El último heredero de Houdini

¿Quién cogerá el testigo de James Randi, el mago e ilusionista canadiense-estadounidense, un referente en la lucha contra las pseudociencias.

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Fue un mazazo. Poco antes de la medianoche del 20 de octubre de 2020, saltó en Twitter la noticia: James Randi había muerto. Como en esa red social a la gente se la mata y resucita con facilidad, al principio quise pensar que se trataba de un bulo. Era consciente de la avanzada edad de Randi y de su delicado estado de salud, pero quería creer. Segundos después, di con un tuit de Penn Jillete que confirmaba lo peor. “Randi, Randi, Randi, Randi. Es increíble lo mucho que te echo de menos. No imagino que este sentimiento vaya a desaparecer nunca, Randi”, lamentaba la mitad parlanchina del dúo mágico Penn & Teller. “Un día triste para la verdad y la valentía. James Randi, un amigo y héroe, ha muerto hoy a los 92 años”, escribía el físico Lawrence Krauss. “Lloro a James Randi, mago de clase mundial, némesis bienhumorada de doblacucharas, espiritistas y otros charlatanes”, decía el biólogo Richard Dawkins.

Mucha gente en España no conoce a Randi. No es para sorprenderse. A pesar de ser una figura de la magia equiparable a Harry Houdini, solo se ha publicado en nuestro país uno de sus libros – Flim-Flam! (1982), traducido como Fraudes paranormales – y sus apariciones en nuestras televisiones pueden contarse con los dedos de una mano y, casi siempre, en canales de pago. En Estados Unidos, su país adoptivo, Randi fue primero una gran estrella del espectáculo y, después, el cazacharlatanes más popular, un tipo cuyos libros prologaban Isaac Asimov, Arthur C. Clarke y Carl Sagan, entre otros.

Seguro que te suena Uri Geller, el joven israelí que alcanzó fama mundial porque decía doblar cucharas frotándolas suavemente, con el poder de la mente. Pues Randi fue quien en 1973 evitó que engañara con sus trucos a Johnny Carson en la NBC ante cuarenta millones de telespectadores, y el primero que de-mostró que un ilusionista podía replicar todos sus prodigios. Pero Randi fue mucho más que el mago que desenmascaró a Geller.

Nacido en Toronto (Canadá) el 7 de agosto de 1928 como Randall James Hamilton Zwinge, era el mayor de tres hermanos y un niño superdotado. Tanto que gozó de un permiso especial para educarse en casa e ir a la escuela solo para examinarse. “No tuve ni tutores. Vivía entre el museo y la biblioteca pública de Toronto, siempre rodeado de libros y haciendo preguntas a gente mayor que yo. La escuela me aburría; me quedaba dormido en clase”, me contaba en mayo de 2012, durante su última visita a España. Un día, con doce años, vio un espectáculo del mago Harry Blackstone en el que hacía levitar a su ayudante, la princesa Astra. El niño Randall se preguntó cómo alguien podía hacer aquello y, cuando un accidente de bici le inmovilizó durante meses, devoró todos los libros de magia a su alcance. A los diecisiete años, días antes de gra-duarse, dejó el instituto y se unió como mago a un grupo de feriantes.

 

 

Primero como Randall Zwinge y después como el Asombroso Randi, maravilló durante cuatro décadas al público con sus números de mentalismo y escapismo. Lo mismo se liberaba de una camisa de fuerza colgado por los pies sobre las cataratas del Niágara que permanecía dentro de un ataúd metálico sumergido en una piscina durante 93 minutos, batiendo un récord de Harry Houdini de 1926. “Pero yo era mucho más joven cuando lo conseguí que Houdini cuando estableció su récord”, puntualizaba a quien le recordaba la hazaña. Hizo las delicias de los radioyentes y telespectadores estadounidenses desde los años 50 hasta bien entrados los 80, pero todo cambió cuando se cruzó en el camino de Uri Geller. No solo dio a Johnny Carson los consejos necesarios para que no pudiera engañarle, sino que asistió a una demostración del israelí en la redacción de la revista Time , replicó sus superpoderes ante los periodistas y le dedicó un libro, The Truth about Uri Geller (La verdad sobre Uri Geller, 1982).

