La guía definitiva para la conquista de Marte

Ya ha dejado de ser una quimera: varios proyectos contemplan seriamente la posibilidad de enviar astronautas al planeta vecino de aquí a poco más de una década. A continuación te contamos, paso a paso, como podrían afrontarse los formidables retos técnicos, físicos y psicológicos que conlleva semejante aventura.

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Una nube de polvo rojizo recorre las llanuras desoladas y los profundos cráteres de Marte. De vez en cuando, se posa sobre algún objeto fabricado por manos humanas; tal vez el panel solar de un módulo de descenso o la rueda de un róver. Los robots que hemos enviado al planeta vecino nos han enseñado un montón de cosas sobre él. Por ejemplo, que hace mucho tiempo no era el

frío desierto que hoy conocemos, sino un paraje cálido y húmedo. Pero aún no lo hemos contemplado in situ, con nuestros propios ojos. Y hay buenas razones para justificarlo: desde 1971, hemos intentado posar robots de exploración sobre la superficie marciana dieciocho veces, y once de estas misiones se estrellaron, se averiaron al poco de aterrizar o ni siquiera llegaron a su destino. Si hay vidas humanas en juego, necesitamos mayores probabilidades de éxito.

 

Porque llevar personas al planeta rojo no es en absoluto imposible. De hecho, se ha convertido en uno de los principales objetivos de la NASA, que pretende conseguirlo en poco más de una década. Elon Musk, fundador de la compañía SpaceX, lleva tiempo anunciando que quiere instalar colonias en la superficie del planeta vecino. Y China, Rusia y la India también tienen planes al respecto.

 

Posiblemente, esta fiebre marciana está motivada en primer lugar por una búsqueda de prestigio internacional, pero también hay razones científicas de peso. Sin despreciar el trabajo de los róveres, estos vehículos todoterreno no tienen la habilidad, el conocimiento o la intuición para plantearse una de las preguntas más importantes que se ha hecho nuestra especie: ¿estamos solos en el universo? “Si quieres averiguar de verdad cómo es Marte, responder esas preguntas fundamentales, tienes que enviar personas allí”, asegura la científica de la NASA Jennifer Heldmann.

 

Para conseguirlo, necesitaremos despegar de la Tierra con más suministros de los que ninguna misión espacial haya transportado nunca, recorrer millones de kilómetros de inhóspito vacío interplanetario y aterrizar de una sola pieza en el destino. Suena desalentador, pero no está fuera de nuestro alcance. Aquí te presentamos una guía de la aventura, paso a paso.

 

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1. Adiós a la Tierra

 

En el momento que se encuentran más cerca, hay una distancia de 55 millones de kilómetros entre la Tierra y Marte. Aunque parece una barbaridad, es un reto asequible para la actual tecnología de sistemas de propulsión. Una vez que nos hemos alejado lo suficiente, el tirón gravitatorio de nuestro planeta se desvanece y podemos poner rumbo a Marte con un impulso moderado. El viaje duraría nueve meses, poco más de los seis que pasa por término medio un astronauta en la Estación Espacial Internacional (ISS). No hace falta pergeñar nuevos tipos de máquinas o desarrollar inventos como las velas solares: basta con un cohete bien grande apuntando en la dirección correcta.

 

Tras décadas de exploración espacial, hemos aprendido algunas cosas; entre ellas, cómo fabricar cohetes enormes. Hoy existen siete modelos operativos que podrían servir para ir a Marte. El más poderoso de ellos, el Falcon Heavy, de la compañía SpaceX, transporta hasta 18,5 toneladas, perfecto para llevar un róver o un módulo de aterrizaje, pero insuficiente si planeamos una misión tripulada. Una carga de seis personas, con la comida y el agua necesarios en una travesía de ida y vuelta, pesaría como mínimo 20 toneladas. En 2017, un informe de la NASA sumó el equipo científico y todo el material para mantener vivos a los astronautas en la superficie marciana, y elevó

la estimación a cien toneladas. No es, sin embargo, algo inasumible. Actualmente, hay dos modelos en desarrollo –el Space Launch System (SLS), de la NASA, y el Big Falcon Rocket (BFR), de SpaceX– capaces de intentarlo. Mientras que el SLS podría acarrear 45 toneladas hasta Marte, el BFR cargaría sin problemas 100. En otras palabras: sabemos construir cohetes cada vez mayores y mejores. Y siempre existe la posibilidad de aligerar las naves enviando parte del equipo antes que a los astronautas. “El resto es la parte difícil”, dice Bruce Jakosky, de la Universidad de Colorado en Boulder (EE. UU.).

