo que rellena esta bola giratoria en la que vivimos: corteza terrestre, placas tectónicas, magma... ¿Y si fuese otra cosa insidiosa y mucho más perversa? Por ahora nadie se ha sumergido en las profundidades del planeta para dar fe de lo que hay por ahí, aparte de los aventureros de Viaje al centro de la Tierra, la novela de Julio Verne. Pura ficción, y también aterradora.

Cuestiones así o similares han asaltado la mente de los hombres ante una erupción volcánica, aparte –claro está– de la fascinación frente a la indiscutible belleza y magia de esos fuegos artificiales que parecen saltar desde el mismísimo infierno. Y sin las premisas científicas, ¿qué les parecería a los habitantes de tantos siglos anteriores? Al pavor, y seguro que también al asombro, se uniría el pozo infinito de lo inexplicable, como en tantos asuntos del universo. Y como en todos ellos, solo dioses, demonios y fábulas remotas serían el consuelo del porqué, la justificación del sufrimiento.

Y el caso es que, desde las primeras civilizaciones agrícolas, el hombre no ha dejado de asentarse en los alrededores de los volcanes en busca de la fertilidad de esas tierras. Aquellas montañas de intimidante silueta solo podían ser dioses. Solo las deidades se permiten dar, quitar, generar y destruir vida a su antojo o al albur de la conducta humana. Divinizadas y temidas, constituyen inspiradora fórmula en el devenir histórico y social de los hombres.

En aterrado ensalzamiento endiosaban a estas montañas de fuego y también les aplicaban el rol de “puertas del infierno”. Esto es lo que creyeron nuestros principales ancestros culturales en Occidente: para griegos y romanos eran las ardientes entradas del reino subterráneo de Vulcano (Hefesto para los griegos), dios del fuego y patrón de los oficios de la fragua, hacedor y destructor, del que había que soportar que en su constante e industrioso oficio, de vez en cuando provocase tanto ruido y tanta desolación, y hasta se tragase ciudades como Pompeya y Herculano.

Platón se refirió al mito de la Atlántida, que habría desaparecido al saltar por los aires la mayor parte de la isla de Santorini a causa de una descomunal explosión volcánica. Por su parte, el romano Virgilio entonó el mito griego de los Gigantes, que sucedieron a los Titanes, para aludir a uno de ellos, Encelado, quien por su desobediencia fue encerrado en el Etna por la diosa Atenea. Y desde entonces, sus enormes quejidos han sido el origen de los estruendos y estallidos del volcán siciliano. Aunque hay otro relato mitológico que achaca este enfado geológico a Tifón, un dios terrorífico de 100 cabezas derrotado por Zeus y que da nombre al igualmente temido fenómeno meteorológico.

El cristianismo, y su único Dios autor de todas las cosas, tuvo que ceder también ante la magnitud de los sucesos volcánicos y no pudo evitar que la gente creyese –y siga creyendo– que los cráteres son las puertas de infierno y sus erupciones obra de Satanás. Y claro, no faltan los milagros. Se cuenta que en Catania (Sicilia), allá por el año 253, una procesión con la estatua de Santa Águeda, como ruego ante el Etna rugiente, salvó a sus píos participantes porque el río de lava se dividió en dos. Si bien, otra procesión con el mismo motivo en 1660 no evitó la destrucción de casi toda la ciudad. Todavía hoy se siguen llevando a cabo estas procesiones votivas, sobre todo pidiendo protección a San Genaro para que el Vesubio, que tanto embellece la bahía de Nápoles, no vuelva a ser el demoledor campo de batalla entre Hércules y los Gigantes, como creyeron griegos y romanos.

Más sueltos de graves tradiciones y perdidos en sus tierras norteñas, los vikingos inventaron fantásticas historias sobre los numerosos volcanes de Islandia. Una de ellas, versa sobre el Katla, oculto por un glaciar, el cual se cuenta que fue la venganza de una hechicera a quien le robaron sus pantalones mágicos, que le proporcionaban una inusitada velocidad para correr. Si bien, estos hombres del norte igualmente creían en la entrada del infierno, que ubicaban en el volcán Hekla, al que nadie se atrevió a ascender hasta 1750.

