Suecia contra Einstein o cómo ganó el Premio Nobel pero no por la teoría de la relatividad

Albert Einstein ganó el Premio Nobel de Física en 1921, no por su mayor descubrimiento, la teoría general de la relatividad, sino por un menos conocido efecto fotoeléctrico. Te contamos por qué fue así, las decisiones del comité y todo lo que había alrededor.

El 6 de noviembre de 1919 se convocaba en Londres una reunión conjunta de la Royal Society y la Royal Astronomical Society. En ella, el astrofísico Arthur Eddington, cuya fama científica estaba en su punto más alto, con los parabienes del premio nobel J. J. Thomson — presidente de la Royal Society — y del astrónomo real Frank Dyson, proclamó con voz profunda que la relatividad general había sido probada. Los científicos presentes aceptaron los resultados de Eddington y Thomson concluyó diciendo: « Este es el resultado más importante obtenido en relación a la teoría de la gravitación desde los días de Newton (...). Es uno de los mayores logros del pensamiento humano». Einstein acababa de ser encumbrado al «Olimpo » y se convirtió en el científico más famoso de todos los tiempos.

Los valores del eclipse en entredicho

Mucho se ha escrito y discutido sobre si Eddington se excedió en su afirmación. En 1980 los filósofos de la ciencia John Earman y Clark Glymour volvieron a analizar los resultados del eclipse del año 1919 y llegaron a la siguiente conclusión: «Uno puede imaginar que los resultados del eclipse debían haber sido inequívocos. No lo fueron. Los resultados británicos, tomados al pie de la letra, eran contradictorios, y solo se podría sostener que confirmaban la teoría de Einstein si se ignoraban muchas de las mediciones. Incluso entonces, el valor de la desviación obtenida fue significativamente mayor que el valor predicho por Einstein».

Albert Einstein y otros premios nobel
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El varapalo fue intenso, sobre todo porque venía de una rama de la filosofía que criticaba que se creyera que la ciencia era un modelo de objetividad y racionalidad, y usaron ese análisis como ejemplo de su postura filosófica. La acusación de que Eddington «cocinó» los resultados de la expedición, quedándose con los que apoyaban la relatividad y deshaciéndose de los otros, se ha mantenido y repetido durante mucho tiempo. Sin embargo, con la celebración del centenario de la famosa expedición, dos astrónomos del Instituto de Astronomía de Cambridge, Gerard Gilmore y Gudrun Tausch-Pebody, reanalizaron con detalle tanto el artículo publicado en el año 1919 como el de 1980, y encontraron que el de Eddington era estadísticamente correcto, pero no podía decirse lo mismo del de Earman y Glymour.

Entre otras cosas estos filósofos confundían dos conceptos estadísticos básicos, dispersión y desviación estándar de la media, lo que invalidaba la mayor parte de su análisis.

Gilmore y Tausch-Pebody fueron especialmente duros con ellos por sugerir parcialidad en la afirmación de Eddington: «El público de 1919 era una audiencia de expertos, bien versados en las distinciones conceptuales que Earman y Glymour no logran hacer, y matemáticos lo suficientemente competentes como para evaluar totalmente por sí mismos la solidez de lo que se les presentaba ante sí: si no de inmediato, sí para cuando se publicó el informe del eclipse con los resultados completos».

Polémicas aparte, no hay duda que Eddington fue el mejor relaciones públicas que Einstein podía tener. Así se lo dejó bien claro Ernest Rutherford. Durante una reunión, un colega se acercó a Rutherford y Eddington, que charlaban amigablemente, y le dijo al primero: «No veo por qué el público le tributa a Einstein un mayor reconocimiento que a ti. Después de todo, tú has inventado el modelo del átomo, y ese modelo es el que pone las bases de toda la física actual». Rutherford se volvió hacia Eddington y le dijo: «Tú eres el responsable de la fama de Einstein». Para el neozelandés, el remolino publicitario montado alrededor de Einstein era resultado de las espectaculares circunstancias en que se produjeron las expediciones de Eddington para ver el eclipse y de la manera exagerada en que se anunciaron los resultados en Londres.

