Santiago, el forzudo

De joven, Ramón y Cajal se encerraba en el gimnasio para realizar variados ejercicios de fuerza 'con ardor extraordinario', tal y como declaró él mismo. En un año se convirtió en el más fuerte del box.

El padre del joven Santiago, don Justo Ramón, transmitió a su hijo la virtud de la tenacidad con sumo éxito. La persecución de la excelencia en toda aquella meta que se proponía se convertía en el joven en una directriz tan natural como inexorable. Así ocurrió cuando en Santiago se despertó el interés por desarrollar su fuerza con motivo de una anécdota.

Cuenta el propio Cajal en sus memorias de juventud que a la edad de dieciocho años se tenía por el más fuerte de entre sus compañeros de clase. Esta robustez la atribuía a haber pasado su infancia en el medio rural, triscando entre travesuras en Ayerbe y otros pueblos de la provincia de Huesca, primero, y llevado de una necesidad de exploración cuasi científica de sus capacidades, después, amén de un gusto genuino por el ejercicio y la vivencia de la naturaleza. Pero esta percepción de sí mismo se vio contrariada el día en que fue vencido en una competición de pulso por un compañero. Al interrogarle, el curioso Santiago, por el secreto de su fuerza, el compañero le reveló que acudía a entrenar a un gimnasio en la plaza del Pilar de Zaragoza. De forma automática, Santiago se marcó el reto de superar en fuerza a su condiscípulo en el plazo de seis meses.

Santiago Ramón y Cajal
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Entrega al ejercicio físico

Se personó en el gimnasio y acordó con el dueño canjear clases de fisiología muscular por la asistencia a entrenar dos veces por semana. La gratuidad que logró negociar permitió a Santiago mantener a don Justo Ramón —receloso como era de sus «distracciones»— completamente ajeno a la nueva actividad de su hijo. Con la determinación que ya era un patrón en su vida, el joven Cajal logró cumplir con creces su objetivo en el plazo que se había marcado; no solo superó en fuerza a su compañero Morione en dicho plazo de seis meses, sino que en un año se había convertido en el individuo más fuerte del gimnasio.

Los gimnasios de la época

En los años en que entrenaba el joven Cajal, todos los gimnasios contaban con anillas, paralelas y escaleras dispuestas en diferentes ángulos, con lo que se asemejaban bastante a cierto tipo de gimnasios actuales — los boxes — que hace dos décadas y media no existían. Los implementos de peso libre variaban en tamaño y forma, desde las halteras de bolas redondeadas hasta las mazas de diferentes pesos, que hoy sabemos que proporcionan un excelente trabajo de la movilidad articular de los miembros superiores y algunos entendidos entusiastas han rescatado del olvido.

También existían para entonces los tensores de muelles, presentes en la escena atlética desde 1850, aunque no nos consta si Santiago hizo uso de ellos. Las poleas también tenían ya presencia hacia esa época. No obstante, no es menos cierto que, por influencia de la gimnasia sueca, algunos ejercicios adolecían de rigidez y existía poca comprensión de la movilidad articular y las sinergias musculares, hoy mucho más estudiadas. Hándicaps que se suplían con un afán metódico voluntarioso. Terreno abonado para que el joven Santiago lo encarase como una más de sus investigaciones, siendo en este caso la de ponerse fuerte.

«Mi manía gimnástica»

El joven Santiago se dedicó a un régimen variado de ejercicios que prolongaba por espacio de dos horas «con ardor extraordinario», en palabras suyas. El programa de ejercicios nos parecería hoy de extraordinaria actualidad. Incluía todas las variantes de ejercicios con el propio peso corporal: barra alta, paralelas, «saltos en profundidad y toda suerte de volatinerías en las anillas y el trapecio». Es lo que llamamos calistenia, nombre ya común en la segunda mitad del siglo XIX (con una acepción ligeramente diferente a la actual) que después cayó en desuso. Además, se ejercitaba con pesos libres «ora añadiendo peso en las bolas, ora exagerando el número de las contracciones». O sea, podemos afirmar que el joven Ramón y Cajal entrenaba de modo parecido al actual cuando se trata de procurar la ganancia de fuerza; unos días, haciendo énfasis en el estrés metabólico; otros, en la tensión mecánica. Los métodos de entrenamiento de la fuerza de Santiago contarían hoy con la aprobación de los expertos más avezados. No nos consta que se llegase a lesionar en ningún momento, de modo que si nos atenemos al espíritu autodidacta y al análisis crítico de los cuales para entonces Santiago ya había dado sobradas muestras, hemos de presumir que encaró su entrenamiento con verdadero rigor científico, sin podernos adentrar en mayores conjeturas.

