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Guillem Anglada-Escudé, doctor en astrofísica

‘Un asentamiento en Marte nos daría soluciones a muchos problemas de la Tierra’

El investigador del CSIC y descubridor de Proxima b explica el diseño de una ciudad sostenible en Marte y habla de la necesidad de generar una economía espacial.

El investigador del ICE y descubridor de Proxima b Guillem Anglada-Escudé./ ICE-CSIC
El investigador del ICE y descubridor de Proxima b Guillem Anglada-Escudé./ ICE-CSIC

Guillem Anglada-Escudé es doctor en astrofísica e investigador del Instituto de Ciencias del Espacio (ICE- CSIC) con un contrato Ramón y Cajal desde 2019. Es experto en exoplanetas, análisis de datos y exploración planetaria. Ha liderado el equipo de la red internacional Sustainable Offworld Network (SONet), que ha diseñado el proyecto Nüwa: un modelo de desarrollo sostenible en Marte que quedó entre los 10 finalistas del concurso convocado por la organización The Mars Society el año pasado. Se puede conocer más sobre este proyecto en la exposición “Marte. El espejo rojo” del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), abierta hasta el 11 de julio, en la que Anglada-Escudé ha participado activamente.

Anglada-Escudé también es el investigador principal del equipo que descubrió el exoplaneta más cercano a la Tierra en 2016: Proxima b. Lidera el equipo del proyecto Red Dots, centrado en la detección de los planetas terrestres más cercanos al Sol, y es miembro del consorcio CARMENES. En los últimos años, ha trabajado como investigador posdoctoral en Carnegie Insitution for Science en Estados Unidos, en la Universidad de Göttingen, en Alemania, y como profesor en la Universidad Queen Mary de Londres, en Reino Unido.

El astrofísico Carl Sagan dejó un mensaje para los y las astronautas que vayan a Marte en el futuro, en el que decía que no sabía por qué queremos ir a Marte, pero que se alegraba de que estuvieran ahí. ¿Por qué queremos ir a Marte?

Queremos investigar Marte, igual que queremos investigar la Antártida o cómo funciona la Tierra, y Marte tiene elementos muy peculiares en el sistema solar. Básicamente es ver si la vida puede iniciarse en otro sitio que no sea la Tierra. Si la respuesta fuera afirmativa y encontráramos registro fósil de alguna forma de vida, eso indicaría que el Universo probablemente esté lleno de vida. Esto puede ser en Marte o en las lunas de Júpiter. Si había vida en Marte con las condiciones que hubo, que se parecen a las de la Tierra, significaría que la vida es un fenómeno ubicuo y que, por lo tanto, no estamos solos.

En Marte encontramos dos cosas: por un lado, el origen de la vida; y, por otro lado, el hecho de intentar vivir en sitios distintos, intentar salir del planeta, ver si se puede vivir fuera de la Tierra. Hay quien piensa que Marte sirve como bote salvavidas por si algo ocurre en la Tierra, pero no creo que sea un bote salvavidas. La exploración planetaria –no la espacial– nos fuerza a salir de nuestra zona de confort, tomar perspectiva y reformular cosas muy fundamentales. Eventualmente, establecer un nuevo asentamiento o una nueva sociedad en Marte probablemente nos daría las soluciones a muchos problemas que tenemos en la Tierra también.

 

¿Qué le diría a alguien que le preguntara qué beneficios puede aportar la exploración espacial en el contexto actual de pandemia?

Esta es la pregunta que tiene que responder toda la ciencia básica. ¿Qué necesidad hay de estudiar física cuántica, cómo se comportan las partículas o ciertos animales? Al final, es conocimiento que se acumula y se entrelaza y ayuda a progresar. El progreso real no ocurre centrándose en un área especializada, sino cuando se integra lo que se aprende de Marte con lo que se aprende en física cuántica y lo que se aprende en biología. Es uno de los terrenos fértiles para desarrollar conceptos nuevos.

