¿Qué tipo de inteligencia dominas?

Las capacidades cerebrales no se plasman en una única actividad intelectual. La creatividad, el dominio del lenguaje o la resolución de problemas abstractos precisan distintas estrategias mentales. Y todos destacamos en una de ellas.

Paul Pierre Broca fue un eminente médico, anatomista y antropólogo francés del siglo XIX conocido por el descubrimiento de la zona del  cerebro que controla la articulación del lenguaje, el área de Broca. Lo que quizá muchos no saben es que también fue uno de los primeros científicos que intentaron medir la inteligencia. Creía que las diferencias intelectuales entre distintos grupos humanos se debían al tamaño del cerebro y que cuanto mayor fuera este, más listo era su dueño.

“El cerebro es más grande en los adultos que en los ancianos, en los hombres que en las mujeres, en los hombres eminentes que en los mediocres, en las razas superiores que en las razas inferiores […]. A igualdad de condiciones existe una relación significativa entre el desarrollo de la  inteligencia y el volumen del cerebro”, sentenció Broca, según una cita recogida por el neuropsicólogo Javier Tirapu en su libro ¿Para qué sirve el cerebro? Manual para principiantes. Para hacer las mediciones, el científico empleó un curioso método que consistía en rellenar con perdigones de plomo el cráneo de personas eminentes en sus campos de estudio una vez muertos. Así fue cómo estableció que el promedio del cerebro europeo se situaba entre los 1.300 y los 1.400 gramos. Encontró, por ejemplo, que el del dramaturgo ruso Iván Turguénev batía, con 2.000 gramos, todos los récords.

Grandes hombres no tan ilustres y negros muy ricos

Sin embargo, no supo explicar por qué el peso era similar entre algunas de estas personalidades y los negros. Salió del paso argumentando que, al fin y al cabo, no eran tan eminentes como se pensaba. Quizá te resulte divertido saber que, al morir, el cerebro de Broca pesó 1.424 gramos; o sea, ninguna maravilla.

El intento de medir la inteligencia humana es una de las áreas científicas más controvertidas, puesto que muchas veces ha estado motivado por prejuicios raciales que han llevado, por ejemplo, a la justificación de la esclavitud. En la misma época en la que Broca llevaba a cabo sus mediciones, Charles Darwin publicaba El origen de las especies (1859).

Cuando se hablaba de biología superior

La obra despertó el interés de aquellos que defendían que la inteligencia era una cualidad innata, heredada a través de los genes e invariable a lo largo del tiempo, con Francis Galton –el primo de Darwin, precisamente– a la cabeza. En Hereditary Genius (1869), el científico inglés postuló que las personas inteligentes y exitosas habían sido dotadas con una biología superior. También fue el creador de la expresión nature-nurture,  ‘naturaleza-crianza’; y el padre de la eugenesia, que propone aplicar métodos selectivos de humanos para perfeccionar la especie.

El primero en desarrollar un test psicológico para evaluar la inteligencia fue Alfred Binet (1857-1911). A principios del siglo XX, el Ministerio de Instrucción Pública francés le encargó un estudio para identificar a niños con problemas de aprendizaje en la escuela, con el fin de proporcionarles un asesoramiento individualizado.

Este director del laboratorio de psicología de La Sorbona ideó una serie de tareas para evaluar la habilidad verbal de los pequeños, su capacidad de comprensión y crítica, etc., y extrajo un valor numérico, que el psicólogo alemán William Stern bautizó más tarde como cociente intelectual (CI). Según la fórmula, que también es extrapolable a los adultos, hay que dividir la edad mental del individuo entre la edad cronológica y multiplicar el resultado por cien. La inteligencia promedia se sitúa en cien con desviaciones de quince puntos; es decir, por debajo de esa cifra, el CI es inferior al de la media, y por encima, superior.

Los test de inteligencia se introdujeron en Estados Unidos de la mano del psicólogo Henry Goddard (1866-1957), que promovió la idea de que el país corría un serio peligro de degeneración racial a causa de la llegada masiva de inmigrantes, a los que consideraba y llamaba débiles mentales. Tanto es así que algunos estados, como los de Pensilvania e Indiana, aprobaron leyes para esterilizar a los afectados por dicha debilidad, individuos con trastornos psiquiátricos e incluso pobres.

La base de la interpretación actual de la inteligencia se la debemos al psicólogo inglés Charles Spearman (1863-1945), que en 1904 expuso su teoría bifactorial de la inteligencia, según la cual existe un factor general de la inteligencia –llamado factor g– que subyace en todas las capacidades cognitivas. Cada persona nace con un nivel determinado de dicho parámetro, que permanece inmutable a lo largo del tiempo. Ahora bien, también hay que tener en cuenta el bautizado como factor s, que se refiere a las habilidades específicas de cada individuo frente a una determinada tarea.

Es imposible cuantificar lo que no tiene límites

Los detractores de los test de inteligencia encuentran varios fallos en estas teorías. Argumentan que las puntuaciones que se obtienen no dicen nada acerca de cómo de bien o de mal lo ha hecho el sujeto, sino cómo de bien o de mal lo ha hecho en comparación con los demás. Las pruebas evalúan la capacidad de resolver un problema matemático o la comprensión de una lectura; es decir, “sirven para medir si al individuo le va a ir bien académicamente, pero no es un predictor de vida”, afirma Javier Tirapu, director científico de la Fundación Argibide, en Navarra. Y es que la inteligencia no ha de ser considerada un fenómeno compacto y perfectamente delimitado, por lo que magnitudes como el CI o el factor g no pueden cuantificarla.