Su mirada de mago le permitía detectar el truco donde los demás veían un milagro. “No hay nada mejor que un ladrón para atrapar a otro ladrón”, se justificaba al tiempo que doblaba una cuchara ante tus narices sin que supieras cómo. Randi expuso en la televisión fraudes como los de los cirujanos psíquicos, los videntes, el horóscopo, los zahoríes, los telepredicadores que dicen sanar a enfermos gracias al poder divino, los médiums… Y, lo que es más importante, fue el aglutinante de un grupo de intelectuales que, preocupados por el avance de la irracionalidad en la sociedad estadounidense, creían que debían dar un paso adelante. Junto con sus amigos Isaac Asimov, Martin Gardner, Ray Hyman –el único que sigue vivo–, Philip Klass, Paul Kurtz y Carl Sagan, fundó en 1976 el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), actual Comité para la Investigación Escéptica (CSI) y germen de un movimiento racionalista y humanista que hoy es planetario.

A principios de los años 80, dos jóvenes sorprendieron con sus extraordinarias habilidades a los parapsicólogos del Laboratorio McDonnell de Investigación Psíquica, en la Universidad de Washington. Cuando los investigadores iban a anunciar que, después de tres años de experimentos, tenían pruebas sólidas de la existencia de poderes paranormales como la telequinesis –la capacidad de mover y alterar objetos sin tocarlos–, Randi reveló que los dos dotados eran en realidad aprendices de mago y que, si habían hecho lo que habían hecho, era porque los parapsicólogos no habían tomado precauciones para evitar el engaño. Con esa idea en la mente, John Maddox, director de la revista Nature y otro de sus amigos, confió en él en 1988 cuando el inmunólogo francés Jacques Benveniste aseguró haber probado que el agua tiene memoria, lo que daría una base científica a la homeopatía. Randi formó parte del comité de Nature que se desplazó al laboratorio de Benveniste. Descubrió no solo fallos metodológicos que hacían irrepetibles los resultados, sino también que dos investigadores recibían dinero de la multinacional homeopática Boiron. 

“Estoy muy orgulloso de haber seguido los pasos de Houdini”, decía James Randi en alusión a la cruzada contra médiums y otros embaucadores que había protagonizado en su día el mago de origen húngaro. Él ofreció entre 1996 y 2015 un millón de dólares a quien demostrara, en condiciones controladas, cualquier habilidad paranormal o algo que se considerara científicamente imposible, como que la homeopatía funcione. Seguía así una tradición que se remonta a 1922, cuando la revista Scientific American ofreció 2500 dólares a la primera persona que fotografiara espíritus, y otros 2500 a aquel que produjera manifestaciones psíquicas. Entre quienes debían verificar los hechos, estaba Houdini. Después de ese reto inicial, hubo otros patrocinados por magos como Joseph Rinn y Joseph Dunninger, dos ilusionistas que durante el siglo XX plantaron cara a médiums y otros supuestos dotados de poderes extraordinarios. Nadie ganó nunca uno de esos premios.

Randi se consideraba heredero intelectual de John Nevil Maskelyne, un mago victoriano que desenmascaraba médiums, y de Harry Houdini. Él, a su vez, creó escuela con alumnos como Banachek –uno de los jóvenes que dejaron en ridículo a los parapsicólogos del Laboratorio McDonnell y que ahora diseña ilusiones para Penn & Teller–, Criss Angel y David Blaine, entre otros. Desde Maskelyne en la segunda mitad del siglo XIX hasta Randi, siempre ha habido magos que han destacado como cazadores de charlatanes. Es cuestión de tiempo que alguno llene el enorme hueco dejado ahora por un hombre cuya valentía, arrojo y compromiso social han servido de ejemplo a científicos, escépticos y divulgadores de todo el mundo. “Están haciendo mucho daño a la gente. La hacen sufrir y, en algunos casos, sus víctimas son personas con problemas mentales que deben tratar profesionales”, decía Randi sobre los promotores de supercherías.

 

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