Vera Rubin y la materia oscura

La astrónoma fue pionera en la medición de la rotación de las estrellas. Sus descubrimientos ofrecieron pruebas de la existencia de la materia oscura en el universo.

La infancia de Vera es una muestra de cómo la educación familiar influye en el futuro de las personas, tanto en lo referente a lo personal como a lo profesional. Vera Florence Cooper nació el 23 de julio de 1928, en Filadelfia, Estados Unidos. Su padre, Philip Cooper fue un ingeniero eléctrico judío emigrado de Polonia que trabajó en Bell Telephone. Su madre, Rose Applebaum, se graduó en cálculo y también trabajó en Bell. La inclinación de Vera por la astronomía nació en 1938, cuando la familia Cooper se mudó a Washington. La infancia de Vera fue feliz, con una familia que vivía con cierta comodidad económica en mitad de una época de recesión que significó una etapa de penurias para miles de personas.

Con solo catorce años quiso construir su propio telescopio. Para lograr su cometido usó cartulinas y reutilizó las lentes de aumento de dos lupas. Logró su objetivo, y así lo recuerda años después en la respuesta a un periodista: «No podía dejar de mirar las estrellas. Es más, me parecía inconcebible que todo el mundo no estuviese tan fascinado como yo ante ese espectáculo de lucecitas girando en la noche». La vocación de astrónoma le llegó a Vera desde su infancia y así se lo hizo saber a sus padres desde entonces. Su nuevo dormitorio en Washington tuvo algo que ver, o tal vez fue casualidad. Lo cierto es que la ventana estaba situada justo delante de ella, de tal modo que lo último que veía antes de cerrar los ojos era el lento movimiento de las estrellas en el firmamento. Por esa misma ventana es por donde hace un «estudio científico» con doce años que le lleva a unas conclusiones simpáticas.

Vía Láctea
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Se enteró por los periódicos que Washington presenciaría una lluvia de estrellas, así que se preparó delante de su ventana para observar el espectáculo. Vera pensaba que eran estrellas de verdad y no pequeños objetos que se incendiaban al entrar en contacto con la atmósfera terrestre. Quería saber cuántas quedarían en el cielo tras la lluvia para saber cuáles la acompañarían por la noche mientras dormía. Así que dibujó en un papel todas las estrellas que pensaba que se habían caído y pensó que el número de estrellas en el cielo seguía siendo enorme. Sus progenitores sonrieron con cariño cuando la astrónoma en potencia les mostró su «descubrimiento». Pero más que un mapa infantil y unas conclusiones infantiles, lo que vieron sus padres fue un mapa estelar con las constelaciones colocadas de forma correcta.

Sus progenitores, modernos y abiertos para la época, animan a Vera a seguir con su pasión por la astronomía. Pero en la escuela no ocurría lo mismo, pues intentan quitarle de la cabeza un futuro profesional que consideran plenamente masculino. «Mientras esté usted alejada de las ciencias, todo le irá bien, señorita», le acaba diciendo su profesor de Física cuando se gradúa en secundaria a la edad de dieciséis años. Incluso una profesora la animó a dedicarse a pintar escenas astronómicas decorativas.

Pero su vocación era tan clara que consigue su licenciatura en Astronomía en 1948, un mes antes de cumplir los veinte años. En septiembre del mismo año se casaría con Robert Rubin, un físico-químico cuyos padres eran amigos de los padres de Vera. Habían sido presentados con la esperanza de que se uniesen y parece ser que la chispa del amor prendió. Llegaron a tener tres niños y una niña.

Ni el matrimonio ni los grandes rechazos por su condición femenina la alejan de su sueño científico. De hecho, acaba realizando un doctorado por la Universidad de Cornell. Sus grandes descubrimientos en el mundo de la astronomía fueron ignorados por un gremio que no la tomaba en serio. Sin embargo, el tiempo acabó dándole la razón y sus ideas tuvieron que ser aceptadas, aunque décadas después. Así que fue desoída con su trabajo sobre las curvas de rotación de las galaxias en el que hizo ver junto a su colega Kent Ford que la velocidad de rotación de las estrellas en una galaxia no era el esperado por las leyes de Newton. Daba igual si estaban en el centro de la galaxia o en la periferia, todas las estrellas parecían tener la misma velocidad. Y aportó pruebas para ello, comenzando por Andrómeda y siguiendo con otras sesenta galaxias. Este descubrimiento supone una de las pruebas más sólidas de la existencia de la materia oscura en el universo.

Vera Rubin murió en el año 2016, a la edad de 88 años, sin ganar el premio Nobel, pero sí muchos y grandes honores del mundo de la astronomía.

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