Asia, la otra cuna de la humanidad

La mayoría de los paleoantropólogos coinciden en que el género humano surgió y evolucionó en África, al menos en un primer momento. No obstante, los restos hallados en ciertas zonas de Asia sugieren que en este continente florecieron distintas especies de homininos cuya huella genética perdura en nosotros.

Cuando reflexionamos sobre la existencia de vida inteligente, tendemos a pensar que nuestra especie se encuentra sola. Tratamos de paliar esa soledad rastreando el espacio, en busca de alguna señal de una hipotética civilización extraterrestre, pero nos olvidamos de que apenas unas decenas de miles de años atrás compartíamos el planeta con otros homínidos con capacidades cognitivas muy parecidas a las nuestras.

En las últimas décadas, se han multiplicado los descubrimientos de restos de antiguas especies humanas, y cada vez son más los hallazgos que sugieren que nuestros antepasados directos se relacionaron con algunas de ellas. Hoy, los científicos ponen menos reparos en aceptarlo, pero no siempre fue así. De hecho, hasta prácticamente el final del siglo pasado, nuestros extintos primos evolutivos lo tenían muy complicado para entrar en el exclusivo club humano. Hasta entonces, nuestro pasado se pintaba como una cadena en la que cada eslabón representaba una especie de homínido que había ido dando lugar a la siguiente. Pero los fósiles que han ido apareciendo han dejado bastante claro que no es así. Más bien, se parecería a un tupido árbol cuyas ramas se tocan entre ellas. El tronco del mismo se encontraría en África. Si retrocediéramos en el tiempo unos cuantos millones de años, solo nos toparíamos con nuestros ancestros en ese continente.

Los primeros humanos presentaban las adaptaciones más adecuadas para vivir en ese entorno, dominado, en su mayor parte, por un clima cálido y seco, pero bastante impredecible. Precisamente, este último aspecto pudo favorecer que desarrolláramos una habilidad que nos confiere una interesante ventaja frente a otros animales: nuestra extraordinaria capacidad para amoldarnos a muy distintos ambientes. Esta, junto con los logros tecnológicos que ha ido alcanzado nuestra especie a lo largo de su historia, nos ha permitido colonizar todo el planeta, incluso las regiones desérticas y polares.

 

El homínido explorador

No obstante, tal aventura se ha prolongado milenios, y no ha sido fácil. Entre las distintas variedades de homínidos desaparecidos, uno, en concreto, destacó por su deseo de explorar las tierras situadas más allá de su lugar de nacimiento: el Homo erectus. Este podría haber surgido en África hace unos dos millones de años, pero solo 200.000 años después ya se encontraba establecido en lugares tan remotos como Java, en el sudeste de Asia, y otras islas a las que solo podía llegarse por mar, como la de Flores, en Indonesia, y la de Luzón, en las Filipinas. Ello, además, quizá signifique que algunos habrían ideado el modo de navegar cierta distancia.

Si de verdad fue así, durante su derrotero, que les llevó cientos y cientos de generaciones, penetraron en Oriente Medio, una región que, según se desprende de los restos que han ido saliendo a la luz, les sirvió como cabeza de playa para adentrarse en Europa, Arabia, Rusia, China, la India y las zonas más alejadas del sudeste asiático. El Homo erectus continuó evolucionando donde se fue asentando, adaptándose a los diferentes climas y biomas.

De este modo, poco a poco fue desarrollándose otra gran cuna de la humanidad en Asia, donde, al igual que en África, acabarían apareciendo varias especies humanas. En todo ello, la tecnología jugaría un papel clave. Desde nuestra perspectiva, podríamos pensar que el Homo erectus no destacaba especialmente en este sentido. Hoy, nos parece normal que un ordenador se quede obsoleto en unos pocos años, pero en aquella época pasaban siglos y siglos sin que se produjeran adelantos significativos. En realidad, la tecnología no siempre ha avanzado tan rápido como en nuestro tiempo, y si ahora es así, es porque los actuales logros se han ido apoyando en los anteriores.

Una tecnología muy avanzada

Pues bien, a nuestro héroe primigenio le tocó arar el terreno. Hace unos 700.000 años, los miembros de esa especie que se habían establecido en las cuevas de Zhoukoudian, a unos 40 kilómetros de la actual Pekín, aprendieron a diseñar herramientas líticas considerablemente más avanzadas que las de sus predecesores. Un equipo de investigadores dirigido por el arqueólogo Chen Shen, del Museo Real de Ontario (Canadá), ha descubierto que aquellos homínidos no solo idearon artefactos especializados, que usaban para procesar de muy diferentes formas los animales que capturaban, sino que, para ello, combinaron distintos materiales, como, por ejemplo, piedra y madera. En opinión de Shen y sus colaboradores, esto muestra que habían alcanzado un nivel de destreza e inteligencia que se aproxima al de los humanos modernos.

