¿Quieres practicar el buceo libre este verano?

Bucear es lo más parecido a planear sobre otro planeta, un mundo totalmente extraño con llamativas formas de vida. No se necesita un gran equipo: basta con unas gafas, un esnórquel... y buenos pulmones.

 

Seguramente que este verano a muchos de nosotros nos vendrá a la mente la imagen de grandes acantilados, aguas de color azul intenso, y el buceo entre peces de colores… Cada vez son más quienes deciden adentrarse en el mundo del buceo y las escuelas de submarinismo hacen su agosto en las costas de medio mundo con pequeños descensos en aguas tranquilas y amplias medidas de seguridad. Pero hay quienes ven en el buceo otra forma de conexión con la naturaleza, para ellos mucho más profunda y se lanzan al mar sin nada más que sus pulmones y, como mucho, unas aletas o un globo que les permita subir rápidamente a la superficie: son los que practican la apnea deportiva o buceo libre.

Es una disciplina que la han ido perfeccionando a lo largo de los siglos pescadores a pulmón como las ama en Japón -un grupo de mujeres japonesas que reciben el sobrenombre de sirenas debido a que llevan más de 1 300 años sumergiéndose en el mar helado para recolectar abulones y perlas-, los bajau -un pueblo nómada que vive en Filipinas, Malasia e Indonesia en Indonesia, capaces de sumergirse 13 minutos a 60 metros - o los wayú en Colombia y Venezuela.

Poder contener la respiración durante largo tiempo descendiendo hasta grandes profundidades es más una cuestión de relajación mental que de ejercicio físico. También es importante una buena alimentación e hidratación, y entrenar en ambientes que simulen las condiciones de hipoxia y de altas presiones hidrostáticas que nos vamos a encontrar: el efecto es que los gases se comprimen y el volumen de los pulmones se ve reducido de manera considerable. De este modo el cuerpo del buceador se adapta hasta disminuir su ritmo cardiaco entre un 10% y 25% para consumir menos oxígeno. El bazo también desempeña un importante papel al liberar más glóbulos rojos con el objetivo de que llegue el oxígeno necesario a órganos tan vitales como el cerebro y el corazón, a costa del destinado a las extremidades. Así, los bajau, por ejemplo, tienen un bazo más grande, los que les confiere cierta ventaja a la hora de bucear.

Ama japonesa. Buceo
Ama japonesa

Entre focas y ballenas

Pero para apneístas destacados tenemos mamíferos marinos como las focas y las ballenas, capaces de mantener la respiración bajo el agua durante largo tiempo. Son unas especies cuyos músculos han cambiado a lo largo de millones de años de evolución para aumentar su capacidad de almacenamiento de oxígeno. Así, la foca común pasa el 80% de su tiempo debajo del agua, puede bucear durante 30 minutos e incluso dormir bajo el agua: su sistema nervioso tiene un mecanismo que se "autoapaga" y le impide respirar cuando no es recomendable hacerlo... 

Entre las focas encontramos el género Mirounga o elefante marino. Tras un rastreo de casi 300 ejemplares de hembras adultas se pudo determinar que eran capaces de bucear más de 1,7 kilómetros de profundidad. Otra especie marina que pasa tres cuartas partes de su tiempo buceando es el cachalote. Lo hace sobre todo para alimentarse. Puede sumergirse al menos durante 45 minutos y llegar a profundidades de 100 kilómetros donde consigue dar caza a los calamares gigantes, su comida preferida.

Por su parte, investigadores del Instituto Oceanográfico de Woods Hole (Estados Unidos), utilizaron unas etiquetas electrónicas para rastrear los movimientos del zifio o ballenato de Cuvier (Ziphius cavirostris), un cetáceo de las 21 especies existentes dentro de la familia de los zifios. Los científicos descubrieron que pueden bucear a casi dos kilómetros de profundidad y permanecer bajo el agua la friolera de 85 minutos. Estas características hacen que sea muy difícil observar zifios fuera del agua, lo que los convierte en uno de los mamíferos marinos más misteriosos.

Entre los mamíferos humanos, y aunque los pescadores a pulmón llevan siglos buceando en distintos puntos del planeta, hay un hombre al que se considera el primer apneísta de la historia: el pescador de esponjas griego Yorgos Haggi Statti.

El primer apneísta

Su historia comenzó en 1911 cuando el acorazado italiano Regina Margherita perdió el ancla y la cadena de fondeo después de una gran tormenta frente a las Bahía Pigadia, en Karpathos, una isla griega situada entre Creta y Rodas. Tras varios días intentando recuperarla, uno de los tres buzos de la armada italiana murió debido a un black out, la pérdida del conocimiento que causa la hipoxia cerebral que puede aparecer al final de una inmersión (suele darse en los últimos 10 metros antes de alcanzar la superficie): el nadador no experimenta una necesidad urgente de respirar y si nadie lo asiste, muere.

Entonces el capitán hizo llamar a un grupo de pescadores de esponjas entre los que se encontraba Yorgos. Con aspecto enfermizo y raquítico aseguró que podría descender a los 77 metros de profundidad en los que se encontraba el ancla, e incluso más, y que era capaz de contener la respiración siete minutos. A cambio pidió cinco libras esterlinas y el permiso de pescar con dinamita. Antes de aceptar, el capitán ordenó a los doctores a bordo que lo sometieran a un examen. Estos redactaron el siguiente informe: “Circunferencia torácica: 92 centímetros; peso: 60 kilogramos; altura: 1,75 metros; enfisema pulmonar”. Ante semejante pronóstico los médicos recomendaron al capitán que ese hombre no debía bucear. Aún así, Yorgos buceó tres veces aquel día a 77 metros de profundidad, localizó el ancla y amarró un cabo para recuperarla, convirtiéndose en el primer profundista de la historia.

Referencias:

Donald, I. (2013) Underwater foraging – Freediving for food, Createspace publishing

Severinsen, S. A. (2010) Breathology: The Art of Conscious Breathing, Idelson-Gnocchi Ltd.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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