Los vikingos nunca cartografiaron América

Así fue cómo los investigadores descubrieron que el mapa de Vinlandia era falso tras años creyendo que era verdadero. La supuesta prueba del descubrimiento vikingo de América era un fraude. Esta civilización no llegó a Nuevo Mundo antes que Cristóbal Colón.

"El mapa de Vinlandia es falso. No hay ninguna duda. Este nuevo análisis debería poner fin al debate", sentenció Raymond Clemens, conservador de la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad Yale (EE. UU.), el 1 de septiembre de 2021 en un comunicado. Los resultados del estudio más completo del manuscrito en cincuenta años obligaron a la prestigiosa institución a admitir que la supuesta prueba del descubrimiento vikingo de América era un fraude. Se zanjó así una polémica de décadas. Porque la autenticidad del documento estaba seriamente cuestionada desde principios de los 70, cuando el químico Walter McCrone descubrió que la tinta contiene una forma de dióxido de titanio no comercializada hasta la década de 1920.

El mapa de Vinlandia está dibujado en un pergamino de 27,8 cm por 40 cm. Con una inscripción que lo fecha en 1440, medio siglo antes del desembarco de Cristóbal Colón en América, se representan en él Europa, África, Asia y un territorio al oeste de Groenlandia rotulado como Vinlanda Insula. Incluye una leyenda en la parte superior izquierda según la cual Leif Erikson, hijo de Erik el Rojo y que vivió entre 970 y 1020, descubrió esa nueva tierra que bautizó como Vinlandia por su fertilidad y sus vinos. El texto dice, además, que 'Eric [Gnupsson], legado de la Sede Apostólica y obispo de Groenlandia y las regiones vecinas, llegó a esta tierra verdaderamente vasta y muy rica, en nombre de Dios Todopoderoso, en el último año de nuestro bendito padre Pascual [el papa Pascual II murió en enero de 1118], permaneció en ella largo tiempo tanto en verano como en invierno, y luego regresó al noreste hacia Groenlandia y se sometió con la más humilde obediencia a la voluntad de sus superiores'.

Mapa de Vinlandia
Universidad de Yale / Wikipedia

El mapamundi apareció en Europa de la noche a la mañana en 1957. Un marchante se lo ofreció al Museo Británico en nombre de Enzo Ferrajoli de Ry, un librero anticuario italiano afincado en Barcelona que, en 1964, fue condenado a ocho años de prisión por el robo de libros en la biblioteca de la Seo de Zaragoza. El planisferio estaba encuadernado en un volumen con otro manuscrito, Hystoria Tartarorum, un estudio etnográfico del Imperio mongol de mediados del siglo XIII. Los expertos del museo que lo examinaron dudaron de su autenticidad. Según ellos, la tinta del mapa no era medieval, aunque sí lo era la de la Hystoria Tartarorum. Acabó adquiriendo el manuscrito el marchante estadounidense Laurence Witten II, que se lo vendió por una cantidad próxima a los 300 000 dólares al filántropo Paul Mellon, quien a su vez lo donó a Yale, su alma mater. Así es como llegó a la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos, donde también está el Manuscrito Voynich, un volumen ilustrado del siglo XV escrito en un idioma desconocido y que muchos expertos creen que fue en su época un elaborado engaño.

Tras siete años de análisis, la Universidad Yale dio el mapa de Vinlandia por bueno y, nada inocentemente, lo presentó al mundo en 1965 la víspera del Día de Colón, el 12 de octubre. Lo consideraba la prueba definitiva de que el descubrimiento del Nuevo Mundo había sido una hazaña vikinga y no española, de los europeos del norte y no de los del sur. La noticia fue recibida con regocijo por muchos anglosajones, para quienes el documento demostraba no solo que los vikingos habían sido los primeros en llegar a América desde Europa, sino también que habían cartografiado parte de esas nuevas tierras y que la Iglesia católica había tenido constancia de ello.

Sin embargo, algunos especialistas detectaron pronto inconsistencias, como la insularidad de Groenlandia en un tiempo en el que no se podía navegar por el Ártico y la precisión en su trazado costero, propia del siglo XX. Además, se preguntaron dónde había estado el mapa durante cinco siglos. Porque su antigüedad documentada no se remontaba más allá de Enzo Ferrajoli de Ry.

En 1972, Yale encargó un examen del documento al laboratorio del microanalista Walter McCrone. El análisis químico reveló que el pergamino contenía anatasa, una forma de dióxido de titanio que no se sintetizó hasta 1917 y que empezó a comercializarse en los años 20 del siglo pasado. Para McCrone, la pieza era 'una inteligente falsificación' moderna. La universidad admitió por primera vez que el documento podía ser un fraude, y se sucedieron los estudios. Obviamente, hubo quienes rechazaron las conclusiones sobre la tinta de McCrone, quien en 1991 volvió a examinar muestras del mapamundi con los mismos resultados que veinticinco años antes. En 2002, la prueba del radiocarbono estableció que el pergamino data de mediados del siglo XV, pero los químicos Robin Clark y Katherine Brown, de la Universidad de Londres, confirmaron que la tinta contiene anatasa y, por consiguiente, el mapa es moderno. La conclusión lógica, a partir de esos dos trabajos, era que alguien usó en el siglo XX un soporte medieval para dibujar el mapa de Vinlandia, y es la que ahora asume Yale.

Mediante espectroscopía y microscopía, los autores del estudio determinaron la composición de la tinta y la compararon con la de otros manuscritos del siglo XV. El mapa de Vinlandia tiene poco o nada de hierro, azufre y cobre, sustancias que usaban los escribas medievales, pero titanio en mucha mayor proporción que otros manuscritos de la época. Además, 'las partículas de anatasa se parecen mucho a las que se encuentran en el pigmento que se producía comercialmente en Noruega en 1923'. Aunque el planisferio llegó a Yale con la Hystoria Tartarorum, el mismo volumen contenía originalmente también parte de la Speculum historiale de Vincent de Beauvais, según una inscripción en el reverso del mapa. Los investigadores de Yale creen que el falsificador usó un pergamino de la segunda obra para dibujar el mapamundi y así transferirle la antigüedad de las dos obras medievales que lo acompañaban.

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