Tu cuerpo nunca duerme

Cuando tú caes en brazos de Morfeo, tu organismo no cierra los ojos del todo. Mientras el cerebro filtra y consolida los recuerdos relevantes, los demás órganos y tejidos trabajan sin descanso para que amanezcas lleno de energía. Por eso lo llamamos sueño reparador.

cerebro sueño
istockphoto

Después de una jornada agotadora, meterse en la cama y dormir plácidamente es el mayor de los placeres. Cuando no se descansa bien, el cuerpo se resiente, sobre todo el estado de ánimo. ¿Qué mecanismos consiguen que uno se despierte como nuevo o, por el contrario, hecho un desastre? Depende mucho de lo que pasa durante esas horas nocturnas. Si lo comparamos con una cadena de montaje, el organismo nunca descansa del todo, ni siquiera durante el sueño; siempre está al pie del cañón, aunque cuando dormimos hace tareas diferentes y disminuye el ritmo de actividad de algunos de sus operarios, que son los órganos.

“El dormir podría definirse como la ausencia de comportamiento, aunque este no comportamiento no es real”, sostiene Elia Gómez Merino, miembro de la Sociedad Española de Sueño, neumóloga y experta en medicina del sueño. Todos los sistemas del cuerpo realizan alguna tarea cuando cerramos los ojos, pero el elemento más importante en este aspecto es el cerebro. Como director de orquesta que es durante el día, por la noche también  se encarga de que la música siga sonando, pero a otro ritmo. “Decimos que el cerebro nunca duerme en el sentido de que nunca se apaga, aunque en el sueño pasa por distintos estados en los que lleva a cabo diferentes funciones”, puntualiza Dylan Smith, investigador del Centro de Estudios en Neurobiología del Comportamiento de la Universidad Concordia (Canadá).

El descanso se organiza en ciclos de unos noventa minutos en los que se alterna el sueño no REM (fases I, II, III y IV) y el sueño REM, como se llama a esa etapa en que movemos los ojos rápidamente (Rapid Eye Movement) bajo los párpados y soñamos. Como explica Gómez Merino, al sueño no REM se le atribuyen funciones de conservación de la energía y recuperación del sistema nervioso. Por ejemplo, la secreción de la hormona de crecimiento durante la fase III es fundamental para reparar y regenerar los tejidos. También en esta etapa determinadas hormonas aumentan la síntesis de proteínas. “Durante el sueño no REM las células cerebrales se reducen de tamaño, lo que permite que el líquido circundante limpie el cerebro por la noche sin interrumpir importantes procesos cognitivos en curso”, apunta Smith. Por su parte, durante la fase REM se ejecutan funciones cognitivas tan importantes como el aprendizaje, la fijación de los recuerdos y la regulación emocional.

Si tuviéramos que recordar todas las vivencias transcurridas a lo largo del día, necesitaríamos un cerebro de unas dimensiones descomunales. Durante la noche, el casquete pensante hace limpieza, organiza y clasifica toda esta información, y almacena lo importante. “En la mente se produce una desconexión del entorno que permite la regeneración celular y la consolidación de la memoria”, indica Diego García-Borreguero, director del Instituto de Investigaciones del Sueño, en Madrid. Un equipo de investigadores ha identificado el proceso cerebral que refuerza o debilita los recuerdos diarios mientras dormimos. El estudio, publicado en The Journal of Neuroscience, revela que el encéfalo reactiva durante el sueño redes de recuerdos relacionados entre sí. “Mediante la reactivación, el cerebro vuelve a darle peso a esa información y la codifica de nuevo. Es como cuando repasamos antes de un examen”, compara Lluís Fuentemilla, profesor de la Facultad de Psicología y del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Barcelona (UB), y autor principal del trabajo.

Los científicos también han demostrado que en este proceso la materia gris promueve el olvido de los datos menos relevantes y menos asentados en la red de recuerdos. Es lo que se conoce como consolidación de la memoria: unas vivencias se preservan y otras se olvidan para siempre. Esta función ocurre mientras dormimos. “El sueño tiene un papel activo en la organización de los recuerdos, es decir, en su preservación”, resume Fuentemilla. El proceso se alarga durante varias noches aunque los científicos desconocen cuánto dura exactamente. Lo que sí saben es que el hipocampo es el epicentro de las memorias de nuestra vida diaria. En un estudio publicado en Current Biology con pacientes con epilepsia –cuyas neuronas del hipocampo están atrofiadas y alteradas–, Fuentemilla y su equipo de investigadores descubrieron que a quienes tenían dañados los dos hipocampos –uno en cada hemisferio cerebral– les resultaba más difícil reactivar y consolidar la información durante el sueño.

recuerdos
istockphoto

La pregunta que surge entonces es: ¿el cerebro conserva todos los recuerdos? Una investigación con ratones dirigida por la Universidad de Cambridge (Reino Unido) mostró que durante el dormir la memoria hace limpieza, de forma que las conexiones neuronales que recogen información importante se fortalecen y las creadas a partir de datos irrelevantes se debilitan hasta perderse.

