En la mente del dinosaurio

El reputado paleontólogo Steve Brusatte, asesor de documentales de la BBC, nos desvela en este artículo los secretos sobre la inteligencia de los gigantes prehistóricos.

¿Eran bestias colosales con una arrolladora potencia física? Sí, pero no solo eso. Las investigaciones más recientes demuestran que los dinosaurios poseían una capacidad cerebral mayor de la sospechada, lo que convertía a algunos, los más temibles, en astutos depredadores.

Toma buena nota de lo que no debes hacer si viajas en el tiempo hasta la prehistoria y te encuentras cara a cara con uno de ellos.

Steve Brusatte pertenece a esa rara especie de paleontólogos que van más allá de lo que les dicen los huesos fósiles. Es perfectamente capaz de imaginar lo que hubiera decidido hacer en caso de toparse con un tiranosaurio, pongamos por caso, en la imaginaria isla Nublar, asumiendo el papel de Alan Grant, el científico protagonista de la película Parque Jurásico.

El depredador está frente a Grant y una niña en una noche oscura y lluviosa. La pequeña grita, Grant le tapa la boca y le dice: “¡No te muevas! ¡No nos verá si no nos movemos!”. Y así, paralizados, se quedan a un milímetro del morro del bicho, cuyo aliento mueve los cabellos de los dos como un ventilador a chorro. “Es una gran escena de un filme muy entretenido –admite Brusatte–, pero no hubiera sido muy realista. El T. rex habría detectado a la pobre niña, y probablemente se la habría zampado. El tiranosaurio tenía muy buen sentido del olfato, habría olido a la chica. Y poseía también un fino oído, así que habría detectado su respiración. Además, su vista era mucho mejor de lo que pensábamos”. Pero los guionistas no podían permitirse el realismo; el espectador hubiera rechazado tamaña crueldad.

Brusatte habría escrito otra escena muy diferente para salvar a la niña, una en la que hubiese mucha más distancia con el dinosaurio, ya que acercarse a un depredador semejante habría sido un suicidio seguro. Sin embargo, el cine es el cine, y el público aceptó de muy buen grado que un par de minutos antes ese tiranosaurio ciego y casi sordo, incapaz de percibir dos buenos bocados delante de su hocico, localizara a un abogado sentado en un retrete dentro de una cabaña derruida y lo devorara de un mordisco. ¡Es lo que se merecen los abogados! Brusatte no participó en la elaboración de la historia de la película de Spielberg, pero su pasión por los fósiles es contagiosa.

De haber sido fichado como asesor, habría presentado a un depredador provisto de una gran inteligencia, mucho más listo de lo que se aprecia en el primer filme de la saga. Este paleontólogo de la Universidad de Edimburgo (Escocia), autor del reciente libro Auge y caída de los dinosaurios (Ed. Debate), sí ha sido consultado en múltiples programas y documentales sobre aquellas bestias prehistóricas, entre ellos la espectacular recreación Caminando entre dinosaurios 3D de la BBC.

Trabajó y se educó con Paul Sereno, uno de los grandes exploradores de dinosaurios, y no le importa usar la ciencia y combinarla con una buena imaginación. ¿Cómo? Todavía no se ha demostrado que los tiranosaurios odiasen a los abogados estadounidenses, pero Brusatte asegura que es posible zambullirse hasta un cierto límite en la mente de un dinosaurio a partir del estudio cuidadoso de la huella dejada por el cerebro en los cráneos fósiles de estos extraordinarios animales. “Lo último en tecnología es el uso de topografías computerizadas y otras técnicas de imagen por ordenador, que usan sincrotrones [una clase de aceleradores de partículas que se pueden emplear a modo de escáner] que nos permiten ver el interior de los fósiles y otear dentro de los cráneos de los dinosaurios”, explica Brusatte.

Las imágenes las proporcionan los rayos X o los neutrones, dependiendo de la tecnología. “Esas imágenes nos permiten reconstruir modelos digitales de los cerebros, los oídos, los canales nasales y los vasos sanguíneos, entre otros”, añade. Dichos modelos en tres dimensiones de los órganos que estuvieron rellenando el hueso hace millones de años proporcionan nuevos conocimientos a los científicos sobre algo que casi nunca deja rastro en los fósiles: el comportamiento. Sin embargo, el grado de perfección de estas reconstrucciones depende, lógicamente, del estado de conservación de los fósiles, de si están completos en todas sus dimensiones. Y como han transcurrido más de 65 millones de años, la mayoría han sufrido numerosos daños, distorsionados por la presión o rellenados por piedra, en cuyo caso resulta complicado distinguir el mineral del hueso fosilizado. Pero en ocasiones hay suerte. “A veces, ocurre que los fósiles son tan buenos que podemos vislumbrar un montón de detalles. Es posible observar, por ejemplo, las diferentes regiones cerebrales. Somos capaces de distinguir el cerebro, y a veces el tallo cerebral. En ocasiones, podemos reconocer los bulbos olfatorios y otras regiones que nos sugieren cómo se comportaba el animal en realidad”.

