Troles y haters: por qué triunfa el odio en las redes

Twitter, Facebook o YouTube atraen cada día a más usuarios, pero entre quienes desean aprender o comunicarse también se esconden los que solo critican, insultan, acosan, amenazan... ¿Dónde están los límites?

Haters gonna hate o “los que odian van a odiar” es un axioma que conoce cualquier personaje relevante con presencia online. El odio es aceptado en la vida digital como un mal contra el que nada se puede hacer; la única opción es asumirlo. Esta última frase se repite como una muletilla con la que termina cualquier entrevista en la que se hable del tema de las burlas, ataques, insultos y amenazas que sufren cantantes, actores, políticos, famosos, youtubers, blogueros, periodistas o tuiteros en general. 

La figura del trol, ese usuario molesto que critica desde la soberbia y de manera reiterada, ha existido desde que empezaron los foros en internet. A los troles les gusta incordiar y lo hacen por afición, para echarse unas risas. El desconcertante envío masivo de pizzas que se recibió en la sede del PSOE en plena crisis de partido –aquella que terminó con la dimisión de Pedro Sánchez el pasado mes de octubre– fue captado por las principales televisiones del país. Los dirigentes socialistas fueron víctimas de un troleo perfecto que no tardaron en atribuirse los usuarios de ForoCoches, el foro en español más grande del mundo, y el blog satírico La Retaguardia. Las risas debieron de ser tantas que, al día siguiente, desde ForoCoches recaudaron el dinero suficiente para mandar a una banda de mariachis a Ferraz.

“Las troleadas consisten en acciones que realizan grupos de internautas de forma conjunta. Generalmente son temas que se quedan en la red, como votaciones, pero las más interesantes y mediáticas llegan cuando se mezcla internet con el mundo físico y se hacen visibles para la gente que no entiende qué está pasando”, explica Alejandro Marín, administrador y fundador de ForoCoches. Esta página se ha hecho famosa por sus cibergamberradas, desde intentar mandar al cantante John Cobra a Eurovisión hasta elegir a Curri Valenzuela como la periodista más sexy en las votaciones de una conocida revista masculina, pasando por llenar con propuestas locas la página de participación ciudadana del Ayuntamiento de Madrid.

“Para que tengan éxito, las troleadas deben surgir de forma espontánea y desinteresada. Generalmente, no existe ningún tipo de centralización de órdenes o de jerarquía, y la motivación suele ser la diversión”, añade Marín, quien asegura que en los trece años de vida de ForoCoches no ha habido ninguna situación destacable de acoso o denuncias. Eso sí, troles y haters –odiadores– son tan habituales en el foro que ni se les presta atención. Excepto si molestan demasiado: entonces son expulsados. 

Pero hay una gran diferencia entre las bromas pesadas y los delitos de odio. Y son estos los que están creando la mayor alarma social, hasta tal punto que  Twitter ha visto cómo al menos dos de sus posibles compradores, Disney y Salesforce, señalaban el fenómeno hater como un factor importante en su falta de acuerdo. Y para muchos, la crispación que ha marcado la campaña presidencial de Estados Unidos ha venido acrecentada por los debates incendiarios que surgían en las redes sociales. Incluso hay quien asegura que la difusión de noticias falsas en Facebook ha sido crucial para la victoria de Trump. Google y Facebook han asegurado que van a bloquear y eliminar las cuentas que estén creando y difundiendo ese tipo de bulos.

La dificultad de castigar los delitos de odio

Aunque se traten de controlar, las campañas de odio crecen de manera viral y resultan difíciles de frenar. Un claro ejemplo fue la escalada de mensajes macabros que se vivió en Twitter el pasado mes de julio a raíz de la muerte del torero Víctor Barrio, donde hasta se insultaba a la viuda, amparándose en un sentimiento antitaurino y a favor de la defensa de los animales. La violencia verbal alcanzó tales cotas que el caso llegó a los tribunales, y la familia del fallecido, con la colaboración de la Fundación del Toro de Lidia, interpuso una querella por injurias que en noviembre fue admitida a trámite por la justicia. A las pocas semanas se produjo la muerte del empresario Mario Migueláñez mientras cazaba, y se repitieron los comentarios sobre la justicia poética y el karma, entre otros insultos.