Nos dirán que el espacio es muy caro, pero esto es muy falaz: no es cierto que sea caro. Hay un problema de percepción y comunicación. Se percibe que son unas cantidades enormes de dinero, pero porque es [un gasto] muy puntual: va condensado en una misión o en un instrumento. El progreso viene de entrelazar conocimiento de varias ramas. La exploración espacial, sobre todo la humana, parece más cara. Poner el factor humano hace una ciencia más humana también, más con la cultura, con el sitio, con experimentar. Invita a que el resto de la población, como sociedad, contribuya. No es ciencia solo, es exploración.

 

Colidera la iniciativa Sustainable Offworld Network (SONet), que investiga el asentamiento humano en otros mundos, en especial la Luna y Marte. ¿Nos espera un futuro multiplanetario y sostenible? ¿Cómo se puede lograr la creación de asentamientos sostenibles en otros planetas sin caer en la depredación?

El tema de sostenibilidad en SONet viene dado por dos aspectos. Uno es querer establecer una base en Marte para que sea independiente y pueda operar y crecer; y, el otro, la sostenibilidad de la Tierra. Lo que no se puede hacer es conquistar el sistema solar y continuar gastando recursos. Esto es a lo que vamos: a generar una economía que no dependa de la Tierra, que no sea continuamente alimentada a base de depredar más la Tierra, sino que llegue un momento en el que contribuya positivamente. Se puede llegar a esto de muchas formas.

Podemos empezar a limpiar la superficie del planeta de ciertas infraestructuras que hemos estado usando por cuestiones históricas. La producción de energía podría hacerse en el espacio: tenemos toda la energía del Sol para lo que queramos. No estoy hablando de dentro de 10 años, igual estoy hablando de dentro de un siglo. A largo plazo es una solución de civilización. Hay espacio de sobra en millones y millones de kilómetros cuadrados para placas solares, y todo sin tocar la Tierra para empezar a descargarla de muchas cosas. Esa es un poco la visión de sostenibilidad a largo plazo.

 

¿Qué otras actividades económicas pueden hacerse en el espacio que liberen a la Tierra de esas cargas?

Podríamos hacerlas todas eventualmente. Por ejemplo, la manufactura de semiconductores, que se necesitan para hacer placas solares y para toda la tecnología, en principio. O las comunicaciones, básicamente todas: se pueden tener estaciones grandes de telecomunicaciones desde el espacio y liberar la Tierra. En el espacio, hay ciertas ventajas. Ahora mismo no compensan los contras, porque no tenemos infraestructura en el espacio; pero cuando estamos en el espacio, estamos en un vacío muy alto, no hay una atmósfera que se contamina y se pueden tener las cosas mucho más controladas.

¿Puede contribuir SONet a mitigar el cambio climático en la Tierra?

Directamente no, porque no es nuestro objetivo como organización, pero uno de los objetivos de SONet a medio plazo es hacer demostradores de ciudades marcianas donde se implementen formas de operar que sean directamente sostenibles. Se utiliza lo que hay: dióxido de carbono para condensarlo en material orgánico, para empezar manufacturas... Esto necesita desarrollarse. Me dirán que esto lo podemos hacer aquí en la Tierra sin la excusa de Marte y no me lo creo, porque llevamos 2.000 años de civilización y como sociedad no nos hemos puesto nunca a hacer esta inversión.

Tenemos otro proyecto, muy preliminar, en el Ártico. Estamos debatiendo con una universidad para ver si podemos utilizar técnicas de construcción en el Ártico y a la vez proporcionar lo que se sabe de cómo operar en otros planetas, como usar nuevos minerales de forma que no se necesite carbón para hacer una implementación de una vivienda. Es un ejemplo del tipo de cosas que queremos hacer de cara al cambio climático y eso nos inspira para implementar soluciones aquí en la Tierra.

 

¿Cómo sería Nüwa, el proyecto de ciudad sostenible en Marte?

Hay aspectos muy particulares, pero, por ejemplo, se usarían los recursos tal cual están allí. Marte tiene dificultades porque tiene baja presión y problemas de radiación, así que usaríamos sus montañas, sus acantilados y su roca para construir dentro. La ciudad está insertada en la roca, no está en la superficie. El recurso no es el petróleo o el agua: el ambiente en sí es un recurso que se puede usar. Si la ponemos en el acantilado, tiene luz natural que puede entrar por los laterales y en la roca, y te da la verticalidad de una ciudad que está condensada.