Tras el anuncio a bombo y platillo que se llevó a cabo el 6 de noviembre, cualquiera en su sano juicio hubiera apostado por Einstein para los Premios Nobel de 1920. Pero no se le concedió. El galardón recayó en Charles-Édouard Guillaume por descubrir una aleación de níquel y acero que se mantenía casi inalterada a pesar de que hubiera cambios en su entorno (un hallazgo decisivo para construir instrumentos de medida de altísima precisión). ¿Por qué se le negó? Para saberlo tuvimos que esperar a 1974, cuando la Fundación Nobel abrió los archivos de las deliberaciones del Comité (lo hacen cuando han pasado cincuenta años desde la concesión del premio). Así nos enteramos, por ejemplo, de que Albert Einstein fue nominado 62 veces en doce años. Y no ha sido el que más nominaciones ha recibido. Arnold Sommerfeld, otro de los padres de la teoría cuántica, fue nominado 81 veces y nunca consiguió la preciada medalla.

Al contrario de lo que ocurre en la actualidad, en aquella época el comité de los Nobel no era muy proclive a aceptar nominaciones que vinieran del campo de la física teórica. Además, aquellos nominadores que intentaban desbrozar el camino del Nobel a los teóricos estaban más por la labor de hacerlo con Planck. Así que durante esos años todas las nominaciones de Einstein fueron desestimadas y archivadas.

En el año 1920 Einstein era un viejo conocido del comité Nobel. Una década antes, Wilhelm Ostwald —el químico al que Einstein envió su primer trabajo científico y que no le hizo ni caso— lo nominó por la relatividad especial. Con el revuelo montado por Eddington, en 1920todas las apuestas daban ganador a Einstein. De hecho, era el que más nominaciones acumulaba. Quien redactó el informe sobre la relatividad general fue el físico-químico Svante Arrhenius, que obviando el artículo de Eddington se alineó con el sector crítico, que decía que el margen de error de las medidas tomadas por el británico excedía en mucho el efecto que intentaba medir. El comité estuvo de acuerdo con Arrhenius y desestimaron nuevamente su candidatura. Lo cierto es que el comité también tenía una agenda diferente para el premio de ese año: querían que fuera a parar a Guillaume, entonces director de la Oficina Internacional de Pesas y Medidas en Suiza. «Algo olía a podrido» en la Academia de Ciencias Sueca.

Uno de sus miembros, el astrónomo Bernhard Hasselberg, llevaba enfermo varios años y estaba pensando en retirarse. En esos casos, había una costumbre no escrita que decía que cuando esto sucedía, sus colegas le honrarían permitiendo que fuera la voz decisiva a la hora de escoger al nominado. Hasselberg era un enamorado de las mediciones precisas, y en 1907 ya había intentado sin éxito que le dieran el premio Nobel a su amigo y colega de la oficina de pesas y medidas Guillaume. En 1912 volvió a intentarlo argumentando que el descubrimiento de la aleación hubiera sido del gusto de Alfred Nobel, pero no prosperó. Aquel año de 1920 los hados conspiraron a su favor. En primer lugar, estaba la baza de su jubilación. En segundo, el comité, teniendo todavía fresca en la memoria una sangrienta guerra europea, pensó que dar el premio al director de una institución internacional —y la Oficina era el mejor ejemplo de cooperación entre países—, constituía algo muy conveniente. El comité encargó al físico experto en magnetismo terrestre Vilhelm Carlheim-Gyllensköld que elaborara un informe del candidato, habida cuenta de que era mero trámite. Pero aún así, fue incapaz de dar una razón convincente de por qué debería concedérsele el premio. Viendo perdida la batalla, un Hasselberg postrado en cama escribió al comité Nobel diciendo que sería feliz si le concedían el Nobel a su amigo. Temiendo no llegar con vida a las votaciones, envió el suyo anticipadamente. Como podía esperarse, el Comité le concedió ese anhelado deseo. Cuando se hizo público el veredicto, hasta el propio Guillaume se sorprendió. La prensa sueca, tan del gusto de promocionar los premios, se las vio y deseó para explicar por qué un metalúrgico totalmente desconocido ganaba el premio Nobel de Física.

Al año siguiente la cosa fue a peor. A Albert Einstein le nominaron desde Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda, Finlandia... incluso Suecia. El apoyo internacional era apabullante, algo sorprendente porque desde la Gran Guerra existía un boicot contra la ciencia alemana (que se extendió hasta 1926) y ningún científico de los países aliados había apoyado candidatura alguna de un alemán. Al final, catorce de los treinta y dos nominadores propusieron a Einstein. Curiosamente, muchos de los que podían nominar no lo hicieron, quizá por desacuerdo en cómo el comité se había conducido hasta entonces. Con todo, su proverbial reticencia a galardonar a los teóricos seguía intacta: uno de los nominadores les escribió que apostaba por Einstein, pero que si consideraban imposible dar el premio a un teórico, entonces aportaba el nombre de otro candidato.

