Próxima parada: la Luna

La última misión tripulada a nuestro satélite fue en 1972. Ahora, empresas y agencias espaciales se preparan para volver.

Luna y Tierra
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Hace 48 años que un astronauta no la pisa. No obstante, hoy sabemos que cuenta con agua helada y recursos aprovechables por la industria, y el interés por volver a ella crece sin cesar. Visitarla será, además, un paso necesario antes de enviar una tripulación a Marte.

Konstantín Tsiolkovski, un físico ruso del siglo XIX, reconocido por sus avanzadas ideas sobre vuelos espaciales, escribió: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no podemos quedarnos en la cuna para siempre”. Unas décadas después de sus proféticas palabras, en 1969, dos astronautas estadounidenses, Neil Armstrong y Buzz Aldrin, pisaban por primera vez la superficie de otro mundo, la Luna. En los siguientes tres años, otros diez hombres la visitaron, pero poco después el interés por nuestro satélite decayó, y el programa Apolo, en el que se enmarcaban esas misiones, llegó a su final.

En aquel momento, la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética había alentado la llamada carrera espacial. Hoy, cada vez son más las empresas que participan en este campo; los avances en el diseño de satélites, el abaratamiento de los cohetes y la posibilidad de reutilizarlos han abierto las puertas del cielo. “Nunca antes la industria se había implicado tanto en este asunto –indica Phil Larson, un antiguo asesor de la compañía SpaceX y de política espacial durante la presidencia de Barack Obama. Y añade–: En los próximos años, este sector crecerá enormemente e incluirá muchos nuevos actores”.

En la actualidad, Europa, Japón, la India o China cuentan con sus propios programas espaciales. Es más, las agencias nacionales ya se apoyan en un ejército de compañías, algunas de las cuales prometen enviar turistas y robots a la Luna y fabricar sus propias naves y bases. Así, el magnate japonés Yusaku Maezawa tiene planeado rodear la Luna en 2023 a bordo de una nave construida por la firma SpaceX. Blue Origin, por su parte, trabaja en un módulo de aterrizaje denominado Blue Moon capaz de llevar cargas hasta su superficie; y otra empresa, Bigelow, está diseñando bases lunares a partir de estructuras inflables.

En este contexto, el presidente estadounidense Donald Trump anunció un ambicioso plan: enviar hasta el satélite a dos astronautas –esta vez, un hombre y una mujer–, en 2024. Cuatro años después, se iniciaría una exploración sostenible del mismo, con la participación de compañías y otros países socios. Eso sí, la Comisión de Ciencia, Espacio y Tecnología de la Cámara de Representantes estadounidense cree que es más realista retrasar la aventura hasta 2028.

No obstante, en esta ocasión, al contrario de lo que ocurrió hace unas décadas, los astronautas no irán a la Luna para plantar la bandera y hacer unos pocos experimentos. “Esta vez nos quedaremos”, asegura Clive R. Neal, geólogo y científico lunar de la Universidad de Notre Dame (Indiana). Se aprovecharán los recursos in situ “para usarlos en la construcción, obtener aire, agua y combustible para cohetes”, recalca.

Astronauta
NASA / RADISLAV SINYAK

En el Centro Espacial Johnson de la NASA ya se han llevado a cabo ensayos de vuelo con modelos a tamaño real de la nave Orión.

 

La Luna está desierta, pero en unos pocos años será un lugar bastante concurrido, que visitarán habitualmente robots y astronautas procedentes de varios países. Según el periodista científico Leonard Davis, autor de la obra Moon Rush. The New Space Race, China tendrá mucho que decir en este sentido. “Los chinos tienen un buen plan y lo están desarrollando de forma metódica”, señala Davis. De momento, el gigante asiático está centrado en construir una importante estación espacial en 2022. Aun así, tiene previsto lanzar este mismo año la misión Chang’e 5, que tiene por objeto enviar un vehículo hasta la cuenca Procellarum, en nuestro satélite, para recoger dos kilos de muestras y traerlos de vuelta a la Tierra. Si todo va bien, dos años después, la Chang’e 6 hará lo mismo en la cuenca Aitken, en el polo sur. Más tarde, la séptima y la octava servirán para preparar el envío de un vuelo tripulado, en la década de 2030.

La Luna se usará como puerto espacial. En ella se desarrollarán las tecnologías necesarias para explorar el resto del sistema solar.

Otras naciones cuentan con sus propios proyectos. Rusia prepara la misión Luna 25 para 2021. Su objetivo: explorar los recursos lunares. Ese mismo año, la NASA probará un aterrizador experimental, que pondrá a prueba su capacidad para enviar humanos hasta allí. Ya en 2022, la cápsula Orión, en la que viajarán los astronautas al satélite dos años más tarde, llevará a cabo un vuelo no tripulado. En ese tiempo, la Agencia Espacial Europea (ESA) colaborará con la estadounidense y con las de Rusia, Canadá y Japón en un ambicioso programa de exploración lunar que se desarrollará a lo largo de la próxima década.