Es una ciudad: no es una base científica o una base militar. Cuando la dimensionamos, contamos con que tiene que haber infraestructuras, transporte, un número de metros cuadrados, de volúmenes y de comida por persona para que puedan tener una vida confortable. Trabajamos con un despacho de arquitectos que se llama ABIBOO Studio, que se dedica a diseñar ciudades en India y en Estados Unidos. No se trata de mandar a gente allí a que sufran, sino que gente decida ir allí porque es una forma distinta de vivir. Y después, cómo se organicen culturalmente dependerá mucho del modelo de inmigración.

Al final, la única preocupación que queda es el consumo de energía y de trabajo: se necesitan unas 10 veces más energía para mantener a gente viva y que la ciudad se desarrolle que la que se necesita en la Tierra. Un factor 10 es grande, pero no es un factor 1.000 ni 1.000.000, sino que está en el orden de magnitud. La idea es que esa carga extra la hicieran las máquinas: inteligencia artificial, estandarización industrial, etc.

Se han enviado rovers a Marte a lo largo de los últimos 20 años, pero todavía no se ha enviado ninguna misión tripulada. La NASA tiene como objetivo hacerlo a lo largo de la década de 2030. En caso de disponer de la tecnología y los recursos, ¿cuándo se podría establecer esta ciudad sostenible en Marte?

Esa es la predicción que haría un economista de cómo funcionaría la próxima década o dos, pero eso deja de funcionar cuando suceden eventos disruptivos. Yo creo que es plausible cuando tengamos naves de alto tonelaje. Cuando SpaceX o la Agencia Espacial China tengan estas naves para cargar 20 o 30 toneladas a la superficie de Marte, va a ser automático, va a empezar el proceso de construcción de bases en la Luna y en Marte. Y cuando eso ocurra, todos estos planes a 10 años van a dejar de tener sentido.

Físicamente y tecnológicamente estamos listos para hacerlo, es una cuestión de si queremos hacerlo o no. Me gustaría que entendiéramos todos con el ejercicio de Marte que con que un 10% de los países se organizara, sería suficiente para empezar ese esfuerzo. No es barato, pero es económicamente factible si una fracción de la población no muy grande del mundo se coordina.

Yo no me aventuraría a decir que dentro de 10 años vamos a estar trayendo rocas de vuelta desde Marte. Puede que en 10 años tengamos bases permanentes en la Luna y estemos haciendo manufactura en la Luna, y esto cambie completamente la economía. En este sentido, quiero ser más optimista. El futuro guarda más sorpresas de las que esperamos; si no, sería muy aburrido.

 

Fue el investigador principal del equipo que descubrió el exoplaneta más cercano que se conoce: Proxima b. ¿Qué tienen de especial Proxima b y su estrella Proxima Centauri?

Si hay vida más allá de la Tierra y queremos ser capaces de reconocerla, la forma más fácil es intentar buscar planetas parecidos al nuestro. Si buscas planetas en enanas rojas, que son estrellas unas 10 veces más pequeñas que el Sol, esos planetas son más fáciles de detectar. Tenemos las técnicas y desarrollamos la metodología para encontrar ese tipo de planetas, y esa metodología la aplicamos a la estrella más cercana al Sol, que es Proxima Centauri. Estas enanas rojas son las estrellas más comunes en el Universo y cada vez está más claro que prácticamente todas tienen planetas terrestres, pero entonces no lo sabíamos. ¿Por qué es relevante comparado con otros? Porque es la estrella más cercana al Sol.

Proxima b y otros están definiendo cómo va a ser la instrumentación de la próxima década. Lo que queremos ver ahora es si estos planetas pueden albergar vida o si hay evidencia de actividad biológica o química exótica en su superficie y de aquí la relevancia en que está convergiendo todo. Son sitios donde es plausible que haya vida de alguna forma y tenemos la capacidad tecnológica –o podemos desarrollarla ya– como para explorar, espectroscópicamente al menos, sus atmósferas y ver si hay señales de cosas peculiares.