 

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2. En tránsito

 

Existe la tentación de subestimar lo que supone sobrevivir fuera de la Tierra. A fin de cuentas, siempre hay alguien en la ISS. Ir allí casi se ha convertido en una especie de acampada en el jardín: parece que estás lejos, pero tus padres te traen los bocadillos. La diferencia es que si vas a Marte, debes llevarte tus propios bocadillos. Y la comida no va a ser tu única preocupación. Si la nave se avería, te tocará poner las piezas de repuesto con las herramientas adecuadas. Y si caes enfermo, necesitas medicinas.

 

Ir preparado para cualquier eventualidad no es posible, porque cada peso extra implica el correspondiente aumento de costes y combustible. ¿Qué hacemos entonces? Parte de la solución vendrá de las impresoras 3D, que pueden fabricar piezas a demanda. La ISS cuenta ya con una a bordo, y la NASA ha estado ensayando con ella. Mejor llevar el material en bruto y la impresora que un arsenal de objetos que a lo mejor nunca van a hacer falta.

 

Almacenar los fármacos es harina de otro costal. Sabemos por experiencia en la ISS que los gérmenes pueden prosperar en una nave. Además, varios estudios han demostrado que las bacterias se vuelven resistentes a un amplio espectro de antibióticos en condiciones de microgravedad, y que conservan la inmunidad más tiempo que en la Tierra. Hay proyectos para contrarrestar ese riesgo, como colocar revestimientos bactericidas en superficies que puedan acumular suciedad, caso de las puertas del baño. Otra idea es que los astronautas viajen con los ingredientes farmacológicos en lugar de las medicinas, para cocinar en el espacio lo que necesiten. Un prototipo que sintetiza automáticamente compuestos terapéuticos sencillos ya ha sido probado en el espacio.

 

Enfermen o no, los astronautas sentirán los efectos físicos de viajar en el espacio. En primer lugar, la microgravedad atrofia los músculos y los huesos. Según las investigaciones, los astronautas pierden el 20 % de la masa muscular en menos de dos semanas, aunque hagan tablas diarias de ejercicios. La buena noticia es que, al existir menos gravedad que en la Tierra, les resultará fácil moverse sobre la superficie marciana. Aun así, deberán someterse a un entrenamiento duro y a una dieta especial para contrarrestar los efectos. También existe la posibilidad de que se pongan trajes de compresión muscular.

 

En segundo lugar, los elegidos para pisar Marte no contarán con el escudo protector contra la radiación cósmica que brinda de forma natural el magnetismo terrestre. La NASA limita la exposición al equivalente de 286.000 radiografías de tórax, en el caso de los hombres, y un 20 % menos para las mujeres. Los astronautas recibirían el 60 % de esa cantidad en el viaje más corto posible, sin contar el tiempo que pasen en el planeta vecino. “Habría que evaluar si los beneficios compensan las amenazas para la salud de los tripulantes en un viaje tan largo como este —advierte Lucianne Walkowicz, del planetario Adler, en Chicago—.

 

Es imposible saber de antemano qué riesgos existen sin llevar a cabo la misión”. Y, para finalizar, debemos tener en cuenta que estar tan lejos de casa –un mero punto luminoso en el cielo– puede poner a prueba la estabilidad psicológica de los viajeros. “Hasta ahora, los astronautas siempre han visto la Tierra desde las ventanas de las naves. No solo es un espectáculo hermoso: así mantienen la conexión con su planeta, que está siempre presente”, explica la exastronauta Nicole Stott.

 

 

3. ¿A quién mandamos?