El corazón es otro órgano que siempre está en funcionamiento, tanto de día como de noche, pero a diferentes ritmos. Como explica Carlos Escobar, miembro de la Agencia de Investigación de la Sociedad Española de Cardiología, mientras dormimos el ritmo cardiaco disminuye y también caen la presión arterial, la frecuencia respiratoria y la temperatura central. No obstante, hay diferencias según la fase que estemos atravesando. “El sueño profundo (no REM) nos ayuda a descansar de la actividad desarrollada durante el día, incluyendo el sistema circulatorio, mientras que durante la etapa REM, cuando se despliega la actividad onírica, tanto la frecuencia respiratoria como la cardiaca pueden aumentar”, expone Escobar. El aparato circulatorio es uno de los sistemas más importantes del organismo, ya que se encarga de transportar los nutrientes y el oxígeno a todo el cuerpo e interviene en la regulación del sistema inmunitario, entre otras funciones. Durante el día, tanto la presión arterial como la frecuencia cardiaca aumentan porque están activos los distintos sistemas neurohormonales del organismo. “El aparato circulatorio trabaja las veinticuatro horas del día aunque con ritmos diferentes, según las necesidades del organismo, que son menores durante el sueño”, destaca el citado cardiólogo.

Algo similar ocurre con la respiración. El sistema respiratorio proporciona el oxígeno necesario y expulsa el dióxido de carbono de forma constante, sin pausa. Cuando nos dormimos, la respiración al principio puede ser irregular pero después adopta un patrón superficial relativamente rápido y más uniforme. “Los pulmones se hacen más pequeños porque el diafragma sube al adoptar la posición boca arriba, y también se produce una relajación muscular general, sobre todo de la musculatura del cuello y la que mantiene abierta la vía aérea, por lo que hay tendencia a roncar y a que se produzcan apneas o interrupciones de la respiración”, cuenta Eusebi Chiner, neumólogo y codirector de Pacientes en la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR). Cuando estamos despiertos la respiración es más regular, con ciclos más profundos, una mayor entrada de aire en cada ciclo respiratorio y sin paradas en la respiración. Al hacer ejercicio, este experto recuerda que la respiración se vuelve más rápida y superficial para suministrar el volumen necesario de oxígeno que consumirá el organismo.

 

¿Los niños crecen de noche?

Todas estas funciones son comunes en las diferentes franjas de edad. Sin embargo, los niños y niñas son especiales. ¿Quién no se ha sorprendido alguna vez al ver a un menor dar un estirón de una semana para otra? Esto ocurre sobre todo mientras duermen. “Durante esos días con sus noches, fundamentalmente, los procesos anabólicos de crecimiento han estado particularmente activos y han determinado ese aumento de estatura”, describe Manuel J. Castillo, catedrático de Fisiología Médica de la facultad de Medicina de la Universidad de Granada. El anabolismo y el catabolismo son dos caras de una misma moneda. El primero engloba un conjunto de procesos metabólicos con una función constructiva y de recuperación. La función del catabolismo es la contraria, destructiva y de desgaste. En un adulto, como lo que gasta es casi lo mismo que lo que regenera, el catabolismo es prácticamente igual que el anabolismo, pero un niño que está creciendo recupera más de lo que consume. “Gasta durante el día y regenera más durante la noche, que es lo que condiciona el crecimiento”, señala Castillo. Esa regeneración se extiende a los huesos, a los músculos y a las estructuras funcionales cerebrales, y es lo que le permite crecer, hacerse más fuerte y aprender. Los fenómenos anabólicos, de formación, son los responsables de que los huesos crezcan durante la noche en la infancia gracias a la acción de diferentes hormonas.

No obstante, el catedrático matiza que no solo se crece mientras se duerme sino que ocurre en episodios u oleadas. Cuando un niño enferma, no come o duerme poco verá cómo su crecimiento se ralentiza o incluso se estanca, pero volverá a reactivarse y recuperará lo perdido cuando se recupere de su dolencia y haya pasado esa mala época, según Castillo.

Quienes tampoco descansan nunca son los billones de bacterias alojadas en nuestro organismo. Solo en el intestino, estos microbios son más numerosos que las estrellas de la Vía Láctea. En el libro Yo contengo multitudes (2017), el periodista Ed Yong analiza su papel: “Se dice que ahora estamos en el Antropoceno: un nuevo periodo geológico caracterizado por el enorme impacto que los seres humanos han tenido en el planeta. También podría argüirse que seguimos viviendo en el Microbioceno: un periodo que comenzó en los albores de la vida y continuará hasta su fin”. Las relaciones entre los microbios y el sueño empezaron a explorarse hace cuatro décadas. James Krueger, investigador de la Universidad Estatal de Washington, lleva desde los años ochenta analizando estas conexiones. En este tiempo ha comprobado la forma en que los microbios desempeñan tareas esenciales para el organismo, como sintetizar moléculas necesarias para la vida. Según explica Krueger, “en el interior del intestino, las bacterias cambian con las fragmentaciones o pérdidas grandes de sueño. Con una privación muy prolongada del descanso, estos microbios cruzan la pared intestinal y llegan a la sangre”. Lo que los investigadores desconocen es si esos cambios y desplazamientos también podrían producirse en cada ciclo diario de sueño y no solo con pérdidas largas. En una investigación dirigida por Krueger y publicada en International Review of Neurobiology, los autores afirman que los microbios intestinales podrían influir en el funcionamiento del sueño. De hecho, a la microbiota, en sentido inverso, ya le afectan la dieta, el ejercicio y los llamados ritmos circadianos. Los humanos, como la mayoría de los seres vivos, nos regimos por un reloj biológico que dura veinticuatro horas y que coincide con los periodos de sueño y vigilia.

