Leer más pero hacerlo peor: el problema de leer en pantallas

A pesar de que cada vez leemos menos libros, hemos compensado ese déficit leyendo más en las pantallas de ordenadores y móviles. El problema es que no se trata del mismo tipo de lectura.

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A través de distintos dispositivos, un ciudadano medio consume alrededor de 34 gigabytes de información (el equivalente a unas 100 000 palabras), según el Global Information Industry Center de la Universidad de California en San Diego. El problema del siglo XXI, pues, no es que leamos poco, sino cómo estamos leyendo.

A diferencia de leer en un libro o hasta en una revista o un periódico, la lectura en pantallas acostumbra a estar troceada en intervalos muy cortos. 

Un mensaje de WhatsApp, un estado de Facebook, un tuit, un post mirado por encima (que no llegamos a terminar porque pulsamos a un vínculo que nos lleva a otro texto)... la mayor parte de las palabras que consumimos diariamente tienen esta estructura. A diferencia de un libro, este tipo de lectura no requiere de la misma cuota de pensamiento profundo.

Pensamiento profundo

La mayoría de nosotros estamos leyendo más que nunca, pero evitamos leer textos muy largos que requieran muchos minutos de concentración sostenida para ir siguiendo un argumento lógico paso por paso, o para empatizar con las reflexiones de una persona, o para introducirnos en una historia jalonada de detalles y matices. 

Estamos rodeados de información que nos asalta a través de las pantallas. Así, aunque un ciudadano medio lee el equivalente a una novela al día, en realidad no está procesando una novela, sino fragmentos de diversas novelas sin apenas hilazón. El problema es que, tras la lectura diaria de este rompecabezas del tamaño de una novela, ya no tenemos tiempo, ni ganas, de leer un libro de verdad. 

Y sin lectura profunda, parece que es más difícil que se produzca pensamiento profundo, crítico, exhaustivo. Al menos, en un estudio de reconocimiento de imágenes de cerebros de estudiantes de literatura realizado por Natalie Phillips, se observó que había una menor activación en la lectura casual que en la lectura atenta o profunda. 

La sobrecarga de información que nos llega a través de las pantallas también exige leer rápido, responder rápido, retuitear rápido, desplazarse velozmente por los enlaces, dejar un post a medias porque recibimos un mensaje, etc. Esto obliga a simplificar, a procesar información a más velocidad, a pensar en ráfagas breves y a seleccionar o eliminar información para optimizar el tiempo. Nos decantaremos así, de hecho, por leer información más rápida y destilada por medios de comunicación.

Todo ello supone la antítesis de la reflexión y el adiestramiento del sentido crítico. En otras palabras, dejamos de consumir más cultura que antes a pesar de que consumimos más información.

La memoria de los cinco minutos

Nuestra tendencia a leer más superficialmente una pantalla que un libro quedó patente en un estudio realizado por el experto en ciencias de la información Ziming Liu, que analizó el movimiento ocular durante la lectura digital.

Al parecer, la mayoría de las veces se tiende a una lectura en diagonal o vertical a través de la cual podemos localizar rápidamente las palabras y así hacernos una idea del contexto. Si de este modo ya tenemos una idea aproximada del tema del texto, quizá ni siquiera lo leamos. Si nos falta información, volveremos al cuerpo del texto para seleccionar detalles complementarios. 

Nuestra memoria funcional también se está viendo afectada por esta clase de consumo de información: la capacidad media de la memoria funcional de las personas que leen en pantallas se reduce cada vez más. Es decir, que leemos más pero recordamos menos, porque en realidad estamos leyendo superficialmente, y estamos haciéndolo más por entretenimiento que por aprender. 

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