¿Sienten dolor los insectos?

Nosotros los mamíferos detectamos el dolor gracias a unos receptores específicos llamados nociceptores; ¿cómo lo hacen los insectos?

La pregunta no es fácil de responder. Primero es necesario definir qué entendemos por “dolor”, y nos vamos a referir al dolor físico, el que uno siente cuando se golpea o se hiere. Tal y como lo sufrimos nosotros, vertebrados mamíferos y primates, el dolor puede reducirse a una señal de alerta que nuestro sistema nervioso nos manda para indicar que algo no está funcionando bien. En función del tipo de daño sufrido, el dolor responde de manera distinta, generando distintas sensaciones que pueden ir desde un pinchazo puntual hasta una presión sostenida en el tiempo.


Detectando el dolor

Nuestro cuerpo tiene una gran cantidad de receptores nerviosos, adaptados a percibir distintas formas de estímulo; fotoceptores que detectan la luz en la retina de nuestros ojos; quimioceptores que detectan estímulos químicos tapizando nuestra lengua o la superficie interna de las pituitarias nasales; mecanoceptores que detectan cambios de presión tanto en la piel como en el oído interno; termoceptores que detectan estímulos térmicos como calor o frío; propioceptores que indican al cerebro dónde está cada parte del cuerpo en cada momento —gracias a ellos puedes tocarte la punta de la nariz con los ojos cerrados— y también tenemos nociceptores. Estos son los receptores nerviosos encargados de transformar el estímulo agresivo en una señal nerviosa que el cerebro reconoce como dolor. Así que, desde el punto de vista antropocéntrico, se puede sufrir dolor si se tienen nociceptores.

Es importante destacar que la nocicepción es la detección de algo que te está causando daño, y es responsable de su reflejo consecuente. Pero no implica que haya un sentimiento o una sensación ligada a él. Un animal puede sufrir dolor sin tener un sistema de cognición que reconozca ese sufrimiento. Es decir, cuando hablamos de nocicepción hablamos de ese aspecto puramente fisiológico de percepción de un daño, no del sistema subjetivo y emocional asociado a ese dolor.

Eso sabemos que lo sufrimos nosotros, por experiencia personal, y tenemos bastante claro de que también lo sufren unos cuantos animales cercanos a nosotros en términos evolutivos, como otros primates, cetáceos, perros, ratas e incluso cuervos. Pero más allá, saber si esa respuesta emocional existe o no es muy difícil de comprobar. Así que nos centraremos en el aspecto puramente fisiológico del dolor.

Nocicepción sin nociceptores

Hasta donde sabemos, los insectos no tienen nociceptores. Al menos, no se han encontrado. Así que, en principio, se podría afirmar que los insectos no sienten dolor. No al menos como lo sentimos nosotros, no tal y como hemos definido el dolor.

Pero no tan rápido. Sí se han encontrado insectos que tienen un comportamiento congruente con el sufrimiento de dolor. Hay insectos que muestran nocicepción, pero sin nociceptores. Tanto es así, que en la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster), el insecto más usado en laboratorio y, probablemente, el más y mejor estudiado de todos, tenemos cepas mutantes denominadas painless (del inglés “sin dolor”). Es decir, mutantes cuyo rasgo característico es su incapacidad de sentir dolor. Por lo que, por extensión, debemos asumir que el resto sí son capaces de sentirlo.

Esto tiene una explicación. Aunque estos insectos no tienen los mismos receptores específicos que nosotros sí que tienen neuronas que extienden sus ramificaciones por la piel del animal, de forma análoga a nuestros nociceptores. A tal punto se produce esta analogía que un estudio en 2019 liderado por Thang Khuong, de la Universidad de Sidney, se consiguió comprobar que la mosca de la fruta era capaz de sufrir dolores crónicos.

Si restringimos la definición de “dolor” de forma antropocéntrica, se concluye, es evidente, que los insectos no sienten eso. Sin embargo, sabemos que tienen el mismo tipo de respuestas a esos estímulos perniciosos, y en el caso de las moscas, esa respuesta viene dada por un sistema análogo a nuestros nociceptores. Sienten, por tanto, una forma de dolor, entendiendo la palabra en sentido amplio, que es análoga a lo que nosotros percibimos como dolor.

 

El dolor comunitario

En los insectos que tienen organización social, como las hormigas, es común que los individuos de la colonia se comuniquen entre sí mediante el intercambio de productos químicos llamados  feromonas. Entre los múltiples tipos de feromonas que existen, hay unas particulares que los mirmecólogos —científicos que estudian las hormigas— denominan feromonas de alarma, compuestas por sustancias extraordinariamente volátiles que se dispersan con rapidez, de modo que cuando una hormiga emite una de estas alarmas, todos sus congéneres cercanos la reciben.

Estas feromonas de alarma son emitidas por las hormigas cuando perciben algún peligro, y más particularmente, cuando sufren una agresión, un estímulo que para nosotros sería considerado doloroso. Por supuesto, las hormigas cercanas reciben la feromona de alarma, y responden a ella, emitiendo más feromonas de alarma. Dependiendo del tipo de hormiga que la reciba, reaccionará de un modo distinto, ya sea de manera agresiva, enviando misiones de rescate a la hormiga herida, o acudiendo a proteger a la descendencia del hormiguero. Es una suerte de comunicación del dolor, con un efecto de cohesión social claramente favorecido a nivel evolutivo.

Estas feromonas están produciendo una forma análoga al dolor nervioso que nosotros sentimos, o incluso las moscas; un dolor químico que, a diferencia del nuestro, es comunicado a sus hermanas cercanas e induce en ellas esa reacción de defensa, rescate o protección. Una señal de alerta que su organismo manda a ellas y a quienes las rodean, para indicar que algo no está funcionando bien. Algo que nosotros no comprendemos cómo se debe de sentir, pues no tenemos la capacidad de sentirlo, de la misma manera que ellas, las hormigas, no tienen la capacidad de sentir el dolor transmitido por nociceptores que sentimos nosotros.

 

REFERENCIAS:

Adamo, S. A. 2016. Do insects feel pain? A question at the intersection of animal behaviour, philosophy and robotics. Animal Behaviour, 118, 75-79. DOI: 10.1016/j.anbehav.2016.05.005

Frank, E. T., Schmitt, T., et al. 2017. Saving the injured: Rescue behavior in the termite-hunting ant Megaponera analis. Science Advances, 3(4), e1602187. DOI: 10.1126/sciadv.1602187

Khuong, T. M., Wang, Q.-P., et al. 2019. Nerve injury drives a heightened state of vigilance and neuropathic sensitization in Drosophila. Science Advances, 5(7), eaaw4099. DOI: 10.1126/sciadv.aaw4099

Tracey, W. D., Wilson, R. I., et al. 2003. painless, a Drosophila Gene Essential for Nociception. Cell, 113(2), 261-273. DOI: 10.1016/S0092-8674(03)00272-1

Vidal Cordero, J. M. 2021. Las hormigas. CSIC, Catarata. 

Vary (Álvaro Bayón)

Vary (Álvaro Bayón)

Soy doctor en biología, especializado en especies invasoras. Intento divulgar sobre ciencia y naturaleza mientras lucho férreamente contra las pseudociencias y el pensamiento mágico. Cuando me queda tiempo, cazo pokémon y hago artesanía. Además, soy (un poco) adicto al twitter.

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