Una bomba de roca: así fue la explosión de Tunguska

En 1908 en Siberia, a 1 600 km de Moscú, un objeto desconocido proveniente del espacio exterior estalló en la atmósfera sobre el río Tunguska, devastando un área 2 000 kilómetros cuadrados de taiga.

 

El 25 de julio el asteroide 2019 OK, de unos 75 metros de diámetro, pasó a escasos 71.000 km de nuestro planeta, la quinta parte de la distancia a la Luna, algo que el astrónomo australiano Alan Duffy calificó de “incómodamente cerca”. Aunque no lo fue tanto como el 9 de febrero de 2013, cuando el asteroide de 30 metros de diámetro 367943 Duende, descubierto en 2012 por astrónomos mallorquines desde el Observatorio de La Sagra, en Granada, pasó a la distancia récord de 27.000 km sobre la superficie terrestre, por debajo de la órbita de nuestros satélites de telecomunicaciones, que se sitúan alrededor de los 35.000 km de altura.

El 2019 OK es un asteroide de los que se llaman Destructores de Ciudades, o CityKillers, y esta detección de último minuto nos revela que aún nos falto mucho por conocer del espacio inmediato que nos rodea. “No estamos ante una película de Hollywood”, añade Duffy. “Estamos ante un peligro muy real y cercano”. Prueba de ello lo tuvimos en la mañana del 15 de febrero de 2013, cuando un meteorito de unos 20 metros y 10 000 toneladas cruzó el cielo al sur de los Urales y por encima de la ciudad rusa de Chelyabinsk, para acabar explotando a 80 km de distancia y a 20 de altura: la onda de choque levantó tejados y rompió ventanas, dejando más de un millar de heridos y 30 millones de euros en reparaciones. Pero lo aterrador es que no había pasado ni un siglo desde que algo parecido sucedió al otro lado de los Urales, a unos 1 600 km al este de Moscú.

Allí se encuentra una vasta región de pantanos, ríos y bosques que se extiende desde el Océano Ártico hasta Mongolia, y desde los Urales hasta Manchuria. Con una superficie mayor que Europa Occidental, es una zona muy poco poblada y la mayor parte del tiempo está cubierta de nieve. Solo durante unas pocas semanas estivales la nieve desaparece y los renos pacen entre los pinos. Hay pocas carreteras y poquísimas ciudades: sólo el Transiberiano demuestra que por allí ha pasado el ser humano.

En el corazón de ese lugar se encuentra el valle del río Podkamennaia Tunguska. En ese inaccesible y casi bucólico escenario, a las 7 de la mañana del 30 de junio de 1908 una «cosa» de un resplandor cegador, a pesar de la luz del Sol, surcó el cielo dejando una intensa estela de humo. Según testigos presenciales, al desaparecer por el horizonte se vio un resplandor azulado y se escuchó el sonido de una explosión, audible en un radio de 1 500 kilómetros. Los sismógrafos de Asia y Europa registraron el paso de una onda sísmica, y una onda de presión atmosférica arrojó al suelo a personas y arrancó las tiendas de los nómadas evenkos acampados a varios kilómetros del lugar del impacto. En un instante los árboles y los renos fueron aniquilados en un radio de 50 km. La onda expansiva envolvió la Tierra y lanzó tanto polvo a la estratosfera que la luz solar se dispersó desde la cara iluminada del globo a la parte oscura. A 10 000 km de distancia, en Londres, el cielo de medianoche se iluminó como si fuera el atardecer. En Washington se detectó su paso, debilísimo, ocho horas después de la explosión. Los habitantes de la región hablaban de bosques arrasados, pero nadie les creyó.

 

Tunguska: en busca de una explicación

En 1927 la Academia de Ciencias Soviética decidió enviar una expedición liderada por el minerólogo ruso Leonid Kulik. Tras muchos días de marcha por la helada taiga los científicos encontraron el bosque del que los evenkos hablaban desde hacía veinte años: en un área de 2 150 km2 los árboles estaban arrancados y dispuestos en dirección radial. En el punto exacto bajo la explosión observó un gran llano fangoso, como si miles de excavadoras hubieran arrasado el bosque para construir una ciudad más grande que Madrid. Los de la zona que rodeaba la depresión pantanosa donde se produjo la explosión estaban desmochados, con los troncos desnudos y abrasados. En otras zonas estaban chamuscados debido a una onda térmica de elevada temperatura de duración muy breve y proveniente de lo alto. Pero lo más misterioso es que no se encontró ningún cráter; únicamente había una gran depresión pantanosa de 10 kilómetros de extensión con numerosos hoyos de 5 a 30 metros de diámetro llenos de agua y cubiertos de musgo.

Mucho se ha especulado acerca de qué es lo que pudo chocar con la Tierra aquel día de 1908. Propuestas estrafalarias como la de una nave extraterrestre -que venía a repostar agua dulce en el lago Baikal- o imaginativas como un microagujero negro de un tamaño inferior a una milésima de milímetro pero con una masa de cien billones de toneladas, han dejado paso a propuestas más serias, como el impacto del núcleo de un cometa o de un asteroide.

Algunas pruebas apuntan a que fue un asteroide. En 1994 se encontraron partículas meteoríticas en la resina de las coníferas del lugar, y en los hielos de Groenlandia se halló una alta concentración de iridio, que es un marcador clásico de impacto meteorítico, en una capa correspondiente al año 1908. ¿Pudo ser un asteroide pétreo de 30 metros de diámetro? Entonces, ¿por qué no dejó huellas del impacto? ¿Cómo pudo volatilizarse completamente en el aire? El debate continúa. Lo único cierto es que aquella fría mañana siberiana “algo” con un diámetro mayor que un campo de fútbol y cargado con 10 millones de toneladas de piedras moviéndose a una velocidad de 15 km/s se volatilizó a unos ocho kilómetros del suelo provocando una deflagración de 20 megatones, mil veces mayor que la bomba de Hiroshima.

Referencias:

Barnes-Svarney, P. (1993) Asteroid. Earth destroyer or new frontier?, Plenum Press

Close, F. (1994) Fin. La catástrofe cósmica y el destino del universo, RBA

Surendra, V. (2006) The Mystery of the Tunguska Fireball, Icon Books Ltd.

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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