Rusia contra Ucrania: guerra asimétrica

El enfrentamiento entre Rusia y Ucrania es un claro ejemplo de lo que en el argot militar se llama guerra asimétrica, esto es, cuando un país se enfrenta a otro netamente superior. Ahora bien, y aunque estamos tentados a pensar que el más fuerte es el que tiene las ganar, esto no es siempre así.

Un ejemplo reciente de guerra asimétrica donde el poderoso pierde la batalla es lo sucedido en Afganistán. De hecho, los duros afganos -ya sean talibanes o señores de la guerra- han conseguido expulsar de su país a los dos ejércitos más potentes del mundo, el ruso (entonces era soviético) y el estadounidense.

Un ejemplo de lo mal que lo puede pasar un ejército superior ser pudo ver en el que fue el juego de guerra más caro de la historia, Millennium Challenge 2002. Con un presupuesto de 250 millones de dólares, el ejército norteamericano lo diseñó para poner a prueba una serie de nuevas teorías de combate basadas, no en el empleo masivo de tropas, sino en la rapidez, agilidad y en el uso armas de alta precisión, todo perfectamente coordinado desde un mando y control absolutamente informatizado. El escenario previsto era una guerra contra un país ficticio del Golfo Pérsico, curiosamente parecido a Irak.

El enemigo (el Equipo Rojo) se puso al mando de un general retirado llamado Paul Van Riper, un veterano de Vietnam y baleado en este tipo de juegos en el que siempre había desempeñado el papel de jefe del estado mayor enemigo. El Pentágono tenía previsto un triunfo total y arrollador del Equipo Azul, los “buenos”, usando sus nuevas ideas de guerra tecnológica. Pero el problema es que, a veces, la tecnología poco puede hacer ante una mente creativa.

El juego comenzó el 24 de julio. El Equipo Rojo recibió un ultimátum del Equipo Azul donde le exigía su rendición en 24 horas. Van Riper lo tenía claro: la flota de guerra enemiga había llegado al Golfo Pérsico para lanzar un ataque preventivo contra su país. Así que siguiendo la vieja máxima de que la mejor defensa es un buen ataque, decidió atacar primero. Como sabía que tenía perdida la guerra electrónica, decidió regresar a tiempos anteriores a la Segunda Guerra Mundial: cerró todas sus radios y usó mensajeros en motocicleta para repartir las órdenes. Para sortear las contramedidas electrónicas armó patrulleras rápidas y barcos de recreo con misiles de primera generación, esos que son de apuntar, disparar y esperar a dar en el blanco. También dispuso en tierra el mismo tipo de misiles crucero antibuque. Y por si eso no fuera poco, preparó una oleada masiva de ataques suicidas con pequeñas embarcaciones y aviones de hélice cargados de explosivos al más puro estilo kamikaze. ¿El resultado? Cuando se disipó el humo (digital) había hundido las 2/3 partes de la flota del Equipo Azul. En total 19 buques, incluyendo el portaaviones, varios cruceros y cinco barcos anfibios. En 10 minutos un ejército netamente inferior había derrotado a un enemigo tecnológicamente muy superior. El jefe del Equipo Azul, general Bell, admitió que Van Riper había "hundido mi maldita armada". Primer mito bélico desmontado: ser tecnológicamente superior no asegura ganar una guerra.

Pero incluso si se pierde la batalla, aún se le puede plantar cara al invasor. Porque algo que fácilmente se olvida es que toda guerra tiene dos fases: la invasión propiamente dicha y la ocupación. Y eso es lo verdaderamente complicado para un ejército invasor: véase el mal que hicieron nuestros guerrilleros con Napoleón, la resistencia con Hitler o las milicias iraquíes con Bush. Incluso puede plantearse una guerra de guerrillas desde el principio, como parece estar haciendo Ucrania. Es la única forma de hacer frente a un invasor con capacidades muy superiores. El ejemplo más claro de la efectivdad de este tipo de táctica se pudo ver en el año 612, cuando la China imperial bajo la dinastía Sui decidió comenzar una política de expansión para asegurar el control de sus propias fronteras. Consideraba que los pequeños reinos de Corea eran el objetivo perfecto ya que, tradicionalmente, los veían muy débiles tanto militar como políticamente.

