¿Qué pasó con la megafauna sudamericana?

Durante miles de años, Sudamérica fue el hogar de animales gigantescos. ¿Qué pudo pasar para que desaparecieran? ¿Por qué los primeros en irse fueron los más grandes?

Perezoso gigante
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A lo largo de miles y miles de años, las llanuras sudamericanas fueron el hogar de decenas de especies animales tan enormes que, en conjunto, se ganaron el nombre de megafauna. Sin embargo, dichas especies titánicas fueron desapareciendo a lo largo de los siglos, hasta que las últimas se esfumaron hace apenas 10 000 años. Nadie está completamente seguro de qué lo propició, ni de por qué solo lo hicieron las más grandes, mientras que otras muchas perduraron. Para poder desentrañar este enigma paleontológico, tenemos que echar la vista atrás y, literalmente, mover continentes, hasta un tiempo en que esta región era una isla gigantesca y el océano cubría el istmo de Panamá.

Hace unos 65 millones de años tuvo lugar la extinción masiva que terminó con el reinado de los dinosaurios, sin duda, uno de los momentos claves de la historia de la vida en la Tierra. Una roca espacial de unos 11 km se estrelló en lo que hoy es Yucatán, en México. El choque dejó un cráter de más de 180 km de diámetro y, además de arrasar parte de la superficie y originar inmensos tsunamis, desencadenó abruptos cambios climáticos que se prolongarían cientos de años. Cerca del 75 % de los géneros biológicos del planeta perecieron por ello.

No obstante, cada vez que ha tenido lugar uno de estos cataclismos —a lo largo de la historia de la vida en la Tierra se han dado cinco de tales mortandades en masa—, algunas de las especies supervivientes acaban apropiándose de los nichos ecológicos que dominaban las que desaparecieron; asimismo, surgen otras nuevas. De este modo, el vacío dejado por los dinosaurios en los ecosistemas terrestres fue rápidamente ocupado por los mamíferos.

Esta toma de poder ocurrió de una forma muy peculiar en América del sur, que había permanecido separada de otras masas continentales durante mucho tiempo, desde que comenzó a alejarse de África, hace entre 150 y 120 millones de años. En ese espléndido aislamiento, tal como lo denominan algunos expertos, la evolución fue moldeando algunas especies animales sorprendentes, exclusivas de aquella zona del mundo.

Entre los mamíferos, nos encontramos, por ejemplo, con los edentados o xenartros, hoy representados por los armadillos, los osos hormigueros y los perezosos. También aparecieron distintas variedades de marsupiales, entre ellos, los antecesores de las actuales zarigüeyas.

Los marsupiales son sobre todo conocidos por los originarios de Australia, como los canguros o los koalas. Se trata de mamíferos, pero con la particularidad de que las crías, tras el nacimiento, terminan su desarrollo fuera del vientre materno, en una bolsa o marsupio. Pues bien, la evolución de estos animales en Sudamérica es tan o más fascinante que la que se dio en la mencionada Australia. Fueron muy diversos, y entre ellos se cuentan desde especies pequeñas, no muy distintas de las ratas canguro, hasta notables depredadores, como los borhiénidos, que vivieron en el Mioceno, hace entre 24 y 16 millones de años; y los tilacosmílidos, que desaparecieron durante el Plioceno, hace aproximadamente 3 millones de años. Estos contaban con unos colmillos tan largos como los de los tigres de dientes de sable.

Entre los citados edentados florecieron tres grupos de animales bastante diferentes entre sí. Se trata de los osos hormigueros, con largos hocicos adaptados para alimentarse de insectos; los armadillos, provistos de una armadura en el lomo; y los perezosos. A lo largo de sus 60 millones de años de historia evolutiva, surgieron muchas variedades, algunas de ellas enormes, ciertamente representativas de esa megafauna sudamericana.

Así, entre los parientes extintos de los actuales armadillos, que no suelen superar los 75 centímetros, nos topamos con los gliptodontes, que alcanzaban los tres metros de largo y superaban el metro y medio de altura. Estos descomunales herbívoros de cerca de dos toneladas contaban con una sólida armadura que los protegía de los depredadores. Se cree que pastaban en manadas.

También sorprenden por su llamativo tamaño los megaterios, unos perezosos terrestres de tres toneladas y más de seis metros de largo, y los milodontes, emparentados con los anteriores, que medían más de dos metros hasta la cruz. Al igual que los primeros, podían alzarse sobre sus patas traseras y contaban con imponentes garras, que empleaban, sobre todo, para cavar en busca de alimento. De hecho, estas eran tan grandes que les impedían apoyar por completo las extremidades en el suelo. Se trataba, pues, de animales lentos.

