¿Quién puede vivir sin agua?

Si tuviéramos que señalar a un animal capaz de sobrevivir en las condiciones más duras y secas del planeta, prácticamente habría una única elección: el camello. Sobrevive con muy poca agua, puede encontrar comida donde otros animales no lo hacen, soporta el calor y frío extremos de los desiertos y, además, ha aprendido a vivir entre seres humanos.

Lo que puede aguantar un camello sin beber depende de la cantidad de comida que tiene accesible, de la temperatura durante el día y la noche, el viento y si está descansando o trabajando. En el Sahara, los camellos pueden estar de 6 a 7 meses sin probar una gota de agua, pero eso no significa que no necesiten agua: la consiguen de las plantas que comen. En general, si la temperatura se encuentra entre los 30-35º C pueden estar hasta dos semanas sin beber. Claro que si la temperatura sube necesitan su ración de agua con más frecuencia. En Mauritania, donde las temperaturas alcanzan los 48º por el día y 30º por la noche, los camellos beben cada 5 días, aunque pueden estar hasta 10 sin una gota que echarse a la boca. Eso sí, cuando se ponen a beber no hay quien les pare: son capaces de soplarse 106 litros de una sentada y llegar a 170 litros si se les deja un día entero (más de dos veces el volumen del depósito de gasolina de un coche normal).

De igual modo, aguantan muy bien la deshidratación. Si un ser humano pierde el 12% de su peso, muere, pero un camello puede llegar a perder el 40% en agua antes de estar realmente en peligro. Esto tiene que ver con la forma de balón de rugby de sus células sanguíneas, que les permite pasar unas junto a otras sin entorpecerse aunque el plasma se haya reducido debido a la deshidratación. Si todo esto fuera poco, soportan temperaturas internas de 42º C sin caer enfermos; nosotros duramos más bien poco si la fiebre alcanza los 39º.

Con todos estos datos podríamos pensar que los camellos son realmente superanimales. Y no estamos nada equivocados, aunque si los comparamos con otros seres vivos… Por ejemplo, la rosa de Jericó o Anastatica hierochuntica, miembro de las Brassicaceae, una pequeña planta originaria de Siria de color gris que raramente alcanza los 15 cm de altura: recibe el peculiar nombre de Planta de la Resurrección.

Decir que su comportamiento es peculiar es decir poco. Tras la estación húmeda, muere y se seca, replegando sus estambres hasta formar una bola que protege las semillas e impide que se dispersen demasiado pronto. Estas semillas son muy resistentes y pueden mantenerse “durmientes” durante años. Cuando empieza a llover, la planta se abre y las semillas se dispersan. Otra planta que suele venderse en las tiendas bajo el nombre de Rosa de Jericó es la Selaginella pilifera, un helecho que revive y vuelve a su color verde cuando se le moja con un poco de agua.

Pero es en el mundo animal donde encontramos las situaciones más extrañas. Baste con mirar a unos misteriosos animales que no miden más de 1 mm de largo y, a pesar de hallarse en cualquier hábitat húmedo del mundo, desde las selvas tropicales al océano Ártico pasando por los charcos del jardín trasero de las casas, no fueron descubiertos hasta 1773 por el zoólogo alemán Johann August Ephraim Goeze, que los llamó Kleiner Wasser Bärs, ositos de agua. pertenences a un más que desconocido phylum de invertebrados, Tardigrada, de los que se han descrito del orde de 800 especies diferentes. Sólo el 10% viven en agua salada y el resto en agua dulce, agarados a musgos, líquenes, vegetación acuática o en los lechos de hojas en descomposición.

De cuerpo corto y gordito, poseen cuatro pares de extremidades pobremente articuladas. Pero su característica más llamativa son unas garras que se encuentran al final de ellas formando grupos de 4 a 8. Viven rodeados de una delgada capa de agua que les permite intercambiar gases con el exterior e impide que se produzca una desecación no controlada. Porque ésta es una de las características más llamativas de estos diminutos animales: pueden suspender de manera reversible su metabolismo, de forma que lo hacen descender hasta un 0,01% de su valor normal -incluso puede llegar a ser indetectable- y reducir su contenido de agua hasta menos del 1%. A esta capacidad de algunos seres vivos de perder prácticamente la totalidad del agua de su organismo se la llama anhidrobiosis. El cuerpo se encoge longitudinalmente y se pliega mientras las extremidades se invaginan. Además, la superficie se recubre de una capa de cera que ayuda a reducir la transpiración.

Los tardígrados son realmente impresionantes: no solo resisten una sequedad ambiental extrema, sino que también soportan altas dosis de rayos X (más de 1.000 veces la dosis mortal para un ser humano), temperaturas por encima de 150º C y -272,8º C, muy cerca del cero absoluto. Y, para colmo, aguantan tanto muy altas presiones como el vacío del espacio.

Otros organismos capaces de sobrevivir sin agua son los rotíferos bdelloidea, unos invertebrados microscópicos con aspecto alienígena. Tienen menos de 0,5 mm de largo y están formados por unas 1.000 células. Tienen sistema nervioso y elementos sensores como ojos y antenas. Los podemos encontrar en el musgo, en los riachuelos, estanques, manatiales... Por todo el planeta salvo en las zonas polares. Pero lo que les hace fascinantes a los ojos de los investigadores no es esa habilidad suya para desecarse, sino porque abandonaron el sexo hace 100 millones de años; se reproducen por partenogénesis (el óvulo femenino se desarrolla sin necesidad haber sido fecundado). Los biólogos no han encontrado machos, ni hermafroditas o traza alguna de meiosis, el proceso que crea las células sexuales.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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