Bebés de diseño: ¿sueño o pesadilla?

La noticia del nacimiento en China de los primeros niños modificados genéticamente gracias a una técnica revolucionaria abre la puerta a eliminar enfermedades hereditarias incurables, pero también a manipular el destino de nuestra especie. ¿Es lícito crear seres humanos a la carta? ¿Qué peligros entraña? Analizamos los interrogantes éticos y científicos de la edición génica.

Con el tiempo algunas historias de ciencia ficción se vuelven reales y las especulaciones que plantean sobre el progreso científico y sus efectos ya no resultan tan fantasiosas como parecían. Este es el caso de Gattaca, un film dirigido en 1997 por Andrew Niccol que retrata una sociedad futurista dominada por la eugenesia o perfeccionamiento de los individuos mediante manipulación del ADN.

Niccol describe un mundo distópico en el que el diseño de bebés evita enfermedades y mejora las capacidades humanas, pero a la vez genera un perverso orden social: en Gattaca lo que eres y a lo que puedes aspirar depende exclusivamente de tus genes. Si la película se estrenase hoy sería menos de ficción y más de ciencia.

 

Niños a la carta

Desde 1997, los conocimientos y las tecnologías para manipular el  ADN se han desarrollado a un ritmo vertiginoso. La elección de niños a la carta empieza a hacerse realidad. Hoy casi cualquier clínica de fertilidad ofrece a los pocos días de la fecundación in vitro un diagnóstico genético preimplantacional (DGP), que consiste en el análisis de las células embrionarias para elegir las más sanas y transferirlas al útero.

Gracias a esta técnica, miles de niños nacen libres de terribles enfermedades monogénicas –aquellas causadas por un solo gen, como la fibrosis quística, el  síndrome X frágil y la enfermedad de Huntington– o de alteraciones cromosómicas, como el síndrome de Down y el de Turner. Incluso algunos bebés ya vienen al mundo con rasgos físicos preseleccionados. En Estados Unidos, México o la India, donde la regulación sobre las técnicas de reproducción asistida es más laxa, hay clínicas que usan el DGP para escoger el sexo y el color de los ojos.

Pero nuestras capacidades aún no están a la altura de Gattaca. En la película, cuando los padres de Vincent, el protagonista, conciben a su hermano pequeño por fecundación in vitro mandan a los médicos que le eliminen no solo las enfermedades hereditarias, sino ciertas características poco deseables – calvicie, miopía, propensión a la adicción, la violencia o la obesidad–, y que lo doten con lo mejor de la genética de cada uno para que tenga un coeficiente intelectual alto, buena visión y una estatura notable.

“En el film parece que elegir embriones con las características que uno quiera es fácil, pero no lo es. La mayoría de los rasgos físicos, metabólicos, conductuales o intelectuales no están determinados por un único gen, sino por la interacción de varios”, dice Gemma Marfanys, doctora en Biología y profesora de Genética en la Universidad de Barcelona.

Por ejemplo, la  estatura depende de unos cien mil polimorfismos de un solo nucleótido –variaciones de ADN que afectan a una sola base (adenina, timina, citosina o guanina) de una secuencia del genoma–.

Aun así, la distancia entre la ciencia actual y la de Gattaca es cada vez menor. Las técnicas de análisis de datos están mejorando a pasos agigantados la capacidad de identificar las causas genéticas de muchas enfermedades y trastornos mentales, así como de cientos de variantes del ADN asociadas a rasgos de personalidad o atributos físicos. Por eso, los test genéticos, tanto para personas como para embriones, son cada vez más completos.

En 2018 la compañía de Nueva Jersey Genomic Prediction anunció que había desarrollado un nuevo DGP que “daría un salto cualitativo en la selección de bebés”. Se trata de un test que estima el riesgo de padecer enfermedades poligenéticas, como la diabetes de tipo 1 y 2 y el cáncer de mama, o incluso de tener un coeficiente intelectual bajo. Aunque aún no está en el mercado, la idea de descartar  embriones por su bajo nivel de inteligencia es muy polémica, pues es una clara aplicación de mejora genética que va en contra de la diversidad. 

 

Llega CRISPR-Cas9

En cualquier caso, los avances en el campo de la edición génica no paran. En 2012, los equipos de la microbióloga y bioquímica francesa Emmanuelle Charpentier, la bioquímica estadounidense Jennifer Doudna y el neurocientífico chino Feng Zhang desarrollaron una tecnología revolucionaria, llamada CRISPRCas9, que permite cortar y pegar ADN de forma sencilla, precisa y barata.