 

Ciertos perfiles profesionales, como ingenieros, médicos y científicos, serán indispensables para la misión. No se trata de buscar al astronauta perfecto, sino al equipo perfecto. Hay que llevar una caja de herramientas, y sería absurdo que la llenaras de martillos, aunque fueran los mejores martillos del mundo”, explica Kim Binsted, responsable del Hawaii Space Exploration Analog and Simulation (Hawái). En este centro, grupos de entre cuatro y seis personas viven durante meses bajo las condiciones que experimentarían en Marte. Se ponen un simulacro de trajes espaciales cuando salen al exterior y hasta sufren un desfase de veinte minutos en sus comunicaciones con la Tierra.

Algo potencialmente conflictivo es que uno o dos de los miembros del equipo se sientan diferentes al resto, ya sea por su raza, género, nacionalidad o incluso gusto musical. “Ya que vas a tener diversidad, que sea la mayor posible”, subraya Binsted. Posiblemente, el entrenamiento grupal será mucho más intenso que el que reciben ahora los astronautas. “Los granos de arena se vuelven montañas en los ambientes austeros con el paso del tiempo. Tendrán que simular antes esa convivencia”, dice James Picano, psicólogo de la NASA.

 

Tras nueve meses de viaje esquivando las discusiones con sus compañeros, los exploradores afrontarán la fase más peligrosa de la aventura. El principal problema de aterrizar en Marte radica en que prácticamente carece de atmósfera: es, de media, 160 veces menos densa que la terrestre. Eso significa que los paracaídas no experimentarán el arrastre suficiente para frenar la caída. Podrían usarse propulsores, como hicieron los astronautas del Apolo 11 en la Luna, pero la gravedad marciana –mayor que la lunar– complica la maniobra. Necesitarían combinar dichos propulsores con algo que genere más desaceleración. Aunque este método ha funcionado con un robot de una tonelada, el mayor peso de la nave que viajaría a Marte no garantiza el éxito. Una posible solución es el sistema HIAD (Hypersonic Inflatable Aerodynamic Decelerators) de la NASA, dispositivo que usa tela reforzada con Kevlar. De todos modos, el verdadero quid de la cuestión no es cómo aterrizar, sino dónde hacerlo. La opción obvia sería algún punto cerca de los de polos, porque sabemos que en esos parajes hay agua helada subterránea y posiblemente un lago de H2O líquido, un recurso inestimable.

 

Los humanos usamos mucha agua y es muy pesada, así que los suministros que podríamos transportar hasta el planeta rojo serían limitados. El intríngulis con las áreas polares es que atraen las tormentas y están sometidas a temperaturas de hasta -195 ºC , condiciones que no facilitan un aterrizaje. “Tampoco es un lugar fascinante. Las llanuras septentrionales de Marte resultan bastante aburridas”, indica Tanya Harrison, de la Universidad Estatal de Arizona. En la región ecuatorial, sin embargo, reinan temperaturas mucho más suaves, de entre -100 ºC y 20 ºC. También recibe más luz solar –que los viajeros podrían almacenar como fuente energética–, raramente sufre tormentas y ofrece un territorio variado e interesante. Lo que no proporciona es agua. Para las primeras misiones, quizá lo más razonable sería tomar tierra en los lugares que ya hayan explorado los robots.

 

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Una vez allí, los exploradores se quedarán una buena temporada. Aunque no establezcan colonias permanentes, deberán aguardar meses –o incluso años– para que la Tierra y Marte se alineen y sea posible volver. No habrá más remedio que instalar una base, y sus habitantes tendrán que hacer frente a un variopinto catálogo de formas de morir. Aparte del ya citado frío pavoroso, existe la constante amenaza de ser alcanzado por micrometeoritos, que a menudo no se destruyen en su tenue atmósfera. Por no hablar de la radiación cósmica, que no es rechazada por ningún campo magnético; o la bajísima presión atmosférica, similar a la del espacio exterior.