 

Los ritmos circadianos

Aquí entran en juego los ritmos circadianos, cuyo descubrimiento fue reconocido con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 2017. “El cuerpo humano es un reloj pautado por esos ritmos, que permiten regular de manera fisiológica las distintas funciones orgánicas”, dice Escobar. Circadiano viene del latín circa, que significa ‘alrededor de’, y dies, ‘día’. Con una precisión exquisita nuestro cronógrafo natural adapta las funciones del organismo a las diferentes fases de la jornada. El sueño, los niveles de hormonas, la temperatura corporal, el comportamiento o el metabolismo son ejemplos de actividades regidas por el reloj biológico. Cuando este indicador interno no se corresponde con el externo, por ejemplo, cuando viajamos a través de diferentes zonas horarias y llegamos a un lugar en que es de día aunque según nuestro cronógrafo ya deberíamos estar durmiendo, experimentamos un desfase o jet lag del que nuestro organismo se resiente.

Graham Law, profesor de estadística médica en La Universidad de Lincoln (Reino Unido) y coautor del libro Sleep better: The Science And The Myths (Dormir mejor. La ciencia y los mitos) sostiene lo siguiente: “El ritmo circadiano es un componente esencial de nuestra biología. Utiliza señales ambientales como la luz, la temperatura, la alimentación y la actividad social para indicar al cuerpo en qué parte del ciclo diurno o nocturno se encuentra y así este puede actuar de la forma más apropiada para ese momento”. Pero este ciclo circadiano no es el único que rige a los seres vivos. En el caso de las mujeres, la menstruación sigue un ritmo circamensual y hay hormonas que se secretan en impulsos de horas, con una pauta circahoral. Los animales que hibernan durante una época del año, como los osos, se guían por un ritmo circaestacional. “El universo y la vida son ritmo”, sostiene Castillo. Lo cierto es que son incontables los seres vivos que utilizan las horas de sueño para restaurar el cuerpo. De hecho, gran parte de la investigación realizada en este campo utiliza modelos animales. Los ganadores del Nobel de Medicina de 2017, Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young, usaron moscas de la fruta para elucidar los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano. Este proceso puede haber tenido su papel en la evolución de las especies. “Como decía Allan Rechtschaffen, investigador pionero en este campo, si el sueño no es una función vital del ser humano, entonces es el mayor error en nuestra evolución”, explica Milagros Merino, coordinadora de la Unidad de Trastornos Neurológicos del Sueño del Hospital Universitario La Paz, de Madrid. La experta recuerda que este estado fisiológico existe en los homínidos desde hace millones de años y que si ha persistido quiere decir que tiene que tener una utilidad real.

Duerme para cuidar tu salud

De hecho, cuando no descansamos bien, la salud se resiente. Un estudio de la Universidad de Tubinga (Alemania) publicado en Journal of Experimental Medicine ha mostrado que el sueño mejora la capacidad potencial de algunas de las células inmunes del cuerpo (las células T) para combatir una infección. Se llevó a cabo con participantes despiertos y dormidos y podría servir para explicar dolencias influidas por la falta de sueño, como la depresión o el estrés crónico.

“Cuando dormimos poco o mal de forma persistente, se debilita el sistema inmune, aumenta la propensión al sobrepeso y la diabetes de tipo II, y hay más riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares o procesos depresivos”, dice Francisco Javier Segarra, coordinador de la Clínica del Sueño Estivill y codirector de la Unidad de Patología del Sueño del Hospital Universitario General de Cataluña. Cuando los ritmos circadianos se alteran, se produce una cronodisrupción que favorece la aparición de problemas cognitivos, anímicos, físicos y médicos. Es lo que sufren las personas que trabajan a turnos alternos de mañana, tarde y noche. En Europa se calcula que el 20% de la población trabaja con estos horarios. “Al organismo no le da tiempo a adaptarse y si no se recupera adecuadamente se debilita”, confirma Castillo. Hormonas como la del crecimiento, el cortisol o la melatonina, que se segregan de forma cíclica durante las horas nocturnas, sufren desajustes en las personas que trabajan a turnos. Estos casos demuestran lo importante que es tener una buena higiene del sueño, regular y de calidad, con el fin de permitir que órganos, tejidos y microorganismos hagan bien su trabajo para que despertemos como nuevos.