Metano: ¿una bomba de relojería climática?

Es uno de los gases de efecto invernadero más peligrosos: en cantidades similares, su efecto de calentamiento es casi treinta veces más potente que el CO2. Y cada vez hay más en la atmósfera, por lo que se ha convertido en uno de nuestros principales enemigos en la lucha contra la crisis del clima.

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A mediados de julio de 2020 se publicaba en la revista Earth System Science and Data el esperado informe The Global Methan Budget 2000-2017, elaborado por el equipo de científicos del programa Global Carbon Project. Sus resultados revelan que, desde la década de 2000-2006 hasta el 2017 —el año más reciente del que se disponen datos completos—, las emisiones de metano han crecido casi un 10 % a nivel mundial.

Cuando hablamos de gases con efecto invernadero (GEI), inmediatamente pensamos en el dióxido de carbono, el mayor responsable del calentamiento global y sobre el que se ha puesto el foco en casi todas las acciones orientadas a mitigar el cambio climático. Sin embargo, en los últimos años los científicos han empezado a prestar más atención otros gases como el óxido nitroso y el metano. Este último tiene una persistencia mucho menor que el CO2 en la atmósfera – alrededor de una década frente a siglos— pero, a su vez, es capaz de absorber muchísima más energía. En concreto, su potencial de calentamiento global es 86 veces mayor que el del CO2 cuando se promedian sus impactos en los primeros 20 años y 28 veces mayor en 100 años. Dicho en otras palabras: el metano permanece mucho menos tiempo en la atmósfera que el CO2, pero durante ese periodo calienta muchísimo más.

“Hasta hace poco, las concentraciones de metano y de otros GEI en la atmósfera permanecían estables y por eso no habían sido muy preocupantes”, reflexiona Andreu Escrivá, doctor en Ciencias Ambientales y autor de dos libros de divulgación sobre cambio climático. “El problema actual con el metano es que, además de que las fuentes de emisión antropogénicas están aumentando, las actividades humanas y la mala gestión están provocando desequilibrios en determinados ecosistemas que podrían conducir al aumento de las emisiones desde fuentes naturales, y esos procesos, una vez que se ponen en marcha, son muy difíciles de detener”. Uno de esos procesos a los que se refiere Escrivá es el deshielo del permafrost, la capa de subsuelo permanentemente congelada que ocupa millones de hectáreas de la superficie terrestre y es un importante sumidero de carbono. “En el permafrost, el metano suele encontrarse encapsulado en unas estructuras que se denominan clatratos. Como consecuencia de la subida de temperaturas, esa especie de jaulas se rompen y el metano se libera”, nos explica el experto. “El problema de esto es que se produce un bucle de retroalimentación, porque conforme la atmósfera se calienta, se libera más metano, que a su vez sigue contribuyendo al calentamiento”. El deshielo del permafrost es, de hecho, uno de los puntos de inflexión (tipping points) que se han descrito en relación con la emergencia climática y que, de activarse, serían difícilmente reversibles. Algunos expertos ya se han referido al metano acumulado en el hielo como un gran ‘gigante dormido’ o una bomba de relojería que podría estallar en cualquier momento y ser imparable.

¿Hemos superado ese punto de no retorno? En el caso del deshielo del permafrost, no está tan claro. Por ejemplo, en abril de este mismo año se publicaba un estudio en la revista Nature Climate Change que revisaba las emisiones netas de metano en el Ártico e indicaba que estas podrían estar compensadas por la actividad como sumideros de ciertos microorganismos capaces de oxidar el gas. El análisis realizado por los científicos del Global Carbon Project para su informe sobre el metano tampoco revela una aceleración en las emisiones desde las fuentes naturales (principalmente humedales, lagos, ríos y fuentes geológicas naturales en la superficie de la tierra y los océanos). “Nosotros no hemos encontrado cambios importantes en las emisiones globales de metano procedentes de los humedales, si bien es muy difícil determinar con precisión estos flujos”, nos explica Pep Canadell, científico del CSIRO’s Ocean and Atmosfere (Australia) y director del Global Carbon Project. “Sin embargo, las emisiones de los humedales de las regiones más frías del planeta se están viendo modificadas como consecuencia del calentamiento global. Estos cambios son aún demasiado pequeños como para ser detectados a escala global, pero hay que seguir vigilándolos de cerca”, añade el investigador.

