Emergencia climática: guerra al CO2

No podemos posponerlo más: este 2019 debe ser el año de la descarbonización, el comienzo real de la guerra al dióxido de carbono, principal gas de efecto invernadero que ha conducido a la Tierra al cambio climático. El ser humano debe hacer frente a la amenaza que él mismo ha creado, un reto que no tiene fronteras y requiere una acción conjunta de todos los países.

El planeta ha aumentado su temperatura en un grado centígrado con respecto a la época preindustrial. Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), 2018 fue el cuarto año más cálido desde que existen registros (1880), solo por detrás de justo los tres anteriores –2016 ocupa el puesto número uno de este peculiar ranquin, seguido de 2017 y 2015–. Como consecuencia de ello, ya se notan fenómenos extremos cada vez más numerosos e intensos, como huracanes, inundaciones y sequías.

La ciencia lo tiene claro desde hace tiempo: el cambio climático es real, y si no se toman medidas, las consecuencias serán mucho más devastadoras. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), la máxima autoridad científica a nivel internacional al respecto, llamaba a la acción “urgente” en uno de sus informes más recientes. De seguir como hasta ahora, no se podrá contener a 1,5 °C –ni siquiera a 2 °C– la subida máxima de la temperatura global en las próximas décadas, que era el objetivo marcado por el acuerdo internacional contra el cambio climático firmado en París en 2016.

 

Medidas urgentes para frenar el cambio climático

El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), en un reciente informe sobre los principales problemas ambientales del planeta basado en el conocimiento científico disponible, subraya que no estamos en la senda de cumplir las metas para 2030 y 2050 de los distintos acuerdos internacionales sobre cambio climático, desarrollo sostenible y protección ambiental, y apela a las “medidas urgentes”.

 “Cambio climático tenemos ya, pero no es lo mismo con 1,5 °C que con 3 °C o con 5 °C, como señalan los peores escenarios. El reto es tan grande que hay que incidir en todos los sectores”, sentencia Mar Asunción, responsable del Programa Clima y Energía de WWF España. Por esa razón, no podemos seguir procrastinando: hay que afrontar la lucha contra las emisiones de dióxido de carbono (CO2), principal gas de efecto invernadero (GEI) que afecta al clima mundial.

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“Tenemos las soluciones preparadas, y además son muy positivas para las economías y las personas. Ya no hay más excusas”, asegura Mikel González-Eguino, coordinador de la investigación en Bajo Carbón del Basque Centre for Climate Change (BC3). Este think tank –o laboratorio de ideas– de referencia internacional sobre cambio climático ha asesorado al Gobierno español en su Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), en el que la descarbonización de la economía es el eje central.

Una oportunidad de negocio

Luchar contra el cambio climático es además un buen negocio. La Unión Europea (UE) estima que una reducción del 80% de las emisiones movilizaría unas inversiones de 180.000 millones de euros anuales desde 2021 a 2030, lo que conllevaría nuevas empresas, nuevo empleo, mejora de la salud...

“Es una tendencia mundial, y cuanto antes nos subamos al tren, más beneficios económicos, ambientales y sociales lograremos”, sostiene Sara Aagesen, asesora científica del Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO). Según Aagesen, con las medidas previstas en el PNIEC de cara a 2030, “reduciríamos en 2.222 las muertes prematuras anuales por contaminación; disminuiríamos nuestra balanza de pagos, porque no necesitaríamos importar combustibles fósiles, en más de 75.000 millones de euros, que podríamos invertir en nuestro país en más renovables, movilidad sostenible, etc.; y crearíamos 364.000 empleos netos que compensarían a los sectores más perjudicados, como la minería y las térmicas”.

Alrededor de dos tercios de las emisiones mundiales de gases con efecto invernadero derivadas de las actividades humanas están ligadas a la quema de combustibles fósiles para calefacción, electricidad, transporte e industria, según la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA). En la UE, más de un 75 % de las emisiones totales corresponden a los procesos energéticos, según la estrategia para una Europa climáticamente neutra en 2050, que fue presentada por la Comisión Europea (CE) el año pasado.

