¡El turismo, qué gran invento!

Desde los egipcios que surcaban el Nilo a los veraneantes playeros actuales, el turismo ha recorrido un largo y sorprendente camino.

Se trazaba así el mecanismo comercial que sacaba partido a un instinto manifestado por los humanos desde tiempos primitivos: moverse en pos de diversión, conocimiento o devoción. Ya en la sociedad neolítica, a medida que las tribus nómadas se asentaban, surgieron los intercambios comerciales, y con ellos lo que podrían considerarse los primeros viajes de negocios, que sin duda ampararon otros traslados basados en el entretenimiento o la curiosidad. Entre los ríos Tigris y Éufrates, a partir de 4000 a.C., con la civilización sumeria surgieron la escritura, el dinero, la rueda, el barco de vela, las carreteras…, elementos que favorecieron todo tipo de tránsitos de la clase aristocrática, que se veía sobrada de tiempo libre. Por aquellos caminos de piedra y arcilla se trasladó hacia 1700 a. C. Hammurabi, rey de Babilonia, para asistir a ritos y fiestas de otras ciudades.

Cruceros de placer

La clase alta egipcia, igualmente libre de trabajo gracias a la esclavitud, se dio a recorrer el Nilo, la costa del mar Rojo o la del Mediterráneo, con destino a ciudades como Said, Bubastis y Busiris. A su vez, tiempo después, los singulares monumentos egipcios comenzarían a recibir visitantes de Siria o de Chipre, como confirman las inscripciones en templos y pirámides. Algunos venían desde Fenicia, cuyos hábiles navegantes a menudo llevaban en sus barcos pasajeros a los que cobraban por el viaje y la comida. Otros visitantes del Nilo llegaban desde Persia, donde se habían inventado ya los alojamientos o postas a pie de carretera, que se ubicaban más o menos cada veinte kilómetros. 

A partir del siglo V a. C. empiezan a aparecer los primeros turistas griegos, como Herodoto, considerado padre de la historiografía, que recorre Egipto, Tiro y Babilonia. Las siete maravillas del mundo antiguo –las pirámides de Guiza, los Jardines Colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa en Éfeso, la estatua de Zeus en Olimpia, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas y el faro de Alejandría– fueron enumeradas y descritas en distintos libros, entre otros por el heleno Pausanias.  

Una leve luz se encendió en el siglo XII con la expansión demográfica y mercantil, que pobló de nuevo las viejas calzadas en un impulso fomentado por las ferias agrícolas y por las peregrinaciones religiosas a Roma, Santiago y Jerusalén. Los nobles se desplazaban con su procesión de criados que cargaban con ostentosas tiendas de campaña, pues las posadas eran calamitosas: sucios catres compartidos, mala comida y nulo aseo. Las cosas mejoraron con las primeras universidades y con la creación, en 1282, del gremio de hospedajes de Florencia. Las ciudades se fueron consolidando y asomó una clase burguesa que amplió los desplazamientos y sus horizontes. 

El Grand Tour, germen del turismo moderno  

Pero no fue hasta el Renacimiento cuando resurgió el ímpetu de conocer otros mundos, lo que se vio favorecido por el descubrimiento y la colonización del continente americano. En el siglo XVI apareció por primera vez en Francia la palabra hotel para designar a los hospedajes, en una época en que se habían aligerado mucho los carruajes. De lujo serían unos y otros cuando un siglo después se puso de moda entre la aristocracia inglesa el grand tour –origen del término turismo–, un periplo de seis meses en el que se embarcaban los retoños de la upper class para completar su educación tras pasar por la universidad. 

Los países incluidos en el itinerario solían ser Alemania, Países Bajos y, sobre todo, Francia, Suiza e Italia. Venecia, con su poderío monumental y sus carnavales, era ya un destino de moda, y sus hoteles y restaurantes apuntaban hacia el modelo turístico del futuro. Las vivencias e intríngulis de los viajes de ocio fueron bien narrados por la literatura ad hoc que se puso de moda entre los ilustrados del siglo XVIII. Célebres fueron los escritos del escocés James Boswell, que calificaba restaurantes y hospedajes con un vocabulario que nada tiene que envidiar a las guías actuales.

A inicios del siglo XX, el mundo cambiaba a marchas forzadas, con el entusiasmo que tan bien reflejó la Belle Époque. Los enclaves turísticos se consolidaban en modernización y elegancia, y los ricos lucían palmito gracias a la incipiente moda de los trajes de baño. Pero la buena vida de la alta clase era demasiado visible para los obreros y campesinos que se dejaban la vida en fábricas infernales y en desmesuradas haciendas. Ese estado de cosas y la lucha entre las élites de poder de las naciones provocaron las dos guerras mundiales, que frenaron el desarrollo turístico.

Una industria en expansión  

Sin embargo, Occidente resurgió de sus cenizas y en los años 50 retomó el optimismo económico y las ganas de vivir al día. Volvieron a multiplicarse los destinos y las opciones vacacionales. La idea del TI (todo incluido) nació para las élites: se trataba de que pudieran viajar a tierras exóticas, sin privarse del confort que disfrutaban en su mundo burgués. Así, el campeón de waterpolo belga Gérard Blitz creó el Club Méditerranée en 1950, siguiendo el concepto de erigir un pequeño y exclusivo paraíso en territorio turístico. Después de inaugurarlo con un campamento de tiendas de campaña –a todo lujo– en Mallorca, el primer Club Med genuino se erigió en Salerno (Italia). Poco a poco, estos villages privés cuyos clientes tienen acceso a todas las diversiones e instalaciones se fueron extendiendo al Caribe y otros destinos más lejanos.

Con esta y otras iniciativas estaba el terreno abonado para la época dorada del turismo, el famoso boom que hizo viajar y veranear a las clases medias, in crescendo hasta el día de hoy. Eso sí, sujeto a los vaivenes de la economía, como la crisis del petróleo de 1973, que arruinó la recién nacida industria de las vacaciones masivas. No obstante, las perspectivas no dejaban de ser halagüeñas, pues dos años después se creó la OMT (Organización Mundial del Turismo), con sede en Madrid. Hoy el negocio global ha llegado a cada rincón del planeta, hinchado cada vez más por los nuevos viajeros rusos y chinos o por la ampliación de la oferta a otros ámbitos: rural, cultural, ecológico, espacial… 

Etiquetas: curiosidades históricashistoria

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