¿Un diamante es para siempre?

No existe nadie que no conozca esa famosa frase, aunque muy pocos saben su origen. Fue en 1946 la todopoderosa multinacional del diamante De Beers encargó una encuesta entre más de 5.000 adultos estadounidenses y descubrió que muy pocos asociaban el diamante a los anillos de pedida, copado por gemas como el rubí, el zafiro o la turquesa. Había que darle la vuelta a la situación y contrató a una empresa de publicidad. Así empezó el nuevo el negocio del diamante.

Los diamantes, cuyo nombre viene del griego adámas (inalterable), son lo más peculiar de las rocas y minerales que podemos encontrar en el planeta. Junto con los zafiros, los rubíes y las esmeraldas forman el cuatriunvirato de las piedras preciosas. Son la sustancia más dura conocida en el universo. En bruto tiene el aspecto de una roca cristalina sin valor, incluso pueden confundirse con otras como la obsidiana, y únicamente al tallarlos revelan su esplendor. Es esa belleza muerta la que hizo cantar a Marilyn Monroe que son “los mejores amigos de una chica”, quizá porque creía que si un hombre falla a una mujer al menos puede vender sus diamantes. Sin embargo, es más un deseo que una realidad pues lo que se suele conseguir es entre un tercio y un quinto del precio original. Eso sí, la mitad de los hombres del planeta los compran en un momento en que apenas pueden permitírselo. Hoy es un símbolo del amor pero hubo un tiempo se les creía venenosos, una fábula que probablemente propalaron los propietarios de las minas para que sus trabajadores no los robaran tragándoselos.

¿Cuándo se convirtió el diamante en la mayor prueba de amor? En 1947 por encargo de la empresa que monopolizaba el mercado del diamante del mundo, la sudafricana De Beers. El año anterior había contratado a la empresa de publicidad de Filadelfia N. W. Ayer & Son para convencer a los norteamericanos de que el diamante era la gema perfecta para los anillos de pedida, y lanzó una campaña basada en pinturas francesas de lugares románticos: no funcionó.

Una tarde de abril de 1947 todo cambió. Una joven creativa de la empresa llamada Frances Gerety se había quedado para terminar el trabajo: el cliente estaba esperando un eslogan, algo que engarzara toda la campaña como un diamante a su broche. “Bajé la cabeza y dije, ‘por favor Dios, mándame una línea’”. Entonces se incorporó y escribió: A Diamond is Forever, un diamante es para siempre. El eslogan catapultó el mercado del diamante a la estratosfera. La frase de Gerety se ha traducido a más 30 idiomas y gracias a ella cerca del 80% de las parejas que se prometen en matrimonio en Estados Unidos, Europa y Japón lo hacen con un diamante.

El diamante es la sustancia más dura, pero se puede romper

Claro que un diamante no es para siempre. A finales del siglo XVII el Gran Duque Cosme III pidió a la academia científica de Florencia, la Accademia del Cimento, que fijara “un diamante en el foco de una lente de quemar” para ver lo que sucedía. Los científicos así lo hicieron y vieron como se rompía, centelleaba y, finalmente, desaparecía sin dejar rastro. Metidos en un horno a altas temperaturas, la bandeja donde se había depositado salía sin nada que demostrara su existencia. ¿Qué había pasado? Hubo que esperar al gran Lavoisier para comprender lo que estaba pasando: quemados ante una fuente ilimitada de oxígeno se convertían totalmente en dióxido de carbono. El porqué era así escapó a su comprensión, hasta que en 1796 el químico Smithson Tennant dio con la solución: los diamantes estaban hechos con el mismo elemento que el carbón. Como escribió la periodista Victoria Finlay en su libro Jewels, “es grafito con un buen día”.

Es curioso que una de las falsas concepciones más populares de los diamantes sea que, por ser las sustancias más duras, no se pueden romper. En tiempos de los romanos se creía que solo la sangre de un niño sacrificado podía desmenuzarlo, y Pizarro y sus hombres destrozaron gran cantidad de esmeraldas al suponer que las verdaderas tenían la misma falsa indestructibilidad que el diamante. De hecho, el jade nefrítico, que es una de las piedras más duras que existen, difícilmente se puede romper con un martillo a pesar de que solo tenga un 6,5 en la escala de dureza de Mohs. El diamante, con un 10, se puede destrozar de un golpe.

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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