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La energía es una pieza clave

La energía es, por tanto, la clave en la guerra al CO2. ¿Y qué está pasando en este sector? “Se ha producido una revolución en los últimos ocho años, una reducción espectacular de los costes de las renovables, en concreto de la fotovoltaica y la eólica, así como de las baterías. Con estas tecnologías, de aquí a 2030 se pueden reducir entre un 70% y un 80% las emisiones”, señala Gonzalo Sáenz de Miera, director de Cambio Climático de Iberdrola y vicepresidente del Grupo Español de Crecimiento Verde, creado para fomentar la colaboración público-privada en los actuales retos ambientales.

Ya no sirve la excusa de que las renovables son más caras para no apoyar su uso. “Están demostrando que pueden ser más competitivas que las tecnologías convencionales”, afirma Mercedes Ballesteros, jefa de la División de Energías Renovables del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT). “En España, toda la nueva potencia instalada será rEnovable. La tendencia a nivel mundial es similar: los combustibles fósiles decrecen, mientras se acelera la instalación de renovables”, subraya Aitor Urresti, profesor de Energías Renovables en la Escuela de Ingeniería de Gipuzkoa de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) y experto en política energética.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que, en los próximos veinticinco años, la mitad de la nueva capacidad instalada a nivel mundial será eólica y solar fotovoltaica, con una inversión de unos 14.000 millones de dólares hasta 2040. En España, además, podemos sacarles más partido a estas energías limpias. “Hace ya años, quizá un lustro, que en países soleados como el nuestro sería más barato producir nuestra propia electricidad en casa con paneles fotovoltaicos que comprarla de la red”, explica Pedro Gómez-Romero, profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto Catalán de Nanociencia y Nanotecnología (ICN2) y autor del libro Un planeta en busca de energía (editorial Síntesis).

Otra de las excusas clásicas para no apoyar a las renovables es que el sol o el viento no siempre están disponibles. Aquí también la ciencia y la tecnología están rompiendo mitos, según Gómez-Romero: “El almacenamiento de energía sufre una verdadera re-evolución. Vamos a ser testigos de baterías más potentes, con mayor densidad de energía, de carga más rápida y menor coste. Y también de dispositivos, predominantemente supercondensadores –en los que trabaja su equipo–, más pequeños, flexibles y portables, integrados en nuestra ropa o en el internet de las cosas”.

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La revolución del transporte

El transporte, uno de los grandes consumidores de combustibles fósiles, también se está beneficiando de este avance. Según la AIE, los costes de las baterías se han reducido desde los 1.500 dólares por kilovatio-hora en 2005 a los 150-200 dólares en 2017 –un análisis de Bloomberg NEF lo situaba a finales de 2018 en 176 dólares–, y han mejorado también enormemente en autonomía y tiempo de recarga. Como sostiene el experto del BC3, “nuestros vehículos pueden impulsarse ya por electricidad, generada cada vez más con la energía del sol, el viento, el agua y la biomasa”.

No obstante, el PNIEC reconoce que el uso de los vehículos eléctricos en España aún es muy bajo y que su generalización solo se conseguirá con la paridad de precio con los de combustión, que según los fabricantes se alcanzará hacia 2025. A día de hoy, contamos con cerca de 63.000 vehículos eléctricos en todas sus modalidades –25.000 de ellos son coches, apenas el 1 % del parque automovilístico español–. Sáenz de Miera subraya además las posibilidades de negocio de estas tecnologías, y destaca el ejemplo de China: “Las ven como una oportunidad industrial, y ya lideran su desarrollo mundial. Fabrican el 60 % de las baterías, el 50% de los coches eléctricos y el 65% de la fotovoltaica. En Europa y España estamos perdiendo el tren, porque esto va a toda velocidad”.

La energía más limpia es la que no se genera. Las medidas de ahorro y eficiencia energética en todos los sectores, desde los vehículos y los edificios hasta el sector industrial, resultan básicas en la descarbonización. “La eficiencia tiene el potencial de ahorrar alrededor del 40 % del uso actual de energía primaria, aunque muchas mejoras requieren una inversión significativa”, estima Ballesteros. “Es el pilar número uno, pero no se valora que en todo el ciclo de vida se amortiza la inversión en pocos años, o que es la medida que consigue una mejor relación coste-beneficio”, sostiene, por su parte, Aagesen.