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Ganadería: ¿ángel o demonio?

Hasta ahora hemos hablado de las fuentes de metano naturales pero, según las conclusiones del Global Methan Budget, este gas se está acumulando en la atmósfera porque las actividades humanas —principalmente agricultura, ganadería, y combustibles fósiles — lo producen a un ritmo mucho más rápido del que está siendo destruido. Desde hace algunos años, la ganadería está en el punto de mira por ser una fuente importante de GEI. En cuanto a las emisiones de metano en concreto, las más conocidas son las de los rumiantes que lo generan como subproducto de los procesos digestivos, mediados por microorganismos, que tienen lugar en la primera de las cámaras de su estómago. En ese sentido, si bien la ganadería intensiva es responsable de un mayor volumen de emisiones de CO2, la ganadería extensiva libera más metano a consecuencia de una dieta más rica en fibra.  Sin embargo, hay mucha miga detrás de la clásica anécdota de ‘los eructos de las vacas’, y existe una creciente corriente de científicos muy críticos con lo que ellos consideran que es una demonización de la actividad ganadera. Agustín del Prado es investigador en el Centro Vasco de Cambio Climático (BC3) y fundador de Remedia, una red científica sobre mitigación de GEI en el sector agroforestal. “Lo que nosotros estamos diciendo es que hay que considerar cuál es la magnitud real de las distintas fuentes antropogénicas de metano. No es lo mismo el metano biogénico, que se produce como consecuencia de la actividad de los rumiantes y forma parte del ciclo natural del carbono, que el metano emitido por combustibles fósiles”. Es cierto que el metano liberado por la ganadería debe tenerse en cuenta, pues esta actividad no ha dejado de crecer durante el último siglo y lo sigue haciendo a un fuerte ritmo en muchas regiones del mundo, pero lo que este grupo de científicos rechaza es que se tenga en cuenta al mismo nivel que otras actividades de origen humano: “la cuestión es que en los ecosistemas naturales que existirían en los nichos que hoy ocupa la ganadería extensiva hay herbívoros silvestres que también emiten metano”, explica Del Prado. “Ahora mismo en la contabilidad oficial toda la emisión de metano procedente de la ganadería se contabiliza como antropogénica y nosotros pensamos que no es justo. Estamos trabajando para ver qué porcentaje de emisiones procedentes de la fauna salvaje está reemplazando la ganadería y saber así cuál es el balance real”.

El investigador también insiste en que no se puede meter toda la actividad ganadera en el mismo saco, y actualmente trabaja con la asociación Amigos de la Tierra en la elaboración de un informe que se enmarca en la campaña ‘Menos Carne, mejor carne’, que considera necesario rebajar el consumo de carne producida de forma industrial y priorizar aquella procedente de pequeñas explotaciones sostenibles y más respetuosas con el medio ambiente. El divulgador Andreu Escrivá también coincide en esta visión: “al final, la culpa no es de los animales sino de nuestro uso del suelo y del abuso de una ganadería absolutamente industrializada que produce carne de una forma demencial. El problema no es que las vacas emitan mucho o poco, sino que hay muchas vacas”, indica.

Por otro lado, existen distintas soluciones para limitar la producción de metano en la actividad ganadera. María Dolores Carro es investigadora en la Universidad Politécnica de Madrid y ha analizado las emisiones de los rumiantes en función del tipo de dieta. “En general, las dietas con mayor proporción de forraje son más fibrosas y se va a producir más metano, y también hemos visto incrementos cuando hay un exceso de proteína en la alimentación. En la actualidad se está investigando en el desarrollo de aditivos alimentarios para reducir las emisiones, pero siempre hay que tener en cuenta que los cambios no deben provocar efectos negativos en la salud y el bienestar de los animales ni tampoco en la cantidad y calidad de su producción”, nos explica la experta. “La estrategia más prometedora es un compuesto, el 3-nitrooxipropanol, capaz de reducir un 30 % la producción de metano de vacas lecheras sin afectar negativamente a la producción de leche. El 3-nitrooxipropanol está en fase de evaluación para su autorización como aditivo en la Unión Europea (UE) y en Estados Unidos y, si la evaluación es positiva será el primer aditivo alimentario autorizado en la UE para reducir las emisiones de metano”.