A pesar de la tecnología, las limitaciones por el tiempo transcurrido se antojan insuperables. Zambullirse en la mente de un dinosaurio es siempre un ejercicio arriesgado, aunque muy tentador. Los dinosaurios, tal y como eran en el pasado, se extinguieron –aunque las aves podrían ser consideradas sus representantes actuales–. Si ocurriese lo mismo con los seres humanos, un hipotético paleontólogo de otra especie del futuro se habría topado con restos fósiles pertenecientes a una criatura bípeda provista de un gran cráneo, y tendría que deducir, a partir de las impresiones dejadas por el cerebro, qué tipo de especie fuimos. Brusatte se atreve a aceptar el desafío que le proponemos de convertirse en ese extraño paleontólogo del futuro.

Si encontráramos un cráneo humano fósil perfecto y no tuviéramos ni idea de cómo somos ni lo que es el cerebro humano, ¿qué información podrían extraer las tomografías computerizadas de nosotros mismos? “Nos dirían el tamaño y la forma del cerebro, y la localización, forma y tamaño de las regiones medias –opina el paleontólogo–. Pero obviamente no podríamos ver lo que hay en el interior del cerebro, ninguna de sus estructuras internas. No sabríamos nada acerca de las propias neuronas, de su densidad ni de la velocidad con la que funcionan. Tampoco podríamos determinar la cantidad de materia gris. Lo que deduciríamos es que el cerebro humano es muy grande en relación al tamaño del cuerpo.

Así que podríamos decir: ‘¡Guau!, la especie humana debió de ser bastante inteligente’. Es decir, podríamos sacar información, aunque no en demasía”. Los dinosaurios fueron muy abundantes y, por ello, sus fósiles son numerosos, pero además, para estudiarlos, contamos con una ventaja añadida: comparten muchas características con las aves primitivas y las actuales, así que hoy disponemos en la naturaleza de una suerte de espejo suyo que nos facilita deducir sus comportamientos. “Los escáneres nos permiten reconstruir el oído, la conducta y lo inteligente que era el animal, así como los sentidos de los que disponía y, a veces, las interacciones con otras criaturas de su entorno –comenta Brusatte–. Se han realizado un gran número de escáneres a fósiles de dinosaurios, y lo primero que hemos visto es que tenían cerebros grandes en relación al tamaño de su cuerpo; mucho mayores de lo que la gente solía pensar. Así que los dinosaurios, en general, eran bastante más inteligentes de lo que se creía. Es una imagen muy alejada de los brutos animales estúpidos que daban tumbos por ahí alimentándose de lo que encontraban, destinados a extinguirse”.

Uno de los ejemplos más notables de esa inteligencia insospechada lo ofrecen los velocirraptores, a los que, al menos en parte, se les ha hecho justicia en la saga jurásica de Spielberg, ya que son retratados como unos seres bastante espabilados. “El caso es que los velocirraptores tenían cerebros realmente grandes, con la misma proporción de tamaño respecto al de su cuerpo que las aves primitivas –explica Brusatte–. Y algunas de las regiones cerebrales estaban muy desarrolladas, así que los velocirraptores eran muy inteligentes”.

Su aspecto en las películas, sin embargo, no es el correcto. Casi con seguridad estaban cubiertos de plumas, pero quizá eso no resultara suficientemente aterrador en pantalla. Los sentidos de los dinosaurios arrojan más pistas acerca de su comportamiento. Eran realmente buenos a la hora de oler, así que no es descartable que el T. rex siguiera los rastros olorosos de sus futuras víctimas a través de un bosque cretácico. “Tanto los raptores como el tiranosaurio tenían unos bulbos olfatorios muy desarrollados, lo que significa que dispusieron de un muy buen sentido del olfato –nos aclara el experto–. En otros dinosaurios hemos podido examinar el oído, en especial la cóclea, que es el órgano que controla la audición. Sabemos que la longitud de la cóclea en los animales modernos se corresponde con el rango de frecuencias del sonido. Los tiranosaurios tenían cócleas muy alargadas, así que oían muy bien, tal vez mejor que nosotros”.