 

Más eficiencia

El avance científico-tecnológico también está ayudando a mejorar la eficiencia. Un ejemplo es el de las bombillas de ledes, que reducen hasta un 90% el consumo de energía de las clásicas incandescentes, y duran mucho más, unas 50.000 horas frente a las 2.000 de aquellas. “En el ahorro y la eficiencia hay múltiples zonas donde investigar”, concluye el investigador del CSIC-ICN2. El uso de renovables en los mismos puntos de consumo –autoconsumo– puede ser de gran ayuda no solo para generalizar estas energías limpias, sino también para aumentar la eficiencia.

Urresti recuerda que el actual sistema eléctrico español tiene unas pérdidas de un 10%. El Gobierno ha aprobado recientemente un real decreto para promover el autoconsumo tanto a nivel residencial como empresarial. Asimismo, explica la asesora del MITECO, la digitalización de la sociedad contribuye a la descarbonización: “Podemos coordinar el consumo energético residencial con nuestra movilidad, hacerla más eficiente, aprovechar la domótica y los sistemas inteligentes, las aplicaciones para saber dónde hay menos tráfico, para compartir energía, etc.”. En opinión del profesor de la UPV/EHU, “la digitalización de los electrodomésticos y de muchos procesos industriales, junto con algoritmos de predicción con inteligencia artificial (IA), pueden ayudar a adecuar el consumo de energía a la disponibilidad de las renovables”.

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Agricultura y cambio climático

Se suele olvidar un sector que influye más de lo que pensamos en el cambio climático: “La agricultura, la silvicultura (cultivo de los bosques y montes) y otros usos de la tierra son responsables de casi un cuarto de las emisiones anuales de GEI causadas por el ser humano”, apunta Daniel Ortiz Gonzalo, investigador del Departamento de Geociencias y Gestión de Recursos Naturales de la Universidad de Copenhague (Dinamarca).

Este experto, especializado en el impacto de la agricultura en el cambio climático, explica que “la deforestación o incluso la progresiva degradación de los bosques tropicales constituyen  una fuente neta de emisiones. Por ejemplo, las emisiones de Indonesia han sido superiores a las de Alemania, el Reino Unido o Japón en el último trimestre del año pasado”. Este sector es además responsable de emisiones de gases con mayor efecto invernadero que el CO2, ya que es el que más metano (CH4) y óxido nitroso (N2O) genera. Y para que los alimentos lleguen a nuestro hogar, hay una cadena que contribuye a las emisiones: “Aunque se suele incluir en el sector de la energía y el transporte, el sistema alimentario al completo supondría hasta el 29 % de las emisiones antropogénicas de GEI”, dice Ortiz Gonzalo.

¿Puede la agricultura aumentar su producción –en 2050 seremos más de 9.000 millones de personas en el mundo– y a la vez reducir su impacto medioambiental? “El reto debe abordarse con muchas soluciones diferentes y un mayor compromiso que el actual”, explica el investigador de la Universidad de Copenhague, que señala algunas de ellas: aplicar medidas técnicas para reducir las emisiones –más de cien países se han comprometido en el acuerdo de París–; frenar la expansión de las zonas cultivadas, aumentando la eficiencia; evitar la deforestación y ampliar la reforestación; impulsar la agricultura climáticamente inteligente (ACI) o la agricultura sostenible adaptada al clima; gestionar de forma eficiente y sostenible los recursos naturales, como el suelo y el agua; incrementar la materia orgánica del suelo; disminuir las pérdidas y el derroche alimentario –un tercio de los alimentos producidos se desperdician a nivel mundial–; o propiciar cambios hacia dietas más saludables y con menor huella de carbono.