 

Cada década somos tres puntos más listos

La inteligencia es lo que miden los test de inteligencia”, afirmó con ironía el psicólogo de Harvard Edwin G. Boring  (1886-1968) ya en 1923. En los años 80, el psicólogo neozelandés James R. Flynn estudió las puntuaciones de las pruebas de CI a lo largo de casi un siglo y descubrió un hecho sorprendente: el resultado había aumentado tres puntos de promedio por década. El llamado efecto Flynn ocurría en todas las regiones y culturas de la misma manera. “Si estas mejoras fueran reales –plantea el experto en su libro ¿Qué es la inteligencia? Más allá del efecto Flynn–, habría que concluir absurdamente que la mayoría de nuestros antepasados eran retrasados mentales”. Como la explicación era muy poco plausible, atribuyó la mejora de nuestra inteligencia a factores ambientales.

Pero ¿cuáles podían ser? ¿El aumento de la cavidad craneal, quizá? ¿Una mejor escolarización? ¿El avance de la medicina? Para Flynn, la clave es la revolución científica. La inteligencia de nuestros antepasados de 1900 estaba anclada en la realidad del día a día. “Nos diferenciamos de ellos en que somos capaces de utilizar la abstracción, la lógica y las hipótesis para afrontar los problemas formales que se plantean cuando la ciencia libera nuestro pensamiento de lo concreto”. La escolarización masiva hizo que las personas empezaran a desarrollar nuevos hábitos mentales, y luego encontramos estímulos cognitivos añadidos cuando, gracias el progreso, pudimos dedicar mucho más tiempo a actividades de ocio. Ahora estamos, según el psicólogo, más preparados para ser innovadores e independientes.

Llegados a este punto, lo que deberíamos plantearnos es qué es exactamente eso tan abstracto que llamamos inteligencia. Etimológicamente, el término procede del vocablo latino intelligentia, que los romanos tomaron de los griegos, para quienes significaba ‘juicio’, ‘pensamiento’, ‘reflexión’, ‘comprensión’...

Hay objetos que también resuelven problemas

La RAE define su significado como la “capacidad de entender o comprender” y la “capacidad de resolver problemas”. Pero también hay una inteligencia emocional, como formuló el psicólogo californiano Daniel Goleman, y una inteligencia social. Es más, a veces atribuimos inteligencia también a los objetos; por eso decimos que hay lavadoras y coches inteligentes.

Tal y como afirma el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger en su libro El laberinto de la inteligencia. Guía para idiotas, “nuestro pequeño paseo por el laberinto de la inteligencia nos conduce a una sencilla conclusión: no somos lo suficientemente inteligentes para saber qué es la inteligencia”. Quizá es porque, más que de inteligencia, de lo que deberíamos hablar es de inteligencias.

Es la tesis de Howard Gardner, quien en los años 80 formuló la teoría de las inteligencias múltiples. Para este psicólogo de la Universidad de Harvard, todos tenemos una serie de capacidades mentales, que denominamos inteligencias. En concreto, existen nueve: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, corporal y cinética, interpersonal o social, intrapersonal o emocional, naturalista y filosófica. Lo que nos diferencia es el grado que tenemos de cada una de ellas, algo que no se puede medir mediante un test de CI. La escuela es la que, desde el principio, debería ayudarnos a explotar al máximo nuestras potencialidades.

La teoría de las múltiples inteligencias no está exenta de crítica, y es que algunos expertos consideran que no se puede llamar inteligencia a una habilidad. Tirapu nos pone un ejemplo: “Bajo mi punto de vista, Maradona es el mejor jugador de fútbol de la historia. Tiene una habilidad psicomotora impresionante, pero ¿lo podríamos considerar un individuo realmente inteligente?”. Para el director científico de la Fundación Argibide, la inteligencia tiene que ver con la capacidad de actuar de manera flexible en entornos cambiantes.

Pensamiento ágil para enfrentarse a lo nuevo

“El ser humano se enfrenta a dos grandes tipos de situaciones: las conocidas y las novedosas. Para las primeras, el  cerebro busca aquellos patrones que ha ido generando a base de conocimientos y experiencias. Para las nuevas, se necesita agilidad mental”, de nada sirve en esta situación el aprendizaje previo.

En el primer caso, hablamos de una inteligencia cristalizada; en el segundo, de una inteligencia fluida. Esta división la propuso por primera vez el psicólogo británico Raymond Cattell en los años 60. Ambas trabajan juntas e interactúan para producir inteligencia individual general. Un fenómeno curioso es que mientras que la inteligencia fluida tiende a disminuir cuando entramos en la edad adulta, la cristalizada se vuelve más robusta a medida que envejecemos. “Cuanto más mayores somos, más experiencias y conocimientos acumulamos y, por lo tanto, más patrones tenemos en el cerebro para saber cómo se comporta el mundo y hacer predicciones”, explica Tirapu.

“Prever lo que va a suceder es uno de los grandes retos de la inteligencia humana”, opina José Antonio Marina. Para este filósofo, ensayista y pedagogo toledano, la inteligencia es como un dúplex: una cosa es la capacidad intelectual, que es la que miden los test de inteligencia –el piso de abajo–, y otra muy distinta, el uso que hacemos de esa capacidad –el piso de arriba–, que no se puede medir.

Objetivos esenciales: felicidad y bienestar

Así se plantea el modelo de la inteligencia ejecutiva, que propone que la función de la inteligencia no es acumular conocimiento, sino saber dirigir el comportamiento hacia nuestras metas (vitales, afectivas, profesionales…) y actuar para alcanzarlas.

“Desde el piso de arriba, que es la inteligencia ejecutiva, tengo que dirigir toda esa maquinaria para que no se vaya por su cuenta, sino hacia las metas que elegimos, como si fuéramos un director de orquesta”. La inteligencia, por tanto, tiene una finalidad práctica: nos ayuda, según Marina, a acercarnos a la  felicidad personal y al bienestar social.