Las amenazas, las injurias o calumnias y las vejaciones suponen más del 20% de los delitos que se denuncian en la Red, según datos de la Policía Nacional. Los casos de víctimas que se suicidan son la consecuencia más dramática de un fenómeno que se aprovecha especialmente del anonimato que dan las redes y la impunidad de estos ataques. La ley se aplica de igual manera si se viola en internet o en la calle, pero la clave está en la interpretación. Así, el stalking o acoso está castigado con hasta dos años de prisión; y las amenazas, con penas que pueden oscilar desde los seis meses a los dos años, si son leves, o  llegar hasta los cinco en los casos más graves.

El problema es que dichas amenazas deben ser “creíbles, graves y alterar los hábitos o la vida normal de la víctima” para constituir un delito. “Es verdad que no todos los contenidos inapropiados, desagradables o deleznables son punibles. Hay comentarios que nos duelen a todos, pero no se puede actuar contra ellos al no infringir ningún tipo penal específico”, admite la inspectora Carolina González García, community manager de la Policía Nacional, que dirige uno de los equipos de fuerzas de seguridad más activos y famosos en redes sociales del mundo. Ante esta situación, la única opción es acudir a las herramientas de las plataformas para denunciar un comportamiento que infrinja sus códigos de conducta y solicitar la eliminación del contenido o el cierre de un perfil.

Casos mediáticos que remueven nuestras conciencias

Por desgracia, la reacción de las redes no siempre es tan rápida y eficaz como debería ser. El suicidio de una napolitana de 31 años hace unos meses hizo saltar las alarmas en todo el mundo. La joven se quitó la vida tras un año de burlas, parodias y chistes a su costa después de que una expareja difundiera un vídeo de contenido sexual. Su peor delito fue decir: “¿Estás grabando un vídeo? Bravo”. Esta frase fue la fuente de inspiración de todo tipo de memes –montajes fotográficos parodiando el caso–, chistes, grupos de Facebook y hasta camisetas. Lo que para muchos se trataba de una broma, para la joven se convirtió en una tortura. Se mudó, estaba en trámites para cambiar de nombre y denunció a Google, YouTube y Facebook, entre otros, para que borrasen el contenido, apelando a su derecho al olvido. Pero la peor broma de todas fue la sentencia del juicio: obligaba a la retirada de los vídeos y comentarios, pero consideraba que la mujer tenía que hacerse cargo de los 20.000 euros de los costes, ya que había consentido las grabaciones. La familia está convencida de que su muerte es consecuencia de un linchamiento público. De hecho, la fiscalía ha abierto una instrucción por incitación al suicidio.

Estos casos son la cara más mediática y extrema de la burla y el odio en internet, pero lo cierto es que este tipo de ataques son el día a día para muchos. En España, las redes sociales se han popularizado muy rápidamente, y un 81% de los internautas de entre 16 y 55 años las utilizan, lo que representa más de quince millones de usuarios, según el último informe de IAB Spain. Estas herramientas se han convertido en un medio de comunicación directo, donde personajes públicos y ciudadanos pueden conversar de tú a tú. “La diferencia está en la capacidad de expresión pública. El fenómeno siempre ha estado ahí, pero no se veía de forma tan clara”, explica Mario Tascón, periodista y fundador de la agencia digital Prodigioso Volcán. Además, las redes sociales se han llenado de caras famosas, difuminándose la línea entre la vida privada y lo público; y lo mismo que los fans demuestran el amor por sus ídolos, los haters pueden sacar a relucir su odio.

Muy conocido fue el caso de Iker Casillas, cuando insultó abiertamente a un seguidor de su Instagram que le había invitado a tirar a su hijo de meses al agua al mostrar una foto de su primer día en la playa. En seguida, el portero recibió muchos mensajes de apoyo, pero otros muchos en contra. Aunque no era nada nuevo para el exjugador del Real Madrid, esa vez cometió un error de novato: contestar a las provocaciones.