Sus ganancias de fuerza fueron tan significativas que se vio envuelto en diversos lances para probarla. La realidad es que más bien se embarcó él mismo en ellos, dejándose arrastrar por la bravuconería, como reconoció años más tarde. Uno de esos retos de fuerza consistió en ganar, por una mera apuesta, una competición del deporte tradicional aragonés del lanzamiento de barra, que consiste en aventar a pie parado una barra metálica de más de cuatro kilos. De hecho, para entrenar cambió su bastón de paseo por una barra de hierro de 16 libras —¡nada menos que 5,6 kilos! (si consideramos la libra oscense)— que él camufló como un estuche de paraguas utilizando pintura al óleo. Otra de sus aventuras consistió en un duelo nocturno de combate a manos desnudas con otro joven por el derecho a cortejar a una dama. El futuro premio Nobel pasó un gran susto cuando dejó inconsciente a su oponente al utilizar una llave asfixiante.

Llegado a la vejez, resulta llamativa la distancia crítica que Ramón y Cajal marcó respecto a su yo juvenil. Se refería a aquel episodio como «mi manía gimnástica». La descripción que hizo décadas más tarde de su aspecto y de sus logros físicos resulta desapasionada e incluso severa: «Mi aspecto físico tenía poco del de Adonis. Ancho de espaldas, con pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de 112 centímetros. Al andar mostraba esa inelegancia y contoneo rítmico característicos del Hércules de feria». Hay que tener en cuenta que en 1870 faltaban décadas para que apareciese el culturismo de la mano de Eugen Sandow, considerado el padre de dicha disciplina al ser el primero en introducir rutinas de posado y potenciar la estética atlética. Por tanto, resulta inadecuado calificar a Ramón y Cajal como culturista. Ni el suyo era un fin estético —perseguía incrementar su fuerza —ni él mismo se hubiera sentido cómodo con ese calificativo. Los gustos e incluso el vestuario de su época no invitaban a lucimientos de ese tipo.

El deporte y las virtudes morales

Era corriente entonces creer que el ejercicio desarrolla virtudes morales y un potente efecto reformador de la psique. Don Santiago se abonó a esta creencia. En sus memorias alude a «la práctica de algunos juegos ingleses de palmaria eficacia educadora». Hoy en día, si bien parece cierto que la competición deportiva y los sucesivos esfuerzos y decepciones para conquistar un nivel de rendimiento competitivo contribuyen a desarrollar la tolerancia a la frustración, la expectativa de que los deportes desarrollen atributos éticos en la persona hace tiempo que ha quedado desechada. Por aquel entonces, opinaba Santiago Ramón y Cajal de los deportes «ingleses» que «usados con prudencia y mesura durante la adolescencia y juventud […] desarrollan el espíritu de cooperación, solidaridad y compañerismo». Por otro lado, del boxeo profesional señalaba «el efecto moral deseducador causado en un público sádico y ávido de emociones fuertes y antihumanas». De su propia experiencia en el entrenamiento de la fuerza llegó a escribir que «el excesivo desarrollo muscular en los jóvenes conduce casi indefectiblemente a la violencia y al matonismo. El alarde de la fuerza bruta se convierte en pasión y en causa de necio engreimiento». Y es que don Santiago, a pesar de su talante racional e investigador, no pudo escapar de los prejuicios comunes en su época respecto a la práctica deportiva, algunos contradictorios entre sí.

Pese a reconocer virtudes saludables en el ejercicio, consideraba que la actividad gimnástica extenuante era perjudicial para el intelecto, pues «los deportes violentos disminuyen rápidamente la aptitud para el trabajo intelectual» (hoy sabemos que la actividad física intensa, en especial la de fuerza, favorece las funciones cognitivas). Esta opinión la sostenía nada menos que el ganador del premio Nobel «en reconocimiento de su trabajo sobre la estructura del sistema nervioso», el mismo que había discutido a uno de sus profesores la teoría vitalista, todavía aceptada cuando era estudiante.

Cajal era de la opinión de que la inclinación exagerada hacia el ejercicio es propia de individuos poco brillantes en lo intelectual. «Yo estuve a punto de ser víctima irremediable del embrutecimiento atlético», llegó a decir. Tal vez, la contemplación actual de estos prejuicios arraigados en una mente crítica, inconformista e indagadora como la de don Santiago Ramón y Cajal debería hacernos reflexionar sobre nuestras convicciones y apriorismos y a ser indulgentes con la mentalidad de épocas pasadas. El ejemplo de don Santiago, con sus luces y sus pequeños errores, nos puede seguir inspirando hoy, más de 120 años después de sus enormes logros.

 

Andrés Rivera es profesor de primaria, estudiante de historia y experto en deportes.

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