Para entonces, la NASA ya habrá enviado al satélite un róver del tamaño de un carrito de golf llamado VIPER –el lanzamiento probablemente tendrá lugar en diciembre de 2022–, que se dedicará a tomar muestras del suelo con un taladro de un metro en el polo sur. Ello permitirá trazar el primer mapa global del agua en la Luna y determinar cuánta podríamos usar. “Sabemos por las observaciones de las misiones LCROSS y Chandrayaan-1 que el hielo está ahí, como un compuesto volátil –explica Anthony Colaprete, científico del proyecto VIPER–. Pero lo que no sabemos con exactitud es cómo está distribuido ni a qué profundidad se encuentra. Ahí es donde entra nuestro róver”.

Pero la joya de la corona dentro de los planes de la NASA es el programa Ártemis. Este ha recibido el nombre de la hermana de Apolo, que es el de la citada iniciativa que llevó al hombre a la Luna, y que culminará con el envío de una tripulación al satélite, quizá en 2024. “[Estos exploradores] se posarán en un lugar donde ningún humano lo ha hecho hasta ahora: el polo sur –explica la portavoz de la NASA Cheryl Warner–. Allí, robots y humanos trabajarán para encontrar agua y otros compuestos esenciales para poder explorar el Sistema Solar a largo plazo. Cuantos más recursos podamos aprovechar en el espacio, menos tendremos que enviar hasta allí”.

El éxito de Ártemis dependerá en buena medida de la instalación Gateway, una estación orbital lunar que servirá como base de operaciones. No estará ocupada de forma permanente y será mucho más pequeña que la Estación Espacial Internacional (EEI): mientras que esta es como un piso de seis dormitorios, Gateway se parecerá más bien a un apartamento. Aun así, esta última estará equipada con habitáculos, laboratorios y diversos puntos de embarque, lo que permitirá que las naves reposten y los astronautas hagan escala y se preparen para ir o volver de la Luna.

Astronauta en la Luna
NASA

Una de las primeras misiones que llevarán a cabo los astronautas en el satélite será localizar los depósitos de hielo que podrían existir en su polo sur y determinar si se pueden aprovechar.

 

Si todo discurre como está previsto, el primer módulo de la estación se lanzará en 2022. Se ensamblará en el espacio, pero su construcción dependerá del correcto funcionamiento de otros dos ingenios: la cápsula tripulable Orión y el cohete superpesado SLS (Space Launch System), en los que está trabajando la NASA. Finalmente, la primera fase de la Gateway podría estar lista en 2024. Llevará acoplada una nave de descenso a la Luna y contará con lo mínimo indispensable para llevar a cabo su principal cometido: facilitar que dos astronautas pisen de nuevo nuestro satélite, quizá ese mismo año. Es probable que antes de que termine esa década lo haga el primer europeo.

Entre 2025 y 2028 comenzará una segunda fase, en la que se completará el desarrollo de la estación lunar. Para entonces, cada año se sucederá una misión tripulada y se enviarán cinco o seis cohetes, algunos de ellos construidos por el sector privado. Después, se potenciarán las operaciones científicas y económicas en la Luna. Con esta finalidad, la NASA está impulsando la iniciativa Commercial Lunar Payload Services, en la que participan distintas empresas. La idea es que sean estas las que desarrollen los sistemas de transporte adecuados para llevar cargas hasta allí, desde sondas hasta vehículos de apoyo, y que las agencias espaciales contraten sus servicios para que puedan centrarse exclusivamente en la ciencia y la exploración.

En teoría, la Gateway acabará siendo un proyecto internacional en el que colaborarán entidades públicas y privadas, pero los acuerdos necesarios para ello apenas están empezando a tomar forma. Entonces, ¿hasta qué punto merece la pena tanto esfuerzo?

Por una parte, nuestro satélite puede aportarnos información sobre el origen de la Tierra, pues se formó hace unos 4.400 millones de años, cuando un cuerpo del tamaño de Marte chocó contra nuestro planeta. Además de favorecer los experimentos en baja gravedad, con alta radiación o elevados contrastes de temperatura, es una excelente atalaya, ya que los observatorios que se establezcan en ella no tendrán que lidiar con interferencias atmosféricas. En el satélite se desarrollará todo lo necesario para explorar el Sistema Solar, desde hábitats hasta tratamientos psicológicos, y se convertirá en un auténtico puerto espacial. Distintas agencias contemplan construir infraestructuras para reabastecer naves con destino al planeta rojo y a los asteroides, porque también será clave para impulsar la minería espacial. La propia Luna cuenta con algunos recursos interesantes que podrían usarse para fabricar combustible, alimentar futuros reactores de fusión u obtener hierro, titanio o aluminio. También es posible emplear el regolito que cubre su superficie como material de construcción.

Pero quizá uno de los aspectos más interesantes es que toda esta cooperación será, como asegura el mencionado Leonard Davis, “la escuela en la que las naciones aprenderán a trabajar juntas en el espacio y a comenzar a construir un poder permanente ahí fuera”.

Base Gateway
NASA

Primero, la Luna; luego el planeta rojo

Según explica la NASA, la principal función de esta instalación será prestar apoyo a las máquinas y astronautas que se encuentren trabajando en nuestro satélite. Está previsto que sus primeros habitantes la ocupen hasta tres semanas, y que la aprovechen para poder pasar hasta siete días en la superficie lunar.

No obstante, la Gateway se ha concebido como una especie de centro de pruebas donde se ensayarán las futuras misiones tripuladas que se enviarán al planeta rojo, en algún momento de la década de 2030.