 

Todo eso confirma que no tendríamos muchas posibilidades de sobrevivir a un encuentro con un tiranosaurio como el que describíamos al comienzo de este artículo. Nuestro olor corporal nos delataría y oiría nuestra respiración entrecortada. No nos serviría de nada quedarnos paralizados. Además, nos vería: “Sabemos, a partir de los agujeros de sus cráneos, que los T. rex poseían ojos muy grandes. Y esos ojos estaban proyectados hacia delante. Lo cual significa que los tiranosaurios, al igual que nosotros, contaban con visión binocular y, por tanto, percepción de la profundidad. Eso no ocurre con otros animales, como los caballos y las vacas, que tienen los ojos a ambos lados de la cara y no pueden ver en tres dimensiones. Pero el rex sí era capaz de hacerlo”.

En realidad, frente a un bicho así, provisto de una dentadura terrible, ojos binoculares, un olfato muy bueno y un oído mejor que el nuestro, salir por piernas parece la única opción razonable. Si bien los escáneres computerizados de su cráneo no nos dicen lo rápido que era, el examen de otras partes de su esqueleto aportan información útil. “Hay que observar la postura del animal, la forma en la que las patas lo sostenían, saber algo sobre los músculos que poseía. Los científicos han realizado esta clase de estudio usando simulaciones por ordenador”, dice Brusatte.

Si nos tropezamos con un velocirraptor, lo tenemos realmente crudo. Correr no serviría de nada. Más valdría darnos por muertos, a menos que tengamos a mano una metralleta. “Esos animales eran muy rápidos, quizá tanto como los guepardos actuales”, asegura el paleontólogo. Pero si el que nos encontramos es el tiranosaurio, la cosa cambia: “Los rex no podían correr muy rápido, probablemente alcanzasen entre 16 y 24 km/h”. Si fuéramos Usain Bolt, quien es capaz de recorrer cien metros a una velocidad de 37,58 km/h, podríamos alejarnos del tiranosaurio con facilidad, por lo menos al principio. Pero no somos como Bolt. Un ser humano puede correr durante un rato a unos 24 km/h –siempre que su salud sea buena y practique deporte–, pero más pronto que tarde el tiranosaurio nos atraparía con facilidad.

En cambio, si dispusiéramos de un coche, el resultado de la persecución sería muy diferente. “Los tiranosaurios eran muy grandes y no podían moverse tan rápido. Así que la escena de Parque Jurásico en la que los protagonistas escapan del tiranosaurio por los pelos montados en un todoterreno no era muy realista. Con solo meter la tercera, habrían huido con facilidad”. Por suerte para nosotros, la supervivencia de una especie no está determinada únicamente por las capacidades fÍsicas. “En comparación con los seres humanos, el rex es muy grande y, con todos esos dientes en su enorme cabeza, nos trituraría de un mordisco –afirma Brusatte–. Pero tenemos una ventaja decisiva sobre él: somos mucho más inteligentes, y tenemos la habilidad de desarrollar armas. Creo que seríamos capaces de derrotarlo”. En lo que a inteligencia se refiere, los seres humanos somos los campeones del mundo animal. Pero el tiranosaurio poseía un cerebro de una talla nada desdeñable en comparación con el tamaño de su cuerpo. “Eso hizo de él un depredador terrible, mucho más inteligente de lo que se les presuponía a los reptiles. Sin embargo, lo más fascinante de aquella criatura es que, aparte de tener un cerebro grande y unas fauces terribles, no era un monstruo que emplease únicamente la violencia y la fuerza física. También usaba el cerebro y los sentidos. Era capaz de pensar, por eso era tan buen cazador”.

La idea del dinosaurio como monstruo, que fue acuñada por el cine de temática prehistórica en sus comienzos, cada vez está más desterrada del imaginario colectivo, hasta el punto de que en la propia pantalla grande hemos podido observar comportamientos complejos e incluso sentimientos maternales: en la segunda entrega de Parque Jurásico, por ejemplo, se muestra una ligazón emocional entre el tiranosaurio y su cría que se convierte en el pretexto argumental para que el bicho se zampe al malo de la película. Por otro lado, una de las principales habilidades que favorecen la supervivencia y evolución de los seres vivos es la comunicación entre los miembros de una misma especie. ¿Qué conocemos acerca el tipo de sonidos que emitían los dinosaurios? “Lo cierto es que no sabemos mucho –responde Brusatte–. No existe una manera fácil de deducirlo a partir del cerebro, pero sí podemos averiguar algo a partir del oído, examinando la longitud de la cóclea. Esta nos ayuda a establecer cuál es el rango de sonidos que podían escuchar en términos de frecuencia y que, posiblemente, también eran capaces de emitir. Pero eso no nos va a decir si los dinosaurios rugían, bramaban, chillaban o si lanzaban chirridos. Sin embargo, hay algo que sí sabemos, y es que no sonaban como los mamíferos. No vas a encontrar a un tiranosaurio rugiendo como un león, ya que el  felino tiene unas cuerdas vocales particulares de las que carecen los reptiles”.