 

La estrategia más simple sería quedarse dentro del propio módulo de descenso, pero sus estancias serían muy reducidas. También cabe la posibilidad de llevarse estructuras protectoras o los materiales para fabricarlas allí. La NASA ha organizado un concurso de construcciones impresas en 3D, con numerosas propuestas. Aunque algunas reutilizan piezas de la nave de aterrizaje, se necesitarían más materiales, con el consiguiente aumento de peso a bordo durante el viaje. La agencia espacial ha comisionado a varios grupos para que estudien la mejor manera de construir ladrillos con una réplica del polvo marciano.

 

Otra idea sugiere que los colonos se refugien en las cuevas cilíndricas creadas por antiguos ríos de lava, cuyas entradas han sido reveladas por imágenes de satélite. En la Tierra, este tipo de cavidades suelen presentar una anchura de treinta metros, pero los expertos creen que, dada la menor gravedad del planeta rojo, las marcianas podrían ser ocho veces más anchas y alcanzar kilómetros de longitud. Un día podrían acoger calles enteras de viviendas de colonos. Una vez a salvo de los elementos, la supervivencia no es problema: la comida puede ser deshidratada; las semillas, empaquetadas; y el oxígeno, almacenado en tanques. Queda por resolver el suministro de agua. En el caso ideal de que los astronautas se posen sobre un terreno con abundancia del líquido vital bajo la superficie, necesitarán un equipo mecánico para extraerlo, y no hay garantía de que sea potable. “No sabemos mucho sobre el hielo marciano”, admite Harrison. Aunque se pueda beber, el agua estará llena de fino polvo, así que los astronautas deberán contar con sistemas sofisticados de filtración.

 

Esto se aplica también a los trajes espaciales: deben estar concienzudamente diseñados para mantener a raya las partículas de polvo, ya que en el suelo de Marte abundan los compuestos químicos potencialmente letales si son tragados o inhalados. “No hay margen de error. Todo funciona correctamente o mueres”, sentencia Harrison.

 

5. El viaje de vuelta

 

Habrá quien piense en Marte como un destino para quedarse a vivir en colonias permanentes, pero cualquier misión seria debe tener en cuenta el regreso. Eso significa que los astronautas deben enfrentarse a otro despegue, otro largo viaje y otro aterrizaje. Afortunadamente, la segunda vez será todo más sencillo. El proceso de lanzamiento se aprovechará de la casi inexistente atmósfera y el débil tirón gravitatorio. Aunque los nueve meses de singladura espacial no se los quita nadie a los tripulantes, el característico brillo azulado de su hogar se irá volviendo cada vez más grande. Y el aterrizaje, en la atmósfera terrestre y con los paracaídas adecuados, no debería complicarse. Llegado ese momento, el polvo habrá cubierto sus pisadas en Marte, que quedará a la espera de los próximos visitantes.

 

 

Hitos del paisaje marciano

 

Hay un montón de regiones de gran interés geológico para explorar en el mundo vecino. Te presentamos algunos de los más importantes.

A) El hemisferio septentrional está dominado por desoladas llanuras como las de Vastitas Borealis. Esta enorme región se extiende en torno al polo norte y tiene una altitud entre cuatro y cinco kilómetros inferior a la media de Marte.

B) El hemisferio sur presenta áreas llenas de cráteres como Terra Sirenum. Es un misterio el hecho de que ambas mitades, la septentrional y la meridional, sean tan llamativamente diferentes, algo que no ocurre en ningún otro planeta del Sistema Solar.

C) Con trece kilómetros de altitud, Elysium Mons es la cuarta cima de Marte.

D) El monte Olimpo es el techo de todo el Sistema Solar. Con sus kilómetros, supone multiplicar por dos veces y media la altura del Everest.

E) Al sudeste del monte Olimpo hay tres grandes volcanes extintos, incluido el Pavonis Mons. Con una anchura de cientos de kilómetros, el más alto de ellos supera los km.

F) Valles Marineris es un gigantesco y complejo sistema de cañones. La mayor parte de los científicos piensan que es una grieta en la corteza marciana, probablemente formada por la tectónica de placas.

G) Respecto al cráter Hellas Planitia, se cree que lo creó el impacto de un asteroide hace millones de años.