Extirpación de recuerdos: ¿es posible?

Durante décadas, los científicos pensaron que los recuerdos, buenos y malos, permanecen inalterables en nuestro cerebro. Sin embargo, numerosas investigaciones han demostrado en los últimos años que son elásticos, maleables, lo que abre una puerta a la posibilidad de combatir y neutralizar los traumas. ¿Y si pudiéramos bloquear esas malas experiencias e incluso borrarlas de nuestra memoria?

En el año 2000, Karim Nader, estudiante de posdoctorado en el laboratorio LeDoux de la Universidad de Nueva York (EE. UU.), llevó a cabo un experimento que revolucionó por completo la teoría sobre cómo se forman y se guardan en nuestro encéfalo los recuerdos; hasta entonces, la comunidad científica postulaba que, tras completarse un proceso de síntesis de proteínas, los recuerdos se volvían permanentes.

El joven neurocientífico entrenó a un grupo de ratas para que asociaran un sonido particular con una descarga eléctrica, de tal manera que aprendieran a temer esa señal. Pero, después de que Nader les inyectara un fármaco para bloquear la síntesis de proteínas en la amígdala –la zona del cerebro donde se cree que se almacenan los recuerdos del miedo–, algo sorprendente sucedió: al recordar, es decir, al exponerlas de nuevo al mismo ruido, las ratas ya no se quedaban completamente paralizadas. La asociación había desaparecido.

Lo que Nader planteaba con su experimento era que los recuerdos son elásticos, maleables, y que se construyen de nuevo cada vez que los evocamos. Este proceso se conoce como reconsolidación, y pese a las reticencias iniciales de la comunidad científica a creer en este nuevo planteamiento, lo cierto es que abrió nuevas vías para la manipulación de los recuerdos.

 

Tratamiento para el estrés postraumático

Llegados a este punto, puede que algunos se estén imaginando un hipotético escenario en el que manipular recuerdos se lleve a cabo con fines malvados, pero lo cierto es que las investigaciones sugieren que bloquear algunos contenidos de la memoria, o bien recuerdos enteros, puede ser realmente beneficioso para las personas que sufren estrés postraumático, un trastorno que en España afecta a uno de cada cien hombres y a casi tres de cada cien mujeres, según datos de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS).

Puede tratarse de víctimas de una catástrofe natural, un atentado terrorista, una violación, un secuestro, un accidente o incluso de soldados que han luchado en una guerra. Las imágenes de la situación traumática vuelven a experimentarse una y otra vez en forma de flashbacks, con todo lujo de detalles, y generan ansiedad, miedo y falta de control a pesar del paso del tiempo.

 

Consolidación de recuerdos

Tradicionalmente, la neurociencia había afirmado que existen tres fases de la memoria: la codificación, que es el momento de aprendizaje; la consolidación, cuando la información aprendida se transforma en una memoria a largo plazo, y, por último, el proceso de recuerdo, es decir, aquello que conseguimos recordar. Afortunadamente, nuestro cerebro tiene una capacidad de almacenaje limitada y no podemos acordarnos de todo lo que hemos aprendido. Si no, sería una locura. Pero ¿cómo sabe discernir entre lo que vale la pena consolidar y lo que puede ser descartado?

“Los eventos que tienen una carga emocional son mucho mejor recordados que cualquier otro”, explica Javiera Oyarzún, investigadora del Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York (EE. UU.). Por ejemplo, quienes tienen un hijo, es bastante probable que se acuerden de todas las cosas relevantes que le hayan pasado. “Para asegurarse de que no olvidamos la información importante, sea positiva o negativa, se activa la amígdala, y, con ella, toda una cascada de sustancias que van a impactar en el hipocampo y que llevan a que la información se codifique”, prosigue Oyarzún.

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Cuando evocamos ese recuerdo que hemos consolidado, lo que hacemos es añadirle nueva información, y por tanto tiene que ser almacenado en el cerebro de nuevo. Esa es la idea de la reconsolidación, que constituiría una cuarta fase de la memoria. Porque nuestros recuerdos no se guardan de manera aislada, sino dentro de una red. Por cajitas temáticas, podríamos decir de forma muy simplificada.