Con el paso de los siglos, el viejo mundo empezó a estar muy concurrido, tanto por los Homo erectus como por otras especies más o menos emparentadas con ellos. Hace algo más de 200.000 años, mientras los neandertales prosperaban en Europa en muchos de los lugares que antes habían ocupado los Homo heidelbergensis, y los primeros Homo sapiens hacían lo propio en África, otro grupo humano, del que aún se sabe poco, pero que probablemente estaba relacionado como los citados heidelbergensis, llevaba ya tiempo dejando su impronta en Asia: se trataba de los denisovanos.

 

Un crisol de especies

Esta zona del mundo acabaría pareciendo un crisol de especies de distintas humanidades, algunas tan llamativas como la que habitó hasta hace unos 54.000 años la antes mencionada isla de Flores, y cuyos miembros, que presentan un cierto parecido anatómico con los Homo habilis, han sido apodados hobbits por su pequeño tamaño; los Homo floresiensis rondaban el metro de altura. Los Homo luzonensis, a los que también se denomina hombres de Callao, por el nombre de la cueva filipina donde han aparecido sus restos, también eran de escasa estatura. La desaparición de ambos coincide más o menos con la llegada de los Homo sapiens a las zonas en las que vivían, pero no está claro que una cosa esté relacionada con la otra.

Yacimiento en el que se descubrieron los restos de ‘Homo floresiensis’ en el año 2003

 

El primer espécimen de Homo erectus se encontró precisamente en otra isla asiática. Fue en la de Java, en 1891, aunque pasarían casi sesenta años antes de que la comunidad científica acordara darle el nombre que aún ostenta. A ese extraordinario hallazgo le siguieron muchos más, pero en su mayor parte eran fragmentarios o no podían ser fechados con seguridad.

Sin embargo, gracias a los avances tecnológicos y científicos, hoy en día un simple diente nos puede aportar información muy jugosa. Por ejemplo, el estudio de cuatro piezas dentales de unos 240.000 años de antigüedad descubiertas entre 1972 y 1983 en la cueva de Yanhui, en Tongzi, en el sur de China, ha acrecentado mucho nuestro conocimiento sobre ese momento del Pleistoceno.

Según el paleoantropólogo José María Bermúdez de Castro, uno de los expertos que han participado en esta iniciativa, el análisis apunta que el poblamiento de China es mucho más complejo del que se había planteado hace unos años. “Además de poblaciones de Homo erectus, hubo otras, que pudieron llegar a la zona hace entre 300.000 y 200.000 años. Quizá hibridaron con aquellos o tal vez los sustituyeron. Habrían llegado desde el oeste y podrían estar relacionadas con los grupos que han sido incluidos por varios autores entre los Homo heidelbergensis o tal vez con los denisovanos”, explica Bermúdez de Castro, que coordina el Programa de Paleobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, en nuestro país.

Los autores del ensayo sobre los citados dientes, publicado en el Journal of Human Evolution, sugieren que podrían pertenecer al linaje de estos últimos y no al del Homo sapiens o el Homo erectus, como hasta ahora se creía. No obstante, ¿podría un grupo de Homo erectus haber desarrollado adaptaciones parecidas a las de los humanos modernos y convertirse en los misteriosos denisovanos? La pregunta aún no tiene respuesta.

 

El hallazgo de los denisovanos

En 2010, se supo de la existencia de esta especie o subespecie humana. Ese año se anunció el hallazgo de la mujer X. En realidad, se trataba de un fragmento de hueso del dedo de una niña que había vivido en la cueva de Denisova, en Siberia, hace unos 40.000 años, cuya genética no encajaba con la de las poblaciones conocidas hasta entonces.

En los nueve años que han pasado se ha podido conocer mucho más sobre estos enigmáticos parientes. A partir del estudio del ADN mitocondrial –este se hereda exclusivamente por vía materna– de un fémur de 400.000 años encontrado en la Sima de los Huesos, próxima a la localidad burgalesa de Atapuerca, se ha podido inferir que estaban más relacionados con los homínidos que en esa época vivieron en esta zona de España que con los neandertales, lo cual, sin embargo, abre aún más interrogantes; en este caso, sobre las relaciones y desplazamientos que protagonizaron los humanos arcaicos en ese remoto pasado.

