Testículos para la eternidad: la historia del pionero de la endocrinología

¿A qué adulto no le gustaría recuperar la vitalidad que sus amos mozos? La búsqueda del elixir de la eterna juventud es una quimera largamente ansiada en la que participaron grandes científicos, como uno de los padres de la endocrinología.

 

Llevamos mal eso de encanecer, aunque deberíamos contagiarnos un poco del espíritu del actor Maurice Chevalier cuando le preguntaron si lamentaba haber cumplido 75 años. Con su elegante distinción contestó: “No, si se tiene en cuenta la disyuntiva”. Todos envejecemos: algunos lo tememos, a otros nos molesta pero, como dijo Groucho Marx, para envejecer lo único que se necesita es vivir lo suficiente.

El envejecimiento expresa un declive de las funciones del organismo: disminuye el peso a costa de la masa muscular, el hueso y los tejidos nobles –la grasa y otros tejidos de relleno pueden aumentar–, lo que conlleva una pérdida de fuerza, torpeza al moverse y deterioro de las articulaciones; se pierde memoria, rapidez de reacción, confianza en sí mismo y capacidad para planificar el futuro; se agota la capacidad reproductora y la función sexual declina sin posibilidad de remonte. El estómago, el pulmón y los riñones empiezan a dar serios problemas, la regeneración de tejidos se hace más lenta y las heridas tardan en cicatrizar. El sistema inmune se vuelve perezoso y nos volvemos más sensibles a las enfermedades infecciosas. Y no sólo eso: a partir de los 40 años la incidencia de cáncer se dobla cada 9 años. Por encima de los 85 años, un 30% de la población ha tenido o tiene cáncer, un 75% sufre entre tres y nueve enfermedades crónicas y un 50% no puede valerse por sí mismas.

 Envejecer no es divertido. Jardiel Poncela lo expresó de manera genial: la tragedia de la vejez no es ser viejo, sino haber sido joven. Y a pesar de que la expectativa de vida, la edad a la que sobrevive el 50% de la población, se ha doblado en los últimos cien años, el ser humano tiene “fecha de caducidad” que muchos estiman en torno a los 120 años.

Ahora bien, ¿podemos retrasar lo inevitable? Es aquí donde entra en nuestra historia Charles Edouard Brown Séquard, catedrático de medicina experimental en el Colegio de Francia y una figura legendaria en los círculos científicos europeos. Autor de más de 500 artículos de investigación y considerado uno de los grandes pioneros de la endocrinología, en la primavera de 1889 empezó a ir de boca en boca la noticia de que había comenzado a trabajar con un tipo de extractos endocrinos y que a comienzos del verano, en junio, informaría de sus descubrimientos en la reunión de la Sociedad de Biología de París.

Testículos y rejuvenecimiento

Cuando Brown Séquard comenzó su conferencia la emoción en el auditorio estaba en su momento álgido. La figura del endocrinólogo, que medía metro noventa, debía ser imponente. Y empezó: “Siempre he pensado que la debilidad de los ancianos se debía, en parte, a la disminución de la función de sus glándulas sexuales. Tengo 72 años. Mi vigor natural ha declinado considerablemente en estos últimos 10 años”.

Continuó describiendo cómo había ido decayendo tanto su vigor sexual como su condición física. Pero la bomba venía ahora: el 15 de mayo había triturado un testículo de cachorro de perro, lo había colado con un filtro y se había inyectado el líquido remanente en su pierna. Poco tiempo después hizo lo propio con los testículos de conejillos de Indias. Y lo más sorprendente: tras las inyecciones su fuerza física había aumentado de manera espectacular. Y confesó: “Me he rejuvenecido en 30 años y hoy ‘pude hacer una visita’ a mi joven esposa”. Impresionante. La fuente de la eterna juventud estaba situada en los testículos de los perros y los conejillos de Indias. Para que luego digan.

El impacto en la audiencia fue inmediato, no sólo por el prestigio del endocrinólogo ni porque lo hubiera probado en su cuerpo. Habida cuenta que la media de edad de los miembros de la Sociedad de Biología era de 71 años, no es de extrañar que hubiera algo más que puro interés científico en su conferencia.

El periódico Le Matin comenzó una campaña para recaudar dinero con el loable fin de crear un Instituto del Rejuvenecimento dirigido por Brown-Séquard. Como si de una fábrica de producción en serie se tratara, los testículos entraban por un lado y la eterna juventud salía por el otro. Nunca en la historia tanta gente tuvo tanto interés por las criadillas.

Pero el tiempo se encargó de poner las cosas en su sitio. Un periódico vienés comentó con socarronería: “La conferencia debe considerarse como una prueba más de la necesidad de jubilar a los profesores que han llegado a los setenta años”. Brown-Séquard, víctima del efecto placebo, pasó de ser un científico respetado a convertirse en el hazmerreír de todos y, a pesar del suero de la eterna juventud, su mujer le abandonó por un hombre más joven.

La moraleja de esta historia es que nadie, ni siquiera aquellos que consideramos más sabios, está fuera del alcance de sus propios prejuicios. Somos humanos y tira más de nosotros nuestros deseos y anhelos que nuestro cerebro. Esto es algo que sabemos desde siempre; de ahí el castizo refrán de “tiran más un par de tetas...”

Referencias

Barash, D. P. (1986) El envejecimiento, Salvat

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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