Imaginemos que hemos conocido a una persona nueva y nos ha causado muy buena impresión. A partir de entonces, el recuerdo de ese individuo –que es positivo– va a quedar guardado en un compartimento en nuestra sesera. Pero ahora resulta que, tras unos cuantos encuentros con él, un día de repente nos hace un feo muy grande. Estamos añadiendo información nueva que antes no teníamos, en este caso negativa. El cerebro tiene dos opciones: o bien puede modificar el recuerdo previo, o bien, si el comportamiento ha roto por completo nuestras expectativas, consolidarlo en una cajita independiente. “Entonces vamos a tener una memoria positiva y una memoria negativa con la misma persona. Y esas dos memorias van a competir cada vez que la veamos. En el fondo, el hecho de que podamos unir todas las memorias relacionadas es lo que hace que tengamos patrones del mundo”, explica Oyarzún.

 

Intervenir en la memoria

Para los científicos que investigan el proceso de reconsolidación, lo verdaderamente interesante de que los recuerdos se reescriban una y otra vez es la oportunidad de poder intervenir. En efecto, cuando reactivamos un recuerdo almacenado y le añadimos nueva información, se tiene que volver a producir una síntesis de proteínas para que vuelva a consolidarse, un proceso que tarda aproximadamente seis horas. Tiempo suficiente para que un psiquiatra, por ejemplo, modifique el contenido desagradable de un recuerdo traumático en su paciente.

En esta línea, se han llevado a cabo numerosas investigaciones en los últimos años, algunas de ellas realmente curiosas. Partiendo de los resultados de Nader con ratas en el laboratorio, Daniela Schiller, neurocientífica de la Facultad de Medicina de Monte Sinaí, en Nueva York (EE. UU.), diseñó un experimento para intentar interrumpir el miedo en humanos.

Los voluntarios recibían una pequeña descarga cada vez que se les mostraba un cuadrado azul sobre la pantalla de un ordenador; y Schiller repitió el proceso hasta que el recuerdo del miedo quedó grabado en sus cerebros. Al día siguiente, les bastó con ver el cuadrado –sin llevar aparejado la descarga– para sentir temor. Entonces Schiller los dividió en grupos y, para romper la asociación y enseñarles a superar la sensación de miedo, volvió a mostrarles esa misma imagen muchas veces. Lo que ocurrió al añadir esa nueva información es que los sujetos a los que se les enseñó la secuencia del cuadrado en los diez primeros minutos siguientes a la recuperación del recuerdo inicial –durante el periodo en el que el cerebro estaba reescribiendo su memoria– lograron evocar el recuerdo sin sentir temor; en cambio, aquellos a los que se les mostró seis horas después siguieron teniendo miedo. El estudio, publicado en la revista Nature en 2010, ponía de manifiesto que la reconsolidación de la memoria no se daba solo en ratas.

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Por su parte, Emily Holmes, profesora de Psicología en el Departamento de Neurociencia Clínica del Instituto Karolinska de Solna, cerca de Estocolmo (Suecia), se dedica desde hace años a mostrar los efectos que tiene el Tetris para disminuir la frecuencia y la intensidad de las memorias intrusivas en personas que han sufrido un trauma. Los experimentos consisten en mostrar a los voluntarios vídeos de acontecimientos angustiosos. Al día siguiente, se les vuelve a enseñar las imágenes para reactivar su memoria y, a continuación, algunos de ellos juegan al Tetris durante unos minutos, mientras que otros no hacen nada. Los resultados demuestran que aplicarse a tareas visoespaciales simples, como sería jugar al Tetris, puede distraer lo suficiente como para reducir los síntomas después de un evento traumático. Y ya se ha introducido en algunos hospitales con pacientes de accidentes de tráfico.