Lo cierto es que el legado genético de los denisovanos perdura en distintas poblaciones actuales asiáticas. Recientemente se ha publicado en la revista Nature un hallazgo que ha venido a confirmar que se trataba de un grupo diverso, que se extendió desde Siberia hasta China, y cuyo rastro aún puede seguirse en la región más elevada del planeta: la meseta del Tíbet. La pieza, apenas un pedazo de mandíbula, es el fragmento de hueso más completo hasta ahora atribuido a un denisovano. Ha aparecido a 3.280 metros de altitud, en una cueva de Xiah (China), a 2.200 kilómetros de la de Denisova.

Hasta ahora, se pensaba que esta zona solo había sido colonizada por nuestra especie, hace unos 40.000 años. Pero este resto demuestra que los denisovanos ya estaban allí hace 160 milenios. De hecho, se ha podido determinar que el gen responsable de que los actuales tibetanos se hayan adaptado a vivir donde lo hacen y que, en esencia, les permite habitar en entornos con menores niveles de oxígeno mejor que otras personas, podría ser en realidad de origen denisovano. Y no son los únicos. El material genético de estos últimos también está presente en los papúes, melanesios y aborígenes australianos.

Hasta hace poco, la evolución humana en Asia a lo largo de los últimos 700.000 años ha sido contemplada de forma parcial, protagonizada por grupos de homínidos diferentes que no se relacionaron en el espacio o en el tiempo. Pero los nuevos descubrimientos apuntan en sentido contrario.

 

Una continuidad evolutiva

Al parecer, no solo sí estaban conectados, sino que incluso podría haberse dado una continuidad evolutiva desde el momento en que el Homo erectus se extiende por la zona hasta la actualidad, algo que confirmaría la aparición de un cráneo de unos 300.000 años en la cueva de Hualongdong, en el sudeste de China. En un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), un equipo internacional de investigadores muestra que se trata de unos fósiles especialmente importantes, ya que de ellos se desprende que, si bien se daban ciertas variaciones regionales en las poblaciones arcaicas del este de Asia, existiría una continuidad de la biología humana. 

Uno de los coautores de este ensayo es Erik Trinkaus, un afamado paleoantropólogo de la Universidad de Washington, en San Luis (EE. UU.). “Los restos de Hualongdong han aportado información clave sobre la forma de los dientes y del cráneo, en general. Su análisis, junto con lo que sabemos de otros restos hallados con anterioridad, indica que, aunque difería el modo en que las características anatómicas se combinaban en los individuos en distintas regiones, se dio una continuidad en la evolución humana”, señala Trinkaus.

Lo que estos investigadores vienen a mostrar es que, en última instancia, ese fenómeno, que se aprecia, por ejemplo, en el progresivo desarrollo de estructuras craneofaciales más gráciles, podría rastrearse desde los antiguos Homo erectus hasta las poblaciones de humanos modernos, y no solo en Asia; también en Europa y en África.  

El cráneo de Hualongdong y la posible mandíbula denisovana del TíbeT son las últimas piezas de un puzle que revela –si es que a estas alturas no estaba claro– la complejidad de nuestro árbol familiar evolutivo. “En cierto modo, esta se corresponde con la acusada diversidad en las formas corporales que se desprende del estudio del registro fósil. Por decirlo de alguna forma, nos encontramos con el fin de los modelos simples”, indica el biólogo español Carles Lalueza Fox, una autoridad mundial en el estudio del ADN antiguo.

Para Trinkaus y los otros cofirmantes del estudio publicado en PNAS es posible que los restos de la remota cueva de Denisova o los aparecidos en la isla de Flores no sean más que experimentos evolutivos, periféricos, y que no representen la auténtica evolución humana durante el Pleistoceno en esa zona del mundo. Las claves para entenderla y, con ello, el trasfondo en el que surgió nuestra especie, deberían buscarse en el corazón de las regiones continentales. Algo similar habría ocurrido en África.

De hecho, aunque ha venido aceptándose que nuestros más remotos ancestros provienen de su parte este, donde ya vivirían hace unos 200.000 años, el descubrimiento de fósiles cien mil años más antiguos en Marruecos sugiere que para entonces ya se habían expandido por todo ese continente.

Es posible, incluso, que los actuales humanos hayamos evolucionado a partir de diversas poblaciones que comenzaron a entrecruzarse hace unos 500.000 años. No obstante, esa continuidad a la que se refieren los científicos ha sido objeto de debate durante mucho tiempo, y probablemente seguirá siéndolo, sobre todo en el caso de Asia. La mayoría de los fósiles encontrados allí están demasiado fragmentados, en mal estado o no han podido datarse con seguridad, lo cual no ayuda precisamente a aclarar este asunto.