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La naturaleza es nuestra aliada

La naturaleza también nos puede echar un cable mucho si la ayudamos y protegemos. “La mayor descarbonización la realiza el propio planeta. De las más de 40 gigatoneladas de CO2 equivalente (GtCO2eq) –medida en toneladas de la huella de carbono– que emitimos a la atmósfera, la mitad prácticamente es absorbida por los ecosistemas”, recuerda Ortiz. “El papel de la  biodiversidad y los sumideros de carbono serán fundamentales, y no solo por el cambio climático, sino por los otros beneficios de conservar nuestro planeta”, apunta Aagesen.

Un artículo publicado recientemente en Nature por varios investigadores internacionales señalaba que restaurar bosques naturales es la mejor manera de retirar el CO2 de la atmósfera. Los bosques, y en general la plantas y organismos vivos que absorben este gas, actúan como sumideros de carbono. El IPCC sugiere que el aumento del área total de bosques y sabanas leñosas del mundo podría almacenar alrededor de una cuarta parte del CO2 atmosférico necesario para limitar el calentamiento global a 1,5 °C. A corto plazo, según los autores del artículo, significaría sumar 24 millones de hectáreas de bosque anuales desde ahora hasta 2030.

El matiz de  bosques naturales es importante, ya que el estudio puntualiza que las plantaciones arbóreas tienen una menor capacidad de absorción. En este sentido, un artículo publicado el año pasado en la revista Nature Climate Change, con participación de investigadores españoles del CSIC-CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales), afirmaba que son los bosques tropicales los que aumentan la capacidad de secuestrar carbono de la Tierra.

El mundo ya se mueve hacia las renovables y la eficiencia, pero no con la rapidez suficiente, subrayan los expertos consultados, que coinciden también en que los avances científico-tecnológicos no pueden conseguir por sí solos las reducciones de carbono necesarias. En opinión del experto de Iberdrola, “hay sectores empresariales que están liderando esta transición, como el eléctrico, el de la iluminación, el del vehículo eléctrico o el financiero, que quiere invertir en energías limpias como oportunidad y evitar los riesgos de tecnologías obsoletas. Pero otros no”.

 La experta del CIEMAT apunta que “la calefacción, la refrigeración y el transporte, que representan aproximadamente el 80% de la demanda total de energía final global, se están quedando atrás”. Eliminar los subsidios a los combustibles fósiles es otra de las medidas indispensables. “Aunque van a menos, siguen existiendo en casi todos los países”, reconoce la asesora del MITECO.

 

Un cambio de hábitos para un mundo mejor

Por su parte, la experta de WWF añade que debería haber máxima transparencia, “para saber, por ejemplo, que en mis fondos de pensión no haya inversiones en fósiles”, e incentivos para que se hagan en energías limpias y la eficiencia, “medidas que a su vez lleven a desinvertir en fósiles”. Los expertos consultados también coinciden en la necesidad del cambio social de modelo de consumo. Para ello, proponen evitar hábitos insostenibles, como el uso masivo del coche privado y el aumento del consumo de carne; y potenciar la economía circular, basada en la reducción de los residuos, la reutilización de los productos y el reciclaje.

Como señala González-Eguino, “la tecnología es la parte fácil de la descarbonización, el cambio de comportamiento será la más difícil, pero tendremos que avanzar en esa dirección”. Este experto considera que ahora “uno de los mayores peligros son los delayers, que no niegan el cambio climático –esos son los deniers–, pero defienden que hay que esperar a futuras tecnologías. El cambio climático no puede esperar”. Aagesen también ve como un desafío la falta de una gobernanza global, de un liderazgo político que lleve a todos los países a aplicar las medidas necesarias.

El informe reciente del Foro de Davos sobre los riesgos globales a los que se enfrenta la economía, destacaba entre ellos el fracaso de los Gobiernos ante el reto climático. Asimismo, los expertos recuerdan que esta transición energética debe ser justa y solidaria con los sectores, los trabajadores y los lugares que sufrirán pérdidas o cambios, y no dejar a nadie atrás. Algo que destaca, por ejemplo, la Declaración de Silesia, firmada en la reciente Cumbre del Clima de Katowice (Polonia). En definitiva, como concluye Sáenz de Miera: “Tenemos de todo, pero faltan objetivos y política. Rompiendo esas inercias, podemos ser optimistas, entre todos vamos a cambiar para ir a un mundo mejor”.