Así que el emperador Yangdi envió más de un millón de soldados para destruir el reino de Goguryeo en una de las invasiones terrestres más grandes jamás realizadas por la China imperial. Evidentemente los coreanos no estaban por la labor de someterse a las ambiciones chinas y, conscientes de su menor potencia militar, comenzaron una guerra de guerrillas. Los chinos, acosados constantemente por los coreanos en retirada, fueron desgastando su enorme ejército al tiempo que su moral iba descendiendo al verse incapaces de asegurar el terreno conquistado. Finalmente llegaron al Salsu, un río poco profundo al norte de Pyongyang, el lugar donde los coreanos habían decidido dejar de correr y enfrentarse a sus invasores.

Quien estaba al mando de la defensa de la capital era el responsable de la táctica de guerrillas, el general Eulji Mundeok, y había creado una presa en la parte superior del río Salsu, por lo que el nivel del agua había descendido notablemente. Cuando las tropas Sui se encontraban en la mitad del cauce del río, cruzándolo a pie, Eulji Mundeok abrió la presa, causando que la embestida del agua ahogara a miles de soldados enemigos. A continuación la caballería Goguryeo cargó contra las fuerzas Sui restantes, que se vieron obligadas a retirarse a un ritmo vertiginoso para evitar ser muertos o capturados. La dinastía Sui perdió todos sus efectivos menos 2.700 soldados.

La necesidad impulsa la creatividad, y eso es cierto incluso en la guerra. En Irak las milicias hicieron mucho daño al ejército norteamericano. En las emboscadas a los transportes, los iraquíes detonaban sus explosivos al paso de los vehículos con un simple móvil. Cuando los norteamericanos empezaron a usar inhibidores, los iraquíes lo tuvieron claro: dar tecnológicamente un paso atrás y detonarlos como se hacía en la II Guerra Mundial, tirando de cable.

Las dos armas más efectivas en los enfrentamientos armados del siglo XX han sido dos bien sencillas: en el combate cuerpo a cuerpo, el fusil de asalto AK-47, con su característico cargador curvo; y en la distancia, el RPG, el lanzagranadas de mano antitanque. ¿Recuerdan la película Black Hawk derribado? En octubre de 1993 las milicias somalíes en Mogadiscio, con AK-47 y ametralladoras montadas en camionetas, consiguieron hacérselo pasar verdaderamente mal a las tropas de élite norteamericanas con todo su poder tecnológico. ¡Y les derribaron dos helicópteros con un RPG! A nadie se le hubiera ocurrido que un arma antitanque pudiera usarse como misil tierra-aire: fue un golpe estilo Van Riper.

Ahora bien, la guerra en la actualidad no es igual que en el pasado siglo. El libro de cabecera para el combate actual lo escribieron dos coroneles del ejército popular chino, Qiao Liang y Wang Xiangsui, en 1999. Su título lo dice todo: Guerra sin restricciones. En él analizaban cómo una nación como China podía derrotar a un adversario tecnológicamente superior (evidentemente, Estados Unidos). Y se fijaban en otro de los mitos bélicos más extendidos: que una guerra implica batallas entre ejércitos.

Los coroneles chinos sostenían que la principal debilidad de los Estados Unidos es que su doctrina militar evoluciona en función de las nuevas tecnologías que tienen a su alcance: no considera otros factores, como legales o económicos. Esta es la filosofía de la guerra sin restricciones (hoy conocida como guerra híbrida): ir más allá de lo puramente militar. Aquí es donde entra la guerra legal, con la que debilitar la credibilidad pública internacional, la guerra económica -que es lo que está haciendo la Unión Europea con Rusia-, la iGuerra (con fake news para poner nervioso al enemigo en su casa o atacando sus redes de comunicación, económicas, de transportes, energía..., estilo 'caos total' de La jungla 4), llegando incluso al terrorismo. Todo vale en una guerra sin restricciones y eso es lo que estamos viendo -y veremos- en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Y nadie sabe a dónde nos conducirá semejante barbaridad.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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