La manera de venerar a estos todopoderosos seres de las profundidades ha sido y sigue siendo mucho más ancestral en África. Así, el volcán Ol Doinyo Lengai, nombre que significa “montaña de Dios”, es adorado en el noroeste de Tanzania por los masáis como donador de bienes. Tras una erupción en 1917, la tribu agradeció su generosidad enviando a las faldas del volcán a las madres jóvenes. Allí estas mujeres extrajeron la leche de sus pechos, dejándola caer al suelo para que fuese absorbida por la tierra. En cambio, al peligrosísimo Nyiragongo, cercano a la ciudad de Goma en la República Democrática del Congo, nadie osa acercarse por su casi constante actividad y la celeridad de sus ríos de lava. Según una leyenda de los bantúes, dentro de su cráter vive el malvado espíritu Nyiragongo, pues allí le encerró Ryang’ombe, otro espíritu aún más fuerte y malvado.

Abundantes e imaginativos son los mitos en torno a los cientos de volcanes de las miles de islas de Indonesia. El temido volcán Agung, en la isla de Bali, es considerado en el hinduismo uno de los ombligos del mundo, por ser parte de lo que fuera el grandioso monte Meru, olimpo de los dioses de esta religión, cuyo centro dicen los tibetanos que se ubica en su monte Kailás. Todavía en la actualidad, cientos de peregrinos acuden al monte Agung, pues lo consideran el hogar de Mahadeva, emblemática representación del gran dios Shiva. Otros volcanes de Indonesia fueron escenario de ritos que a veces incluían sacrificios humanos. Y, por otra parte, continúa celebrándose el festival de Kesodo, que en la isla de Java reúne a la minoría hindú al borde del cráter del volcán Bromo, donde arrojan ofrendas en honor a Brahma, el creador del universo.

¿Y qué decir del carismático monte Fuji de Japón? Incontables son las creencias en torno a este bello volcán, símbolo de pureza y eternidad, tutelado por la diosa del mismo nombre. Los supuestos y obcecados celos de dicha deidad fueron la causa de que hasta 1925 el acceso a esta montaña estuviese vetado a las mujeres. Hoy sí que suben ellas hasta esa cima perfecta junto a los hombres, y para casi todos supone una ferviente experiencia mística. Lejos también quedó la costumbre de arrojar mujeres vírgenes como ofrenda al furioso cráter de otro volcán nipón, el Unzen, situado en una isla cercana a Nagasaki.

En Filipinas, el catolicismo también ha utilizado los muchos volcanes como refuerzo de su predicamento. En 1951, los ancianos de las aldeas cercanas al volcán Hibok-hibok, en la isla de Camiguín, aseguraron que la erupción, que aquel año mató a cientos de personas y a miles de animales de granja, era una indicación de que “Dios se había disgustado con los jóvenes camigueños pues se relajaron en su asistencia a la iglesia y dejaron de hacer la señal de la cruz”. Los aeta, un pueblo indígena que vive en Luzón, también en las Filipinas, consideraron la erupción del Pinatubo en 1991 como una rebelión de la naturaleza contra la concesión del permiso del gobierno para la perforación geotérmica y para los aviones de la cercana base aérea de Clark, entonces la más grande de EE. UU.

Tales reacciones dejan claro que efectivamente la deificación de “las montañas de fuego” sigue vigente en el acerbo popular. Así ocurre entre la gente mayor en la muy volcánica península de Kamchatka, en el extremo oriental de Siberia, donde achacan las explosiones continuadas al momento en que los gigantescos perros que arrastran el trineo del descomunal dios Tuli, se detienen para rascarse.

Por su parte, los habitantes de la costa oeste de las Américas, en pleno Cinturón de Fuego del Pacífico, no dejan de invocar legendarios ruegos mezclados con oraciones católicas. Los incas mitigaban su miedo al volcán Misti, situado cerca de la ciudad peruana de Arequipa, a través de una leyenda que narraba como el dios Sol había taponado su cráter con una gran masa de hielo. El cuento no funcionó, pues las erupciones continuaron y entonces invocaron su calma con sacrificios humanos. Tampoco así aplacaron la furia de este dios de fuego, que hoy sigue enseñoreando su amenaza con constantes fumarolas.

Los nativos norteamericanos de Oregón estaban seguros de que el volcán Mazama era el refugio del dios maligno del fuego, y que el volcán Shasta guardaba al dios de la nieve. Ambos pelearon y el dios del fuego fue derrotado y decapitado, por lo que se derrumbó gran parte de la cima del Mazama, el agua se acumuló y se creó el espléndido paraje que hoy se denomina Lago del Cráter.

Se cree que los sacrificios humanos en las 'cimas ardientes' para aplacar la furia de sus dioses moradores fueron bastante habituales en el Nuevo Mundo. Así, en el Masaya, que no deja de expulsar nubes de azufre cerca de Managua, en Nicaragua, hubo un tiempo en que se arrojaron vírgenes en su cráter. Este horrible destino también lo padecieron los muchos niños que fueron lanzados al cráter submarino del lago Ilopango, en El Salvador.