 

Descubrir Proxima b lo situó en la lista de los diez científicos más relevantes de 2016, según la revista Nature. ¿Qué supone un reconocimiento así en el campo de la astrofísica?

Científicamente, mucho menos de lo que la gente se piensa. Eso te da visibilidad, pero no tanto en la ciencia, sino fuera de ella. Me ha permitido hablar con gente a la que no hubiera tenido nunca acceso: políticos, periodistas, pensadores, ingenieros, empresarios, innovadores, gente a la que los científicos normalmente no vemos.

Tengo la espina clavada porque yo tenía la idea de que podía pedir financiación para continuar una investigación, pero eso no ocurrió. Me di de bruces con la realidad. No me abrió muchas puertas científicamente. Sin embargo, entré en contacto con gente que incluso ves que lo que deciden mueve el mundo.

 

También ha liderado el equipo del proyecto Red Dots, para la detección de planetas terrestres más cercanos al Sol. ¿En qué fase se encuentra el proyecto ahora?

Red Dots es peculiar. Funciona muy bien, ahora científicamente más que comunicativamente, pero tiene un problema muy importante. Es una continuación de Pale Red Dot, el proyecto de Proxima Centauri, entonces siempre está a la sombra. Encontrar Proxima b tendría que haber sido la culminación y fue el principio. Red Dots continúa funcionando, es muy eficiente, es un gran proyecto y continúo involucrado. Como quería empezar a trabajar en otras cosas, como lo de Marte, he pasado la supervisión y dirección a Sandra Jeffers, que trabaja en el Instituto Max Planck para la Exploración del Sistema Solar en Göttingen.

Es la misma campaña, las herramientas que desarrollamos para Proxima Centauri ahora las estamos aplicando sistemáticamente a unas pocas estrellas y vamos barriendo el entorno del sistema solar inmediato para detectar estos planetas más cercanos y que pueden ser más fácilmente caracterizables, pero es un ejercicio de detección. En materia de exoplanetas, el siguiente gran paso va a ser la caracterización de los mismos.

¿Esto va a llegar antes que Marte o no? Creo que nos saldría más a cuenta desarrollar la infraestructura para poder manufacturar desde el espacio antes de meternos a hacer estas megamisiones. Yo estoy muy emocionado con los planetas terrestres cercanos, pero no sé si va a repercutir lo suficiente en la sociedad como para justificar el gasto que supondría. En cambio, veo muy claro que con una base en Marte o en la Luna, donde se desarrolla, se hace ciencia in situ, la gente va y lo experimenta, puede haber un avance mucho más significativo en la sociedad.

 

Ha participado en el consorcio CARMENES, del que forman parte científicos y científicas de 11 instituciones españolas y alemanas. ¿Cómo es este tipo de trabajo con equipos internacionales multidisciplinares? ¿Ha cambiado con la pandemia?

No ha cambiado mucho, de hecho. Las colaboraciones que hemos hecho son puntuales. El tipo de colaboraciones como Red Dots o proyectos como SONet, en vez de tener recurso líquido, consiste en buscar colaboradores que sean expertos en otros temas para poder operar. Mi especialidad aquí es coordinar y organizarnos con herramientas multimedia, ver cómo repartir el trabajo, crear grupos... En CARMENES estoy como participante de consorcio, junto con 200 personas más. Es una colaboración distinta, más rígida en sus objetivos. Voy colaborando, participando en los artículos, pero también tiene que extenderse mucho más en el tiempo.

Personalmente, puedo hacer proyectos como el de Marte una vez cada año como máximo porque me consumen mucho personalmente, e incluso con las colaboraciones se crean fricciones y hay que gestionar los grupos. Esta es la dificultad más grande: encontrar el punto justo donde un número mínimo de gente esté incentivada para participar y lo quieran hacer no porque les pagues, sino porque también ellos aprenden y les sirve para su desarrollo.

 

Aparte del proyecto Pale Red Dot, que tenía como objetivo comunicar el proceso de búsqueda de Proxima b, ha participado en otras iniciativas de divulgación científica. ¿Cómo cree que se puede mejorar la comunicación con el público general para acercar el trabajo científico?

