El pudor cuando Eva dejó de verse desnuda

Devenimos sujetos humanos cuando aprendemos a enmascararnos, cuando fingimos o nos ocultamos detrás de una máscara. Hoy, lo público ya no es territorio de cortesía ni de decoro, es un lugar donde el pudor ha desaparecido.

Ella se cubre con su mano derecha el pecho y con la izquierda el pubis. Su rostro, desencajado por el dolor, queda expuesto. Él, sin embargo, se cubre el rostro con las dos manos y deja a la vista sus genitales. Ella refleja la vergüenza y él la culpa. Masaccio capta la instantánea. El momento preciso en el que Eva y Adán al ser expedidos de la paradisiaca animalidad muestran, ocultando, que han aprendido el primer requerimiento de una subjetividad y el primer condicionante de una civilización: el pudor.

Devenimos sujetos humanos cuando aprendemos a enmascararnos, a velarnos, a ocultarnos, a fingir, a retirarnos. Cuando sabemos contenernos, trabar la salida, cerrarnos. Cuando sabemos enmascararnos y cuando aprendemos que también los demás sujetos humanos están velados, insinuados y requieren, solicitan, un cuidadoso esfuerzo de interpretación, de desvelamiento. Devenimos sujetos humanos civilizados cuando entendemos la sacralidad de lo público; cuando tomamos conciencia de que existe un «afuera» común al que debemos mostrarnos pudorosamente.

El pudor es ese mecanismo que nos indica, además de que existe ese «más allá» de mí, cuándo algo de nosotros pudiera estar lo suficientemente preparado, elaborado, cocinado, como para que se exhiba en lo público, para que sea sometido a reconocimiento, para que no mancille ese territorio frágil y sacro de lo público. Inhibiendo el pudor lo que desarticulamos es el orden regulado de la convivencia, el delicado ritual de la inmersión en lo público, en lo de todos. Sin pudor, ni hay sujeto ni hay civilización. Es por eso que Zeus, viendo lo pesaroso de sujetarnos en una identidad y nuestra incapacidad para una armonía en convivencia envía dos virtudes: diké y aidos, la justicia y el pudor. Aídomai, el verbo de donde deriva aidos , implica las acciones de respeto y cuidado. Por eso solo los locos, los narcotizados o los grandes ignorantes que desconocen las exigencias que dan trascendencia a lo público se desparramaban sin la autorización de una pudorosa conciencia, resquebrajados, agrietados, abiertos en canal, lo íntimo se les escapaba hacia el afuera sin posibilidad de contención.

Adán y Eva
Wikipedia

Nietzsche califica el sujeto humano de «ese animal que tiene las mejillas rojas». Detesta al que no enrojece sus mejillas por ser excesivamente apegado a sí mismo, a aquel que no teme, porque ni siquiera lo considera, lo público. Detesta el que en el perpetuo mostrarse no se oculta la cara porque se auto complace en su propia virtud. Sin pudor no hay cara que mostrar a lo público; es el descaro (sin kara; sin cara), la desfachatez (sin faccia; sin cara). Con pudor la cara es ocultada bajo el sonrojo de las mejillas rojas, bajo las manos (como Adán) o bajo la deformidad (como Eva) pero nunca se quita, siempre hay un rostro responsable detrás. Hubo un tiempo en que la impudicia, que conocía el pudor, fue el arma que reajustaba un lo público demasiado sometido a regulación, demasiado restringente, demasiado responsable del modo de conformar nuestro pudor. Hoy, lo impúdico es orden moral. No subvierte lo subversible sino que consolida un imperativo asfixiante para el sujeto que no puede ya contenerse y demoledor para lo común que ha perdido su filtro.

Lo público ya no es hoy el territorio de la cortesía, el erotismo, del decoro. Hoy lo público es el receptor de la debilidad orgánica de la incontinencia, donde nada es capaz de advertirnos que algo se nos escapa, donde la máscara es el quitarse la máscara, donde lo íntimo y lo extraño no se distinguen porque el pudor ya no actúa. Es el estercolero donde se vuelcan ideas a medio digerir, vomitadas sin siquiera cuajar, cuerpos que nadie pide ver pero quieren ser expuestos, abiertos, emociones pueriles que no se saben contener. Lo público, en tiempos en lo que público muestra sus vísceras tras la descuartización, donde la aceleración, la síntesis y el falso reconocimiento exigen el tener que decir públicamente y en continuo algo. Algo que al ser tan escandalosamente evidente y transparente no exige pudor interpretativo alguno. Y quizá ese sea, mucho más que ganar el pan con el sudor de sus frentes o el parir con dolor, el horror y la condena de Eva y Adán; el enfrentarse a la exterioridad en su bisoñez, sin estar aún preparados, sin conocer lo que hay más allá del umbral del mero regocijo de la inconsciente y gozosa animalidad. Haber hecho de lo que está más allá del paraíso y haberse hundido en el infierno. 

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