 

El canto del dinosaurio

Los terópodos, el suborden de dinosaurios en el que se engloban –entre otros– el tiranosaurio y los velocirraptores, estaban forrados de plumas. La evolución los entronca con las aves actuales, lo que plantea una incógnita: ¿podrían cantar? El canto es una señal muy distintiva e importante en las aves. Las distintas especies de pinzones establecen un vínculo con sus crías a través de él. Su aprendizaje les servirá para usarlo como reconocimiento y en el ritual del apareamiento. Un progenitor es capaz de reconocer a su cría sin verla, solo escuchando el canto. “Creo que es muy posible que los dinosaurios se reconocieran entre sí a través de algún tipo de canto, desde luego –opina Brusatte–. No lo sabemos seguro, ya que no disponemos de ninguna evidencia directa. Pero es mi suposición. Muchos dinosaurios eran muy similares a las aves. Y si ahora viéramos a un dinosaurio vivo, nos chocaría su parecido con ellas. Muchos estaban cubiertos de plumas, y crecían de forma muy rápida. Ponían huevos como las aves y cuidaban a sus crías. Creo que el canto debió de ser un aspecto de su biología, y no me sorprendería lo más mínimo, si tuviéramos una máquina del tiempo para viajar al periodo cretácico, que oyéramos un montón de cantos surcando el aire. Nos toparíamos con varias aves, desde luego, pero probablemente con algunos dinosaurios que produjeran ese tipo de sonido”.

Los dinosaurios se apuntan al color

Una característica esencial en las aves son las plumas, cuyos colores y dibujos comunican mensajes para el reconocimiento entre congéneres. Los machos de numerosas aves del paraíso, por ejemplo, ostentan hermosos plumajes repletos de color que atraen a las hembras. ¿Podría haber ocurrido algo parecido con algunos dinosaurios? Brusatte responde: “Sabemos qué colores tenían muchos dinosaurios gracias a los fósiles de sus plumas, ya que estas pueden conservar el pigmento de los vasos, los melanosomas. Si tienes fósiles bien preservados de estas plumas y los colocas bajo un potente microscopio, puedes descubrir sus melanosomas. Conocemos, a partir de los animales modernos, las distintas formas y tamaños que adquieren estos melanosomas, que se corresponden con distintos colores. Así que ahora sabemos que algunos dinosaurios eran marrones, otros de color blanco, otros negros y otros de color rojo. Los había con franjas o con brillos iridiscentes, como ocurre con los cuervos actuales. Y algunos presentaban dibujos de camuflaje. En el caso del rex, desconocemos qué color tenía, ya que no disponemos aún de fósiles de sus plumas”.

 

Buenos padres

Todos los animales poseen, en mayor o menor medida, un instinto paternal –indispensable para la preservación de la especie– que les impulsa a cuidar de sus huevos y, posteriormente, de sus crías hasta que estas son capaces de valerse por sí mismas. Y los dinosaurios, pese a su imagen de crueles reptiles, no fueron una excepción. Un buen ejemplo lo constituye el Oviraptor –en latín, ‘ladrón de huevos’–, un género de terópodos denominados así porque se creía que robaban los huevos de otros dinosaurios para alimentarse de ellos. Sin embargo, hallazgos recientes han demostrado que los huevos que se habían encontrado junto a los restos fósiles de ejemplares de dicho género pertenecían a los propios ovirraptores. De hecho, hay evidencias sustanciales de que aquellas criaturas arriesgaban la vida por defender a su progenie. La principal prueba de esto la ofrece el fósil bautizado Big Mama –en la imagen–, un ovirraptor de ­‑ millones de años de antigüedad que se descubrió sentado sobre un nido de huevos. El pobre animal falleció allí acurrucado, tal vez atrapado por una tormenta de arena o un alud de lodo que lo enterró junto a los huevos que protegía. Probablemente podría haberse salvado si hubiera abandonado los huevos, pero prefirió perecer con ellos antes que abandonarlos a su suerte.