Pero el aislamiento espléndido llegó a su fin cuando se completó un proceso geológico que comenzó en el norte de Sudamérica hace unos 20 millones de años. El puntapié inicial fue un movimiento de placas tectónicas que derivaría en la creación de un arco volcánico en la actual Panamá. Los volcanes se hicieron islas y surgieron puentes terrestres entre ellas, hasta que hace unos 3 millones de años se formó un istmo de no más de 60 kilómetros. Este acabaría conectando la gran masa de tierra meridional con el continente situado más al norte y dando origen a los océanos Atlántico y Pacífico.

El istmo de Panamá facilitó que muchas especies que estaban separadas entraran en contacto, en un fenómeno conocido como gran intercambio biótico americano —explica el biólogo evolutivo Juan Carrillo, del Museo Nacional de Historia Natural, en París (Francia). Y añade—: Fue un proceso que ocurrió durante un largo periodo de tiempo, en el que se dieron diferentes pulsos migratorios. Ello sugiere que tales desplazamientos no se deben únicamente a la aparición de una conexión terrestre, sino que también influyeron las alteraciones ambientales”.

Tal intercambio, según este experto, es considerado un gran experimento natural. “El registro fósil nos muestra que, aunque al principio las cosas se sucedieron de forma balanceada, el resultado final fue asimétrico. Esto es, a Sudamérica llegaron numerosos animales procedentes del norte, mientras que fueron relativamente pocos los que se desplazaron hasta allí desde el sur. Queríamos entender mejor a qué se había debido, y encontramos que en ello jugó un papel clave la mayor proporción de extinciones que se dio entre los mamíferos sudamericanos”, indica Carrillo, que, junto a un equipo de científicos de distintas instituciones internacionales, ha publicado un estudio sobre este asunto en la revista PNAS.

“En nuestro trabajo planteamos que esa relativa alta extinción de esos mamíferos aconteció hace entre 5,3 y 2,6 millones de años, durante el Plioceno —asegura Carrillo—. En el continente, la mayor cantidad de fósiles en ese periodo provienen del sur, especialmente de la región de la Pampa, en Argentina. De ello podemos suponer que muy posiblemente esta alta pérdida de especies ocurrió en esa zona. Aún no sabemos con certeza cuál fue la causa de las citadas extinciones, aunque lo más probable es que en ellas intervinieran varios factores”.

No es fácil determinar por qué desaparecieron los mamíferos gigantes sudamericanos. A diferencia de lo sucedido tras la colisión que terminó con los dinosaurios y en otras extinciones masivas, en este caso solo perecieron los animales de mayor tamaño. Unas setenta especies se fueron y solo dejaron sus fósiles.

“En ese momento, las temperaturas estaban descendiendo en todo el mundo y en la zona meridional de Sudamérica se habían expandido los pastizales; fue un tiempo de cambios ambientales importantes —señala Carrillo—. Además, los animales procedentes de Norteamérica pudieron tener un rol importante en todo ello. Hasta el sur llegaron nuevos depredadores, quizá más eficientes y especializados, y, con ellos, parásitos y enfermedades desconocidas, ante los cuales los sureños estarían indefensos. A todo ello podría sumarse el impacto de un meteorito en la zona”.

Todos esos cambios dieron inicio a un desequilibrio en los ecosistemas. Para comprender por qué sucedió y cómo llevó a la desaparición de las grandes especies, es preciso tener en cuenta que en los sistemas ecológicos complejos los organismos no están aislados, sino que existe una interacción vital entre bacterias, plantas, animales... Todos ocupan y aprovechan cada aspecto de la parte inorgánica del ecosistema, que sería el paisaje, desde sus rocas a sus ríos. Un pequeño cambio en esos componentes, incluido el clima, los lleva al desequilibrio. Pues bien, en el Plioceno, la biodiversidad en Sudamérica se redujo en un 52 %, como explican en su ensayo Carrillo y sus colaboradores. Las especies incapaces de adaptarse a los cambios en el entorno se quedaron en el camino.

En ocasiones, tales cambios llegan, por así decirlo, como caídos del cielo. Hace unos 3,3 millones de años, el choque de una roca espacial se unió a la fiesta de despedida de la megafauna. Se cree que el meteorito se estrelló en lo que hoy es la costa de la provincia de Buenos Aires. Los expertos estiman que debió de dejar un cráter de unos 20 kilómetros de diámetro. El encontronazo suscitó importantes alteraciones en el entorno, especialmente en las grandes planicies de lo que hoy es la Pampa argentina, la zona donde más se aprecia esa reducción en la biodiversidad de la que hablábamos antes.