Lo primero: tener muy claro qué quieres hacer y a quién quieres llegar. Cuando diseñas un ejercicio de comunicación en divulgación para público general, luego es difícil medir si ha funcionado o no. Ahora se puede cuantificar con redes sociales, pero antes era complicadísimo. Que quieres mejorar la percepción de la ciencia en tu pueblo, ¿cómo lo vas a cuantificar? Que quieres que los políticos sean más sensibles con algo, igual deberías diseñar tu campaña para los políticos, las instituciones o los gobiernos. Yo conozco científicos que han sido invitados al Congreso de Estados Unidos para hablar sobre exoplanetas, y los congresistas les preguntaron directamente sobre si vamos a encontrar vida y si tiene implicaciones para la gente en su día a día. Aquí nos falta un poco de esa interacción.

 

¿Qué proyectos están en su horizonte? ¿Hacia dónde le gustaría orientar su carrera científica en el futuro?

Ahora estoy muy involucrado en SONet, en hacerla crecer. También en exoplanetas, siguiendo las cosas que se desarrollan, como usar métodos de inteligencia artificial para el análisis de datos de exoplanetas o hacer investigación básica con métodos de machine learning (aprendizaje automático). Continúo trabajando en CARMENES y contribuyo en la misión CHEOPS de la Agencia Espacial Europea (ESA), en el equipo científico. Mirando hacia el futuro, aparte de SONet y el desarrollo de la economía espacial, científicamente, también estamos mirando un consorcio europeo llamado LIFE para hacer un interferómetro desde el espacio para hacer imagen directa de exoplanetas cercanos.

 

¿Qué le llevó a estudiar astrofísica y dedicarse a la investigación? Entre 2002 y 2004 fue concejal. ¿Fue difícil elegir entre todos sus intereses?

Fui concejal en el ayuntamiento de Ullastrell, pero nací en Terrassa (Barcelona). Quería estudiar ciencias, lo tenía bastante claro, estaba muy aficionado a la ciencia ficción, a películas como Star Wars, y acabé leyendo un libro de Kim Stanley Robinson: Marte Rojo. Eso fue lo que me hizo decantarme por la exploración del espacio. Me daba igual qué tipo de astronomía fuera, pero lo que quería hacer era ciencias planetarias, astrofísica…

También estaba metido en asociacionismo juvenil en mi pueblo y me puse en el Ayuntamiento para intentar reforzar el tejido asociativo, que se estaba destruyendo. Estaba a media tesis cuando fui concejal y tuve que escoger, porque era demasiado las dos cosas a la vez. Escogí la investigación porque me llenaba más en ese momento y me parecía que era la forma de hacer del mundo un sitio mejor. No sé si hoy habría tomado la misma decisión, pero creo que fue la adecuada. Opté por trabajar y ser experto en algo y si quiero dedicarme a la política en el futuro, que no lo he descartado, poder contribuir como experto de manera más positiva.

 

¿Qué le diría a aquellos y aquellas jóvenes que quieran dedicarse a la astrofísica?

Primero, que la astrofísica, las ciencias del espacio o las ingenierías no se estudian solamente para ser académicos. Cuando uno ha estudiado Física, Ingeniería o Matemáticas, ya es un científico, tenga un doctorado o no, trabaje de lo que trabaje después. Tiene una forma mental diferente de enfocar los problemas.

Uno necesita una motivación: ir a Marte, ser astronauta, desarrollar la vacuna contra el sida… Pero pocos van a hacerlo directamente con sus manos. La ciencia no es solo esa gente que lo hace con sus manos, sino las instituciones, las empresas, toda la sociedad, y podemos contribuir mucho fuera de lo que es el camino académico clásico. Mi sueño es que haya más permeabilidad, es decir, que la gente pueda estudiar, trabajar unos años en la empresa, volver a la academia, desarrollar su tesis doctoral y, con ese bagaje, volver a la empresa o al sistema académico de forma no precaria. Esa permeabilidad creo que es una tendencia que tendrá que ir ganando terreno.

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