Cuando el comité se reunió para evaluar a los candidatos, la marea anti-Einstein sueca estaba en pleno apogeo. Filósofos y comentaristas políticos temían que la relatividad trajera de la mano un relativismo en los valores tradicionales, sobre todo, al ver cómo los radicales tomaban la relatividad por bandera y afirmaban que la teoría de Einstein era una liberación de las tradiciones sociales y culturales. Además, a los arrogantes y elitistas miembros del comité Nobel la personalidad de Einstein no les hacía ninguna gracia, y solo pensar en la posibilidad de que ese físico con pensamientos políticos e intelectuales radicales pudiera estar de pie ante su rey como el más importante representante de la física, les provocaba urticaria.

Quien se autoeligió para redactar el informe para la Academia de la relatividad, tanto especial como general, fue Allvar Gullstrand, un profesor de óptica y oftalmología de la Universidad de Uppsala. No entendió ninguna de las dos, pero se vio en la obligación de negar el premio al alemán. Para elaborar el informe pidió ayuda a un colega, un profesor de física experto en elasticidad de cristales líquidos llamado Carl Wilhelm Oseen. Tras leer el informe Oseen le dijo que contenía diversos errores producto de un estudio de la relatividad mal digerido. Gullstrand, inasequible al desaliento, los corrigió y se lo envió a Oseen, que lo desmontó a vuelta de correo. Y así una y otra vez. Profundamente preocupado por lo que hacía Gullstrand, comentó en privado al Comité que podía ser una debacle si mantenían como experto a Gullstrand para evaluar una física que no entendía.

El informe contra Einstein

Por fin, Gullstrand terminó su informe inusualmente largo: cincuenta páginas. Todas y cada una de las palabras que contenía se habían escrito bajo una única premisa: Einstein no tenía razón. El experto sueco del Comité había hablado y no tuvo problema en convencer al resto: a ninguno de sus miembros le gustaba la teoría de la relatividad. Hasselberg escribió desde el lecho de muerte: «Es muy improbable que Nobel considerara que unas especulaciones como esas fueran dignas del premio».

En el fondo, lo que subyacía era la forma de hacer ciencia de Einstein: no hacía ningún experimento de laboratorio ni había derivado su teoría de ningún dato experimental; se había puesto a pensar y punto: eso no era forma de hacer física. Además, nadie iba a desairar a Gullstrand, uno de sus más respetados miembros, y más cuando él había confesado en privado: «Einstein no debe recibir nunca el Premio Nobel, aunque el mundo entero lo reclame». Así que cuando las manecillas del reloj estaban próximas a la medianoche del 12 de noviembre de 1921, la Academia votó dejar desierto el Nobel de física de ese año.

De este modo, en la edición del año 1922 la Academia sueca se enfrentaba a la tarea de conceder dos premios Nobel en física. Evidentemente, el nombre de Einstein y la relatividad volvió a estar sobre la mesa. Al igual que pasó el año anterior, había una nominación a Einstein que no aludía a ella, sino a su explicación del efecto fotoeléctrico. El responsable era Carl Wilhelm Oseen, que conocía de primera mano la animadversión del comité hacia todo lo que oliera a relatividad. Además, ese año había un problema añadido: los científicos alemanes habían propuesto a Niels Bohr.

La suerte se puso de parte de Oseen. Hasselberg había muerto y quedaba una vacante en el Comité. El 30 de mayo de 1922 sus miembros votaron a favor de ofrecerle su sillón. Mientras, Gullstrand volvió a pedir ser él quien reevaluara los méritos de las dos teorías relativistas. «La justificación de la teoría especial de la relatividad (e incluyo también la general) es una cuestión de fe», y concluyó que Einstein no se merecía el premio por ninguna de las dos. Pero quedaba la del efecto fotoeléctrico. El año anterior el encargado de escribir el informe para el comité había sido Arrhenius que, incapaz de darse cuenta de su importancia, concluyó que era una mera extensión del trabajo de otros. Oseen, que se las había arreglado para que le invitaran al comité de física, se dedicó a hacer lobby a favor de Einstein, pero no al no ser miembro del Comité no le hicieron demasiado caso. Por suerte, en 1922 las cosas iban a ser muy diferentes a lo ocurrido con anterioridad.