“Llevamos estudiando distintos aspectos relacionados con este tipo de fenómenos en la región pampeana desde 1995”, apunta Marcelo Zárate, geólogo de la Universidad Nacional de La Pampa y uno de los descubridores y principales expertos en esta colisión.

En el área aún perduran restos originados por las increíbles temperaturas que se generaron en el momento en el que aquella tuvo lugar. Es el caso de las denominadas impactitas, un tipo de material sedimentario que se encuentra parcialmente fundido, casi como si fuese vidrio. “Todavía no se ha encontrado el cráter. Esto sería fundamental para estimar el tamaño del meteorito. A partir del estudio de las impactitas creemos que podría haber tenido entre 150 y 200 metros de diámetro”, indica Zárate.

El choque debió de tener consecuencias a escala regional, no global, aunque aún seguimos investigándolo —explica este geólogo—. Los datos disponibles nos permiten plantear la existencia de una coincidencia entre este suceso y la extinción de numerosos taxones típicos de la fauna sudamericana de la región —recalca—. Ahora, estamos analizando los sedimentos recuperados de dos perforaciones efectuadas en 2019. Queremos hacernos una idea de las condiciones climáticas que había antes y después de este suceso, para lo cual compararemos los registros de sedimentos previos a 3,3 millones de años con otros posteriores, mediante indicadores geoquímicos y mineralógicos”.

Todos estos eventos que hemos ido enumerando se fueron concatenando para llevar a la extinción a decenas de especies autóctonas de la megafauna de América del Sur. La situación se prolongó durante cientos de miles de años, un lapso en el que numerosos animales procedentes de Norteamérica fueron penetrando en casi todos los ecosistemas meridionales. En aquellas migraciones encontramos incluso algunos gigantes, como los mastodontes, cuya apariencia recuerda a la de los elefantes y los mamuts, y distintas variedades de tigres de dientes de sable.

De hecho, los depredadores recién llegados de las zonas norteñas, caso de los zorros y algunos osos, poseían una dentición más especializada y cerebros de mayor volumen que los de sus competidores, y por entonces los cazadores marsupiales de grandes colmillos ya habían desaparecido. Los mamíferos gigantes nativos del sur se convirtieron en unas presas muy apetecibles.

“El paso del tiempo distorsiona nuestra perspectiva. Nos parece que las extinciones ocurren de manera virtualmente instantánea, pero se trata de procesos complejos, producto de una conjunción de distintos factores, que se desarrollan a lo largo de miles de años —señala el paleontólogo Sergio Vizcaíno, de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina)—. La megafauna quizá podría haber sobrevivido a los cambios climáticos que se dieron a finales del Pleistoceno, hace unos 10 000 años, pero seguramente a costa de un declive de las poblaciones. Aquí hay que considerar cuestiones propias de la biología de los linajes —aclara—. Los xenartros, que dominaban la mencionada megafauna, eran animales con pocas camadas al año. Además, tenían igualmente pocas crías en cada una de ellas. Seguramente eran longevos, su maduración sexual debía de ser tardía y su densidad poblacional, baja. Ante este escenario, la muerte de los especímenes más jóvenes, objetivos más fáciles de atacar que los adultos, tendría un gran impacto en el reemplazo generacional”, reflexiona.

Los pocos gigantes que habían sobrevivido a los primeros embates de ese proceso de extinción, hace entre 3 y 2 millones de años, tuvieron que enfrentarse a otra batería de cambios climáticos. Quizá los primeros en desaparecer fueron los más grandes, pues tenían menos posibilidades de adaptarse. Ello precipitó el ocaso de otras especies.

Pongamos el caso de los mastodontes. Estos animales eran fundamentales desde el punto de vista de la biodiversidad. Tras alimentarse, diseminaban las semillas y producían mucho estiércol, un abono natural que ayuda al crecimiento de los pastos. Sin duda, su pérdida afectaría a la supervivencia de distintas plantas que, a su vez, servían de alimento a los gliptodontes y megaterios, animales que también cumplían su función en otros aspectos del ecosistema.

El golpe de gracia para la megafauna fue la aparición de un animal único, capaz de modificar el entorno a gran escala: el Homo sapiens. Nuestros ancestros evolucionaron hace unos 300 000 años en África, desde donde se expandieron por todo el mundo. Hace quizá 20 000 años llegaron a América.

No hay pruebas de que los humanos fueran los responsables directos de la extinción de la megafauna —no parece probable que aniquilaran todas las especies así consideradas—, pero su impacto en los ecosistemas es innegable y su presencia seguramente impidió su recuperación.