Según Doudna, con CRISPR-Cas9, “el genoma humano es casi tan editable como un texto de Word”. Se trata de una especie de bisturí genético basado en un mecanismo de defensa que tienen las bacterias para reconocer ADN de virus invasores y cortarlo. Su funcionamiento fue descrito en 2005 por el microbiólogo español Francisco Mojica. Años más tarde, los creadores de CRSIPR-Cas9 lo transformaron en una herramienta para editar ADN de cualquier especie.

La tecnología CRISPR, siglas del inglés Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats (repeticiones palindrómicas cortas agrupadas regularmente interespaciadas), ya ha logrado corregir mutaciones asociadas a la diabetes, la insuficiencia aguda del riñón y la distrofia muscular en modelos animales, y eliminar el virus del sida en células humanas. Incluso hay en marcha ensayos clínicos con pacientes para tratar algunos tipos de cáncer  y una ceguera de origen genético, la amaurosis congénita de Leber. Pero ha habido un caso especialmente trascendente.

 

Un anuncio polémico

En 2018, el genetista chino He Jiankui creó mediante CRISPR los primeros bebés de la historia modificados genéticamente. Lo que hizo el investigador, al margen de la ley y de la comunidad científica, fue eliminar el gen CCR5 de las gemelas Lulu y Nana (en su fase embrionaria) para hacerlas resistentes al VIH, la viruela y el cólera.

Un año antes, un equipo internacional de científicos ya había demostrado que era posible borrar una enfermedad genética en embriones, pero a diferencia de Jiankui no llegaron a implantarlos en un útero.

Para entender la magnitud de este experimento hay que saber que no es lo mismo editar células adultas que germinales (óvulos, espermatozoides y embriones). En las primeras, las modificaciones genéticas no se transmiten a las siguientes generaciones, mientras que en las segundas sí, lo que supone poder decidir nuestro destino biológico como especie. Pero que podamos editar ADN embrionario no significa que debamos cruzar esta línea. “Es preocupante que esta maravillosa aplicación de laboratorio se salte un paso y se use en embriones humanos antes de saber que es suficientemente segura”, lamenta Lluis Montoliu, científico del CSIC en el Centro Nacional de Biotecnología (Madrid).

Marfanys tampoco cree que la técnica esté consolidada: “No se puede asegurar que el individuo resultante no sea mosaico (con distintas mutaciones en diferentes células) o que no contenga mutaciones en otros lugares del genoma no previstos”. Pero al margen de estos problemas técnicos, la edición genética de la línea germinal abre un amplio frente de dilemas éticos. Por eso, los creadores de CRISPR y muchos otros científicos reclaman una moratoria global para debatir y consensuar sus posibles aplicaciones.

Editar la genética de embriones, de por sí, supone un riesgo. Aunque las técnicas fuesen seguras, se desconoce en gran medida el funcionamiento del ADN y la interacción de los genes que lo componen. Cualquier imprevisto afectaría a toda la estirpe de humanos venidera. Sin embargo, Jennifer Doudna, en su libro A Crack in Creation, cree que tarde o temprano estas incertidumbres serán asumibles: “Muchos tratamientos médicos se desarrollaron antes de que los investigadores los entendiesen del todo. ¿Por qué CRISPR debe superar un mayor estándar de seguridad? Si la vida de una persona pende de una balanza, la recompensa de usarlo superaría los riesgos”. Quizá con embriones CRISPR debería aplicarse solo en casos puntuales, como las parejas cuyos hijos heredarían una enfermedad grave que no tiene cura. “En otros supuestos bastaría con el DGP para descartar enfermedades de forma segura”, dice Montoliu.

 

Más cerca de la eugenesia

Pero más allá del uso médico, la otra temible aplicación de CRISPR es el perfeccionamiento de humanos. Es cierto que hoy por hoy esta tecnología no permite llegar al nivel de Gattaca. No puede crear seres más inteligentes, bellos, altos y talentosos, ya que no se conocen las causas ni el vínculo genético de estos atributos. Pero hay muchas otras cualidades que se deben a simples mutaciones y ya se podrían conseguir. Mutaciones del gen EPOR podrían conferir un nivel excepcional de resistencia física; las del gen MSTN aportarían mayor masa muscular; alteraciones del gen DEC2 podrían reducir el requerimiento de horas diarias de sueño.