La jugada de Ossen frente al comité

Cuando se reunió el comité para evaluar las candidaturas, Oseen actuó con una gran perspicacia. Sabía que la teoría del efecto fotoeléctrico formulada por Einstein —que la luz estaba compuesta por fotones— todavía era motivo de fuertes discusiones y muy pocos la aceptaban. Incluso Planck y Bohr tenían sus reservas y daban rodeos semánticos para no tener que mencionar explícitamente la cuantificación de la luz (la palabra fotón aparecería en 1926). Ahora bien, una cosa es la teoría y otra la ley deducida por Einstein, que era de uso común en la teoría cuántica. Por ejemplo, Robert Millikan que en 1913 obtuvo experimentalmente la relación carga-masa del electrón, aceptaba la ley deducida por Einstein, de hecho dedicó diez años de su vida a intentar probar que era falsa, pero negaba la mayor con la teoría subyacente por considerarla irrazonable.

Es aquí donde la pericia de Oseen entró en juego. Dijo a los miembros del comité que en su nominación él se refería a la ley, no a la teoría, que era aceptada sin la menor duda por todos los físicos. Además, su nominación estaba en consonancia con los prejuicios de los académicos suecos: el trabajo de Einstein daba razón de un hecho experimental. De este modo, el maestro estratega que era Oseen dejaba expedita la puerta para que el nobel de 1922 recayera en Niels Bohr, un buen amigo al que había ayudado a obtener la plaza de profesor de física teórica en la Universidad de Copenhague. Oseen explicó a los miembros del comité que la teoría atómica de Bohr dependía fuertemente de la ley enunciada por Einstein, luego si se premiaba a uno, tendría que premiarse al otro. Y a continuación vino el golpe de gracia: incluso si el modelo de Bohr no era el correcto, al menos era un primer paso y estaba impulsando nuevos y emocionantes trabajos. Y ese fue justamente el motivo por lo que el comité Nobel había premiado a Planck en el año 1918: porque provocó la aparición de nuevas líneas de investigación.

En la reunión final del 6 de septiembre se decidió llevar a la asamblea de la Academia la propuesta de Einstein para el premio Nobel de Física de 1921 y de Bohr para el de 1922. Entonces Oseen dio un último y genial golpe de mano: en la redacción del texto del comité introdujo una coletilla: «A través de la cual [la ley del efecto fotoeléctrico] la teoría cuántica recibió un nuevo impulso especialmente vigoroso». Oseen consiguió colar que el trabajo de Einstein se derivaba de la teoría cuántica. La física teórica iba a tener el camino de los Nobel expedito para los próximos años.

El discurso de aceptación del Nobel

Einstein recibió la noticia del premio cuando se encontraba camino de Japón. Se había visto obligado a salir de Alemania durante un tiempo ya que la situación política era tensa: el ambiente antisemita aumentaba, el 24 de junio asesinos ultranacionalistas habían acabado con la vida del ministro de Asuntos Exteriores y conocido suyo Walther Rathenau y las amenazas contra su vida habían comenzado a llegar con bastante asiduidad. Einstein se las tomó muy en serio.

Su viaje a Japón le hacía imposible acudir a la ceremonia en diciembre de 1922 y se arregló todo para que lo recibiera en el verano de 1923 en Gotemburgo, durante la celebración del 17 Congreso de Científicos Naturales Nórdicos.

Debieron parecerle divertidas las instrucciones que recibió de los responsables de los Nobel: su discurso de aceptación debía versar sobre el tema por el que había sido premiado; ni una palabra sobre la relatividad podía salir de su boca.

Pero ¿qué le esperaba allí Gotemburgo? La oposición a la relatividad era fuerte, pero no tanto como en Alemania. El periódico conservador más importante de Suecia, Nya Dagligt Allehanda hizo campaña contra su visita, dejando muy claro que a ningún sueco le importaba cuándo iba a llegar. Eso sí, aseguraban que no podría hablar de la relatividad. Einstein llegó tarde a la ceremonia y se sentó al fondo del salón. Pero alguien le reconoció y rápidamente le llevaron al lugar que le correspondía, en el estrado junto al rey y otros dignatarios. Allí, ante un millar de personas y con Arrhenius como maestro de ceremonias, desplegó sus encantos. Y no siendo la verdadera ceremonia de los Nobel, pudo hablar sobre el tema que le dio la gana. Entre los presentes había uno que disfrutó enormemente su conferencia, porque estaba deseando aprender algo sobre relatividad: el rey Gustavo V.

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