Numerosas son las leyendas y creencias en México. La más popular se refiere a la bella hija del cacique de Tlaxcala llamada Iztaccíhuatl, enamorada del guerrero Popocatépetl, que habría de vencer a los aztecas para conseguir su mano. Un bulo hizo creer a la hermosa mujer que a su amado lo habían matado en batalla y ella murió de pena. Cuando el guerrero regresó, hizo construir una inmensa montaña en cuya cima tendió el cuerpo de Iztaccíhuatl y se quedo allí para velarla hasta que él también falleció. En homenaje a este amor tan grande, los dioses los convirtieron en dos grandiosos volcanes. Actualmente ambos siguen activos.

Esta tendencia a dotar de género y sentimientos a los dioses volcánicos estuvo igualmente extendida en América. En algunos casos, también podían desplazarse a su antojo en busca del amor. Eso es lo que hicieron las montañas de fuego del altiplano andino, todos como locos porque solo había un volcán femenino, Tunupa, en la actual Bolivia. Y ella se defendía del acoso, pero no pudo evitar quedar embarazada. Y, para colmo, todos los viriles volcanes reclamaban la paternidad, con tal ahínco que le robaron el bebé a la pobre Tunupa. Tanto fue lo que esta lloró que formó el salar de Uyuni, el mayor y más alto del mundo. Total, que los dioses, enfadadísimos, privaron para siempre a los volcanes de la capacidad de moverse.

Lo que no falta en casi ninguna leyenda es la agresividad entre los propios volcanes. La mitología del pueblo mapuche, originario de la Araucanía (Argentina y Chile), establece que en cada volcán habita un espíritu de gran poder, los llamados pillán, protegidos por espíritus superiores denominados ngen, que son los propietarios de los volcanes. Y también se habla de luchas a muerte entre poderosos cráteres. Así, el Rucapillán decapitó al Quetrupillán, que quedó inactivo para siempre en su ubicación al sur de Chile, mientras que el Rucapillán, hoy conocido como Villarrica y situado en la misma zona, es uno de los volcanes más activos y bellos de Sudamérica.

Otro componente que se repite en las fantásticas historias volcánicas americanas es la defensa de la naturaleza contra los conquistadores. La sola presencia de los españoles provocaba las más explosivas erupciones de volcanes como el Momotombo, en Nicaragua, o el Huaynaputina, en Perú. Lo mismo pensó alguna tribu norteamericana ante los conquistadores ingleses, pero de lo que muchos de estos indios estaban convencidos es de que los humeantes cráteres, habitados por espíritus malignos, serían un día los hacedores del fin del mundo. Alguna de sus erupciones no acabaría nunca, y entonces el mundo y la vida quedarían sepultados para siempre.

Alrededor y dentro del Cinturón de Fuego del Pacífico, la extraordinaria actividad ha tenido y tiene sus propias deidades. Bastante a menudo se transmiten las imágenes de los copiosos ríos de lava que lanza el volcán Kilauea de Hawái. Estos fogosos y luminosos torrentes no son otra cosa que el fruto del inmenso enfado de la diosa Pelé, señora del fuego que fue expulsada de Tahití por su hermana Namakaokahai, diosa de los mares, quien se enfadó con ella por seducir a su marido.

¿Tan ardoroso es el amor que su fuego se ha reflejado en tantas fábulas volcánicas? Pues algo así debe de ser, ya que los reñidos amoríos aparecen aquí y allá. Y por supuesto entre los impetuosos maoríes. Entre sus mitos nos encontramos una vez más con dos volcanes masculinos, Tongariro y Ruapehu, que se enamoran perdidamente de la volcana Taranaki. Pelea al canto y erupciones que van y vienen. Y ahí siguen: los dos machos bien activos en la isla norte de Nueva Zelanda, y ella bien dormida y retirada en la isla sur.

Más dioses y espíritus. Y es que la presencia, poder y dominio de las montañas de fuego crea un abismo insalvable. También Yahvé, el dios de los hebreos, aparece en la Biblia en forma de volcán. Por su parte, los incas temían especialmente a Pachacámac, el dios creador de la Tierra que lanzaba chispas. Deidades en el pasado y en el presente. No hace tantos años, en 1963, nació la isla islandesa de Surtsey, que recibió su nombre de Surtur, espíritu gigante del fuego.

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