La edición genética de embriones para prevenir enfermedades podría ser el primer paso hacia la eugenesia. Por ejemplo, para reducir el riesgo de que una persona sufra del corazón se podría editar el gen PCSK9, que produce la proteína que regula los niveles del colesterol malo. Modificar el gen APOE disminuiría las probabilidades de alzhéimer. Aunque el objetivo de estas intervenciones en el ADN sea médico, las personas afectadas nacerían con evidentes ventajas respecto al resto, que solo serían accesibles para la gente con alto poder adquisitivo. Pero ¿sería este un motivo para prohibir la medicina preventiva en embriones? ¿Acaso no es desigual e injusto el actual acceso a tratamientos médicos en la mayoría de países del mundo? ¿No es el DGP también una forma de eugenesia, exclusiva para una minoría?

Pero incluso aunque estas terapias fuesen accesibles para todos surgirían otros dilemas. Quizá las parejas dejasen de tener hijos de forma convencional. “Nunca entenderé qué fue lo que empujó a mi madre a ponerse en las manos de Dios y no en las de su genetista”, se pregunta el protagonista de Gattaca. Como es uno de los pocos humanos nacidos de forma natural, Vincent tiene imperfecciones genéticas que, además de predisponerlo a tener peor salud que el resto, lo convierten en un individuo socialmente no válido.

Hoy nadie duda de que, tarde o temprano, las tecnologías de edición genética se acabarán empleando en las clínicas de fertilidad. La segunda cumbre internacional sobre edición del genoma humano (Hong Kong, 2018) asumía que “en el futuro, la manipulación genética de la línea germinal podría ser aceptada si se abordasen los riesgos y se reuniesen unos criterios”.

La cuestión es si se mantendrá la cautela hasta entonces. De momento, el nacimiento de los primeros bebés CRISPR es un aviso de que la caja de Pandora se puede abrir en cualquier momento, y una vez abierta será difícil cerrarla. También es una muestra de las discrepancias existentes sobre los usos de esta técnica. Entre los requisitos para editar embriones, la cumbre de Hong Kong exigía que hubiera una necesidad médica imperiosa y no existieran otras alternativas razonables. Sin embargo, Jiankui no desactivó en el ADN de las niñas chinas una secuencia que les fuese a causar una enfermedad incurable, sino que las hizo resistentes a ciertas infecciones. Para muchos este es un claro ejemplo de mejora genética, aunque Jiankui no esté de acuerdo.

 

Necesidad de una regulación global

Parece clave lograr una regulación global consensuada de la edición de embriones. Para Montoliu, “haría falta añadir un nuevo punto a la Declaración Universal del Genoma Humano de la UNESCO que impida el uso de la edición génica en personas mientras no sea suficientemente segura y solo para aplicaciones terapéuticas tras un debate con todos los sectores implicados”. Un marco legal común también evitaría el desarrollo del turismo genético. No es descabellado pensar que si cada país tiene su propia ley, los más permisivos atraerían a viajeros interesados en prácticas de edición génica que son ilegales donde viven. Algo parecido a lo que sucede hoy con los vientres del alquiler.

Las primeras terapias con CRISPR se están haciendo ex vivo (fuera del organismo) para que resulten más seguras. Ya hay en marcha ensayos clínicos de inmunoterapia contra el cáncer que consisten en extraer células inmunes del paciente, modificarlas genéticamente y volverlas a trasplantar para que reconozcan y destruyan células tumorales. También se está utilizando para tratar enfermedades sanguíneas, como la betatalasemia. Pero esta estrategia solo vale con unas pocas dolencias: el objetivo es aplicar CRISPR dentro de los pacientes (in vivo) de forma segura.

Estamos especulando, pero dado el potencial de esta tecnología hay que imaginar los posibles escenarios antes de que se imponga uno que nos haga arrepentirnos. Nadie vio venir el devastador impacto en los océanos de los plásticos de un solo uso, ni que los compuestos CFC, principalmente aerosoles, agujerearían la capa de ozono. Las tecnologías no son en sí buenas o malas, lo importante es cómo se usan. Estamos a tiempo de medir las consecuencias de lo que le queremos hacer a la molécula que nos codifica, pero si esperamos demasiado podríamos perder la oportunidad. “El poder de controlar el futuro genético de nuestra especie es increíble y aterrador. Decidir cómo gestionarlo puede ser el mayor reto al que nos hemos enfrentado”, alerta Doudna. ¿Estaremos a la altura?