Además de las terapias cognitivo-conductuales, la farmacología ha Abierto también una vía importante para debilitar la carga emocional de un episodio traumático, aunque el recuerdo de lo que ocurrió se mantenga intacto, con sustancias como la morfina, el gas xenón y, en especial, el propranolol. Aunque este medicamento fue desarrollado en la década de los sesenta por el escocés James Whyte Black –premio Nobel de Medicina en 1988– para tratar la hipertensión, en la actualidad también se utiliza para combatir el miedo escénico en artistas y personas que tienen que hablar en público.

Alain Brunet es un psicólogo clínico de la Universidad McGill de Montreal (Canadá) que ha consagrado toda su carrera al estudio del trastorno de estrés postraumático. Ha trabajado, por ejemplo, con personas que sufrieron las consecuencias del terremoto en Nepal en abril de 2015 y con víctimas de los ataques terroristas en París en noviembre de ese mismo año. En una primera fase, les hizo escribir sobre los peores aspectos de su trauma en primera persona. A continuación, los sujetos tomaron una dosis de propranolol a intervalos semanales durante seis semanas. En cada ocasión releían sus escritos para reactivar la memoria traumática bajo la influencia de esta sustancia. Aproximadamente dos de cada tres personas se beneficiaron del tratamiento.

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También las fobias pueden ser tratadas de la misma manera, como sugieren los trabajos de Merel Kindt. En 2015, el grupo de investigación liderado por esta psicóloga en la Universidad de Ámsterdam (Países Bajos), creó en cuarenta sujetos un recuerdo de miedo a las arañas; lo hizo enseñándoles fotografías de este animal a la vez que recibían un estímulo doloroso. Al día siguiente, se los volvió a exponer a las imágenes. Los participantes que habían tomado propranolol habían aprendido a desligar el recuerdo del temor, a diferencia de los que habían tomado un placebo.

¿Pero qué es lo que lleva a alguien a tener miedo a las arañas o al acto de hablar en público? En 2014, en el mismo laboratorio de la Universidad de Nueva York en el que Nader llevó a cabo sus experimentos, el neurocientífico español Lorenzo Díaz-Mataix identificó los mecanismos cerebrales que convierten las experiencias negativas en recuerdos imborrables durante años. “Para ello, sometimos a decenas de ratas a un pitido de unos veinte segundos y, al final, una pequeña descarga en las patas”, cuenta Díaz-Mataix.

 

Encender y apagar neuronas

Lo sorprendente no fue que los animales se quedaran paralizados cada vez que escuchaban el sonido, sino que también lo hicieran aunque no recibieran la descarga final. Algo que se comprobó mediante optogenética, una técnica que combina métodos genéticos y ópticos para encender y apagar grupos de neuronas del cerebro y que está revolucionando la neurociencia. En primer lugar, se introducen en un virus genes de algas unicelulares sensibles a la luz y, con ayuda de una cánula, dicho organismo se inserta después en la amígdala de la rata. Una vez allí, los genes son capaces de producir una proteína que funciona como interruptor de la célula, activándola o desactivándola en función de ráfagas de luz enviadas con un láser.

“Lo que vimos con el experimento es que, cuando poníamos el pitido a la rata y luego, en vez de darle el shock al final, iluminábamos la proteína, tenía miedo. Pero no habíamos presentado ningún estímulo doloroso, solo la luz. Es decir, simplemente activando las células generas el recuerdo”. Para Díaz-Mataix, la optogenética es una técnica novedosa muy útil, porque permite transformar el valor emocional que atribuimos a los recuerdos sin dañar el cerebro. El objetivo final del estudio de la reconsolidación de la memoria, por tanto, no es “borrar recuerdos a la carta”, como recalca el neurocientífico, “porque entonces perderíamos nuestra identidad”. Después de todo, los recuerdos, sean buenos o malos, constituyen capítulos importantes en la historia de nuestra vida. “De lo que se trata es de eliminar el dolor que nos produce el recuerdo de acontecimientos traumáticos”, especifica. Algo que la ciencia cada vez está más cerca de conseguir.