Solo un 7% de las niñas se ven como científicas en el futuro

Pese a que la presencia de mujeres en programas universitarios es de más del 50%, el número de catedráticas y profesoras no llega, ni mucho menos, a la paridad.

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En cualquier caso, no es necesario echar un vistazo al pasado para encontrar mentes femeninas brillantes; ni siquiera es preciso salir de nuestras fronteras. En España contamos con científicas de renombre internacional, como son la bioquímica Margarita Salas, la física-óptica Josefa Yzuel o la bióloga molecular María Blasco. 

Que la sociedad conozca sus nombres y su trabajo, que valore lo que hacen, es importante: porque la escasa visibilidad de la mujer científica en nuestra sociedad, así como la existencia de estereotipos –tenemos una imagen de los científicos prioritariamente masculina–, provocan poco interés en las ciencias por parte de las niñas y las jóvenes. Y probablemente estamos perdiendo mucho talento por el camino.

 

Un día internacional más que justificado

Con el objetivo de intentar hacer visible el trabajo de las científicas y fomentar la vocación investigadora en las niñas a través de la creación de roles femeninos, cada 11 de febrero se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y, en España, un grupo de investigadoras y comunicadoras científicas lo conmemoran coordinando la Iniciativa 11 de febrero, en la que participarán numerosos colectivos e instituciones organizando diversas actividades del 6 al 19 de este mes.

 

En la agenda para estas dos próximas semanas, habrá talleres, charlas, actuaciones, concursos, exposiciones, citas con científicas, editatones de Wikipedia y mesas redondas. Estas tendrán lugar en museos, centros culturales, universidades y centros de investigación, centros educativos, librerías, sitios emblemáticos y hasta bares.

 

La celebración de ese día está más que justificada: solo un 7% de las chicas creen que tendrán una profesión relacionada con la ciencia, según datos proporcionados por la Iniciativa 11 de febrero. Y pese a que la presencia de mujeres en estudios universitarios es hoy del 54,5% (cifra que supera la media del 52,4% de la UE), por ejemplo, en el caso de carreras como Física o Ingeniería, no llegan al 30%. Y los datos son aún menos halagüeños según la mujer progresa en la carrera investigadora, ya que "el número de catedráticas de universidad y profesoras de investigación del CSIC no llega al 25%", destacan en un comunicado.

 

Asimismo, denuncian que "la presencia femenina es desproporcionadamente baja en las nominaciones u obtenciones de premios científicos. Diferentes estudios muestran que mujeres y niñas se enfrentan a los sesgos involuntarios de los evaluadores". En este sentido, explican que, a lo largo de su carrera, mujeres con los mismos méritos y el mismo grado de productividad que los hombres son consideradas menos competentes.

 

La importancia de llamarse John (y no Jennifer)

Así, ponen como ejemplo el contenido de un estudio realizado en 2012 por la Universidad de Yale y publicado por la revista Proceedings of the National Academy of Sciences. En él se explicaba que los investigadores hicieron llegar a 127 biólogos, químicos y físicos de seis universidades de todo Estados Unidos el currículum de un recién graduado para que valoraran su candidatura para un puesto de jefe de laboratorio en una universidad concreta.

 

Debían manifestar su opinión sobre las competencias del candidato, así como determinar el sueldo que le ofrecerían si tuvieran que contratarlo y si merecía disponer de un mentor como apoyo o no. A todos los profesores se les envió el mismo currículum –con las mismas notas medias, experiencia, cartas de recomendación, etc–, solo que en la mitad de los casos el nombre que figuraba era el de una candidata llamada Jennifer y en la otra mitad se trataba de un candidato, John.

 

¿Cuál creéis que fue el resultado? En cuanto a la competencia que se les presuponía, el hombre obtuvo una valoración media de 4 frente al 3,3 que dieron a Jennifer (en una escala del 1 a 7) y también lo creían a él más rentable y merecedor de tutoría profesional que a ella. Asimismo, el salario que se recomendaba para John era de 30.328 dólares al año frente a los 26.508 que se proponían para la mujer. El sesgo, según el estudio, parecía ser inconsciente, y no dependía de que el evaluador fueran de sexo femenino o masculino: ambos géneros eran igualmente propensos a mostrar su preferencia por John.

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