Aquí es donde encontramos la gran regla de oro contra los haters: “Don’t feed the troll” –“No alimentes al trol”, en castellano–. Es decir, no entres al trapo, no des excusas para que continúen con sus provocaciones. Los perfiles más polémicos de internet lo saben bien, y aun así, no siempre se contienen. El escritor Arturo Pérez-Reverte fue uno de los primeros personajes de Twitter al que se dedicaban memes parodiando su mala leche, y ya es una referencia clásica cuando se habla de troles. Su tuit criticando las lágrimas de Miguel Ángel Moratinos al dejar su cargo de ministro de Exteriores y Cooperación o su reacción de retuitear una foto de una hater que luce exclusivamente una camiseta en la que se lee “Yo también odio a Pérez-Reverte” son algunas de sus más sonadas polémicas. “Twitter me permite satisfacer la demanda de contacto con los lectores”, comentaba en una entrevista con la revista Jot Down. “Lo que hago es mantenerlo a raya. Entro y salgo; es como una habitación de la que te vas y la cierras, no dejas que te invada la vida. Y así voy a mantenerlo mientras pueda”, explicaba.

 

Los troles también son otra forma de medir el éxito en la red

La descripción del perfil de otra tuitera feminista y muy guerrera como es Barbijaputa dejaba los pelos de punta por su sinceridad: “Me gustan las menciones que me quitan la razón con argumentos; me gustan los miles de zas que me han dado desde el primer día que abrí esta cuenta y he aprendido mucho –y gratis– gracias a las miles de críticas constructivas que he recibido. No me gustan las menciones con insultos, amenazas de muerte o palizas, no me gustan las menciones ‘manzanas traigo’, ni las que mienten sobre mí o se hacen eco de cosas que jamás dije”.

Usar un seudónimo ayuda, pero lo cierto es que en las redes no solo hay haters. Son muchos más los fans y followers respetuosos e interesantes que ayudan con sus clics y comentarios a hacer despegar una carrera, una canción o un personaje con la misma viralidad que en otras ocasiones la puede llegar a destruir.

Y quien depende de una audiencia para triunfar lo sabe muy bien. De hecho, la cantidad de troles que atrae una cuenta se considera una forma de medir el éxito en las redes sociales. Si no los tienes, es que seguramente no eres lo suficientemente popular o no estás teniendo la suficiente repercusión. “Gracias a los haters, te haces inmune a cualquier comentario dañino. Llega un punto en que sirven de referencia porque, si no te critican, es que estás siendo ignorado, lo que significa que algo has hecho mal”, dice Marín, de ForoCoches. La actriz Antonia San Juan, que también sabe lo que es aguantar impertinencias e insultos, ha tenido una pequeña venganza en forma de canción que dedica a sus odiadores en su canal de YouTube. “En la vida real nadie me quiere, pero aquí estoy en mi salsa y soy muy valiente escondiéndome tras una cuenta falsa”, dice la letra de Haters, su pequeña revancha.

Claves psicológicas que definen al ‘hater’

¿Pero quiénes son de verdad estos propagadores del mal rollo? Es complicado hacer un retrato robot común. “Muchos de los troles o haters que usan las redes sociales suelen ser personas relativamente jóvenes, inconformistas con el sistema y con la sociedad en general, que buscan llamar la atención y tener su momento de gloria”, asegura la inspectora González. En el caso de los que llegan a traspasar las fronteras legales, podemos identificar los perfiles más cafres. “Todos los seres humanos experimentamos emociones negativas como la envidia, la ira o la desesperanza. La diferencia de la persona violenta con el resto es su incapacidad para manejar esos sentimientos y no descargar ese malestar sobre otras personas o cosas.

El hater encuentra su catalizador en la difamación o la destrucción de una figura pública”, explica Cristina Guerricaechevarría, psicóloga especialista en violencia familiar y sexual. “El anonimato que proporcionan las redes sociales elimina además cualquier sentimiento de vergüenza, pudor o temor que pudiera darse en enfrentamientos directos y proporciona una percepción de mayor impunidad. La ‘protección’ de la pantalla nos está llevando a desarrollar un grado de intolerancia e insensibilidad alarmante, lo que puede convertirse en un caldo de cultivo muy peligroso en personas con ciertas características”, añade. Por otro lado, las redes despiertan una mayor conciencia social sobre este tipo de ataques y delitos. “Los canales masivos sirven de altavoces para aquellos que vejan o amenazan a otros, aunque también hemos logrado que estas conductas se denuncien”, subraya la inspectora González, quien recuerda que una de las labores de la Policía en internet es precisamente “difundir una conciencia colectiva contra los delitos de odio y a favor del respeto y la tolerancia”.

Hay que recordar que la inmensa mayoría de los haters o troles buscan la publicidad, el reconocimiento en forma de clics, favoritos o retuits que refuerzan su ego y su comportamiento. La mejor arma contra ellos es nuestra indiferencia.