Pep Canadell, autor del Methan Global Budget, también nos indica que “mediante una adecuada selección de las variedades de ganado se ha conseguido una reducción de hasta el 10 % de las emisiones sin ningún cambio en alimentación ni aditivos. Europa es una de las regiones que ha disminuido sus emisiones de metano en las últimas dos décadas, y lo ha hecho a través de nuevas regulaciones en ganadería y un mejor manejo del estiércol y vertederos, que también son grandes emisores de metano”.

 

El papel de los combustibles fósiles

Para muchos expertos, la solución más eficaz para el problema del metano sería limitar su liberación en los sitios de extracción de petróleo y gas, que también constituyen una de sus principales fuentes antropogénicas. El gas natural, en concreto, está formado fundamentalmente por metano, y es muy propenso a sufrir fugas en los pozos de extracción. Un artículo publicado este mismo año en la revista Nature concluía que las emisiones de metano fósil derivado de la industria de hidrocarburos podrían haber sido subestimadas en 38-58 millones de toneladas por año, lo que equivaldría a alrededor del 25-40 % de las estimaciones recientes. El trabajo corrobora las conclusiones de otros estudios en la misma línea que han ido apareciendo en los últimos años y que apuntan a que la cantidad de metano de origen fósil en la atmósfera podría ser muy superior a lo que pensaba. “Esto es preocupante, porque EE UU en los últimos años ha relajado mucho su normativa de emisión de metano para favorecer actividades como el fracking”, nos recuerda Escrivá. De hecho, el aumento en el uso de esta técnica parece haber contribuido en gran medida al incremento del metano atmosférico en los últimos años, según se revelaba en un estudio publicado en 2019 en la revista Biogeosciences.

¿Explotará la bomba de forma inminente?

A pesar de su menor tiempo de prevalencia en la atmósfera y de toda la controversia originada en torno a la medición de sus distintas fuentes, lo cierto es que las emisiones de metano están creciendo a un ritmo sin precedentes. En junio de 2019, de hecho, un trabajo publicado en la revista Science ya alertaba de que el aumento de las concentraciones de metano pone en peligro el cumplimiento de los objetivos establecidos en el Acuerdo de País para limitar el aumento de temperatura a 1,5-2 °C por encima de los niveles preindustriales.

“El problema del metano es que no está en el imaginario, y que si bien no es el principal contribuyente al calentamiento global, tenemos poco margen de maniobra en lo que respecta a muchas de sus fuentes de emisión. Podemos prohibir el fracking o comer menos carne, pero con nuestra actividad también estamos provocando que se acelere la liberación desde otras fuentes naturales en procesos que son más difíciles de detener y que, además, no son tan visibles. Un gran incendio o un derrame de petróleo es muy impactante, pero una fuga de metano es como un fuego invisible que, aunque no se ve, tiene consecuencias que pueden ser tremendas”, reflexiona Escrivá.

Si bien muchos expertos coinciden en que es poco probable que a corto plazo se produzca una liberación de metano similar a una bomba procedente del permafrost del Ártico, también destacan que no por ello hay que bajar la guardia. “El metano debe ser, sin duda, parte de la hoja de ruta en la mitigación del cambio climático”, explica Pep Canadell. “El dióxido de carbono es el agente más importante que va a determinar en última instancia la subida global de temperaturas, pero la eliminación de metano tiene efectos casi inmediatos, y eso nos puede ayudar a evitar a corto plazo los impactos no deseados del problema climático”. La idea es que, puesto que el metano tiene mucha más capacidad de atrapar calor que el dióxido de carbono, si se consiguiera limitar su presencia en la atmósfera también se estaría suprimiendo a medio plazo buena parte del calentamiento global y se ganaría tiempo, algo nada desdeñable en la carrera contrarreloj para hacer frente a la emergencia climática. 

Victoria González

Victoria González

Bióloga de bota. Tengo los pies en la tierra y la cabeza llena de pájaros. De mayor quiero ser periodista.